Hyakki Yagyo

Ni tan lento que la muerte te alcance, ni tan rápido que des alcance a la muerte.
Proverbio japonés.

* * *

En mi patria del viejo continente, siempre he escuchado por doquier las historias sobre el desfile nocturno: la Santa Compaña, la Cacería Salvaje… Sin embargo, nunca les había dado crédito. En concreto, sobre la Santa Compaña había oído hablar mucho y abundantemente de boca de mi adoradísima abuela, una leonesa de pura cepa, muy apegada a la tradición y a la superchería local.

Es posible que, quien lea esto, no sepa ni tan siquiera de qué es de lo que estoy hablando. Pues bien, los españoles norteños acostumbran (o, al menos, acostumbraban) a hablar de un aciago desfile de las ánimas del purgatorio, las cuales aparecían a modo de presagio de muerte para todo aquel que las contemplaba. La gente oraba fervorosamente por el descanso de estas almas en pena; hacían esto en parte por misericordia, pero, también en parte, por el miedo a toparse con ellas. Esto se debía a que aquello supondría sufrir la condena a una muerte prematura. Pero, como digo, eso para mí eran cuentos de vieja, cuentos de mi abuela. Nunca pensé que redescubriría tales historias de una forma tan aterradora, y mucho menos que sería durante unas vacaciones improvisadas en el lejano Japón.

El viaje lo obtuve de una forma cuanto menos singular: un día de verano, yendo por la Calle Ancha, me topé con lo que parecía ser un artista circense que realizaba un número callejero. Aunque ese tipo de cosas son relativamente habituales en dicha avenida, este individuo en concreto tenía algo que captó mi atención: vestía como un bufón, con una máscara que representaba al sol y la luna. Donde habrían de estar sus ojos, tan solo se apreciaban unos fulgores rojos, que me llevaron a suponer que la máscara tenía incorporadas luces led o alguna invención similar.

Lo curioso es que aquel personaje era inmenso, y no solo en estatura… sin duda debía padecer obesidad mórbida. Lo curioso era que su voluminoso físico no parecía suponer un impedimento a la hora de realizar unos movimientos que demostraban su pasmosa agilidad. Delante suyo tenía un pequeño cartel con el texto «Thanatos, amo del destino».

Me quedé observando su espectáculo durante largo rato y, en cierto momento, aplaudí, echándole una moneda como propina. Ya me disponía a seguir por mi camino cuando sentí una pesada mano posándose sobre mi hombro. Y, al girarme, me topé de morros con aquella inquietante máscara del sol y de la luna, que ocultaba el rostro del misterioso bufón.

—¿Parecer… maravilloso, único, diferente? —dijo, con un acento extraño y gutural.

—Sí, supongo —respondí.

—¿Querer… ver algo aún más maravilloso, único, diferente? ¿Espectáculo único en la vida?

—Que va, no te preocupes —dije, comenzando a sentirme incómodo y pensando en alejarme.

Ya iba a irme cuando el bufón me aferró fuertemente del brazo. Me fijé en su mano: estaba repleta de pústulas y verrugas. Para mi sorpresa, antes de que me diera tiempo a protestar o decir algo, me hizo entrega de lo que parecía un par de billetes. Tras hacer con el dedo el gesto de pedir silencio, me soltó del hombro y, simplemente, se marchó. Tras tomarme unos instantes para procesar lo que acababa de suceder, miré lo que me había otorgado. Se trataban de unos pasaportes para un viaje a una posada de aguas termales, situada a una cierta distancia de Kyoto. Debo decir que no pude sino dudar de su autenticidad.

Opté por llevarlos a la agencia de viajes que suelo visitar con una relativa asiduidad y, allí, pregunté si eran auténticos. Tras analizarlos detenidamente y estar un rato tecleando, debió dar con algo que le permitió confirmarme que sí, los billetes eran válidos. El vuelo salía en unos días, despegando desde el aeropuerto de La Virgen del Camino, situado a una distancia moderada de León capital. Decidí comentarle sobre el tema a Mira… o sea, a mi novia Miranda, a ver qué opinaba sobre aquello.

Mira ni se lo pensó, al fin y al cabo, llevaba años queriendo viajar a Asia. Le expliqué la forma extraña en que había conseguido los billetes, con aquel bufón que se hacía llamar «Thanatos, amo del destino», pero lo cierto es que estaba tan emocionada que no le dio demasiada importancia. Quiso pensar que todo había sido parte de alguna extraña performance.

Cuando llegó el día del viaje, el entusiasmo ya había opacado por completo cualquier clase de duda o malestar que pudiera haber causado el encuentro con aquel artista callejero. En el aeropuerto, nos encontramos con unos amigos, un matrimonio de mediana edad, el marido guardia civil y ella profesora. Dialogamos un ratillo, ellos el viaje lo habían conseguido de una forma bastante más convencional, a través de un anuncio en la agencia de viajes. Dado que no era habitual que salieran vuelos como ese de un pequeño aeropuerto como era el de La Virgen, lo consideraron una oportunidad única. Luego, acabamos hablando de temas convencionales, como trabajo o familia. Estuvimos así algo más de una hora, hasta que nos llegó el momento de facturar equipajes y, posteriormente, de embarcar.

El viaje fue largo, aunque sin apenas incidentes. Llegamos al aeropuerto y seguimos al resto del grupo. Pero, cuando nos disponíamos a subir al autobús y le mostramos nuestra documentación al piloto, nos negó el paso y nos explicó que no era con ellos con quienes teníamos contratado el viaje. Ya iba a maldecir cuando un chico de blanco, occidental en apariencia, nos preguntó si éramos Javier y Miranda. No sé muy bien cómo supo tan rápido que éramos a quienes buscaba. Tras esto, fuimos conducidos a un mini bus, a bordo del cual sólo íbamos nosotros.

—Supongo que les extrañará ver este… ambiente —mencionó el chico de blanco—. No teman, lo que sucede es que el resto de personas con las que compartirán estancia en la posada ya han sido trasladadas allí.

—¿Eres español? —pregunté, sorprendido por la claridad con la que hablaba mi idioma.

—Prefiero decir que mi patria es el universo —respondió.

—Querrás decir el mundo —dije, siendo consciente de lo extraña que había sido su elección de palabras.

—Puedes interpretarlo como estimes pertinente.

El mini bus tomó la carretera dirección a Kyoto, para posteriormente dirigirse a una zona rural, plagada de bosques y arboledas. Llegamos al atardecer a la posada, de estilo japonés tradicional, hicimos check-in en recepción y, sin detenernos mucho, cenamos unos bocatas que habíamos traído y nos fuimos a dormir. El jet lag nos tenía reventados.

* * *

Amanecimos mucho más descansados y lo primero que hicimos fue ir a recepción a preguntar por los desayunos. La recepcionista, una japonesa de avanzada edad, nos condujo al exterior, a un pequeño pabellón. Únicamente estábamos nosotros y un señor asiático de una cierta edad. Cuando desayunamos, se acercó a nosotros.

—Country? —preguntó en inglés, aunque con un marcado acento asiático.

—España, somos españoles.

—Oh, españoles —el hombre hizo una leve reverencia—. Yo soy doctor Zhao, boticario. Es placer.

—Nosotros somos Javier y Miranda. El placer es nuestro.

—¿Eres de aquí? —preguntó Mira.

—No, no, yo de China. Yo soy aquí para ver el desfile. ¿Vosotros sois aquí por lo mismo?

—¿Desfile? —pregunté.

—Oooh, no sabe —el chino mostró una sonrisa inescrutable—. Entonces secreto.

Tras este breve intercambio, Zhao procedió a publicitar sus servicios, ofreciéndonos sus productos. Algunos de ellos, aunque él trataba de disimularlo, eran, evidentemente, drogas tan exóticas como peligrosas. Lo más curioso es que muchas tenían por componentes algunas plantas que ni siquiera mi novia, que es bióloga, fue capaz de reconocer. Según Zhao, procedían de un lugar conocido como «Leng».

Lo que sí reconoció Mira fueron varios nombres propios: en cierto momento, Zhao citó a los maestros de los que había aprendido y, entre una larga sucesión de nombres y apellidos asiáticos, mencionó varios europeos que a mi chica le resultaron muy familiares, tales como Teofrasto Paracelso o Nicolás Flamel. De Flamel me acordaba hasta yo, ya no solo porque era mencionado en cierta saga de literatura juvenil, sino también porque, en una ruta llamada «León misterioso», a la cual nos apuntamos en una ocasión por pura curiosidad, la guía nos había explicado que este individuo, un alquimista reputado, había hallado en León la clave de la piedra filosofal. Pero claro, estamos hablando de un personaje que vivió hace siglos, así que le dije a Zhao que imaginaba que cuando hablaba de «sus maestros» lo decía en sentido figurado. A Zhao le brillaron los ojos.

—Javier —me dijo—, he visto y sé cosas que tu no imaginas. Eres joven, inexperto. No conoces el universo.

Zhao me ofreció una sustancia extraña, prometiéndome que me brindaría la iluminación que necesitaba. Obviamente lo rechacé. Me sonaba a alguna cosa turbia, como las que se toman en algunas sectas y grupitos New Age para colocarse y ver a sus dioses. Aun así, por educación, agradecí su intención. Antes de que nos fuéramos de allí, nos dijo una última cosa: «Si veis a viejo Nuu, saludar». Le dijimos que lo haríamos, aunque no tenía muy claro quién sería el viejo Nuu.

Pero bueno, que a Mira le apetecía ir a las aguas termales, así que decidí satisfacer sus deseos. Tras tomar unos bañadores de nuestra habitación, nos dirigimos a darnos un baño en ellas.

Las aguas termales eran unos amplios baños mixtos, cuyo tamaño hacía más llamativo lo vacías que las encontramos. Únicamente encontramos en ellas a un anciano de rasgos asiáticos y un cierto aire enfermizo. Estaba calvo y tenía una amplia frente. Su torso estaba esquelético y arrugado y su piel mostraba un color amarillento, lo cual parecía evidenciar algún problema hepático.

—¿Quién va? —preguntó en un perfecto español.

—¿Es usted el viejo Nuu? —pregunté instintivamente.

—¿El viejo Nuu? —el anciano se mostró pensativo— Sí… supongo que sí. ¿Ha sido Zhao quien os ha mandado preguntar por mí?

—No exactamente —respondí—. Solo nos dijo que, si te veíamos, te saludásemos.

—Agradezco la consideración de haberos acercado a mostrarle vuestra buena voluntad a este pobre anciano, mas os aseguro que no era necesario. De todas formas, os recompensaré con un consejo y una advertencia. El consejo es que os recomiendo que vayáis dando un paseo por la arboleda que hay al norte. Hay un viejo santuario a los dioses del bosque y un hermoso mirador desde el que se puede ver el mar. Y la advertencia es que no debéis, bajo ningún concepto, estar fuera de la posada cuando caiga el sol. Bajo ningún concepto.

—¿Por algún motivo en concreto? —pregunté.

—No puedo dar mucha información, pero digamos que esta zona por la noche es peligrosa. No queréis toparos con aquellos que salen a los caminos en las tinieblas.

—¿Por «aquellos que salen a los caminos en las tinieblas» te estás refiriendo a bandidos y gente cuestionable? —preguntó Mira.

—Sí… supongo que sí. Bueno, será mejor que me retire. Largo tiempo llevan ya en remojo estos pobres huesos…

El anciano se despidió de nosotros con una leve reverencia y se retiró al interior de la posada. Mira y yo nos metimos en el agua y nos dispusimos a relajarnos. Es cierto que nos había llamado la atención percatarnos de que apenas habíamos visto ningún huésped aparte de nosotros, tan solo a Zhao y al tal Nuu. Pero no le dimos demasiadas vueltas, supusimos que ya los iríamos encontrando tarde o temprano.

Para comer, fuimos a un saloncito en la planta baja de la posada. Nuevamente, solo estábamos Zhao y nosotros. La comida que nos pusieron era típicamente japonesa y de abundante cantidad. Supuse que podían permitirse darnos tan buen trato precisamente porque éramos pocos. Comimos con calma, sin ninguna prisa, y, una vez que hubimos terminado, decidimos ir a dar un paseo por donde nos indicó el anciano. Pero no sin antes dormir la siesta, como buenos españoles que éramos.

Salimos en dirección a la arboleda del norte. Era un hermoso día de verano. El sol lucía y se escuchaba el canto de las cigarras. Debo decir que Mira se veía preciosa bajo aquella intensa luz, con sus cabellos mecidos por el viento. Pero eso no viene al caso. Llegamos al bosque tras subir una pequeña cuesta y pronto nos encontramos ante una puerta Torii. Por lo que yo sabía, aquel tipo de estructuras se utilizaba para señalar la presencia de un lugar sagrado.

—«El bien y el mal para mi carecen de sentido. Mis ansias de dejar huella en el mundo se han consumido. ¡Sopla, Fujin! ¡Fulmina, Raijin! ¡Borrad las huellas de los arrogantes! ¡Cubridlas en polvo y que mueran en el olvido! ¡Que se desvanezcan en el vientre eviscerado de Izanami! Mis huellas perdurarán, pues han sido marcadas con fuego en los palacios de los dioses».

Una mujer recitaba esos extraños ensalmos, de pie ante un gigantesco árbol, al que precedía un templete. La mujer vestía de negro, con una larga falda, un corsé con cuello de plumas y un velo ocultando su rostro.

—¿Eres española? —pregunté— ¿Qué era eso que recitabas?

—Oh, no sabía que teníamos visita —la mujer se giró hacia nosotros—. ¿No has leído nunca las Revelaciones del Emperador Inmortal?

—No, jamás lo habíamos escuchado —respondí.

—¡Oh, la ignorancia! —La mujer hizo un ademán teatral— ¡Habríais de estar avergonzados!

—Sí, lo siento mucho por no conocer un libro taaan importante — dijo Mira, hablando con ironía.

—¡Eso es! Aceptaré por esta vez vuestras disculpas ¡admirad cuan magnánima yo, Iann’ah hor Gremvotti, puedo llegar a ser! —respondió la mujer misteriosa, no sé si siguiendo el juego a Mira o porque no había pillado el sarcasmo— El Emperador Inmortal ha dejado su sabiduría para los habitantes de este mundo, aunque lo ha hecho como un acto de misericordia, pues para él el mundo no significa nada. Pero, hoy, no estoy aquí con la intención de glorificar al Emperador. Hoy vengo a apaciguar a los espíritus que habitan por estos lares. Sabed que estáis en un lugar de gran energía telúrica, Las fuerzas de la tierra aquí nutren a lo que no es terreno. ¡Tened mucho cuidado con dónde pisáis! O con lo que pisáis…

—Bueno… tendremos en cuenta tu advertencia —dijimos, alejándonos.

—¡Tened cuidado con aquello que camina bajo la luz de la luna! — exclamó la extraña— En este lugar, en estos días… lo mundano se junta con lo elevado. El Emperador lo sabe… y creo que apreciaría que os avise de ello. ¡El Emperador es benevolente!

La mujer obviamente estaba perturbada. Continuamos con nuestro camino hasta llegar a un pequeño acantilado, desde el cual se veía el mar. Estuvimos largo rato sentados, charlando sobre las cosas extrañas que habíamos visto. Y decidimos que volveríamos por otro lado, tratando de esquivar a esa tal Iann’ah. El encuentro con ella nos había incomodado en gran medida.

El volver por otro lado nos supuso dar un rodeo. Antes de que nos diéramos cuenta, el atardecer estaba cayendo sobre nosotros, sin que, tan siquiera, nos hubiéramos dado cuenta. Ya estábamos a punto de llegar a la posada cuando, a lo lejos, vimos bajar por el camino unas luces misteriosas. Pronto nos dimos cuenta de que parecían ser faroles y antorchas, portados por los integrantes de un comité bien nutrido que marchaba con dirección a algún punto indeterminado.

No iba a darnos tiempo a alcanzar la posada, así que optamos por ocultarnos entre la espesura y esperar a que pasaran de largo. Pero ¡Oh cielos! Aquello que pasó… aquello que desfilaba… ¡Aquello no era humano! Vinieron a mi mente las historias que me contaba mi abuela, la Santa Compaña, la procesión de las almas del purgatorio. Aunque aquellas historias no llegarán a compararse jamás con lo que vimos. En ellos no había rastro de humanidad, eran la viva imagen de lo grotesco, lo indescriptible. Y todos danzaban a un son misterioso, guiados por una música hipnótica y hechizante.

«Rugirán los cuernos de guerra y, por los pasillos desiertos, resonará el triste lamento de la biwa. El castigo está decidido. La muerte caerá sobre el reo y ni siquiera Orihime e Hikoboshi podrán recordar a aquel que, en la distancia, espiaba sus amoríos». Aquello lo decía el Emperador Inmortal. Aunque no sé muy bien cómo sé yo eso. El fragmento de ensalmo vino a mi cabeza en el momento en que vi a aquel que dirigía el aciago convite. En cierto momento, giró la cabeza hacia donde estamos. Vi su rostro… era el rostro del viejo Nuu… pero, al mismo tiempo, no lo era. En su mirada había algo frío, antiguo, perturbador. Algo que no soy capaz de describir con palabras, pero que me hizo sentir el temor de la muerte. Lo peor es que fue un instante breve, sutil, pero siento… siento que nos vio. Rezo por equivocarme, pero, de algún modo, estoy convencido de que se percató de nuestra presencia.

Escribo esto desde la relativa tranquilidad que me brinda la habitación de la posada, aunque debo decir que temo que esa paz no dure mucho. Vimos algo que no debíamos ver y, es posible que, algo o alguien, intente silenciarnos. Escucho el sonido de las biwas, el retumbar de tambores… no, no son tambores. Es la tierra al sacudirse. La tierra tiembla, como si se estuviera acercando algo, algo inmenso. El Emperador Inmortal no va a salvarnos. Un momento, ¿quién diablos es el Emperador Inmortal? Oh, cielos, creo que ya están llegando. Dejaré este diario… Mira y yo debemos buscar un lugar donde escondernos. En caso de que no lleguemos a ver la luz del alba, rezo a quien quiera que haya arriba para que, este diario, pueda llegar a las manos adecuadas.

* * *

El texto anterior apareció publicado en el número 60 de la revista sensacionalista Shangri-La 93. Al parecer, el nombre de los personajes, Javier y Miranda, encaja con el de dos leoneses desaparecidos, Javier Álvarez Gómez y Miranda Martínez Pereira. La hipótesis oficial indica que, habiéndose hecho eco del caso, el editor, Leopoldo Teja, ideó esta descabellada historia, cuya veracidad él insiste en defender. El señor Teja ha recibido demandas de la familia por difamación, aunque no han salido adelante, ya que, por un lado, la historia de Teja no parece atentar de ningún modo contra el honor de los desaparecidos y, por otro lado, Teja no llegó a incluir de ninguna forma los apellidos ni ninguna otra información que pudiera relacionar con ellos a los personajes del supuesto suceso que él narra, más allá de la coincidencia del nombre.

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