Introducción: La Llamada de Ghisguth

Todo comenzó con una palabra. Ghisguth. Un nombre, vacío de significado en un árbol genealógico de dioses inefables, de deidades inexistentes ideadas por escritores muertos. ¡Cuántas preguntas se le pueden hacer a un nombre! ¿Quién eres? ¿Cuál es tu historia? ¿Qué leyendas, que épicas protagonizaste? ¿Fuiste un héroe o el azote de civilizaciones? ¿Cumpliste tus sueños o te ahogaste en la desesperación? Y, si cabe, más evocador es aquel cuando, lejos de ser el nombre de un ser terrenal, resulta serlo de un dios, de un ídolo olvidado, perdido en la noche de los tiempos, del cual nadie ha escrito y, al parecer, nadie escribirá jamás.

Durante el tiempo de mi adolescencia, yo mismo fantaseé con la idea de permitir que ese nombre enigmático pudiera contar su historia, con darle voz. Lo único que salió de ese entusiasmo juvenil fue un relato: La Voz de las Profundidades, cuyo título referenciaba el alias castellanizado que alguien le había dado a Ghisguth. No era un mal relato, pero tampoco era bueno. Simplemente, era mediocre, lo cual me hizo no sentir la motivación suficiente para compartirlo públicamente, limitándome a mostrárselo tímidamente a dos o tres de mis amigos más cercanos.

Y, así, el tiempo pasó. Fui creciendo y, con el transcurso de los años, me fui olvidando de la promesa que en su día le había hecho a aquella deidad inexistente, la promesa de otorgarle aquello que todo el mundo se pasa la vida buscando: una identidad. Es por ello que fue una sorpresa cuando me reencontré con mi pasado prácticamente por casualidad. Estaba con mis camaradas del mundo académico, tomando plácidamente unos vinos en el tiempo de receso de un congreso de humanismo en la Universidad de Salamanca, mientras divagábamos sobre cuestiones alusivas a las humanas letras y sobre otras harto más mundanas. Fue entonces cuando recibí un mensaje inesperado. Ricardo Meyer, antiguo colega de los tiempos de Wiki Lovecraft, se había puesto en contacto conmigo por medio de las redes sociales.

Sin embargo, aquel día el intercambio fue breve y pronto regresé a aquellos entretenimientos a los que suele entregarse un hedonista como yo. Debo decir que no di mayor importancia a ese pequeño inciso, aunque reconozco que fue agradable volver a saber de alguien a quien había perdido el rastro hacía tantísimo tiempo.

Fue meses después cuando Ricardo volvió a contactar conmigo, esta vez con una idea en mente: tenía pensado publicar una recopilación con sus relatos y deseaba que le diese mi bendición para utilizar un puñado de antiguas ilustraciones mías. Casualmente, Ghisguth fue una de las escogidas. Eso reavivó mi deseo de hacer algo tomando a Ghisguth como hilo conductor, de manera que le propuse que incluyera en su antología un relato mío sobre el tema. Él accedió y yo comencé a escribir, con la idea de hacer algo pequeño y modesto. Sin embargo, las ideas que llevaba acumulando durante años, ideas reprimidas a las que había privado de llegar a materializarse, acabaron por confluir en mi mente en aquel momento de inspiración y pronto perdí totalmente el control del relato. Personajes procedentes de mis sueños, de mis juegos infantiles, acabaron por unirse a Ghisguth en las hojas de aquel escrito. Y, así, nació Erebos, una historia que toma el nombre del dios de la tiniebla, esposo de la aciaga Madre de la Noche y padre del Sueño y de la Muerte, de Hypnos y Thanatos.

El resultado fue mejor de lo esperado, hasta el punto de que el propio Ricardo decidió que la antología girase en torno a las bases que Erebos había sentado. Y, lo que había comenzado como una colaboración puntual, pasó a ser una coautoría. Poco a poco, entre los relatos que él y yo fuimos agregando, el lore que se había iniciado con el nombre muerto de Ghisguth se fue expandiendo exponencialmente, con más deidades, con nuevos libros prohibidos e interesantes personajes. Pronto cobraría relevancia la figura del entrañable pero sospechoso Leopoldo Teja, editor de la revista sensacionalista Shangri-La 93. Y quiero añadir que, sorprendentemente, todo aquello que se fue incorporando progresivamente parecía encajar con el conjunto de una manera orgánica, casi como si una voluntad superior guiase nuestras manos.

Pero ¿quién sabe? Creo que será más interesante si dejamos que sea nuestro prudente lector determine si acaso existe una entidad trascendental, llamémosla divinidad, musa o daimon, dictando los renglones de estos nuestros escritos. Puede que sea así; puede que la barrera que separa la realidad de la ficción sea más endeble de lo que creemos. Puede que nosotros, humildes escritores, simplemente hayamos respondido a la Llamada de Ghisguth. Que, en nuestros corazones, hayamos escuchado el indescriptible canto de sirena, procedente de la primordial garganta de aquel a quien llamamos «La Voz de las Profundidades». Acompáñenos, de la mano de Leopoldo Teja, en esta Odisea que iniciamos de la mano del Erebo y que ha de llevarnos en dirección a lo desconocido. Porque la publicación de esta antología no es el final; de hecho, es solo es el principio.

Aun así, sea consciente, audaz viajero, de que el presente tomo no aspira a alcanzar el Parnaso de las artes ni, mucho menos, a ser estudiado como una verdad revelada. Tómelo en cuenta, simplemente, como la humilde aportación de un par de autores extravagantes, con más erudición que sentido común. Y, citando al temido Emperador Inmortal:

Mi barca navegará por siempre entre las estrellas circumpolares. Yo cortaré la cabeza de Algol y reclamaré el trono de Sirio.

Mi brazo fuerte castiga toda vanidad.

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