La Caja de Musica

En aquellos frenéticos acordes creía ver sombríos faunos y bacantes que bailaban y giraban como posesos en abismos desbordantes de nubes, humo y relámpagos. Y luego me pareció oír una nota más estridente y prolongada que no procedía del violín; una nota pausada, deliberada, intencional y burlona que venía de algún lejano lugar en dirección oeste.
—Howard Philip Lovecraft, La Música de Erich Zann.

* * *

2 de Abril de 199X

El cambio nunca me ha agradado demasiado. Ya en mi juventud, cambiar solo me suponía estrés y desagrado, circunstancia que hasta el día de hoy se ha mantenido inmutable. Que irónico.

Debo decir que conseguir un trabajo estaba bien; pero tener que mudarme a otro continente me parecía demasiado. Mi psiquiatra me sugirió que la mejor forma de afrontar un cambio que iba a alterar tan drásticamente mi rutina era escribir sobre ello. Por eso estoy haciendo esto. Es la única terapia que voy a tener en una larga temporada.

No voy a extenderme hablando sobre el viaje que he hecho para llegar hasta aquí. Mucho menos me apetece explicar los incontables —e insufribles— trámites que he tenido que llevar a cabo. Como mucho, me limitaré a incidir en algo que debería ser una obviedad: el trayecto ha sido agotador, pues tenía demasiadas escalas.

No ha ayudado el hecho de que me he visto rodeado de gente sudorosa y carente de toda clase de consideración. Creía que no se iba a terminar nunca. Casi deseaba que el avión se estrellase, aquello me libraría de tener que permanecer un minuto más ahí dentro.

Nada más aterrizar y tras una agobiante espera para recuperar mis maletas en las cintas transportadoras, no me ha quedado otra que ir a pie hasta mi nuevo apartamento cargando con las maletas. Ahora mismo estoy escribiendo desde él, se trata de un pequeño cubículo mal iluminado y peor aireado, situado en un edificio antiguo que casi parece que se fuese a venir abajo. El piso es todo lo que se podría esperar de algo tan barato: polvoriento, con muebles viejos, tablones que crujen y un potente olor a humedad. No sé quién podría vivir en un antro como aquel de forma voluntaria. Lo único realmente destacable es una pequeña caja de música de madera que alguien dejó encima de la mesa. Es realmente bonita, pese a su estado; de hecho, me sorprendió que no estuviese en una tienda de antigüedades. Pero entonces llegó la decepción: nada más abrirla, una nube de polvo me entró por las fosas nasales, haciéndome estornudar y toser violentamente; y, al darle cuerda, no emitió ningún sonido. Solo era un trasto roto; bonito, pero inútil.

En cuanto a la gente que vive en el edificio también es bastante… peculiar, por no decir algo más fuerte. Sin ir más lejos, el casero es un hombre bajo, barrigudo, hediondo y con un ojo lechoso. Da la impresión de que, con tan solo mirarlo, te fuese a contagiar toda clase de infecciones. Nada más que he entrado en el piso, he sentido la necesidad apremiante de lavarme las manos. Prefiero no tener que interactuar mucho con él. En fin, la única persona mínimamente decente es mi vecina de enfrente, una amable abuelita regordeta que casi parece sacada de un cuento infantil. Me da bastante ternura, lo reconozco.

Dejando todo esto de lado, solo me resta decir que, tras el viaje, la caminata y el haber subido hasta aquí cargando con las maletas, he acabado con el cuerpo completamente consumido por el agotamiento. No estoy de humor para limpiar, supongo que lo haré mañana, pues el cansancio supera al asco que me produce este agujero infecto. Solo quiero dormir, aunque hará falta rezar para que Dios me proteja y no sea devorado por cualquiera de los innumerables insectos y alimañas que deben habitar entre estas cuatro paredes. O que acabe con alguna enfermedad rara.

Supongo que, por mi seguridad, ya me trasladaré a un piso mejor cuando haya reunido unos ahorros.

* * *

3 de Abril de 199X

No tengo ganas de escribir nada hoy, Tan solo lo haré por mantener el hábito y la constancia. Aunque no puedo prometer gran cosa a largo plazo.

Hoy no ha sido un primer día particularmente prometedor. Si quería causar una buena impresión en mi nuevo empleo, he fallado en todos y cada uno de los pasos. Es como si los dioses de la fortuna a los que veneran aquí me hubiesen dado sus bendiciones, pero que lo hubieran hecho mientras miraban hacia otro lado y sonreían burlonamente.

Para empezar, no puedo decir que haya pasado una buena noche. Me atrevo a afirmar que ha sido una de las peores de mi vida, si no la peor. Una pesadilla constante, imposible de escapar. Me encontraba flotando en el vacío y una melodía extraña sonaba en el horizonte. Parecía lejana, pero, al mismo tiempo, lo suficientemente próxima para ser oída. Sentía que algo me observaba, aunque, por más que forzaba la vista, no lograba distinguir a nadie. Aun así, puedo decir que, sin duda, estaba ahí.

Me levanté sin apenas fuerzas, con el pelo revuelto y unas ojeras dignas de un oso panda. No hay suficientes duchas en el mundo para arreglar un estropicio semejante. Y mucho menos iba a conseguirlo con la mohosa bañera de este cuchitril. Con el pelo aún mojado, me vestí a toda prisa y salí a la carrera hacia la oficina, sin desayunar, sin tomar café y sin un ápice de energía ni de ganas de vivir.

Mi humor no mejoró según fue avanzando la mañana. Las miradas reprobatorias de mis compañeros y mi jefe me generaban irritación e inseguridad. Todavía tenía mal cuerpo por culpa de esa pesadilla, es por eso que ahora cada golpe, tos o corriente de aire me hacía sobresaltar, creyendo sentir tras ese sonido una melodía oculta. Menos mal que lo de anoche fue solo un sueño; una tontería así no debería haberme puesto los nervios tan a flor de piel. Vaya imbécil. Me quiero morir de la vergüenza.

Casi agradecí a todas las deidades del panteón japonés cuando el reloj marcó las seis y pude marcharme a casa, lejos de todos aquellos ojos acusadores. ¿Quién coño se creen que son? ¿Nunca han tenido un mal día o qué? Putos frikis perfeccionistas.

Al subir las escaleras me he encontrado con la vecina de enfrente, la ancianita adorable. Estaba tarareando algo que me era extrañamente familiar y desconocido al mismo tiempo. Me puso los pelos de punta, lo reconozco, pero eso no excusa la contestación borde y desproporcionada que le di. Ahora me siento mal, ha sido un día de mierda y yo lo pago con una pobre anciana que solo quería preguntarme que tal estaba. El domingo, cuando tenga todo limpio, la invitaré a una agradable comida a modo de compensación.

Tras una nutritiva cena a base de ramen instantáneo y una muy necesaria pasada de plumero sobre gran parte del mobiliario, voy a irme a descansar de una vez y a poner fin a este día nefasto. Eso sí, he tapado esa caja con una camiseta. Tanto viaje, jet lag y cajitas antiguas me ha debido de sugestionar. Pues esta noche no, amiga. Esta noche no.

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4 de Abril de 199X

No sé qué me está pasando, no sé si es el jet lag, el estrés, o que tanto moho como tengo en las paredes me está afectando, pero lo cierto es que hoy tampoco ha sido un buen día. De hecho, podría jurar que ha sido incluso peor que el de ayer.

No he podido dormir apenas, no he dejado de dar vueltas, manteniéndome en un estado entre el sueño y la vigilia. Una vez más, me encontraba flotando en la nada, sintiendo como me observaban, mientras, al fondo, escuchaba una melodía, mezclada con un siniestro susurro que no alcanzo a descifrar. Sonaba más cerca que anoche, era como si lo tuviese a unos escasos metros de distancia. Lo peor de todo ha sido despertarme y verme los brazos repletos de marcas, era casi como si alguien se hubiese estado aferrando a ellos con una fuerza sobrehumana. Pensándolo bien, debían ser las marcas de mis propias manos, aunque no recordaba haberme agarrado con tanta saña. De haberlo hecho, lo normal hubiera sido darme cuenta y haberme desvelado, antes de llegar a infligirme semejante castigo físico.

Al salir a la calle noté que había algo extraño, algo que me ponía de los nervios. Era de nuevo como si me observaran, la sensación era la misma que la que había experimentado en el sueño. Y, de fondo, comenzaba a sonar esa melodía tétrica e indescriptible que me perseguía en mis pesadillas. ¿Sería algún jingle1? ¿Cómo es que no podía recordarlo? Allá donde voy, sentía que me observaban, que me perseguían. Los niños tarareando esa melodía, las ambulancias haciendo sonar los mismos tonos e, incluso, el tráfico parecía seguir aquel ritmo específico. Necesitaba entrar en la oficina.

Escapar de todo esto, enterrarme entre papeles y demostrarles que hicieron bien al contratarme. Que no soy el despojo social que les parecí ayer.

Ni siquiera en la oficina sentí que pudiera encontrar paz. He visto las miradas de mis compañeros, los cuchicheos, como murmuraban sobre aquellas marcas que tan desesperadamente trataba de ocultar bajo mi chaqueta. Pero lo peor eran los sonidos, esos incesantes sonidos de tecleo que se arrejuntaban y separaban para formar esa melodía que parecía acosarme. Clac-clac-clac-clac. Una y otra vez, y vuelta a empezar. Ya comenzaban a irritarme con su cancioncita.

A la misma hora que ayer, salí pitando hacia mi apartamento, lejos de la multitud, de sus melodías y de sus miradas. A salvo de su persecución.
Entonces fue cuando lo vi.

Aquella figura, alta, esbelta y encorvada, se encontraba frente a mí, en aquel cruce. Era tan gigantesca que su rostro se ocultaba entre las ramas de un árbol cercano, mientras que su cuerpo estaba cubierto por un kimono tradicional, raído y desgastado. Sentí un sudor frío en la nuca y la espalda… había algo en aquella persona, algo que no estaba bien. Pero, lo que realmente me puso la piel de gallina, fue escucharle tararear aquella melodía, aquella siniestra cancioncita que me atormentaba. Miré desesperadamente a mi alrededor, con la respiración entrecortada ¿Es que nadie la podía oír? ¿Nadie veía lo surrealista que era esa figura? ¿Por qué nadie se daba cuenta?

Sentí un pitido en los oídos: la música me estaba taladrando el cerebro. Tenía que salir de allí. Me di la vuelta y salí corriendo, tratando de encontrar otro camino para llegar a casa.

Al llegar, mi corazón latía a toda velocidad, no podía respirar, sentía que los latidos trataban de acomodarse al ritmo de esa melodía. Entré en el cuartucho casi sin aliento, arrastrándome hasta llegar a la mesa, donde la caja de música aún permanecía oculta tras una camiseta. Con los dedos temblorosos, acaricié la fría madera tallada mientras daba cuerda. Nada salió. No había nada.

Debo dormir. Necesito dormir y olvidar que esto ha pasado.

* * *

7 de Abril 199X

La he visto otra vez. A la figura. Alta, esbelta, hecha de una oscuridad que le cubre el rostro. Sé que me está buscando, a mí, con esa melodía inquietante. No me deja dormir, me persigue en sueños, me susurra. «Obedece al Emperador» repite mientras la música suena. Siento como se hace eco en mi cabeza, resonando en cada célula de mi ser.

Al sacar la basura, he mirado hacia uno de los callejones. Allí estaba de nuevo, la figura del kimono raído, cuyo rostro parece envuelto en tinieblas. Pero, de algún modo, siento que me está mirando. Sigue tarareando esa música, sigo escuchando en mi cabeza miles de cantos y alabanzas al Emperador. Es como un martillo taladrándome el cráneo, al ritmo de esa puta cancioncita. Me ha empezado a doler la cabeza y me ha sangrado la nariz.

He decidido acudir a la policía, pero ha sido en vano. En este país, la policía está básicamente de adorno, dado el modélico comportamiento de sus habitantes. Me han mirado como si fuera un despojo social, una persona con problemas mentales que se inventa las cosas y les hace perder el tiempo. No me van a ayudar. Nadie puede.

Al salir, la imagen de esa figura sin facciones me perseguía, en cada callejón, en cada calle, sentía que se iba acercando cada vez más, que la música se hacía más alta. Ensordecedora.

Había empezado a correr sin que me diese cuenta.

Una farmacia se vislumbraba a lo lejos. No parecía una de estas tan nuevas, modernas y frías. Tenía un aire clásico y acogedor, me proporcionaba un sentimiento de seguridad que hacía tiempo que no sentía. Al entrar, un fuerte aroma dulzón me recibió. No era el olor químico de los medicamentos, sino algo más natural, creo que eso me tranquilizó. Aquello era, en apariencia, un herbolario tradicional.

Tras el mostrador, un anciano de aspecto afable me sonreía de forma amistosa, un cambio bastante bien recibido dadas mis experiencias en estos últimos días. Tarareaba él también aquella música. Sin embargo, en sus labios era una melodía casi reconfortante.

«¿Problemas para dormir?» fue lo que me preguntó en mi lengua nativa, de forma casi perfecta, aunque con un marcado acento. En ese momento, mi principal preocupación era saber cómo había averiguado con semejante precisión mis problemas. Se lo pregunté, y él simplemente se señaló los ojos con una pequeña sonrisa. Era cierto. Yo debía de tener las ojeras de un panda.

«Pruebe esto. Es bueno». Depositó sobre el cristal del mostrador un pequeño bote de muestra con un líquido verdoso. Sería alguna mezcla de hierbas exóticas para dormir. Le pregunté cuanto le debía, ante lo cual él me contestó que, dado que lo que me había dado era una muestra, me saldría completamente gratuita. Fue la primera cosa buena del día.

Al regresar a casa, mi ritmo fue más relajado. Ya no sentía esa horrible paranoia, la melodía había dejado de repetirse en mi cabeza. Siento que las cosas por fin van a mejorar.

Me acabo de tomar un par de gotas con un vaso de agua. No mucho, Pero, aun así, ya empiezo a sentir los efectos. Espero equivocarme, pero creo que, por alguna razón, esa melodía ha empezado a sonar a lo lejos.

* * *

10 de Abril de 199X

No voy a ir a trabajar. No puedo salir. Allá donde voy, la canción me persigue. En mis sueños, en mi trabajo, en la calle… todos la conocen, todos la saben y me la repiten, burlándose de mi desgracia. Me acosan con su melodía.

Quieren que salga, que me una a ellos, que la melodía me atrape a mí también. Pues no, no va a ser así. No dejaré que ganen. No caeré bajo su influjo.

Sé que la entidad está ahí, en la calle. Me asomo por la ventana y allí está. Cada vez en un sitio diferente. Cada vez más cerca. No tiene cara, pero sé que me observa y que está tarareando la melodía. Sé que quiere su caja de música, la necesita de vuelta. Pero la caja no me abandonará, no me dejará en paz.

Lo oigo llamar a la puerta, no puedo dejar que entre. Los firmes golpes sobre la madera me recuerdan a la melodía. Intenta entrar, me ordena que obedezca al Emperador, que lo sirva, como tantas veces me ha susurrado en sueños.

La caja de música. Todo esto es por su culpa. Todo empezó por culpa suya y de su melodía, imposible de escuchar. La veo encima de la mesa, frente a mí. Se está riendo de mí, sé que lo hace. Solo hay una forma de terminar con esto.

Estamparé la caja de música hasta que se ahogue en sus propias notas, la despiezaré como si se tratase de un animal que me dispongo a cocinar. Romperé el espejo con ella para que nunca pueda volver a funcionar.

No puedo seguir con esto, mi vida ha sido arruinada por una maldita caja de música. Pero nunca más, ya nunca más. Casi siento como mis ojos echan chispas al mirar esa condenada caja. Ya no me volverá a molestar. Nunca más. Nunca más…

* * *

13 Abril 199X

Las notas me rodean. Por todas partes… están por todas partes. No se escapa, no se puede, en la oscuridad solo se hacen más fuertes, por eso la luz es preciada. La luz me protege, la luz calma los cantos del Emperador, la luz calla la melodía. Pero sigue estando ahí. Yo sé que está ahí. Do-Re-Mi-Do-Re-Mi. Me doy golpecitos en la cabeza imitando su sonido. Los golpes se van volviendo progresivamente más fuertes hasta que me duele, pero no puedo parar, quiero que se calle, quiero que deje de sonar. Pero no para, no calla, no cesa en su bucle eterno. ¿Por qué no para? ¿Por qué no cesa? La caja está rota, la rompí. Sí, sí, sí, ¡sí! La hice mil pedazos, están ahí, delante de mí. La lancé contra el espejo para asegurarme, el espejo se rompió. El sonido del cristal quebrándose sonaba también como la melodía.

Ahora hay alguien conmigo en la habitación. No debería, pero lo hay. Estamos tres, yo, la melodía y ese alguien. Es la vecina, me cae bien la vecina. Me mira sin pestañear y está sonriendo. Ella también canta la melodía, mientras su sonrisa se vuelve más amplia. Se está consumiendo, su cuerpo regordete se está consumiendo, ya no es más que un montón de piel, pegada a un cuerpo huesudo. Se le pudren los dientes y, lentamente, se le están cayendo, dejando solo unas encías ennegrecidas. Sus ojos se están derritiendo como si fueran una vela y se deslizan sobre los pómulos, que se marcan como los que tendría una víctima de la desnutrición.

Siento como el aire silbante que entra y sale de sus cuencas vacías lleva la melodía consigo. Está dentro de ella, es parte de ella. Ella es la melodía.

Sigue sonriendo, mientras un líquido negro sale de sus labios, huele a óxido. Moscas han empezado a rondar a su alrededor, sus alas también vibran al ritmo de la música. Miles de gusanos blancos empiezan a brotarle de la piel, moviéndose como pequeños tentáculos.

Siento algo en mi interior, hay unas pequeñas protuberancias moviéndose en mi estómago, la melodía está ahí, quiere salir. O quizás son los gusanos, pero ellos también son uno con la melodía.

El cristal del espejo me ayudará, tengo que sacarla de mi interior.

He de obedecer al Emperador.

La punta afilada penetra en la carne y el dolor se convierte en liberación. Debo dejar salir la música, si se queda en mí, me corromperá. Las notas emanan de mi cuerpo, rojas y cálidas. Tengo que repetir el proceso, Tengo que dar cuerda, debo retorcer el instrumento dentro de mí. Sí, así sí. Ya puedo sentirlo. La melodía se está yendo, al igual que la vecina. Por fin el silencio.

* * *

XXXXXX

El Emperador está aquí.

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