Me contaron de sus vidas,
Sus triunfos y sus fracasos,
De que el mundo andaba loco
Y hasta el cielo fue comprado
Y más miedo que ellos dos,
Me daba el propio ser humano.
-“Balada del Diablo y la Muerte”, La Renga
La luna brillaba en lo alto, suspendida sobre el valle, por encima de las frías agujas de los picachos y de las copas de los pinos. Un disco de plata que encontraba su reflejo deforme en las aguas cristalinas del riachuelo, en cuyas márgenes se detuvo el corzo para saciar su sed. Este, un esbelto macho joven de pelaje pardo y pequeñas cuernas de tres puntas, avanzó por las piedras de la orilla. Se movía despacio, con desconfianza; cada tanto se detenía y alzaba la cabeza para ventear, alerta a posibles amenazas. Por fin, inclinó el cuello para beber del manso torrente que discurría por el lecho sembrado de guijarros.
No se apercibió del peligro hasta que fue demasiado tarde y, al levantar de nuevo la cabeza, lo hizo para encontrarse con la muerte. Esta surgió de la oscuridad, desprendiéndose de ella como una sombra más. Un gruñido sordo y un zarpazo que le partió el cuello.
La bestia se alimentó. Desgarró piel, músculo y tendones con sus dientes, crujieron los huesos entre sus poderosas mandíbulas. Satisfecha, se arqueó mirando al cielo, a la luna que brillaba en sus ojos ambarinos. Luna de cazador, a la que rindió honores con su canto ancestral.
El escalofriante aullido de la bestia se prolongó por toda la espesura, haciendo que las aves remontaran el vuelo, en medio de aleteos y graznidos de terror.
Con la partida de la bestia, regresó el hombre. Retraídos colmillos y zarpas, reemplazado el áspero pelaje por la suavidad de la piel, Román caminaba por el interior del bosque. Aunque había aprovechado el riachuelo para lavarse la sangre de su presa, de todos modos componía una extraña estampa: un hombre casi sesentón, de pelo largo y barba gris, avanzando entre los árboles completamente desnudo.
Se detuvo frente a una gran haya. De un salto, desenganchó el gastado bolso marinero de una de las ramas. Allí lo había dejado, junto con sus ropas y demás pertenencias, en cuanto sintió el irrefrenable llamado de la luna. Estaba terminando de vestirse cuando una súbita ráfaga de aire le llevó el olor inequívoco de la muerte. Y esta vez no se trataba de un animal.
Lo encontró ya bajando de la serranía, en el corazón de la arboleda que se extendía a todo lo largo de la carretera. Román se inclinó sobre el cuerpecito roto, apartando el pelo del rostro salpicado de sangre seca. De no ser por este detalle, y porque la piel sobre las suaves facciones ya había adquirido la tirantez propia de la muerte, el pequeño parecía dormir.
Algo, una presencia a su espalda, advertida no por su parte humana sino por el depredador que siempre subyacía en él, le hizo volverse con brusquedad. Sólo llegó a percibir un movimiento en el límite de su visión, el de una gran forma que desaparecía entre los árboles. Como fundiéndose con el bosque y sus profundidades. Eso lo sorprendió, distrayéndole lo suficiente como para no advertir a los que llegaron en sentido contrario, desde la carretera.
—¡Por allá! —El haz de una linterna barrió las sombras en su dirección. El cono de luz lo envolvió por un instante, antes de que él se lanzara en busca de la seguridad del bosque.
Román echó a correr. Ahora sí, podía escuchar los pasos, aplastando ramas y raíces, así como oler el metal aceitado de las armas. Se maldijo a sí mismo por la distracción, que le impidió darse cuenta de la presencia de los recién llegados hasta casi tenerlos encima.
—¡Lo encontré! —aulló otra voz, y enseguida repitió, quebrada por la amenaza del llanto —¡Dios mío, lo encontré! ¡Es él!
Habían hallado el cuerpo, se dijo Román, en tanto más haces de luz traspasaban la oscuridad, más pasos a la carrera, más formas que se afanaban por cerrarle el paso. Hasta que una de ellas lo consiguió.
—¡Alto ahí, degenerado! —Se trataba de un hombretón de poblado mostacho pelirrojo, vestido con una camisa de lana a cuadros, pantalones bombachos y botas con puntera cuadrada.
Y armado con una gruesa escopeta de dos cañones, con la que le apuntaba al rostro —. Asesino hijo de la gran puta…
Aquel grandullón con pintas de leñador parecía muy ansioso por abrir fuego y, aunque eso no le mataría, Román era consciente de los muchos problemas que podía acarrearle. Por lo que se limitó a alzar las manos y a decir, en tono conciliador:
—Estás en un error.
—¡Y una mierda! Ya vimos lo que hiciste… —La mano del hombre temblaba peligrosamente sobre el gatillo, y Román se planteó la posibilidad de actuar, antes de que la cosa fuera a mayores. Pero entonces, la luz de una linterna cayó sobre ambos.
—¿Qué pasa aquí? —Era la voz de una mujer, que sujetaba la linterna por debajo de un revólver. Y que, empuñándolo de ese modo, se acercó a ambos.
—Pasa que estoy haciendo tu trabajo por ti, Ainoa —respondió despectivo el hombretón, sin dejar de encañonarle —. ¡Pasa que capturé al hijo de puta que asesinó a Patxi!
—Es “oficial Garaycochea” para ti, Iñaki —lo corrigió la mujer. Era delgada, de baja estatura y pelo rubio corto. Román reconoció, en su uniforme, las insignias de la Ertzaintza, la policía del País Vasco —. Y baja esa escopeta, que no estás cazando jabalíes.
—Pero… ¡es el asesino!
Al contrario del tal Iñaki, el pulso de la mujer se mantuvo firme al sostener el arma. Lo mismo que su voz.
—Baja la escopeta, Iñaki. No lo repetiré.
Al final, con un gruñido, Iñaki obedeció. Román consideró oportuno mencionar:
—Esto es un malentendido…
—Usted mantenga las manos a la vista y la boca cerrada —lo cortó la oficial, que ahora lo encañonaba sólo a él —. ¡Ordóñez! ¡Ordóñez, ven para acá cagando leches!
Un momento después, otro uniformado llegó al trote, por poco tropezándose con las raíces. Este era alto y flaco como un junco, y muy joven, poco más de veinte años. Por lo enrojecido de sus ojos, saltaba a la vista que había estado llorando.
—Aquí estoy, oficial —dijo, parándose firme en un intento por recuperar la dignidad después de un aparatoso traspié.
—Póngale las esposas al sospechoso.
—Si me permitís explicaros… —empezó Román, pero el joven agente ya estaba obedeciendo a su superior. Él no se resistió, y se dejó esposar las manos detrás de la espalda, mientras ella anunciaba, su voz cargada de la impersonal dureza de la autoridad:
—Todas las explicaciones serán dadas en la comisaría, caballero. Hasta entonces, le conviene permanecer callado.
—Como usted diga, oficial —respondió, resignado, mientras lo conducían a través del bosque, hacia la carretera.
* * *
Además de la patrulla, un Seat Altea XL en cuyo asiento trasero acomodaron a Román, había dos camionetas civiles aparcadas sobre el arcén. Pertenecientes, sin duda, a los voluntarios que participaban de la búsqueda. La oficial Garaycochea hizo unas llamadas por la radio del coche, luego este se puso en marcha.
El trayecto hasta el pueblo transcurrió casi en el más absoluto de los silencios, con la oficial al volante y el agente Ordóñez en el asiento del acompañante.
Esposado en la parte trasera, Román contemplaba el agreste paisaje que jalonaba el camino. Las dos camionetas iban detrás, siguiéndoles de cerca; por el camino se cruzaron con una ambulancia que venía en sentido contrario. La encargada, supuso él, sin equivocarse, de recoger los restos del pequeño.
Al cabo de más o menos dos kilómetros, Román vio aparecer, a la derecha del camino, el contorno de una gran construcción que, a medida que se fueron acercando, resultó tratarse de un aserradero. “Maderera Inzaurralde Hermanos” rezaba el letrero sobre el portón de la entrada, con letras descoloridas. Esa era la principal fuente de trabajo del pueblo, que surgió un kilómetro más adelante, en el fondo de un valle rodeado por colinas arboladas. Donde, junto a la carretera que descendía de forma bastante abrupta, otro letrero parcialmente carcomido por el óxido daba la bienvenida a Bureskunde.
Bureskunde era un pueblecito que no iba mucho más allá de su calle principal, que se extendía a partir de una pequeña gasolinera. Tenía una plaza central, a cuyo alrededor se levantaban sus edificios más importantes: la alcaldía, la escuela, la iglesia y la comisaría, frente a la cual se detuvo la patrulla.
—Abajo. —Lo condujeron hasta el interior de una pequeña oficina, lo sentaron delante del único escritorio, frente al agente Ordóñez, mientras la oficial Garaycochea se encerraba en su despacho, cuyo teléfono sonaba sin parar.
—¿Tiene alguna identificación? —le preguntó el joven agente, tras vaciarle los bolsillos y registrar a conciencia la mochila, donde no halló más que un saco de dormir, un par de latas de conservas, una navaja multiusos, una cantimplora con agua y una pequeña petaca de whisky.
—Se la comió mi perro —le respondió, imperturbable. El otro hizo caso omiso de la chanza y prosiguió:
—¿Nombre completo?
Román masculló un nombre falso, uno de los tantos que solía dar. Después, Ordóñez le tomó las huellas dactilares, seguida de una breve declaración de la que tomó nota en el viejo ordenador.
—¿Hacia dónde se dirigía?
—No llevo rumbo fijo.
—¿A qué se dedica?
—De momento, estoy en el paro.
—¿Y de qué vive?
—De lo que puedo conseguir.
El agente suspiró, se levantó de la silla.
—Muy bien, vamos.
—¿Adónde?
—Al calabozo. —Cogiéndolo por las esposas, Ordóñez lo obligó a ponerse en pie y lo llevó hasta una puerta en el fondo, pasando el despacho de la oficial. Román torció el gesto con ironía.
—¿Ya he sido encontrado culpable y condenado? ¡Y luego dicen que la justicia es lenta!
Ordóñez se detuvo a mitad de camino de abrir la puerta.
—Mañana vendrá el fiscal, él se encargará de eso. Y creo que no se da cuenta de lo grave de la situación, señor —le espetó, mirándole fijamente con una mezcla de indignación y espanto. Román le sostuvo la mirada para decirle:
—Me doy cuenta perfectamente: un niño ha sido asesinado, y ustedes están perdiendo el tiempo con un sujeto cuyo único crimen, además de no poseer documentación, es estar en el lugar y momento equivocados.
El agente no le respondió, en su lugar abrió la segunda puerta, que conducía a los calabozos. Tres celdas en sucesión, la de la derecha ocupada por un bulto durmiente, que roncaba desde el catre, envuelto en una raída manta. Y que, al oír el chasquido de la celda contigua al abrirse, se fue desperezando con lentitud.
—Buenos días, Dani —saludó, con voz somnolienta. Se incorporó, apartando la manta, para revelar una rojiza calva, y un rostro cubierto por una hirsuta barba entrecana —. ¿Me traes compañía?
—Aún es de noche, Aitor —lo corrigió el agente, en lo que le quitaba las esposas a Román, para luego empujarlo al interior de la celda—. Y yo me mantendría lejos de él, si fuese tú.
Con esto, la reja volvió a cerrarse con otro chasquido, y el agente se marchó.
—¿Por qué me dijo eso de ti? —se interesó Aitor en cuanto quedaron a solas. A juzgar por cómo arrastraba las palabras, y por lo aguardentoso de su aliento, Román concluyó que debía ser un alcohólico de los que se mantienen en un estado de semi ebriedad constante.
—Piensan que asesiné a un niño —respondió, encogiéndose de hombros al tiempo que se dejaba caer sobre el catre. Los ojos del borrachín se abrieron de par en par. Eran muy verdes, con el blanco veteado por el rojo de innumerables derrames.
—¿El pequeño Patxi Echeverría? —se asombró, y enseguida llevó sus manos a la cabeza, sujetándose del poco pelo que conservaba—. ¡Llevaban dos días buscándole!
—Bueno, pues yo soy el gilipollas que tuvo la desgracia de encontrarlo.
—¡Pobrecillo! ¡Y pobres de sus padres! —se lamentó Aitor—. El padre trabaja en el aserradero… bueno, como casi todos por aquí. ¿Sabes?
Román lo hizo callar con un gesto, y aguzó el oído. Aún en su forma humana, sus sentidos conservaban buena parte de su agudeza animal, y pudo escuchar que alguien más acababa de entrar en el edificio.
Pasos, luego la puerta del despacho de Ainoa abriéndose y volviendo a cerrarse.
—Adelante, doctor Iparraguirre —oyó la voz de la oficial, atenuada por la distancia—. Y gracias por su respuesta inmediata. ¿Ya tiene el informe?
—Hice lo que pude, considerando que no soy forense —respondió una voz gruesa, algo apergaminada—. Pero la conclusión de este humilde médico de familia es que el pequeño Patxi fue asesinado a golpes. —El deslizarse de una carpeta sobre el escritorio—. Está todo detallado: la causa de muerte fue un fuerte traumatismo en la parte posterior del cráneo, aunque también había hematomas en el resto del cuerpo.
—Por Dios. —Había más rabia que horror en las palabras de Ainoa—. Tenía diez años, ¿no?
—Acababa de cumplir los once. Yo era su médico… —Una risa, suave y amarga—. Bueno, como el de todo el mundo por aquí.
Otro sonido, el de la carpeta al abrirse, el de Ainoa pasando las páginas.
—¿Cuánto tiempo llevaba muerto?
—Me atrevería a decir que dos días.
—Desde que desapareció —la carpeta se cerró de golpe—. ¿Qué estaba haciendo ese niño en el bosque?
—Bueno, Patxi era muy inquieto. Basta con ver su historia clínica: dos puntos de sutura en la cabeza a los cuatro años, por una caída del triciclo. Fractura de muñeca a los seis, y fractura de pierna el año pasado, creo que al caerse de un árbol.
—Sí, bueno… pero si llevaba muerto todo ese tiempo… —Román oyó los dedos de la agente tamborilear sobre la madera—. Entonces puede que el tipo que tenemos en el calabozo diga la verdad.
—¿A quién detuvísteis?
—A un vagabundo que estaba por ahí, cerca del cuerpo. Un vejete indocumentado…
Román devolvió su atención a su compañero de encierro, y a lo que este intentaba decirle.
—…fue la bestia.
—¿Cómo dices? —Se volvió con brusquedad, para enfrentarse a la mirada vidriosa de Aitor. A su rostro, pegado a los barrotes.
—Yo sé que tú eres inocente, amigo. Tú no mataste al pequeño Patxi, fue la bestia del bosque. Llevo diciéndolo desde que desapareció, pero ¿quién escucha al viejo borracho de Aitor? ¿Quién?
A la memoria de Román acudió una gran sombra, la misma que había visto desaparecer en la espesura. Un borrón de movimiento en los límites de su visión. Tragó saliva, recordando sus días en el Departamento de Amenazas Sobrenaturales, y las cosas de las que había sido testigo, y partícipe.
—¿De qué bestia estás hablando?
—Del Basajaun, el Señor del Bosque. Es grande y anciano, como los árboles, y puede triturar a un hombre con una sola mano —pronunció, en voz muy baja—. Yo lo he visto, amigo. Pero a mí, ¿quién va a creerme?
La puerta de los calabozos se abrió de sopetón. Ainoa avanzó hasta plantarse frente a la celda de Román, con las manos en la cintura. Parecía muy molesta.
—Necesito que respondas a unas preguntas.
—Ya las he respondido a su subordinado, oficial —respondió con calma, acercándose a los barrotes.
—Necesito que respondas a más preguntas. Tengo un niño muerto, y un pueblo entero clamando por sangre. Tu sangre.
—¿En qué momento comenzamos a tutearnos, oficial?
—¡Joder! —Ainoa pateó al suelo con rabia—. Venga, échame un cable. Ni siquiera tienes una puta identificación…
—Siempre he ido a contracorriente.
Hubo una conmoción más allá de la puerta. Pisadas y voces encendidas, seguidas del agente Ordóñez, que cruzó la puerta retrocediendo, prácticamente arrastrado por la irrupción de un grupo de hombres en los calabozos.
—Venga, Iñaki… no os metáis en líos —imploró más que ordenar el joven uniformado, a esa procesión de rostros enfurecidos, encabezada por el viejo conocido de Román. El hombretón del mostacho pelirrojo, que, señalando a su celda, exclamó:
—¡Ese es, Henri! ¡Ese es el asesino de tu hijo! —Tras él venía otro hombre, más pequeño y nervudo, de mejillas chupadas y ojos hundidos, enmarcados por unas gafas con montura de acero.
—¿Fuiste tú? —preguntó el llamado Henri. Miraba a Román desde una faz lívida, de mandíbulas enclavijadas. Ainoa se interpuso entre el padre y la celda.
—Henri, respeto tu dolor…
Pero él sólo tenía ojos para Román, al que volvió a increpar.
—¿Fuiste tú? ¿Tú mataste a mi Patxi?
—Henri, tu lugar no es aquí. Tu lugar ahora mismo es con tu esposa…
Fue Iñaki, el instigador de todo aquello, el que intentó adelantarse. El mismo que apartó a Ordóñez de un empellón, en cuanto este amagó con detenerlo. La respuesta de Ainoa no se hizo esperar: desenfundó el revólver y disparó al aire. La detonación acalló todas las voces. Amenazados por el cañón humeante, los hombres retrocedieron.
—No quería llegar a esto, pero vosotros lo habéis buscado. Mañana vendrá el fiscal, y se comenzará la investigación; hasta entonces, el prisionero se encuentra bajo mi custodia. Y mi siguiente disparo irá contra la rodilla del capullo que siga aquí cuando cuente tres.
—No puedes defender al asesino de mi hijo… —se escandalizó Sergi. Ella permaneció impertérrita.
—Uno…
—¡Esto no se quedará así! —bramó Iñaki. El revólver se mantuvo firme en manos de la oficial.
—Dos…
No necesitó llegar al tres, y la turba se retiró por donde había venido, murmurando insultos y amenazas. Ainoa devolvió el revólver a su funda.
—Ordóñez, controla que salgan y asegura las puertas. Esta noche la pasaremos aquí.
—Sí, oficial —respondió avergonzado el joven, saliendo detrás de ellos. Román aprovechó para decir:
—¡Bravo, oficial! Estoy conmovido por el fervor con el que defendió mi integridad; por un momento, me recordó a John Wayne en “Río Bravo”.
—Corta el rollo. Te recuerdo que, si realmente se deciden a lincharte, sólo somos dos para protegerte contra todo un pueblo.
Román regresó al catre, donde volvió a recostarse.
—Confío plenamente en su autoridad, y en su capacidad para manejar la situación.
Ainoa dejó caer los hombros con hastío. Dijo, mientras echaba a andar hacia la puerta:
—Eres insufrible, ¿lo sabías?
—La historia de mi vida.
En cuanto la puerta de los calabozos se cerró nuevamente, Román se giró hacia la celda de Aitor.
—Amigo. ¡Eh, amigo!
—¿Ahora qué demonios quieres? —Envuelto en la manta, el borrachín intentaba reanudar su sueño interrumpido. Levantó la cabeza, para encontrarse con la enigmática sonrisa de Román.
—Necesito que me ayudes a salir de aquí.
* * *
—¡Ayuda, ayuda! —berreaba Román, aferrado a los barrotes—. ¡Se muere, se muere!
Al cuarto grito llegó Ordóñez, seguido de cerca por Ainoa.
—¿Qué cojones pasa aquí? —preguntó ella, suspicaz. Román señaló con la cabeza a la celda de Aitor, donde este yacía en el suelo, muy próximo a la fila de barrotes que los separaban. Revolcándose y pataleando, como si estuviera presa de un ataque.
—¡No sé qué le ha dado, pero parece que se está muriendo!
El joven miró a la oficial, a la espera de órdenes. Tras un instante de duda, Ainoa dijo:
—Sácalo, yo telefonearé al doctor.
Ordóñez obedeció mas, en cuanto se acercó al espasmódico Aitor lo suficiente, Román, moviéndose con una velocidad impensada, se estiró a través de los barrotes y lo atrapó en una férrea presa.
—Ni lo pienses, o le rompo el cuello —le advirtió a la oficial, en cuanto vio bajar su diestra en busca del revólver—. Vas a quitarte la cartuchera con el arma y a arrojarla lejos. Y lo mismo tú, muchacho.
—Estás cometiendo un error, viejo. Si en verdad eres inocente, con esto no haces más que condenarte.
—Lo siento, pero tengo una muy justificada alergia a las prisiones. —Aplicó algo más de presión, lo suficiente para arquear la cabeza del agente contra los barrotes, arrancándole un quejido—. Por favor, no quiero lastimar a nadie.
Ainoa se soltó el cinto con la cartuchera, lo arrojó al extremo opuesto de la habitación. Ordóñez dejó caer el suyo. Román asintió, complacido.
—Muy bien, muchacho. Ahora, dame las llaves.
—¿Agente…?
—Haz lo que te dice, Ordóñez.
Unos minutos después, Román abandonaba la comisaría por la puerta trasera, que comunicaba con el aparcamiento. Dejando a la oficial Garaycochea y al agente Ordóñez encerrados en la misma celda que Aitor, que no podía parar de reír.
—¡No puedo creer que hayáis caído en un truco tan viejo! ¡Sois peores que los polis de las películas!
Ella lo fulminó con la mirada.
—¿Por qué carajo tuviste que ayudarle?
—Porque él no mató al niño. Ya os lo dije: fue la bestia.
* * *
La camioneta montaba guardia en la esquina, sobre la misma manzana de la comisaría. Lo suficientemente lejos como para no ser advertidos desde el interior del edificio, lo suficientemente cerca como para vigilar quién entraba o salía por la puerta principal.
No ocurría lo mismo con la salida trasera, y Román pudo llegar hasta ellos sin ser visto. En su interior, el robusto Iñaki conferenciaba junto a dos de sus secuaces, bebiéndose una lata de cerveza tras otra.
—No podemos dejarlo así —gruñó por enésima vez uno de ellos, un gandul con la nariz aplastada en una de sus frecuentes peleas. Iñaki cabeceó, dándole la razón, y exhaló el humo del cigarro.
—Eso está más que claro; Henri es uno de los nuestros, y ese degenerado de mierda tiene que pagar por lo que hizo.
—¿Entonces? —intervino el otro, puro pellejo pegado al hueso, con un alargado rostro de roedor bajo un gorro de lana encasquetado hasta las cejas —. ¿Cuál es el plan?
—Hay que reunir a los chicos del sindicato, pero tiene que hacerse esta misma noche —sentenció Iñaki, y reforzó sus palabras triturando la lata vacía en una de sus manos —. ¡Ese cabrón no puede llegar a juicio!
Ya los otros estaban vitoreándolo, cuando la ventanilla del pasajero estalló hacia dentro, y Cara de Rata desapareció a través de ella arrastrado hacia afuera. Nariz Rota empujó la puerta para acudir en su ayuda, pero algo lo atrapó también a él, llevándoselo en medio de un alarido que no tardó en extinguirse.
—Pero, pero… ¿qué cojones? —Temblando, con frío sudor escurriéndose por su frente y cuello, Iñaki echó mano de la escopeta que siempre llevaba debajo del asiento. Afuera, en la noche, volvía a reinar el silencio, apenas perturbado por el ulular del viento a través de la ventanilla rota.
—¡No sé quién coño eres, pero te has metido con el cabrón equivocado! —gritó, mientras comprobaba que el arma estuviera cargada. Sólo le respondió el eco de su propia voz. Reunió coraje, abrió la puerta y salió, empuñando la escopeta. Rodeó a la camioneta por delante, para encontrarse con los cuerpos apilados de sus dos compinches.
—No te preocupes, están con vida —anunció una conocida voz detrás de él. Iñaki se volvió con el dedo en el gatillo, y la misma fuerza irrefrenable que le arrancó la escopeta de las manos le fracturó el dedo índice. Iñaki se encogió, gimiendo de dolor, con el dedo torcido en sentido contrario al resto de la mano. De pie ante él estaba Román. Lo reconoció, aunque su rostro permanecía oculto por las sombras, a través de las que brillaban los ojos. Un fulgor fosforescente, que reflejaba la luz de la luna.
—¿Qué… qué coño quieres de nosotros, tío?
Román partió en dos la escopeta entre sus manos, antes de responder:
—De momento, sólo necesito tomar prestado vuestro vehículo.
***
Román condujo la camioneta de regreso hasta donde todo había comenzado. Se detuvo junto al bosque, apeándose y echando a correr en dirección al lugar del macabro hallazgo. Su magnífico sentido de la orientación, sumado al del olfato, le facilitaron la tarea. Pronto llegó al sitio, aún podía sentir el hedor de la muerte flotando en el aire. Parecía mentira, pero no habían transcurrido más de algunas horas desde su captura.
Los ojos de Román relampaguearon en la penumbra mientras escrutaba los alrededores. Volvió a dar con la arboleda en donde, por apenas un instante, había visto desaparecer a la gran sombra, y, aunque no pudo hallar pisadas de ningún tipo, su sensible nariz se topó con un tenue rastro. Apenas el vestigio de un aroma, extraña mezcla a tierra, a pelo y a estiércol, que lo condujo hasta el corazón de ese bosque. Allí, la espesura se abría a un claro solitario, bañado por la luz de la luna.
El rastro era más fuerte, al punto de que Román pudo sentir no sólo la presencia que lo acechaba, sino también su agresión. Él, una criatura de instintos, era permeable a los de los demás, y se vio golpeado por una oleada de furiosa territorialidad, que precedió a la aparición de la bestia.
“No debes estar aquí” le advertía ese impulso, esa furia, proveniente de la mole que surgió desde los árboles. Era un auténtico gigante, de más de tres metros de alto, con todo el cuerpo cubierto de un espeso pelaje amarronado. El rostro, o lo que fuera que tuviese, también permanecía oculto, por una barba o melena, o quizá ambas, que colgaba en larguísimos mechones, algunos de los cuales rozaban el suelo al desplazarse. Nada más que los ojos resultaban visibles en aquella maraña de pelos, como un par de fosas, negras e insondables.
Román cambió. En un instante su cuerpo se encorvó, sus músculos se hincharon, cubriéndose de pelos; rechinaron sus huesos al cambiar de forma, se acható el cráneo y se alargó el rostro, para componer el morro erizado de colmillos. Brotaron finalmente las garras, y, con un aullido de desafío, el licántropo se lanzó al ataque.
Saltó sobre el inmenso cuerpo recubierto de pelos y, sus garras se hincaron en la gruesa piel. Pero la bestia, el Basajaun de las leyendas, lo atrapó por el cuello y se lo sacudió como quien arroja a un pequeño gato, haciéndolo rodar por tierra varias veces. Román se incorporó sobre sus cuatro extremidades, las fauces abiertas y babeantes, los ojos encendidos por el reflejo de la luna llena. Volvió a arremeter, esta vez por debajo, eludiendo a esos brazos larguísimos, a la vez que enterraba sus colmillos en una de las piernas. Su boca se llenó del embriagante regusto de la sangre caliente, a la vez que se vio recompensado por el dolor de su enemigo, al que sintió tambalear. La bestia descargó una sucesión de puños como mazos sobre la espalda del hombre lobo, haciendo crujir el espinazo, obligándolo a soltar su presa. Entonces bastó un tremendo puntapié para hacerlo volar a través del claro y estrellarlo contra los árboles. Rebotó, se fue de bruces al suelo y empezó a incorporarse, mientras sentía cómo sus huesos se reacomodaban y soldaban bajo la piel. Frente a él, envuelto en el halo espectral de la luna, el Basajaun arrancó de raíz un árbol joven, que blandió como una cachiporra.
El hombre lobo se agachó por debajo de un garrotazo que lo habría dejado convertido en pulpa, rodó para evitar otro que estremeció la tierra, abriendo en ella un pequeño cráter. Corrió a cuatro patas y se zambulló hacia delante, para escabullirse entre las piernas del gigante. Este giró y describió un arco con el tronco, que pasó zumbando a través del aire vacío, pues el licántropo ya se encontraba detrás de él. Con un salto y un rugido capaz de helar la sangre, Román saltó sobre la espalda del Basajaun, clavándole las garras y también los dientes, que cerró con todas sus fuerzas sobre el grueso cuello.
Volvió a regodearse en la agonía de su enemigo, mientras este se debatía de un lado al otro del claro, intentando fútilmente quitárselo de encima. Brotaba la sangre, roja e hirviente, de las heridas abiertas, empapando el pelaje del gigante, que, debilitado, acabó por caer de rodillas. Sin embargo, en un último, desesperado esfuerzo, consiguió arrojarse de espaldas contra el suelo, y aplastar al hombre lobo bajo su descomunal peso. El impacto dejó a Román sin aire, y permitió escapar al Basajaun, que se apartó reptando de manera lastimosa, dejando tras de sí un brillante reguero carmesí.
El licántropo también se alejó, rodando en sentido contrario, dando a su maltrecho cuerpo el tiempo que necesitaba para recomponerse. Como dos vapuleados púgiles al final de un asalto decisivo, así se miraron aquellos dos seres, desde los extremos opuestos del claro.
«Soy una criatura de la tierra, el señor de estos bosques» oyó Román la voz, cadenciosa y profunda, no a través de los oídos, sino retumbando dentro de las cavidades de su mente.
«¿Quién eres tú, para desafiarme e invadir mis dominios?»
—Soy un cazador —le respondió, su voz convertida por la forma lupina en un gruñido a duras penas inteligible —. Y he venido a destruirte.
«¿Por qué deseas hacer tal cosa?» había tristeza en las palabras de la bestia, la misma que brillaba en sus ojos, tan negros y profundos. Román se sacudió la sensación con un bufido, obligándose a recordar el motivo de esa cacería.
—Porque asesinaste a un inocente.
«Yo mato sólo para mi sustento, y mis presas son tan inocentes como las tuyas, cazador. Tal como aquella a la que tú diste muerte esta misma noche, en las orillas de un riachuelo, no lejos de aquí.»
—Hablo de un niño, un cachorro de hombre.
Poco a poco, el gigante se fue levantando, hasta cubrir al hombre lobo bajo su sombra. Pero ahora sus brazos colgaban lánguidos junto al cuerpo, sin ánimos de lucha.
«Jamás he matado a un ser humano, prefiero no dejarme ver por ellos» ahora la voz sonaba confundida. «Son un pueblo que no me comprende, y al que jamás podré comprender. Absurdos y peligrosos, como niños jugando a ciegas con cuchillos.»
Román también se puso en pie, y, en un tono similar, preguntó:
—Entonces, ¿el niño que yo hallé…?
«¿Quieres saber qué pasó con él?»
—Sí. —Sintió el peso de esa mirada, profunda y triste, y, con ella, algo más. El alma de la bestia, de aquella criatura milenaria y fabulosa, que se estiraba como una mano invisible, buscando alcanzar la suya.
«Permíteme mostrarte.»
Román le permitió. Y vio.
Y comprendió.
* * *
La puerta estalló hacia el interior, arrancada de sus goznes por un golpe dotado de una fuerza inhumana. Román entró detrás, irrumpiendo en la casa de los Echeverría como una tromba.
—¡Henri! —llamó, a voz en cuello, y atravesó la sala rumbo a las escaleras. Había regresado a su forma de hombre, caminaba descalzo y con las ropas desgarradas por su anterior transformación —. ¡Henri!
Lo vio aparecer en el rellano del piso superior. El hombrecillo nervudo, de mejillas chupadas y ojos hundidos. El padre de Patxi, el niño asesinado, que venía acomodándose las gafas, en pijama y con el pelo revuelto, arrancado del lecho en plena madrugada. Tras él, en similares condiciones, se asomaba una mujer regordeta en camisón.
—¿Qué… qué está haciendo usted en mi casa? —tartamudeó, atónito. Los ojos de Román ardían como dos ascuas.
—¡Sabes muy bien por qué estoy aquí! —tronó, y corrió escaleras arriba. Lo hizo encorvado, desplazándose por momentos sobre sus cuatro extremidades. El efecto fue aterrador, y la mujer retrocedió chillando, cubriéndose el rostro con las manos. El hombre le apuntó con una pistola, que esgrimía con manos temblorosas.
—¡No dé un paso más! —le advirtió. Erguido en toda su estatura, suelta la melena sobre los hombros y el rostro, Román siguió avanzando.
—Patxi era un niño muy inquieto —dijo, recitando de memoria las palabras que le había escuchado al doctor —. Dos puntos de sutura a los cuatro años, fractura de muñeca a los seis, una pierna rota el año pasado; «se cayó del triciclo, había trepado a un árbol…» eso era lo que siempre decíais, ¿no?
—¡No se me acerque más! —La voz del hombre también temblaba, lo mismo que la pistola, que apenas podía sostener. Unos pasos más atrás, encogida contra la pared, la mujer sollozaba.
—Sólo que, esta vez, las cosas se salieron de madre. ¿Qué pasó, Henri, el crío te sacó de tus cabales, te hizo perder los estribos? —A medida que crecía su furia, la voz de Román se fue volviendo más gutural, menos humana. A pesar de ser él quien lo amenazaba con un arma, Henri empezó a recular.
—¡Basta! —chilló. Román rugió, desbordado por el horror y la rabia:
—¡Llevas en tus manos la sangre de tu propio hijo!
¡BLAM!
Henri abrió fuego, la bala impactó sobre el pecho desnudo de Román. Este no se detuvo, sino que siguió avanzando, hasta capturar la muñeca armada y, girando, azotarlo de espaldas contra la pared.
—¿Qué hiciste entonces, Henri? ¿Cargaste el cuerpecito en tu camioneta, para abandonarlo en mitad del bosque? —Román retorció la muñeca hacia afuera, hasta escuchar el satisfactorio chasquido del hueso, seguido del aún más satisfactorio grito de dolor. La mano perdió fuerza, la pistola cayó al suelo —. ¿Luego volviste, pusiste la casa en orden, y sólo entonces llamaste a la policía, para denunciar que el pequeño Patxi había salido a jugar y nunca regresó? Me pregunto qué sentiste, al interpretar tu papel de amoroso padre acongojado, sabiendo todo ese tiempo que tu hijo criaba gusanos en el bosque.
—Basta… por piedad…
—¿Piedad? ¡Hasta las bestias más feroces cuidan de sus crías y dan la vida por ellas! —Convertida en zarpa, la diestra de Román salió disparada contra la cabeza de Henri. Perdonándola por pocos centímetros, dejando cuatro largos surcos sobre la pared, en su lugar. Lo soltó con repugnancia, dejándolo resbalar hasta el suelo —. Ni siquiera eres digno de que te mate.
Le dio la espalda. La herida de su pecho había dejado de sangrar, y empezaba a cerrarse. Aún no había llegado a la escalera, cuando sonó otro disparo. Román se volvió, para encontrarse con el cañón humeante de la pistola, ya no en manos de Henri Echeverría, sino en las de su mujer. Que acababa de disparar, no contra él, sino contra su propio esposo. Este yacía en el suelo, de espaldas a la pared, en el mismo lugar donde lo había dejado Román. Sólo que ahora, lucía un cárdeno orificio en mitad de la frente, y su sangre, junto con buena parte de sus sesos, embadurnaban el empapelado que había detrás. Román miró a la mujer, que, con los ojos anegados en lágrimas, farfulló:
—Cuántas veces debí mentir para protegerlo… ¡para proteger a ese hijo de puta! Pero ya no más, ¡ya no más! Y mi pequeño… ¡oh, Dios mío, mi pequeño! —Soltó el arma y cayó al suelo, hecha un ovillo. Román no quiso seguir escuchando, y se marchó sin mirar atrás.
Había sido demasiado para una sola noche, y todavía necesitaba poner todo el terreno posible entre el pueblo de Bureskunde y su persona. Aunque estaba seguro de que ya no le perseguirían por el crimen del pequeño Patxi, había cometido su cuota de contravenciones como para que los chicos de la Ertzaintza tuvieran su interés en dar con él.
Sólo confiaba en que todo ese embrollo no hubiese atraído atenciones indeseadas.
Las primeras luces del nuevo día lo descubrieron en la carretera, vestido con el juego de ropas que se había agenciado de la colada de un patio. La camisa le iba algo ceñida, los pantalones algo holgados. Por suerte, los zapatos eran cómodos. Román caminaba por el arcén, en el sentido del tráfico, haciendo autostop a los camiones que veía pasar. Al final, se dijo a sí mismo, puesto que la soledad y el tedio le permitían ponerse a filosofar sobre cuestiones como el bien y el mal y la vida y la muerte, aquel viejo borrachín de Aitor tenía razón. En verdad había una bestia en ese pueblo, la más terrible y sanguinaria de todas.
* * *
El hombre salió de la comisaría y cruzó la acera hasta su vehículo, un impresionante todoterreno Mercedes Benz de color negro que, en ese rústico y diminuto pueblo, atraía las miradas como un imán. Abrió la puerta, para ocupar el lugar del conductor; era de complexión fuerte, tenía el pelo cortado a cepillo, como un soldado, y llevaba los ojos escudados tras gafas de sol.
—¿Y bien? ¿Hubo suerte? —le preguntó el otro hombre, repantigado en el asiento del acompañante. Este era grande y robusto; su oronda barriga y abundante barba lo dotaban de un aire bonachón, como una versión más joven de Santa Claus.
—Estuvo aquí, Joan —asintió Jorge Caballero—. Hace apenas tres días. Andaba indocumentado, como un vagabundo, y lo detuvieron bajo unas sospechas que resultaron ser infundadas.
—¿Y luego lo dejaron ir?
Jorge negó con la cabeza, y la sombra de una sonrisa asomó a su usualmente parco rostro.
—Escapó en mitad de la noche, dejando a los agentes encerrados en su propio calabozo.
Joan Alcázar, apodado Goliardo, estalló en una sonora carcajada que estremeció toda su opulenta humanidad.
—¡Ese es el Román que conocemos, sin duda!
—Así es, pero no podemos dejar que continúe vagando como un perro callejero. Sabemos que otros le buscan, Joan —Jorge volvió a ponerse serio, mientras ponía en marcha el vehículo. Dio marcha atrás, rodeó la plaza del pueblo y volvió a tomar por la calle principal.
—¿Entonces?
—Entonces, tenemos que adelantarnos y encontrarlo primero. —Pisó el acelerador, el motor del poderoso todoterreno rugió al dejar atrás la calle y la gasolinera, para luego trepar por la empinada cuesta que los conduciría al exterior del valle, y del pueblo—. Román nos necesita, y nosotros a él.
Al final de la cuesta, pasaron junto a un letrero que, entre bordes comidos por la herrumbre, rezaba: “Estáis saliendo de Bureskunde, gracias por vuestra visita. ¡Volved pronto!”