La Boveda Celeste

“Dios os ha dado una cara y vosotros os hacéis otra”.

William Shakespeare.

No sé si necesito una razón más válida para escribir esto que el simple hecho de querer quedar con la conciencia limpia. Me llamo Alan Iniesta, soy estudiante de intercambio en segundo año de Informática y Programación en la Universidad Gustavo Adolfo Bécquer de Madrid. La mitad del primer año lo cursé en la Universidad de Buenos Aires, donde conocí al Profesor Juan Pelayo, quien gestionó mi intercambio aprovechando las buenas relaciones entre ambas universidades. Estaba feliz de estudiar en Madrid, ya que no me gustaba Buenos Aires y mucho menos la UBA, plagada de gente indeseable por no tener un examen de admisión. La Gustavo Adolfo Bécquer era todo lo contrario, sumado a que la calidad de sus académicos estaba a la altura de universidades como Harvard o la Miskatonic. Este segundo año transcurrió de forma relativamente normal, hasta que comencé a asistir a las clases del Profesor Francisco Mondragón, a quien declaro desde ya como el principal responsable de los hechos que ocurrieron y que van a ocurrir.

Había escuchado cosas “raras” sobre la Bécquer, como que en la biblioteca abundaban ejemplares de Las Revelaciones del Emperador Inmortal o incluso que tenían la extraña variante italiana del Liber Veneris, grimorio satanista del cortesano del Rey Carlos I, el polímata Recaredo Magnussen. Sin embargo, después de más de un año estudiando aquí, nunca logré ver nada realmente malo o extraño, a excepción de un cierto racismo que abundaba entre gran parte del alumnado. Tenía un amigo, otro estudiante de intercambio, Jay Dominguez, quien regresó a Puerto Rico después de que hiciéramos lo que hicimos. Recuerdo muy bien cómo comenzó todo: fuimos citados al despacho del Profesor Mondragón junto a Jay; no teníamos ni idea del motivo, pero resultó que necesitaba nuestra ayuda.

—Tanto Jay como tú sois estudiantes brillantes, por eso os he citado. Tengo un proyecto que, de funcionar, os librará de asistir a ciertas clases, además de ofreceros… “beneficios” de otra índole.

—¿Qué clase de proyecto? —dijo Jay, entusiasmado.

El profesor dio un suspiro, se quedó en silencio unos segundos y luego dijo con voz temblorosa, mientras ponía un libro sobre el escritorio:

—Este libro se titula Meditaciones sobre la bóveda celeste, fue escrito por el monje franciscano Domingo Montecastro en 1864. Podéis ojearlo si deseáis.

Tomé el libro, que estaba desgastado por el tiempo, me acerqué a Jay y comenzamos a echarle un ojo. No entendíamos absolutamente nada. El libro estaba plagado de dibujos geométricos, rodeados por unas palabras y símbolos que no comprendíamos lo más mínimo. ¿Qué podrían hacer dos estudiantes de programación con esto?

—La verdad es que no entiendo absolutamente nada, profesor —le dije.

—Yo tampoco, ¿qué tenemos que ver con esto? —añadió Jay.

—Lo que tenés ahí es un complejo sistema de información que, de algún modo, es comparable a un prototipo para crear una simulación, en términos informáticos. Es increíble, dada la época en que se escribió, tanto tiempo antes de que la informática se desarrollase como disciplina —hizo una pausa—. Si deseáis colaborar, podéis serviros del aula multiusos que hay junto al despacho del profesor emérito de periodismo, Leopoldo Teja. Franco os estará esperando allí.

—¿Franco? —preguntó Jay.

—Franco Lovemann, vuestro compañero de aula. Él me ha estado ayudando con esto y os podrá explicar mejor lo que debéis hacer; tiene una copia en PDF del libro que os he mostrado y trabajaréis junto a él. Si aceptáis, se os eximirá de cualquier actividad curricular que pueda suponer una traba para que trabajéis en este proyecto, ¿os parece?

Por un momento, Jay y yo no pudimos evitar sentir una cierta desconfianza, pero en el fondo pensábamos que era un proyecto de la facultad y hasta nos sentíamos honrados de haber sido considerados para ello. No nos gustaba mucho la idea de trabajar con Franco Lovemann, pues él nos molestaba por ser latinos, pero confiábamos en el profesor Mondragón. Aceptamos y, a la mañana siguiente, nos reunimos en la sala que se nos facilitó para el proyecto.

Al llegar, noté que la estancia había sido acomodada especialmente para nuestra labor.

Había tres ordenadores portátiles y una pequeña mesa de trabajo. Franco nos estaba esperando.

—Pero si llegó Puertorro y Malvinas —dijo con tono burlón.

—No empieces a joder ahora, Franco. Explícanos todo el rollo, que no entendemos qué tiene que ver un libro antiguo de geometría con un proyecto de informática —le respondió tajantemente Jay.

—Diría que no me sorprende que no entendáis, pero macho, ¿en serio no os dais cuenta todavía de lo que es ese libro?

Viendo la cara de confusión que debimos poner, Franco comenzó a explicar con su característico tono pedante.

—Este Montecastro fue un ocultista andaluz con bastante tiempo libre, suficiente para escribir libros como este, que no es otra cosa que un tratado basado en su estudio de la filosofía pitagórica. El tío estaba flipado, pero logró encriptar en los símbolos geométricos que veis ahí una serie de algoritmos que no fueron desarrollados sino hasta más de un siglo después, aproximándose a lo que sería el mismísimo Método Montecarlo —hizo una pausa—. Se decía que, mediante esta configuración, Montecastro buscaba conocer el rostro de Dios, realizando una serie de experimentos de contemplación mediante el uso espejos de diferentes lentes, pero esa ida de olla ya daría para contar otra historia que no viene al caso. De momento mirad estos documentos que he impreso.

No podía creer lo que estaba viendo, pero Franco, de alguna manera, había hecho una transcripción de diferentes figuras del libro, calculando los ángulos y demás en un sistema genérico de código informático. Sin embargo, notamos que había comandos que no reconocía, como FUSHI, AGLA y TET. Yo no entendía nada, pero Jay estaba fascinado.

La Cámara de la Eternidad —dijo Jay.

—¿Qué tiene que ver en todo esto? —pregunté.

—Coño, Alan, el equipo de desarrollo ha facilitado el uso de su software para este proyecto —respondió Jay.

—¿Esto no es peligroso? ¿Es legal siquiera? ¿Y pretenden ver el rostro de Dios acaso?

—No sé si hay un Dios, pero Mondragón me prometió que si hacía esto se encargaría de que pasase de curso, “limpiando” todas las asignaturas que tengo suspensas. No tengo ni idea de si esto es legal, ya sabes la movida que hubo con el caso Palacio de los Eones, que hasta salió en las noticias. Pero no te preocupes, que esto será mucho más simple: tan solo tenemos que programar los scripts para la simulación. Y, para ello, se nos han proporcionado estos ordenadores equipados con software de FUSHI —dijo Franco.

—Veo que ya has avanzado algo, ¿estás usando Unity para programarlo? Si estás usando el addon de FUSHI, entonces esta mierda no es legal —dijo Jay con un brillo indescifrable en los ojos—. No sé exactamente en qué nos hemos metido, pero, sabiendo de qué va la cosa, no rechazaría trabajar en esto por nada del mundo.

Me sentí estúpido y cobarde en ese momento, pero no lograba entender. ¿Qué era exactamente lo que había que hacer? ¿Programar una simulación y ya? ¿Por qué tanto alboroto? ¿Por qué recurrir a software de esa clase? Miré a Jay, que lucía exaltado, y le pregunté:

—Jay, ¿qué piensas que ganaremos con esto?

—Nada, Alan, nada —replicó Jay—, pero Mondragón nos librará de varias asignaturas por las que no tenía interés. Por lo demás, siempre quise jugar a La Cámara de la Eternidad, pero no tenía dinero para pagar la suscripción a FUSHI.

En ese momento me senté y vi las gafas de RV que se encontraban acopladas al ordenador de Franco. Tenía un mal presentimiento, pero, por un momento, pensé que quizá esto nos serviría para ganar un cierto prestigio como informáticos. Sé que suena loco, pero todo esto de “realizar una simulación del rostro de Dios” de algún modo me atraía. La Cámara de la Eternidad, nunca lo jugué, nunca me gustaron los MMORPG, pero estaba al tanto de toda la controversia que hubo cuando aquel chaval llevó las cosas demasiado lejos y acabó matando a otros jugadores. Por lo demás, esto sería más divertido que estar sentado todo el día en el aula. Sin más, acepté y nos pusimos a trabajar.

Se nos dispuso un servidor de FUSHI para programar la simulación; era vital que fuera lo más exacta posible, lo cual lo volvía difícil. Sin embargo, un antropólogo italiano llamado Giordano Vitale había escrito un manual para descifrar el alfabeto que aparecía en las Meditaciones sobre la bóveda celeste, y hacía comparaciones con algoritmos del último siglo en algunas de las numeraciones. Las transcripciones a códigos informáticos eran realizadas meramente por Franco y se testeaban en el software de RV para comprobar el resultado.

Estuvimos casi dos semanas trabajando sin parar y, antes de que nos diéramos cuenta, la simulación ya estaba lista. Habíamos logrado descifrar la secuencia que Montecastro encriptó; en ese punto ya ni siquiera podía entender si lo que habíamos hecho tenía sentido, pero, al menos, parecía seguir una lógica de carácter matemático. A la hora de testear la simulación en el software de La Cámara de la Eternidad, sería Jay quien usaría las gafas de RV, mientras Franco y yo nos encargaríamos de mantener el streaming con nuestros patrocinadores, la “Sociedad MORGANA”, una ONG que facilitó la tecnología al profesor Mondragón y que, según Franco, eran quienes lo estaban financiando todo. Investigué sobre la Sociedad MORGANA durante los días que trabajamos; era una especie de sociedad de matemáticos con sede en Londres y Devon, pero con un enfoque esotérico, lo cual, a estas alturas, no me sorprendía. El día de la simulación, el representante de MORGANA nos envió un correo diciendo:

Estimados colaboradores:

Desde el equipo de MORGANA para el progreso de la humanidad estamos muy satisfechos con lo que han logrado; sepan que esto no es sino un acontecimiento que cambiará y revolucionará para siempre la percepción que tenemos del cosmos, y que uds. han sido piezas clave para poder sacar adelante el proyecto.

Eternamente agradecidos, por siempre, para siempre, y en el Fin de los Tiempos.

—Fuoco.

Cuando llegó el momento de la simulación, el profesor Mondragón no estuvo presente físicamente, sino que optó por conectarse al stream junto a algunos representantes del grupo MORGANA. Ese día sentí miedo; debía haber anticipado que iba a suceder algo terrible.

Cuando la simulación se llevó a cabo, Jay se encontraba con las gafas de RV puestas; el software se inicializó de forma totalmente normal pero, cuando se suponía que Jay debía describir a MORGANA lo que veía y sentía, no dijo palabra alguna. Franco le dio un par de palmadas, pero Jay permanecía ahí, hierático. Los representantes de MORGANA no insistieron con preguntas, al contrario: guardaron un silencio sepulcral y, pasados unos instantes, sus representantes declararon con tono solemne que el éxito había sido total y absoluto.

Tras un desconcertante aplauso, las pantallas de nuestros patrocinadores comenzaron a apagarse, una a una, hasta que no quedó ninguno. El último en salir del stream fue el profesor Mondragón, que se limitó a dedicarnos una sonrisa antes de abandonar la reunión. La transmisión finalizó y, no sin una cierta preocupación, procedimos a quitarle las gafas de RV a Jay, descubriendo al hacerlo que tenía las pupilas completamente dilatadas y que un hilo de saliva se escapaba de entre las comisuras de sus labios. Recuperando de golpe la conciencia, se agarró a mí con fuerza y, con voz apagada, me dijo:

—Alan… ¿lo entendiste?

—¿Entender qué? No entiendo nada, Jay —le respondí— Franco, ¿tú sabes qué mierda está pasando?

Franco, con una mirada igual de confusa que la mía, dijo:

—Esto… me sabe mal.

—¡NO! —exclamó Jay— ¡Ustedes entenderán, pero no en este momento, sino ahora! ¿No se dan cuenta? Todo es como un árbol, pero solo uno puede ser la raíz, y ese no es otro que Ab-Tbohugha, ¿no lo han entendido? Las fórmulas del Telarión de Montecastro fueron descartadas por él mismo, ¡pero lo hizo porque no era digno de recibir la bendición del fuego! Yo he visto el rostro de Dios, y no es Ciego ni Idiota, pues su mirada me quemó y purificó mediante el fuego, ¡sus palabras eran la sabiduría de los Djinni!

Jay cayó de rodillas, balbuceando, ante nuestras miradas confusas e impotentes. Fue entonces cuando entró el profesor Mondragón en el aula, luciendo la misma sonrisa inescrutable que había exhibido al concluir el stream.

—Creo que es hora de que se vayáis a casa; ha sido un día arduo, ¿no es así? –dijo el profesor.

—Profesor, ¿qué le hicieron a Jay? – pregunté – ¿Qué es todo esto?

—Yo no hice nada, quienes programasteis la simulación fuisteis vosotros. Debo decir que me siento orgulloso.

—¿Pero qué mierdas dices? Le han tostao el cerebro a Jay, ¿qué coño es todo esto, Mondragón? —dijo Franco.

—Id a casa; Jay y yo tenemos mucho que hablar, ¿no es así, Jay? – dijo Mondragón, mientras Jay asentía. –Solo habéis hecho lo correcto.

Quería protestar, pero Franco se fue, iracundo. Al abrir la puerta, pude ver que había gente mirando desde el pasillo, sin duda curiosos por saber qué era lo que había sucedido en aquella hora fatídica. Esto me sabía igual de mal que a Franco y era consciente de que la habíamos cagado. Salí corriendo, con la intención de regresar a mi facultad, pero, al salir a los jardines del campus, me topé con don Leopoldo Teja.

—Muchacho, estate tranquilo —dijo con voz serena—. No ha pasado nada que no se pueda solucionar.

—¿Usted sabe de todo esto? —le pregunté.

—“Todo” es mucho decir, y es que, tristemente, estoy igual de limitado que tú —se acomodó las gafas y añadió—. Supongo que aprovechaste para leer el tratado de Montecastro en vez de limitarte a elaborar el programa, ¿verdad?

Negué con la cabeza. Le expliqué que solo había ojeado las figuras y programado los scripts según lo que Franco me decía.

—El fray Montecastro era un ocultista muy curioso, curioso en verdad —respondió, mesándose las barbas—. Afirmaba constantemente oír voces que… bueno… él decía que eran dioses. Sin embargo, era un hombre de fe, un monje ni más ni menos, con lo que todo este interés por lo oculto lo hacía entrar en conflicto consigo mismo, con sus valores. Mondragón me dijo que eras de Argentina, ¿eres católico?

—No, señor —le respondí—. Mi familia es laica, pero lo entiendo. Creo.

—Bueno, no hace falta ser religioso para saber que la mirada de Dios fulmina el alma. Aunque, créeme, lo que ha visto Jay es todo menos Dios. Al menos, no es “Dios” en el sentido monoteista de la palabra.

—Y, ¿qué vio Jay?

—No lo sé, no estuve ahí, pero puedo hacerme una idea. Hemos escrito un par de relatos y narraciones al respecto en mi revista; puedes leerla gratis en el sitio web de la universidad.

No entendí nada, aquella conversación solo me había generado más dudas. Pero, cuando me disponía a abrir la boca, Leopoldo Teja me cortó, diciendo:

—Ahora debo irme. Dejé trabajo a los alumnos de fotografía y, mientras, me he escapado para tomar unas copas. Pero, supongo que sería un problema que el rector me descubra, al fin y al cabo ni siquiera soy ya profesor titular y ya de por sí el hecho de que les dé algunas clases siendo emérito no le parece bien a todo el mundo. En fin… —suspiró— lo único que puedo sugerirte ahora es que guardes silencio sobre lo que has visto y oído. En este mundo, uno tiene que aprender a guardarse para sí lo que más duele, a guardarse la Verdad. Esto que te digo es válido desde todos los ángulos y para todos los propósitos.

Se fue con su peculiar caminar, dejándome con más preguntas que respuestas. Regresé por fin a mi facultad y, una vez ahí, me conecté a internet para leer los relatos de la revista de Leopoldo Teja, pero, una vez más, en lugar de esclarecer mis dudas, estas se hicieron más fuertes. Traté después de contactar por mensaje con Jay, pero no parecía llegarle nada de lo que le enviaba. Sinsaber muy bien qué más podía hacer, opté por sentarme un rato a pensar, diciéndome a mí mismo que quizá no había nada de malo en aquello que habíamos hecho. Solo habíamos trabajado en un proyecto ambicioso vinculado con nuestra carrera; lo que hubiera visto Jay no era algo que me incumbiera. Pero, ¿podía mantener esa actitud? ¿Podía mantenerme indiferente sabiendo que quizá Jay había dejado de ser el mismo de antes? Seguramente Franco podría, pues ni siquiera era tan amigo de Jay y, a fin de cuentas, le habían hecho pasar las asignaturas que reprobó. Pero yo no, yo no puedo.

Al día siguiente asistí a la universidad con total normalidad; ahora tenía una nueva jornada reducida gracias a los beneficios que me concedieron por participar en el proyecto, pero esperaba al menos, coincidir con Jay en la asignatura de las pocas asignaturas a las que tendríamos que ir. En concreto, suponía que coincidiríamos a eso de la una. Pero no fue así, pues no asistió a clase, ni tampoco lo hizo al día siguiente. Estuvo desaparecido toda la semana, sumado a que no contestaba a mis mensajes. Tuve que enterarme por el rector que Jay no podría seguir estudiando, ya que, debido a un problema con su visa, fue deportado a Puerto Rico. Los días transcurrieron con normalidad, nadie hizo preguntas, nadie sacó el tema. ¿Podía ser esto normal? ¿Le estaba buscando acaso las cinco patas al gato? Fuese como fuese, sentía que la verdad saldría a flote tarde o temprano. ¿Pero qué verdad? No habíamos hecho nada ilegal, ni siquiera haber usado software de FUSHI, pues tiempo después me enteré de que La Cámara de la Eternidad había sido declarado “software libre” una semana antes de que se diera luz verde a nuestro proyecto.

No hay nada más que relatar. Nada más que decir ni matizar. Tal como lo dije, la razón por la que escribo esto es porque quiero sentir que tengo la conciencia limpia, que no hay nada que ocultar. Creo, sin embargo, que hay una verdad más alta que la verdad que vemos, una verdad que se nos oculta a simple vista y que, por miedo, pasamos por alto, tal como yo lo estoy haciendo ahora al no querer involucrarme más en lo ocurrido.

“La mejor manera de vivir con honor en este mundo es ser lo que aparentamos”, decía Sócrates, y yo soy Alan Iniesta, estudiante de segundo año de informática y programación en la Universidad Gustavo Adolfo Bécquer de Madrid.

* * *

Alan Iniesta fue encontrado sin vida en su Departamento en la calle [CENSURADO] en Madrid, España. Horas antes había enviado el presente texto en formato .docx a Leopoldo Teja Suarez, adjuntado con el mensaje “Una falsa, una ficción”. Se reservan los detalles para interesados en el caso, por lo demás, las actividades de la Sociedad MORGANA comenzaron a ser monitoreadas y solo se ha sacado al limpio un vínculo con el culto terrorista Mordred, habiendo recibido una serie de depósitos de dinero en los recientes meses. Se desconoce la veracidad del relato del finado y de la existencia del programa desarrollado por Franco Lovemann, Alan Iniesta y Jay Domínguez. El Profesor Francisco Mondragón fue puesto bajo vigilancia durante dos semanas y ha sido descartado como cómplice y ha sido catalogado como víctima. Leopoldo Teja Suarez, por otra parte, aparece acá como una mera coincidencia pese a las constantes causas archivadas en las que también estuvo involucrado.

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