Otra vez me he desmayado. Ese último ramen instantáneo me ha hecho vomitar y marearme.
Creo que va a ser la gamba con sabor a cartón. Necesito comer algo más sano. Ahora que mis padres me han dejado de lado por un largo tiempo, no tengo ganas de cocinar. Además, mi madre solía limpiarme la habitación. Ahora hay dos montañas de cajas de fideos vacías a los lados de mi mesa con mi portátil. La montaña de la derecha está haciendo un amago de derrumbarse sobre la estantería donde tengo las figuritas de mis chicas favoritas. Si se llegase a desmoronar, caería encima de las de Rem. No puedo permitirlo. Voy a recoger solo esa montaña y a meterla en una bolsa de basura. Luego ventilaré la habitación. De la otra me ocuparé cuando no me quede más remedio.
Vaya, se me ha caído la bolsa por la ventana… menos mal que justo debajo está el cubo de residuos. Aun así, creo que debería salir de casa. La manta que llevo encima no parece muy sucia, así que me la voy a llevar puesta. Hoy hace un poco de frío en la calle, por lo que esta manta de «La chica reencarnada en la tostadora de un wok de tofu en Mexico» me viene de lujo.
En el piso de abajo no hay nadie (obviamente) y me estoy preparando mentalmente para salir. Zapato, zapato, abrir puerta, cerrar puerta. Paso a paso, me desplazo por esa familiar carretera, sintiéndome vigilado únicamente por ese viejo y solitario Seven-11. Para esta expedición voy a rodear el hospital, con el fin de llegar hasta el final de este apagado pueblo.
Cada paso que doy me genera una molestia en la cabeza. Ahora que acabo de pasar el parque de los trineos, siento que ya no hay vuelta atrás.
Desde esta parada de bus, ya puedo visualizar el Torii. Encima de mí se halla la señal de «Sukagawa y Minamiaizu». Bien, esto es lo más lejos que he salido desde hace 4 años. Aún recuerdo que el primer año no pude salir de mi habitación por miedo de mí mismo. Me merezco una bola de arroz y un dorayaki. Aunque… lo más duro siempre es volver, desandando los pasos que he dado.
* * *
Al fin en casa. De vuelta en mi ordenador, sigo jugado a este maldito gachapón. ¡A saber cuántas horas he estado viciando! Pero… no me arrepiento de tener a todas estas chicas macetas mirándome todo el tiempo a través de una pantalla. ¿Y esto? Una notificación de correo de pleh.iakukuf|ufikk-ahsiak#pleh.iakukuf|ufikk-ahsiak a ten.teen|romkih#ten.teen|romkih… no recuerdo haber creado ni vinculado ningún correo a mi pc desde que vivo aquí. Tiene mis siglas, pero no sé lo que significa lo demás. Parece ser una oferta de trabajo de un hotel. Me ofrecen jornada media para ser encargado de encuestas a clientes. ¿Cómo que encuestas? No tiene buena pinta.
Salario mínimo, posibilidad de jornada partida, horas extra no pagadas. Lo voy a añadir a correo no deseado. Ahora que lo pienso, no tengo dinero para tirar al gacha de la maceta torreta. Necesito salir a despejarme. Iré a visitar a mi hermana.
Menos mal que en el súper recordé comprar incienso. Mientras mantengo la mente en blanco, visualizando la cara de mi hermana, dejo caer poco a poco las cenizas sobre la tierra que hay a mis pies. Eso me recuerda que ella realmente está enterrada al otro lado de esos raíles que hay a mis espaldas. ¿Podría ser su muerte la causa de mi aislamiento?
Si ella estuviera aquí, probablemente me daría una patada voladora en la mandíbula al verme en este estado penoso. Me obligaría a salir del pueblo, incluso a aceptar esa estúpida oferta. Si existiera un cielo o un infierno, ella estaría decepcionada de mí. Pero no siento que eso sea suficiente motivación para cambiar los hábitos. Solo deseo con todas mis fuerzas jugar al gachapón hasta que acabe el día. Y, así, repetir el bucle…
* * *
«SERVIDOR CERRADO PERMANENTEMENTE». No puede estar pasando. Será una puta broma. ¿Dónde están mis plantitas sonriendo? No voy a poder volver a verlas. Nah, tiene que haber una manera. Seguro que mi progreso se ha guardado en algún lugar.
Pues parece que, definitivamente, la empresa del juego se ha deshecho de toda la información, ¿Qué sentido tiene mi existencia ahora mismo? Bueno, tarde o temprano tenía que pasar.
Encima de mí se proyecta un cielo despejado, con una ligera brisa. Debajo de mí yace mi hermana. A mi izquierda sostengo mi diario con una pluma y a mi derecha un cuchillo. Como últimas palabras diré que espero que mi hermanita no me dé un coscorrón cuando la vaya a ver. No me arrepiento de nada en esta vida.
* * *
Al final no he sido capaz de reunirme con ella. No creo que esto sea un final del que nadie se sienta satisfecho. Sé que a nadie le importo y no creo que nada cambie. Ya estoy hecho un lío. Lo único que me queda es responder a ese correo de la oferta. De paso me compraré una bola de arroz, que me la merezco…
Me responden que puedo ir directamente a la oficina del hotel a hablar con el gerente. En coche es media hora, pero hace mucho que no conduzco, sería muy peligroso. En tren tengo que ir al pueblo de al lado y tardo dos horas. Sería muy peligroso ir y volver todos los días, así que creo que voy a pasar. Me da escalofríos solo pensar en la cantidad de gente que usa el tren, nos tendrán que empujar dentro del vagón como piezas de Tetris hasta que puedan cerrar las puertas.
Parece que acabo de recibir un mensaje nuevo en el que me dicen que me traen en coche y me dejan hospedarme allí un mes como mínimo. Como no tengo nada que perder (mis katanas están protegidas por una aseguradora), confirmo.
Me dan un lugar y una hora de recogida, que cumplen puntualmente. Mientras me están llevando en coche, empiezo a rememorar cómo me encerré en mí mismo. En aquella época ya sabíamos que nuestra casa no tenía plomos. Nadie quiso revisar o cambiar los fusibles, porque nunca pasaba nada. Nos dimos cuenta del problema cuando encontramos el cuerpo
de mi hermana sin vida en el salón, mordiendo el cable del kotatsu. En ese momento, mis padres se alejaron de allí sin poder mirarme a la cara, como si yo tuviera la culpa. La situación parecía el ejemplo perfecto de padres estrictos, señalando a algo que en realidad es su culpa y, aun así, teniendo el estómago para victimizarse por ello.
* * *
La entrevista ha sido un poco rara. Ya de por sí he tardado en entrar al hotel porque, al abrir la puerta del coche, me sentía incapaz de pisar el suelo. Suelo desconocido, lejos de mi pueblo. El chofer no dijo ni una palabra, todo el rato había estado mirando al frente. Ni siquiera me ha echado la bronca por estar con la puerta del coche abierta durante 20 minutos, hasta que me atreví a salir. No es que no quiera entrar al hotel… ¡Ah si! ¡La entrevista! Pues un hombre que se hacía llamar «el relojero» me atendió con una sonrisa de oreja a oreja un poco falsa. De relojero solo tenía la chaqueta, de color marrón vaca.
Empezó preguntando cosas lógicas como dónde vivo, lo que hago con mi vida, etc. Luego derivó la conversación a otras cosas que no entendía mucho, que si meditar, que si «sexto sentido», que si «oigo voces». Al momento de responder todas esas preguntas raras, su risa falsa se fue convirtiendo sutilmente en una verdadera.
Procedió a explicarme el procedimiento con los clientes. Básicamente tengo que ir por cada piso a una hora en concreto a llamar puerta por puerta preguntando la calidad del lugar, servicio y atención. Hay tres pisos, tampoco hay mucho que hacer. El resto del tiempo me ha dejado hacer lo que me plazca. Firmé un trozo de papel y me dieron un traje y una cabina para dejar mis cosas. Ya mismo quiere que me ponga a ello. Los horarios son Hall descanso 18:00, Piso 1 18:30, Piso 2 19:00, Piso 3 20:00.
* * *
Ya he finalizado mi jornada y ha sido una autentica basura. En el primer piso hablé con unos estudiantes que huyeron de sus familias porque les exigían demasiado y les amenazaban con dejarlos sin comer. Les gustaban las habitaciones, pero no soportaban que un compañero o conocido que estaba en la habitación de al lado tuviese una llave con la que se encerraba en su cuarto. No se cortaron en decirme que le hacían bullying, principalmente cuando llegaban las horas de comer. Ese mismo chico no quería salir al exterior para no cruzárselos y me exigió que el hotel le dejase comida instantánea en todo momento frente a su puerta. En cierto modo, me recordó a mí.
El segundo piso fue un desmadre. Nada más subir, me enganchó el de la primera habitación, quejándose de que nadie le hacía caso por estar «por encima de todos». Quería que hubiera un sistema de prioridades donde él estuviese el primero, ya que se autoproclamaba «el mejor huésped del edificio». Puso de ejemplo a su compañero de pasillo, que destrozaba el mobiliario. Fue asomarme a su habitación y comprobar que tenía el papel de pared completamente rasgado, algunos cristales rotos por el suelo y unos símbolos de índole demoniaca que no llegué a distinguir del todo. Ya me disponía a volver a la planta baja para descansar cuando, de la nada, apareció el presunto autor del destrozo para señalarme. A decirme que si porto una maldición, que si se van a aprovechar de mí…
Por suerte, el tercer piso era más tranquilo. Dos chicas con un portátil, a su bola. Con una me puse a hablar un rato del gachapón de las plantas. Me contó que no podía dejar de ver memes y videos cortos random en el portátil. Necesitaba estar así mínimo dos horas antes de irse a dormir. Su única queja fue la calefacción, pidiendo que, como mínimo, la hicieran funcionar por la noche. La otra chica ni me miró. A lo mejor ni se dio cuenta de que estaba ahí. No paraba de escribir en lo que entendí que era un blog. O, a lo mejor, estaba haciendo un fanfic de sus animes favoritos. Me di cuenta de que, si hacía frío en esa habitación, era porque se había dejado la ventana abierta, pero parece ser que eso no le importaba.
Después de todo el caos, tuvimos una charla el relojero y yo. Aunque, más que una charla, parecía un interrogatorio, pero un interrogatorio con fines de reclutamiento. Honestamente, no me veía quedándome ahí, y tampoco nos veíamos encajando él y yo. Intentó, como un político, hacerme ver que era lo mejor que me podía pasar, que era una oportunidad única y que mejoraría mi vida.
Agradeciéndoselo, tuve que rechazarlo por completo. Todo este día me ha superado por completo. No he dejado de pensar en estar tumbado en mi habitación. Le di las gracias al relojero y me fui de ese sitio.
Mientras, paso a paso, me desplazo por la calle, la pregunta que ronda ahora mi cabeza es: «¿cómo vuelvo a mi casa?»