Iblis

En ocasiones como esta, comprendes lo que diferencia a un alienado de un maldito. Al fundir mi ser con la oscuridad propia de la noche, puedo sentirme cerca de La Oscuridad verdadera. No hay mejor sentimiento que ese, que purga las manchas del maquillaje barato que el Día pone sobre mí… como esquirlas de Sol y mirra. No necesito oír música, el vacío tiene su propia sinfonía, una que sigue el compás de las mentes y los corazones que laten en la disformidad. Llevo tiempo, quizá, intentando retratar con mi prosa burda aquello que siento. Ahora, por ejemplo, estoy tratando de hacerlo.

—¿Dices que Moisés fue embaucado por un ifrit? —preguntó Silvia, con un tono de confusión que a la vez denotaba desagrado— ¿Qué es exactamente eso? ¿Un demonio?

—Los ifrit son genios de fuego, genios rebeldes que siguieron a Iblis luego de que este se negara a inclinarse ante Adán… —hice una pausa para prender un cigarrillo y, tras dar la primera calada, añadí— pues él decía ser superior, al venir del fuego. Y es que, por contra, toda la creación venía del barro moldeado.

Silvia me miraba, perpleja. Sus ojos iban y venían, exteriorizando lo que parecía el vaivén de unas emociones que oscilaban entre el rechazo y horror.

—¿Estás hablando del Diablo? ¿de Lucifer?

Negué con la cabeza.

—Lucifer es un ángel —dije tajante—; al menos así lo he entendido yo. Y, como tal, los ángeles existen a la par que los genios. Iblis es un genio.

Silvia soltó una risita, jugó con su pelo y añadió:

—Ya entiendo, ¿estás jodiendo con eso del genio de la lámpara? ¡no me asustes así!

La miraba, confundido. ¿Realmente piensa que juego? ¿Realmente la gente puede vivir en este mundo, dejándose deslumbrar vanamente por lo que hay en ciertas partes del mismo?

—No bromeo con lo de los genios de la lámpara, pues estos no necesitan ser aprisionados como lo hizo el Rey Sulayman —dije, mientras lanzaba el cigarrillo sin terminar al suelo, para pisarlo—. Pero veo que eres medio tonta, tal vez tenga que decirlo de una forma que lo entiendas mejor…

Silvia se apretó la tela de la blusa, aferrándose a ella como si estuviera sujetando una parte de su corazón. Parecía que en cualquier momento iba a quebrarse. Casi tartamudeando, dijo:

—¿Qué quieres decir?

—Iblis es conocido por los hombres de fé como Shaitan… no me gusta hacer esta comparación, pero es lo que tu gente conocería como el Satán, el acusador y… adversario.

Retomando la compostura, Silvia se abanica con las manos, como si un sopor o calor la invadiese. Entonces preguntó:

—Explícame nuevamente eso de Moisés.

—Es tan simple como decir que esa zarza ardiente no era Dios. Tan simple como que todos vuestros principios se basan en mentiras.

—¿Pero esos genios que nombras no serían una mentira también? —preguntó, con una curiosidad cada vez más perceptible.

—Los genios y las demás maravillas del mundo existen, con o sin esos dogmas baratos. El fuego siempre ha existido —dije, mientras la tomaba de la mano— es el hombre el que cree que lo descubre, pese a que nunca ha sido así. Él siempre ha estado ahí, pretérito a nuestra existencia… pretérito a todo.

Pese a que pensé que se iría, pero no fue así. La cita transcurrió con tranquilidad, ella pidió una cerveza sencilla. Se sintió extraña, mas no incómoda, al ver que yo ordené un vino.

—¿Qué otras cosas sabes? —preguntó, mientras sujetaba la jarra con las dos manos para dar un sorbo a la cerveza.

—¿Sobre qué? —quise saber.

—Sobre Dios —respondió.

Le di un sorbo al vino. Estaba demasiado dulce.

—¿Qué quieres que te diga de él? —dije, tratando de degustar ese vino tan almibarado como la sangre de Isa.

—No sé… —dio otro sorbo, con mirada inquieta— ¿cuál es su nombre verdadero?

No pude evitar sonreír. Ella notó mi expresión risueña y, sintiéndose cómplice de una travesura, preguntó riendo:

—¿Qué? ¿Qué dije?

—Hay mujeres a las que han lapidado por menos —comenté con naturalidad— el nombre de Dios no se puede pronunciar… es un misterio.

—En mi iglesia le decimos «Jehová» —explicó, sonriendo cabizbaja—. Aunque, una vez, un rabino que vino a instruirnos teológicamente se refirió a él de varias formas.

—Verdaderamente… verdaderamente te digo que su nombre no es «Jehová» —sentencié— y verdaderamente… verdaderamente te digo que, aunque es el mismo, lo que es Él no se corresponde con aquello que tú crees percibir.

—¿A qué te refieres? —preguntó confundida

—Te refieres al Dios correcto, al Absoluto correcto, pero tu concepción de Él es limitada… ha sido maquillada por la mentira de la luz… Es cierto que su nombre es impronunciable, aunque no sé si esas cuatro letras en hebreo sean las idóneas —hice una pausa— ¿cómo te lo imaginas a Él? Dime, dime; quiero escucharlo.

Silvia se peinó sus largos cabellos y se acomodó en el asiento, como si fuera a dar un discurso importante.

—Dios está en su trono… al menos así me lo enseñó mi papá —rió, procediendo a lanzarme una mirada furtiva— él sabe más de Dios que cualquier hombre que haya conocido… al menos eso creo…

Tras una breve pausa, en que pareció perderse en pensamientos, volvió en sí misma y continuó:

—El Trono de Dios se encuentra en lo más alto del cielo, rodeado de querubines y serafines, así como de diferentes ángeles virtuosos. El Trono está hecho de zafiro y un gran resplandor ocupa el lugar donde está el Altísimo… solo con verlo quedarías ciego —su voz denotaba fascinación.

—Parece una descripción… «luminosa» de cómo son realmente las cosas… —dije con semblante reflexivo— quizá es tan válida como la forma en que la percibo yo, solo que no creo que el «trono», como tú lo llamas, esté hecho de zafiro.

—¿De qué está hecho entonces? —preguntó.

—Ni yo lo sé realmente… —dije, riendo y jugando con la copa del vino— quizá del mismo fuego noble del que provienen los genios, aunque lo dudo. Recuerdo un escritor que decía que estaba hecho de la misma materia que los agujeros negros… es un enfoque curioso.

Le di un sorbo a la copa, la miré y la noté pensativa, aunque sonriendo. Su mirada iba y venía de arriba hacia abajo, pero no parecía turbada. Se sentía cómoda conmigo, aunque era evidente que no era yo quien ocupaba sus pensamientos.

—¿Si te interesa tanto Dios porque me buscaste? —pregunté— tengo curiosidad.

Con una expresión de confusión, chistó y dijo:

—¿A qué te refieres?

—Cuando hicimos match en la aplicación… yo al menos me interesé por ti, me parecías curiosa, pensé que había cosas que podía mostrarte y, quizá, que tú pudieras mostrarme cosas a mi. No obstante, desde el primer momento solo has estado hablando de lo relacionado con tu Dios. No pareces interesada en mí, pero bueno… quizá se deba a esa vieja confusión por la que algunos han testificado que ejerzo como su representante aquí, entre vosotros.

Silvia abrió los ojos y se quedó estática, una palidez invadió su rostro.

—¿Re… representante? —dijo tartamudeando— ¿eres sacerdote? Digo, sé que sabes mucho y eso, pero…

—No soy su representante —dije tajante— solo son habladurías. No es así.

Silvia encontró alivio en mi respuesta, retomó la compostura y siguió bebiendo su cerveza.

—¿No te atrae nada en lo absoluto de mi? —le pregunté.

Silvia, con cierta incomodidad que denotaba una suerte de culpa, dijo:

—Quizá la sabiduría que tienes… es raro… no había conocido a nadie como tú… pero…

—¿Pero? —pregunté.

Suspiró.

—No sé… —dijo mientras se abanicaba— siento que no debería sentirme así.

—¿Así como?

Me dio un golpecito con la pierna. No pude evitar sentir un cosquilleo. Aun así, aparté mi pierna de la de ella. Inmediatamente tomó otra postura, dio otro suspiro y dijo:

—Instalé esa app porque buscaba algo sencillo, algo rápido, ya sabes… coger y ya, sexo casual sin compromisos… sin embargo, tú eres diferente y, no es que me de miedo herirte, es que siento que eres la clase de persona que una persona elegiría para toda su vida… y no me siento lista para ese compromiso.

Me puse de pie, me acomodé el abrigo y dejé unos billetes con la cifra suficiente para pagar las bebidas.

—Agradezco tu sinceridad —dije— y sí, en efecto. No niego que podrías tener algo pasajero conmigo, pero siempre suelo marcar las vidas de aquellos con quienes transo…

Noté cierta tristeza en su semblante, luego añadí:

—Me pareció curioso que en tus hobbies pusieras que tocabas la flauta travesera… eso me resulta particularmente atractivo… ¿practicas a diario?

—Ya no tanto como antes… —dijo cabizbaja— pero la flauta es algo a lo que siempre he querido dedicarme.

—Lo tendré en cuenta. Quizá así puedas estar cerca de ese «trono» que tanto adulas y tocarle con tu flauta a aquel que no debe ser nombrado… que no es otro que tu Dios —sonriendo, le puse la mano suavemente en la mejilla— estoy seguro de que, con tus melodías, lograrías que siguiera soñando este sueño, que representa la vida para algunos y la existencia para otros.

Noté cierta confusión, pero, finalmente, pareció hacer caso omiso a lo último que dije. Ansiosa, comenzó a tratar de gesticular palabras, poniéndose de pie.

—Yo, yo… —dijo tomándome del brazo.

—¿Qué? —pregunté.

—Nunca he tenido sexo con un negro… mucho menos un negro como tú, que no eres como un africano, sino…

Hizo una pausa, para pasar delicadamente su mano por mi brazo.

—Eres verdaderamente oscuro.

Me acomodé el traje, la miré a los ojos y le dije:

—Aunque quisiera, no puedo complacerte como lo haría un hombre… —dije tajante.

—¿Eres gay o algo? —preguntó riendo.

—No lo soy y, aunque lo fuera, ¿qué problema habría? Conocí a un chico francés que dijo que el amor debía reinventarse… y me pareció un enfoque curioso. Aunque, claro, lo que tu sientes por mi no es amor… tus ojos están en otro.

Se puso de pie lentamente y, tocando las solapas de mi abrigo, dijo:

—Pero… ¿no te gustaría solo complacerme y ya? —sonrió— ¿Aunque sea a tu manera? Eres extraño…

Le tomé la mano con delicadeza.

—Vale, pero no aquí —le dije, para luego besar su mano con suavidad—. A cambio quiero pedirte un favor…

* * *

Tocó su flauta toda la noche para mí, le di ciertas indicaciones para que el placer fuera mutuo y tanto su diestra como su siniestra se adaptaron con facilidad a mis peticiones. Sumida en el trance de sus propias melodías y usando su corazón para marcar los tiempos, penetré en su alma con la delicadeza de una aguja y pude revestir aquellas partes que la luz había dañado, cauterizándolas con el fuego noble de los míos. Tocó la flauta toda la noche, hablamos de lo humano, lo divino y lo profano… y, pese a que podía tocar su corazón, sus ojos seguían posados en aquel carpintero decadente por el que se ha derramado tanto de aquel barro sanguinolento del que los humanos están moldeados, de aquel polvo que yo debo barrer… cenizas de una odiosa hipocresía. Nadie asume sus faltas, el prójimo siempre es culpable. Y, si no es culpable el prójimo, recae sobre mí la culpa, incluso sin que yo haya susurrado rumores en sus oídos.

Nuevamente, vuelvo a sentenciar: es en ocasiones como esta cuando comprendes lo que diferencia a un alienado de un maldito. Aquí, en la oscuridad de su habitación, reitero que puedo sentirme cerca de La Oscuridad verdadera. Me gusta pensar que esa oscuridad es el fuego negro del que provengo… un fuego que los mortales no conoceréis jamás. He vagado tanto tiempo por este mundo que ya no recuerdo si fue por error o por elección, solo sé que sigo aquí porque me seguís fascinando. Desde cosas tan simples como vuestros debates sobre los problemas de dinero que hay entre las naciones… debates banales, si os paráis a pensar en que el dinero es algo que vosotros mismos ideásteis para regular o, tal vez, corromper vuestra civilización. También me divierte cuando os veo defender ciegamente a líderes nacionales que se dicen de bandos opuestos, pero que no tienen problema para compartir mandil a la hora de limpiar las manchas de sangre y semen que dejan por doquier.

Esta muchacha, Silvia, es excepcional… pensé que me iba a llevar una decepción, pero, cuando el Alba iba a llegar, de forma casi epifánica, emitió un gemido de dulzura solo comparable con los cantos de las hijas de Uzza.

—Hay algo… —dijo suspirando— hay algo más antiguo que el barro que somos… e incluso el fuego del que Satán viene.

Me quedé confundido, pues era incapaz de anticipar su respuesta. Hice un gesto, indicando que procediera, y sentenció, golpeándose en el pecho:

—La oscuridad. Las tinieblas que nos consumirán.

—Magnum Tenebrosum… —murmuré, anonadado por algo que para mí era una revelación o un memento de algo que había olvidado.

Me despedí de ella, besando sus pies y le prometí que, si por voluntad verdadera, anhelaba conocer a Dios, ella ocuparía un lugar especial en esa Corte que ella llama «Trono»… que la forma en que dominaba la flauta travesera era equiparable a aquellos que ella llama serafines o querubines, dígase ángeles, y que constantemente arrullan al motor del mundo, a ese que no se puede nombrar y cuyo sueño es la existencia misma y, para algunos, la vida.

Si quieres buscarme, me podrás hallar en todos lados… desde en las portadas de discos de tus bandas favoritas hasta en el padre que rompe el himen de su hija menor y luego reza para que el aborto resulte o por no terminar entre rejas, recibiendo por el culo. Allí me escondo, en los escombros del alma del triste, del perdedor… de todos esos que deambulan por los suburbios y por donde sea que haya rastro de humanidad. Si puedes explicarme tus sueños, tus anhelos, tu visión de este mundo que yo aún no logro comprender, yo te iluminaré con mi fuego noble, que te guiará a aquello que tanto anhelas. Y es que, de todas formas, eres una criatura de barro, destinada a terminar siendo eso y mucho menos… no así yo, que vengo del fuego, cuyas cenizas son valiosas rupias de jaspe. Mientras que el polvo que quedará de tu barro es algo que no valdrá ni para alimentar a los más repugnantes gusanos y que nunca volverá a resurgir, mi llama siempre arderá… al menos hasta que, por fin, la Muerte pueda morir… hasta que las tinieblas nos consuman.

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