La Mano Ejecutora

No hay locura de los animales de este mundo que no quede infinitamente superada por la locura de los hombres.
—Herman Melville, Moby Dick.

I

Tōma Igarashi estaba a punto de cumplir 50 años y no dejaba de pensar que no había nada de valor en su vida. Aquella idea recurrente lo devoraba por dentro desde hacía meses; se clavaba en el fondo del cerebro, convirtiendo cada una de sus decisiones en algo agotador, haciendo que no pudiera ni pensar. Por desgracia, en su oficio, el no mantener la cabeza fría y en orden podía ser contraproducente, así que respiró hondo, colocó el cuchillo sobre la base del cuello y lo deslizó con gracia. No era necesaria demasiada fuerza si se había afilado bien y se sabía hasta donde apretar. Sostuvo la cabeza de aquel desgraciado unos segundos mientras se desangraba y lo dejó caer. Aún convulsionaba cuando Tōma se alejó hasta la ventana que daba al callejón para encenderse un cigarro. Tōya y los demás permanecían junto a la mujer, que no paraba de llorar al ver el cadáver de su marido, cuyo rostro se había quedado congelado en una expresión de puro terror, con la boca torcida y los ojos en blanco, muy abiertos. —Hay dos cosas que no deberían permitirse en una sociedad civilizada —la voz de Tōma retumbaba por las paredes del almacén, dando la sensación de que estaba en todas partes—. La falsa modestia y el tratar de engañar a personas con las que te han advertido que no juegues.

La mujer se derrumbó en el suelo y entre lágrimas, mocos y súplicas ahogadas, rogó a Tōma. Eran ese tipo de imágenes las que añadían peso a esa idea que le reconcomía por dentro, ¿de qué servía todo aquello a la larga? No era más que un teatrillo para mantener una fachada ya demasiado endeble, una mentira que se llevaba mucho tiempo gritando a voces. Tōya lo miró y se llevó la mano a la cintura, donde guardaba el cuchillo. Tōma simplemente se giró y apuró la calada mientras escuchaba como la mujer se ahogaba en su propia sangre. Apagó el cigarro con la punta del mocasín, se ajustó la corbata y con un movimiento de cabeza puso en marcha a sus hermanos. Tōma llevaba más de veinte años dentro del gremio y había entrenado a conciencia a la mayoría de aquellos hombres; con un simple movimiento era capaz de indicarles a dónde irían a parar los cadáveres. Existía todo un lenguaje detrás: donde se colocaban, de qué manera y como. Aquella pareja podía haber tenido una muerte rápida, sin secuestros ni tortura, pero eran un asunto pendiente. No servirían para mandar un mensaje, pero sí para mantener siempre concienciados a todos los presentes; un simulacro de la verdadera brutalidad que se ejercía sobre aquellos que osaban traicionar la confianza y los favores del clan. Una vez terminada la función, tocaba recoger el desastre y deshacerse discretamente de los restos. A pesar de la brutalidad de su trabajo, debían mantener un perfil bajo y ser, a toda costa, sutiles, tanto en sus propios asuntos como en aquellos ajenos en los que tuvieran que intervenir. Una guerra oculta bajo la piel de la sociedad que se mantenía gracias a las miradas bajas y el evitar problemas. A nadie le gustaba estar implicado en sus negocios, lo que facilitaba enormemente el poder llevarlos a cabo, siempre y cuando supieran dónde y cuándo estar. Eran una patrulla bien organizada, cada movimiento estaba medido y calculado: la furgoneta tras las puertas del almacén, las bolsas, el peso que añadir para evitar que los cuerpos flotaran… Había que ser previsores y Tōma tenía que estar siempre dos pasos por delante para evitar el caos.

—Todo preparado, aniki1 —Tōya le abrió la puerta del almacén y vio como la furgoneta bajaba la calle en dirección al puerto. El resto de sus hermanos permanecía fuera, pendientes de miradas curiosas. Al verlo, todos comenzaron a moverse hacia los coches; habían terminado allí. Tōma se quedó unos segundos mirando hacia la carretera. Conocía bien el punto donde arrojarían los fardos: era un punto común, donde varios clanes se deshacían discretamente de la basura, un agujero negro entre las rocas donde las olas rompían con tanta fuerza que podía arrastrar a un hombre si no sabía bien donde pisar. Aquella zona pertenecía a los verdaderos dueños de la ciudad, los Fukahire. Su organización era de las más antiguas, con un liderazgo firme y mano de hierro, pero generosa si se la respetaba. Veinte años antes habían logrado acabar con casi una década de guerra entre clanes, dividiendo el territorio a partes iguales, atendiendo a las necesidades de cada uno de los oyabun2 que regían en la zona. Sus negocios eran diversos y cada uno se había especializado en un sector distinto. Ese sistema había logrado una extraña estabilidad durante años, y ya nadie se atrevía a pisar los negocios ajenos sabiendo que el pacto dependía de los Fukahire. Era un enemigo demasiado temible para discutir su autoridad. El viaje de vuelta al cuartel general le agradaba. Era un intermedio que le ayudaba a pensar con tranquilidad, un espacio en blanco donde simplemente desconectaba unos minutos del mundo, en el que solo debía preocuparse de ignorar la interminable cháchara de Kōji y Yoshinori, que insistían en organizarle una fiesta de cumpleaños en el local nuevo que había en el centro, para evitar volver a caer en la espiral de pensamientos negativos que resurgían cada vez que alguien mencionaba el tema. Tōya era el único que parecía notar su malestar y siempre les daba una patada en el asiento para que cerrasen la boca. El último tramo del viaje era una subida hasta la zona alta de la ciudad, con una vista privilegiada de la costa. Siempre había detestado el mar, lo que le hacía pensar que había sido un imbécil al acabar en una ciudad pegada a él. No era el agua, ni siquiera el viento cargado de sal o las putas algas que se le pegaban a las piernas. Era la inmensidad que emitía. Tenía la constante sensación de que, si se alejaba lo suficiente de la orilla, el mar lo engulliría y lo arrastraría hacia el fondo, oscuro y desconocido. Aquello lo aterraba, el peso del agua, los pulmones a punto de estallar, el hundirse cada vez más, el… —Parece que el oyabun quiere hablar contigo en privado, aniki. Tōma volvió a la realidad y asintió de manera automática. Entre cavilaciones habían llegado al cuartel y esperaban frente a la puerta del hall al final de la reunión de su oyabun en la sala de reuniones principal. La mayoría de los asistentes habían salido, pero sus lugartenientes aún permanecían dentro. Jiro Hirai y Kenichi Uchida eran el wakagashira y shateigashira3 de su oyabun y a pesar del respeto que debía profesarles, siempre había odiado a aquellos hombres. Jamás merecieron el puesto de poder que tenían; su gestión de las bandas había provocado una caída de la reputación del clan y una creciente pérdida de beneficios a causa de su nula intervención a la hora de controlar ciertas facciones, que, a la larga, acabaría por destruir algunos de los negocios más rentables si el oyabun no intervenía. Cuando terminaron la conversación, salieron de la sala, clavando la mirada sobre Tōma mientras entraba. Cerró las puertas tras él y suspiró; aquella gente era la que hacía que la yakuza se estuviera hundiendo cada vez más deprisa, y con ella todo lo que aquellos que les precedían habían construido. Eso era lo único en lo que realmente creía, al menos antes. No era una forma honrada de ganarse la vida, pero existía una sensación de unidad a una causa común. Su oyabun permanecía en su asiento en la mesa de reuniones, en la cabecera, frente a una antigua pintura de un mar embravecido. A diferencia de Tōma, a él el mar siempre le había fascinado. En ocasiones lo había comparado con un dios cruel, una entidad sin conciencia que podía arrasar todo lo que se le pusiera por delante, tan misteriosa como poderosa. Era un punto en el que coincidían, pero en posiciones opuestas. Su atracción hacia los antiguos mitos en ocasiones podía rozar lo enfermizo, pero Tōma lo veía como un simple hobbie de un hombre que había tenido una vida demasiado turbia. Su nombre era Masashi Yamagawa y, a diferencia de sus lugartenientes, había hecho lo imposible para mantener a flote a su clan. Ya rondaba casi los 80 pero los tebori4 y la gran cantidad de cicatrices de sus manos dejaban claro que era un hombre con el que no debías enzarzarte a menos que quisieras acabar muerto.

—Jiro y Kenichi serán tus superiores, pero no estoy ciego. Siempre se comportan como fieras inquietas en tu presencia, a pesar de que tú no eres una amenaza —El anciano comenzó a buscar entre los bolsillos de su chaqueta, hasta que, sin decir nada, Tōma le acercó su encendedor y un cigarrillo. Tras la primera calada, larga y densa, continuó—. Y ambos sabemos por qué me rindes cuentas a mí en estos asuntos y no a ellos. Tōma permaneció en silencio, apretando los dientes. —Es un tema que hace tiempo que no tratamos, kobun5. —Masashi le indicó con un gesto que se sentara y le devolvió el mechero—. Fue ese día cuando te regalé este mechero, no me olvidaré nunca. Tōma tampoco lo olvidaría. Tenía veinticuatro años y uno de sus primeros trabajos había acabado en un completo desastre: el proxeneta al que debían proteger había terminado con un balazo en un ojo y casi toda su banda estaba muerta o herida en el fuego cruzado. Por aquel entonces, los Fukahire todavía no habían logrado la paz, por lo que el caos en las calles, fruto de las guerrillas entre clanes, era algo diario. El truncar las operaciones del resto de organizaciones resultaba una manera eficiente de acabar con sus negocios. Solo le quedaban dos balas en el cargador y desconocía dónde estaba su katana, así que se agarró con todas sus fuerzas a la pistola y asomó la cabeza fuera de su refugio improvisado. Lo primero que alcanzó a ver fue el cadáver de unos de sus hermanos, acribillado, que todavía sujetaba el arma entre las manos, probablemente con el cargador lleno. El ataque había sido tan repentino que no tuvieron tiempo de reaccionar, algunos ni siquiera habían llegado a desenfundar. Varios de los miembros del clan rival continuaban allí, esperando a que alguno de los heridos reaccionara, con la intención de meterle una bala en el cráneo o hundir sus katanas en el pecho. Siempre funcionaba igual, no querían cabos sueltos, pero tampoco esfuerzos innecesarios. Dos de ellos conversaban animadamente sobre la última vez que apostaron al béisbol, mientras clavaban la espada en uno de los cuerpos. Tōma miró con atención: aquel hombre todavía se movía y lo estaba mirando directamente. Esa mirada suplicante le perseguiría el resto de su vida; los ojos hundidos, cubiertos de lágrimas, suplicándole que le ayudara, que le quitara el arma del cuerpo, que terminara con su sufrimiento. Tōma aguantó la respiración; aquella mirada de angustia había logrado saltarle las lágrimas, notaba como el alma se le caía al suelo. No podía hacer nada por su hermano caído sin morir en el intento, pero un pensamiento suicida se le repetía una y otra vez en la cabeza, como la mella de un disco rayado que, cada vez, se agrandaba más. Si disparaba a esos dos hombres, tendría tiempo de agarrar el arma de su compañero caído y tratar de acabar con el resto. Era una idea tan descabellada que incluso podría funcionar. Asomó de nuevo la cabeza y apuntó directamente al pecho de uno de sus enemigos, fallando el tiro, acabando en el cuerpo de uno de sus hermanos muertos. El ruido alertó al clan y comenzaron a acercarse cada vez más deprisa. Desesperado, agarró el arma y pensó en la bala que le quedaba como una salida; no permitiría que aquellos perros le pusieran una mano encima. Se colocó el cañón sobre la sien y acarició el gatillo con el dedo; si debía morir, lo haría a su manera. De pronto comenzó a escuchar el sonido de una ametralladora y gritó, pensando en que lo estaban acribillando. Pero, cuando vio que todo quedaba en silencio y que él continuaba de una pieza, comprendió que los disparos no iban dirigidos hacia su persona. De nuevo, notó unos pasos avanzando hacia él.

—Sé que estás ahí, sal —aquella voz le resultaba familiar, pero el terror le impedía saber si realmente era amigo o enemigo. Tōma salió de su escondite y apuntó a la cabeza a la que pertenecía la voz. Frente a él se encontraba el wakagashira de su oyabun, Masashi Yamagawa. Lo había visto solo un par de veces en persona, pero reconocería ese rostro en cualquier parte. Le observaba con una expresión tranquila, como si se alegrara de verlo a pesar de que le apuntaba con un arma a la cabeza. Lentamente Masashi acercó la mano y agarró la pistola, guardándola en la parte trasera de su pantalón. Tōma sonrió mientras iba perdiendo la consciencia a causa del shock. Si no estaba muerto, lo iba a estar. Despertó ya de noche, en un sofá, dentro del cuartel general. Dos de sus hermanos lo esperaban junto a la puerta y, al verlo, lo escoltaron hacia una de las salas de reuniones. Tōma conocía bien el precio de los errores en su profesión, pero, un error de aquel calibre, le costaría bastante más que la punta de un dedo. Su cabeza pendía de un hilo. Su misión había fracasado y siempre había que nombrar a un culpable. Al abrir la puerta, esperaba encontrar a su oyabun y a toda la plana mayor, listos para impartir justicia, pero solo estaba el wakagashira, apoyado contra una de las columnas del fondo, sirviendo whisky en un par de vasos. —No es fácil ser el superviviente, ¿verdad? Esa sensación de culpa es como suciedad que no te puedes quitar de la piel, pegajosa y maloliente, que hace que los demás te miren con pena o con odio, pensando en que tal vez no merecieras ser tú el que saliera indemne. Yamagawa acercó los vasos y le ofreció uno a Tōma, que lo agarró con ambas manos; estaba temblando de pies a cabeza y temía que el whisky acabara derramado por la carísima alfombra. Su superior permanecía tranquilo, incluso sonriente, como si todo aquel asunto le hiciera feliz. Cuando los dos se sentaron y dieron el primer trago, Tōma empezó a contar atropelladamente todo el incidente, haciendo hincapié en que había sido una emboscada muy bien organizada y que se vieron superados en número y armamento. «Una masacre», concluyó, al borde de las lágrimas. La mirada de su compañero, observándolo mientras le atravesaba aquella espada, se repetía en su mente una y otra vez. Tras unos segundos, Yamagawa dio un pequeño sorbo y apartó el vaso. Él ya conocía aquella historia, al menos la parte en la que serían emboscados. Hacía semanas que un rumor recorría los pasillos del cuartel general, uno que implicaba directamente a su oyabun. Por aquel entonces Mayusho Noguchi era el oyabun de la organización, que, tras medio siglo al mando, había empezado a prescindir de las indicaciones de sus consejeros y tomar decisiones bastante cuestionables. Algunos rumores indicaban un avanzado estado de demencia senil, pero, desgraciadamente, aquel viejo lobo sabía perfectamente lo que hacía: apenas empezada aquella época tan convulsa de guerrillas en las calles, comenzó a moverse información muy jugosa de su clan, jugadas, actividades y operaciones enteras acababan frustradas antes de que llegaran a término. Pero aquella mala racha ocultaba tras de sí un reguero de dinero que acababa en los bolsillos de Noguchi, dispuesto a desangrar a su clan hasta solo quedar él sobre la pila de cadáveres. Rico y sin remordimientos. —Tienes que comprender que esto que te estoy contando no debe salir de aquí, o, al menos, no hasta que llegue el momento. De eso depende tu pellejo, kobun. Tras esta cagada, eres la cabeza de turco perfecta a la que echarle todas las culpas. Gracias a la operación de hoy y a la confesión de varios de esos cabrones, ya tenemos las pruebas necesarias para lograr que pague por lo que nos ha hecho sufrir, pero todavía nos hace falta una cosa —sus ojos se agrandaron tras las gafas tintadas—. Un detonante. »El oyabun me ha enseñado todo cuanto sé. Me ha permitido tener una vida, un propósito, avanzar y convertirme en lo que soy, pero no estoy dispuesto a que tire por la borda todo lo que hemos construido por el miedo. Si caemos, caeremos con honor. En unos días, organizaremos una vista con todos los altos cargos, para exponer las pruebas de su traición al clan y la necesidad de su inmediata destitución. Tú deberás contar lo ocurrido esta tarde, el cómo os emboscaron, sabiendo que trasladaríais al cliente a una nueva localización, y cómo acabaron sin piedad con nuestros hermanos. De cómo sobreviviste y escuchaste la conversación entre aquellos dos hombres. Pero deberás cambiar un pequeño detalle. Tōma notaba cómo le palpitaba el corazón cada vez más deprisa, sabía qué iba a pedirle, algo que, aun no siendo ético, sí era lo correcto para que el clan pudiera seguir existiendo tras aquella crisis. —Debo mentir, y explicar que los escuché hablar sobre el sabotaje y la traición del oyabun. Eso, sumado a sus pruebas, convencerá al clan de que él debe desaparecer. Masashi asintió y le obsequió con un mechero dorado, que compartieron para fumarse un último cigarro. Sabía que aquel chico era fiel a unos principios arraigados, al igual que él, y que conocía el valor del bien común, aún a costa de vender su alma por mentir en algo tan crucial. Pero la carga de aquel viejo estaba pesando cada vez más y no permitiría que siguiera manchando el nombre del clan, incluso si eso significaba su final. Tōma no recordaba demasiado de los días siguientes, tan solo el eterno movimiento entre despachos y el jaleo entre sus hermanos, que juraban haber oído rumores, cada uno más disparatados que el anterior. Pero la fecha de la vista llegó, y Tōma cantó, palabra por palabra, todo lo que le habían pedido, seguro de que aquello era la decisión correcta. Mayusho Noguchi fue acusado de traidor al clan e, inmediatamente, destituido sin honor, sucediéndole en el cargo el propio Masashi Yamagawa, heredero legítimo por méritos propios. Incluso después de tantos años, aún podía verlo con los ojos desencajados, mientras se lo llevaban fuera de la sala, mientras chillaba que aquello era una trampa, que jamás habría traicionado a su clan. La voz de Yamagawa, ya envejecido y con la voz cascada, lo trasladó de nuevo al presente.

—Tu actuación se quedó en un segundo plano, y nunca fue reconocida como un mérito. Eso es algo que nunca me he perdonado. Pero un trato de favor habría puesto en entredicho la veracidad de las acusaciones y ese cabrón nos habría hundido mientras él se alzaba con los beneficios de su crimen. El eterno secundario que se mantiene tras el telón esperando un segundo de fama. Tōma asintió, distraído del resto de la conversación, que se había trasladado a los eventos del día y la ejecución del soplón. Rápido, limpio y sin testigos, como a Yamagawa le gustaba que se hiciera, pero siempre con ese toque dramático que hacía que sus hombres se mantuvieran alerta. —De todas formas, creo que estas cosas no deben empañar los buenos momentos. Tōya me ha contado que no estás muy contento de llegar al medio siglo, kobun. Créeme cuando te digo que es peor llegar a los 80, cuando te duele todo y olvidas hasta tu nombre —el viejo esbozó una sonrisa y se levantó con cuidado de la silla—. En mi época nos íbamos al burdel y bebíamos sochu6 barato hasta vomitar. Creo que tú mereces algo más elegante, pero sin privarte de algo de diversión, así que vete a celebrarlo. Es una orden.

* * *

Es como hundirse lentamente en el mar, pero no temas esa sensación de ingravidez, en la que tu cuerpo se fusiona con el espacio y lo convierte en parte del todo. Tus manos se extenderán hacia el negro infinito del fondo marino, tu mente pertenecerá a las profundidades de lo que se esconde tras el velo. No te resistas a lo que te deparan las aguas, eres el siguiente y debes estar preparado. La voz de aquella mujer parecía infinita, como un vapor que le penetraba en el cerebro, imparable y opresivo, pero tan fascinante que no era capaz de resistir el seguir escuchándola. Sus manos se enredaban, se habrían paso a través su piel, atravesándola y llegando a lo más hondo de su ser. A cada sacudida de su cuerpo se adentraba más y más, cómo si deseara desaparecer entre su silueta. La verdadera forma está tras los huesos de aquello que permanece, Tōma. Un sueño lúcido en el que todos acabaremos, siguiendo los designios del oscuro señor de las aguas, eterno, sin forma ni ser, celestial entre las olas del provenir. Solo debes escuchar su llamada, dejar atrás el cascarón vacío y tomar aquello que te pertenece, diluyendo sus cuerpos para que formen parte del sueño. Ahora ambos flotaban dentro de los interminables pliegues de una tela transparente, tan liviana que parecía no existir. Solo él y aquella mujer. Sostuvo su rostro con las manos y observó sus ojos. Era como mirar al océano, sus olas, sus tormentas, sus extraños designios conjurados eones atrás en una lengua tan antigua como el universo. Solo tenía que dejarse caer…

II

El sonido del romper de las olas lo despertó de golpe. Destellos de recuerdos confusos y abstractos le llegaban a la mente, acompañados de un extraño sabor en la boca y un terrible dolor de cabeza. Tōma estaba tirado en la playa, empapado y sin más ropa que los pantalones y uno de los zapatos. Trató de recordar cualquier cosa de la noche anterior, pero solo conseguía que le viniese la imagen de aquella mujer ¿Había sido real, o solo había sido producto de una mala mezcla de sustancias y mucho alcohol? Alguien como ella no podría ser de verdad; sus movimientos, su rostro, sus… ojos. Su contoneo le recordó al de la marea golpeando las rocas, tan fuerte que podía llegar a quebrarlas. Esa mirada cristalina… Tōma notaba como se volvía a hundir en ella, flotando entre las aguas, buscando desesperado el aire de la superficie… A medida que se acercaba al inicio de la playa, el recuerdo de su extraña noche fue cobrando peso. No podía haberlo soñado, lo sentía demasiado real, cómo si ella todavía lo estuviera acariciando con las manos, atravesándole la piel con sus dedos… Su dolor de cabeza comenzó a empeorar y tuvo que detenerse junto a unas verjas, desde las que veía gran parte del puerto. A lo lejos escuchaba muchísima actividad, coches de policía, bomberos, ambulancias… Todo alrededor del mismo edificio. Tōma conocía ese lugar, era la base de operaciones principal de los Fukahire. Podía ver cómo la policía acordonaba la zona y empezaba a alejar a los curiosos de allí. Un extraño destello se le pasó por la mente, tan fugaz que apenas pudo prestarle atención. Otro latigazo de dolor lo derribó. Algo en su cerebro no lograba funcionar, sabía que era importante, pero no conseguía retenerlo, como si fuera arena entre los dedos. Tambaleante, trató de levantarse y avanzar, pero no era capaz de mantenerse centrado o de orientarse, así que acabó deambulando sin rumbo. Al cabo de varias horas, unas luces hicieron que se detuviera. Eran los faros de un coche. —¡Aniki! —reconoció la voz de Tōya, que empezó a hablarle sin parar, aunque él no lograba entender gran cosa— …y, después, le perdimos de vista, ¿dónde ha estado? ¿Está herido? ¿Le hizo algo aquella mujer? Tōma le agarró con fuerza de la chaqueta y le clavó los ojos. —¿La viste? ¿Ella era real? ¿Dónde la viste? ¿A dónde me llevó? Tōya le rogó que se tranquilizara y lo acompañó al coche. Allí le explicó que habían empezado la noche en el garito del que Kōji y Yoshinori les habían hablado, bebiendo y charlando con las chicas que el dueño les ofrecía. A pesar de ello, Tōya le insistía en que en ningún momento prestó interés, hasta que ella apareció. No era demasiado guapa, pero desprendía un extraño atractivo, misterioso y cautivador. Se acercó a ellos y no paró de hablar con él, hasta que les dijo que se iría con ella a la parte de arriba. Todos se quedaron extrañados, pero tenía una expresión de felicidad como nunca lo habían visto, así que lo dejaron con ella y continuaron bebiendo hasta el amanecer. —Pero cuando subimos a despertarle, no quedaba nadie en la habitación, solo una cama revuelta, su chaqueta y el arma en la mesita. Llevamos buscándole desde entonces. El dueño no conocía a esa chica, nunca la había visto. Sea quien sea, daremos con ella, y tendrá que darnos explicaciones. Tōma asintió despacio y se quedó observando por la ventanilla. Poco a poco algunas escenas sueltas de la noche le venían a la cabeza: las botellas de sake sobre las mesas, una de las chicas sobre la pierna de Yoshinori, la horrible música del local… Y ella. Sus palabras se repetían una y otra vez, como un mantra grabado dentro de su cerebro. Solo debes escuchar su llamada, dejar atrás el cascarón vacío y tomar aquello que te pertenece… Al llegar al cuartel, vieron el caos reinante. Todos se movían frenéticos de un lado a otro, recibiendo llamadas y gritando noticias que llegaban de último minuto. Tōma pudo reconocer a algunos policías, que siempre soltaban información a cambio de favores o una buena cantidad previamente acordada. Pero incluso ellos parecían alterados. Cuando llegaron a la sala de reuniones principal, el oyabun sonrió al verlo y le insistió en que descansara, pero Tōma quería estar enterado de primera mano de lo ocurrido y porqué había tanto jaleo. Al cabo de unos minutos, Hirai, el wakagashira del clan, entró en la sala y pidió silencio. Estaba pálido, con la corbata mal puesta y una expresión de terror grabada en la cara. Al ver a Tōma trató de echarlo de la sala, pero su oyabun le dijo que se quedaría, al igual que Tōya. Ante su negativa, Hirai se resignó y comenzó a hablar.

—A estas alturas todos estaréis enterados del incidente en la base del clan Fukahire. Realmente no sabemos demasiado de qué ha ocurrido realmente, los pocos datos que nuestros informantes de la policía han podido reunir son vagos y extraños, llenos de incongruencias. Pero por desgracia todos coinciden en dos puntos: el primero es que no queda nadie vivo de los Fukahire que había en su cuartel, incluyendo a su oyabun y todos sus altos cargos, que estaban reunidos en el momento del ataque. La sala estalló entre gritos de exaltación y asombro. Tōma notó una fuerte arcada en la garganta, como si algo en su interior supiera eso desde que entró en la habitación. Notaba la cabeza cada vez más pesada, como si estuviera a punto de perder la consciencia. Tōya le insistió en que abandonara la sala y descansara, pero el oyabun gritó, pidiendo silencio, y Hirai continuó con su explicación. —El segundo es que los primeros indicios que tiene la policía indican que se trató de un ataque a gran escala, calculado y con intención de no dejar supervivientes. Fuera quien fuese, bloqueó todas las entradas por dentro, aseguró los accesos y no permitió a nadie salir. Han determinado que hubo resistencia por parte de los Fukahire, pero está claro que no sirvió de mucho. Lo que sabemos hasta ahora es que fue un ataque químico —Hirai se aflojó del todo la corbata y suspiró, casi al borde de las lágrimas—. Lo poco que han dejado de ello es un montón de masas ácidas y a medio descomponer. Joder ni siquiera los de la científica saben qué cojones les ha pasado o qué demonios les ha podido hacer eso. El silencio era sepulcral. Los rostros de aquellos temibles hombres se habían quedado en una eterna expresión de perplejidad; todo el poder del clan Fukahire, todos sus hombres, habían desaparecido de una manera agónica. Tōma notó como la bilis le ascendía hacia la garganta y se abrió paso entre todos para salir de allí. Logró llegar a los baños tambaleándose y se inclinó sobre la taza. Su cuerpo comenzó a convulsionar y, de pronto, de su boca comenzó a salir algo; notaba cómo se movía, le rasgaba la lengua y le golpeaba los dientes, era resbaladizo y desagradable, como si estuviera vivo. Finalmente logró vomitar. Cayó de espaldas contra la puerta del retrete, con la respiración agitada y cubierto de sudor. Fue entonces cuando escuchó que realmente algo se movía dentro del inodoro. Algo en el interior de Tōma le decía que no quería ver lo que había, pero un impulso dentro de él le obligó. En el fondo de la taza había un montón de pequeños peces, saltando sin cesar dentro del agua. Una nueva arcada le hizo inclinarse y vomitar más peces, una y otra vez. Tōma estaba aterrorizado, ¿qué demonios era aquello, qué le habían hecho? No era posible, pero lo estaba viendo. Los peces se movían furiosamente, saltando y salpicándole. Al cabo de unos minutos, agotado por el esfuerzo, se encogió, tratando de aguantar las arcadas. El sonido de aquellos bichos en el agua le estaba poniendo cada vez más nervioso, pensando en cómo habían salido de sus entrañas, de lo surrealista de aquella situación, de todo lo que estaba sucediendo a su alrededor. Gritó de frustración y, durante un segundo, imaginó que no era más que una alucinación, que nada estaba ocurriendo realmente. Entonces se detuvo. El sonido se detuvo y todo quedó en silencio. Tōma miró de nuevo, temeroso, y vio, con asombro, como todos esos peces habían desaparecido. Por un segundo se alegró de que solo hubiera sido una alucinación, pero, al mismo tiempo, se aterrorizó al pensar en ese hecho, ¿realmente había perdido la cabeza? ¿Era real algo de lo que le había pasado? Entre cavilaciones, su mente acabó en el mismo punto en el que llevaba pensando desde el principio: su vida valía ahora menos todavía. Viejo y senil, con alucinaciones extrañas y la sensación de que todo aquello no era más que el principio de algo que no alcanzaba a comprender. Pero otra imagen se le pasó por la cabeza, la de los ojos de aquella extraña mujer, sus palabras enigmáticas que prometían cambios y transformaciones.

III

Solo debes escuchar su llamada, dejar atrás el cascarón vacío y tomar aquello que te pertenece, diluyendo sus cuerpos para que formen parte del sueño Tōma besó aquellos labios, que parecían deshacerse al contacto con los suyos, sostuvo su cintura, ondulante e imposible, que se movía al ritmo de las olas. Esta noche, iniciarás un camino hacia las profundidades, en las que se te rebelarán los designios de aquellos que permanecen dormidos, a la espera de volver a alzarse. Serás la llave del inicio del fin. Tu cuerpo tomará una nueva forma, tu ser se verterá en el Eterno, tu sangre llegará hasta los designios del Oscuro. Debes dejarte caer, abrazar aquello a lo que estabas destinado, siguiendo sus deseos, volviéndote uno con el Abismo. Álzate y renace entre los huesos que inundará su alma, entre escamas y sal, álzate y cumple con el porvenir. Notó como su forma poco a poco perdía el contorno, volviéndose más ligero, más grande. Su piel se tiñó de blanco y sus músculos se disolvieron entre las sábanas, dejando solo un puñado de huesos que comenzaron a transformarse. No era humano, ya no, pero ahora comprendía todo. Su vida no había sido nada más que un simple paso, la primera gota del tsunami que se aproximaba. Ahora estaba completo. La mujer lo miró extasiada, bailando entre sus huesos, fundiéndose con ellos hasta desaparecer. El mensaje había sido entregado, ahora ella ya era parte de él y ambos podían cumplir su ancestral propósito. Primero, debía encontrar el núcleo y, poco a poco, ir avanzando hacia afuera, hasta acabar con todo en lo que había creído. Ascendió, atravesando los muros. Ya no era corpóreo, al menos no tangible, pero podía controlarlo todo. Un ente todopoderoso con un deseo: eliminar todo aquello que lo unía a los mortales. Invocó a la tormenta y se internó en las aguas. Ya no temía a lo que ocultaba la oscuridad del fondo ya que ahora pertenecía a él.

Una creación abisal invocada por los Primordiales que ahora se elevaba para erradicar su humanidad, eliminar todo aquello que lo hacía indigno de lo que se le había prometido. Al llegar a su destino, flotó hacia las nubes, recorriendo el puerto. Observó a la humanidad, simple y finita, incapaz de comprender lo que había tras el velo. Sus mentes colapsarían si trataran de verlo: dioses antiguos, calamidades incorpóreas, el infinito, la vasta oscuridad, oculta a simple vista. Pero, para alcanzar todo aquello, debía arrancar de raíz todo lo que lo había definido como Tōma Igarashi. El viejo yakuza, que ya no creía en nada. Bueno, al menos, eso pensaba. Aquella nueva forma le había permitido indagar en el fondo de su psique, en lugares donde nunca habría podido llegar como ser humano. Una creencia tan arraigada que no era fácil de erradicar, aunque se tratara de convencer de lo contrario. Solo debía eliminar lo que había defendido durante veinte años, por lo que había mentido, traicionado y hasta matado. Algo que en realidad le asqueaba, que lo había mantenido preso de sí mismo durante demasiado tiempo, creyendo que era la única salida. Debía limpiar todo, aquella mugre que infectaba la mente con los que había compartido vivencias, a los que había llamado compañeros, hermanos.

Debía comenzar por la presa más grande. La organización principal, la que movía todos los hilos. Y poco a poco ascender hacia las que buscaran los restos, exterminando aquel mal que todavía lo definía como mortal, como ser humano. No hizo falta más que un susurro para guiarlos hasta el interior del edificio, un gesto para bloquear todas las salidas. Se adentró en el cuartel y vio como todos aquellos hombres trataban de comprender su verdadera forma. No eran más que cuerpos vacíos de esencia, animales asustados que apenas lograban alcanzar a erguirse. Sacaron sus armas y dispararon, pero esos pequeños trozos de metal simplemente atravesaron a Tōma. Podía adentrarse en planos paralelos y volverse transparente, etéreo, casi irreal. Al final, se elevó hacia el techo, haciendo que miles de peces y pájaros se desprendieran

de sus huesos, cayendo hacia aquellos desgraciados con los que, al entrar en contacto, comenzaron a fusionarse. Su piel se deshacía, sus músculos se pudrían y, pronto, no quedaría gran cosa de ellos. Sus agónicos gritos quedaron atrás cuando volvió al exterior. La luz de la luna resplandecía entre girones de nubes de tormenta, iluminando su silueta. En el pasado los hombres le habían dado un nombre, como a todo aquello que temían: Bake-kujira7. Ahora, se había convertido en lo que representaba, el odio, la rabia hacia la humanidad materializados, danzando ahora entre las olas, sintiéndose completo por primera vez. Pero a pesar de sus esfuerzos, aquello solo había sido el inicio. Su forma se desmoronaba y recobraba su antiguo ser, frágil, iluso y mortal, tan insignificante. Pronto volvería a su verdadera esencia, a reunirse con el Abismo. Solo era necesario un poco más de tiempo.

IV

Tōya avanzó hasta el final del pasillo y se quedó frente a la puerta, pensando realmente si quería abrirla o no. Habían pasado cuatro días desde que encontró a Tōma, tirado en el suelo de uno de los retretes, convulsionando y al borde del colapso. Después de atenderlo los médicos, que insistían en que aquello podía haberlo causado el shock de la noche anterior y las extrañas circunstancias en las que lo habían encontrado, despertó, para no parar de hablar, de nuevo, sobre aquella mujer, sobre cómo lo había transformado en un monstruo de hueso y que, bajo esa forma, él había matado a los hombres del Fukahire, lanzándoles peces y… ¿pájaros? Suspiró. Después de aquello tuvieron que sedarlo y atarlo a la cama, pero nada parecía hacerle efecto, por mucho que aquellos matasanos dijeran que la dosis podría matar a un caballo. Al final, se había calmado, y parecía estar recuperando la compostura, pero Tōya sabía que aquel camino sólo tenía una dirección. Había oído que el wakagashira y el shateigashira le habían insistido a su oyabun que prescindiera de él de manera indefinida, que ya no era de fiar, que podría ser hasta peligroso, pero este aún tenía esperanzas en su completa recuperación y en que volvería a ser el mismo de siempre tras algo de descanso y tratamiento. Tōya quería ser igual de optimista, pero el descenso a los infiernos de su aniki no era algo fácil de sobrellevar; prácticamente lo había criado, instruyéndolo y cuidándolo, mostrándole el valor del honor y la lealtad al clan. Se había manchado las manos por él y podía confiar en su palabra, y verlo en aquel lamentable estado le partía el corazón. «Solo es una mala racha, nada más». Insistía en mantener ese pensamiento siempre presente en su mente, a la espera de que repetirlo una y otra vez lograra que surgiera efecto y todo aquello no fuera más allá. Pero, por desgracia, lo que encontró al abrir la puerta dejó claro que era más que una mala racha. Tōma se había levantado de la cama, con el gotero todavía conectado y la bata a medio abrochar, y había comenzado a pintar con un rotulador por toda la habitación. Las paredes y el suelo estaban repletos de una escritura extraña, de trazos redondeados y abstractos, que parecían unirse entre sí, formando olas imaginarias. No paraba de mascullar cosas mientras continuaba escribiendo en la ventana, cada vez más deprisa. Había colocado las sábanas en el suelo, formando una figura en el centro de la habitación que recordaba vagamente a una ballena, a la que había dibujado huesos con aquellas letras deformes.

Tōya no dijo una palabra. Salió de la habitación sin hacer ruido, cerró la puerta, bloqueó la manija con una silla y avisó a dos de sus hermanos para que nadie entrara hasta que volviera con el oyabun. Continuó andando hasta el final del pasillo y, al doblar la esquina, se desmoronó. Aquella sensación de impotencia hizo que golpeara la pared hasta levantarse la piel de los nudillos, gritando en silencio de pura rabia, tratando de contener las lágrimas. Lo habían perdido.

* * *

«Aún no me he adentrado lo suficiente, no debo detenerme». Aquellas extrañas palabras venían a la mente de Tōma demasiado deprisa, saltando entre los pliegues de su cerebro, mostrándole nuevas visiones del espectro, imágenes de realidades que siempre estuvieron ahí, tras el velo. La oscuridad tras los ojos, el porvenir, el infinito universo que se escondía. Y, en el fondo, tras el abismo absoluto, escondido en la negrura… ahora podía verlo, casi era capaz de notar su presencia —Ghisguth Pronunciar su nombre fue como zambullirse en el mar. La pesadez del agua, la sal, el constante vaivén, había estado ahí todo el tiempo, esperándolo, buscando a su paladín en aquella guerra sin nombre. Pero para ello debía abandonar todo resto de sí mismo, todo lo que lo unía a Tōma Igarashi. Se detuvo en seco y se sentó de rodillas, observando la habitación con una sonrisa tonta en los labios; en aquellas palabras también estaba su historia, la del yakuza metódico que había traicionado a su clan en secreto, confiando en que sus elecciones lo llevarían a una mejor posición. Pero había sido usado como peón, sin poder confesar a riesgo de perder la cabeza. veinticinco años atado a una correa invisible, de la que todos tiraban a su favor. La sábana con la que había formado aquella ballena comenzó a moverse, como si coleteara. De sus pliegues aparecieron cientos de figuras, ocupando cada rincón de la habitación. Todas las almas que había condenado, por sus actos, por sus decisiones. Gente de la peor calaña, traidores, inocentes, gente anónima… Todos le miraban con ojos blancos y vacíos, pero él seguía sonriendo. La pareja que había degollado y Mayusho Noguchi, su antiguo oyabun estaban en el frente de la formación, señalando una figura que permanecía en el suelo: de pronto volvía a tener veinticuatro años y observaba a través de su escondite como su hermano caído le suplicaba que acabase con su sufrimiento. La poca cordura que le quedaba le suplicaba que huyese de ese recuerdo, que volviera atrás, que aún estaba a tiempo de recobrar su humanidad, pero Tōma ignoró esa diminuta voz y se hizo uno con el recuerdo. Acabaría con el sufrimiento que le provocaba, dejaría su parte mortal, ya nada de aquello podría volver a afectarle. Levantó la mano y todas las figuras se desintegraron con un suave susurro. —Solo debo escuchar su llamada, dejar atrás el cascarón vacío y tomar aquello que me pertenece, diluyendo sus cuerpos para que formen parte del sueño. Allí estaba todo escrito, en las paredes. No había nada más que tuviera que saber, podía verlo todo claro, absurdamente claro. Su propósito estaba marcado y a punto de hacerse realidad. Sus acciones habían puesto en jaque la estabilidad de todo aquello que había conocido. La caída del gran clan invencible, los Fukahire, aquellos que controlaban todo y a todos, que lo gobernaban sin oposición. Ahora no eran más que un puñado de masas viscosas pendientes de identificar en la morgue. Pero aquella caída estaba a punto de desencadenar una nueva guerra, esta vez por ver quién se quedaba con el trono, aún caliente, y se nombraba rey de un puñado de clanes, dispuestos a arrancarse los ojos por las migajas. Los suyos solo esperarían a ver como terminaba el juego desde lejos, rezando para que no les salpicara demasiado. Por alguna extraña razón, aquello le hacía mucha gracia, no eran más que ratas decidiendo si huir o no de un barco a punto de hundirse, discutiendo quién se quedaría con el botín cuando les llegara el agua por el cuello… Aquellos hombres no verían el amanecer y él se uniría a las tinieblas mucho antes del alba. Lentamente, comenzó a recitar los versos y su voz se tornó tormenta: las palabras se enroscaban entre sí, danzando entre las paredes como las olas, tan cambiantes y caprichosas. Era una lengua antigua, imposible de comprender, pero él veía a través de los trazos, poseían un significado mayor, tan grande que cada una narraba su propia Verdad. El rotulador que había encontrado en la mesita se había terminado antes de culminar su obra, por lo que había tenido que recurrir a medios alternativos para seguir escribiendo, mordiéndose los dedos con los dientes. Aún le sangraban, dejando un cerco sobre el suelo a su alrededor. Pero aquello ya no importaba. De nuevo volvió a ser la ballena de hueso, volando a través de los muros hacia el cielo, hacia las aguas. Las nubes de tormenta comenzaban a asomar en el horizonte, oscureciendo el atardecer. Podía escuchar los truenos a lo lejos.

V

Tōya sabía que moriría aquella noche, de una manera o de otra. Era una sensación extraña en la boca del estómago, de vértigo, que le atenazaba cada vez más. Debía ser racional, evitar el pánico, mantener la mente fría, pero la cordura había dejado de ser una prioridad. Al volver a la habitación donde Tōma había estado encerrado, se la encontró vacía. La escritura de las paredes se había desvanecido, dejando enormes manchas negras y rojas por las paredes. Las ventanas estaban selladas y la puerta bien protegida, no podía haberse marchado de allí sin más. Nada más empezar a buscarlo por el recinto, comenzaron los avisos. Había algo flotando sobre la ciudad, dirigiéndose al cuartel del clan Kaisō, al norte de allí, junto a la calle comercial. El mismo oyabun los llamó para descubrir qué ocurría. No podían permitirse un nuevo ataque. La voz del hombre que contestó sonaba realmente aterrada, algo había entrado en sus instalaciones, atravesando las paredes como un fantasma. Era gigantesco y lleno de huesos, «¡un Yōkai viene a por nuestras almas!», exclamó. Pero, antes de que pudiera colgar el teléfono, todo había terminado. El sonido de los gritos sobrepasó el auricular y se hizo el silencio al otro lado. Ya no quedaba nadie que pudiera contestarles. Apenas una hora más tarde, el clan Shiō sufrió otro ataque. Justo antes de la medianoche les tocó el turno a los Yadokari y, finalmente, a los Uneri. Todos habían plantado cara a la extraña aparición, reconocida ahora como el espectro de una ballena, el Bake-kujira de las leyendas de pescadores, lleno de ira, en busca de venganza. El oyabun llamó a sus altos cargos, ellos eran los últimos que quedaban en la ciudad. Tōya también fue convocado, permaneciendo de pie junto a la puerta. El pánico se había adueñado de aquellos hombres, que gritaban suplicando por lo que ellos mismos habían quitado sin remordimientos en nombre de un credo obsoleto. Eran una estirpe moribunda que se refugiaba en la grandeza de antaño, amenazados por una entidad que ni siquiera comprendían. El wakagashira exigió calma, pero las voces de sus subordinados lo opacaron rápidamente. El consejero legal subió a la mesa y comenzó a gritar. —¡Si nos quedamos nos matará a todos! Si huimos ahora podríamos… —un disparo atravesó su cabeza y cayó fulminado al suelo. Todos callaron de golpe. El arma del oyabun aún humeaba. —Nadie se gana el honor de la muerte mientras huye, hijos míos. Hemos permanecido fuertes a pesar de las adversidades, no nos hemos doblegado incluso en los momentos más difíciles, el clan ha prosperado y nuestro honor es intachable.

El viejo se levantó y señaló la pintura que había a su espalda, un mar embravecido que amenazaba con tragarse a unos pequeños barcos. —La tormenta nos espera, y la abrazaremos. El Abismo espera a su paladín y nosotros somos su última prueba antes de unirse a Ghisguth. Levantaos y regocijaos, pues estamos a punto de conocer el Abismo.

Nadie comprendía aquellas palabras, pero su terrible significado había sido suficiente para infundir todavía más miedo en los corazones de aquellos hombres, que sin mediar palabra trataron de abrir las puertas para huir en tromba, pero permanecían cerradas por fuera. El oyabun comenzó a disparar indiscriminadamente a todos, que fueron cayendo hasta que lograron forzar el cerrojo a base de empellones y escapar de allí. Tōya estaba oculto tras una de las mesas, desarmado y consciente de la rapidez de puntería de su superior, que, a pesar de su vejez, parecía que conservaba intactos sus reflejos. —Sé que estás ahí, Tōya. Sal y siéntate conmigo —Tōya estaba paralizado de terror, pero pasados unos segundos el oyabun insistió—. Si no sales ahora mismo, te meteré una bala en el cráneo, y sabes que no fallaré. No quiero hacerte daño, acércate. Tenemos temas de los que tratar. Tōya asomó la cabeza y vio al oyabun sentado en su silla, en la cabecera de la mesa, sonriéndole, pero aún con el arma en la mano. Sabía que tenía razón; si trataba de huir, no pasaría de la puerta antes de que le disparara, y la idea de intentar atacarle sonaba inviable, pues él sería más rápido. Nunca había sido un gran luchador, y conocía la reputación del viejo en los enfrentamientos cara a cara. A pesar de que sabía que era una locura, salió muy despacio de su escondite y se sentó, poniendo las dos manos sobre la mesa. —Imagino que toda esta situación te parecerá absurda y complicada, pero en realidad es muy sencilla. Estamos al final de un trayecto que se lleva fraguando desde antes de que ninguno de nosotros existiéramos. Una transformación de algo que sobrepasa la comprensión humana, y Tōma fue el elegido para llevarla a cabo —Tōya podía ver la fascinación del oyabun en sus ojos, un brillo enfermizo que rozaba la locura—. Ha pasado su vida pensando que lo que hacía carecía de sentido, pero todo era parte del camino que recorre ahora, y nosotros podemos contemplar cómo se une al Abismo. Tú eras su mejor discípulo, así que debes acompañarlo también. Es un honor extraordinario. Tōya quería tildarlo de loco, preguntarle qué había hecho con su aniki y cómo había sido capaz de sacrificar a tantos hombres por una fascinación delirante, pero, antes de que pudiera pronunciar una palabra, comenzó a escuchar los gritos. Y había algo más. Un rumor, una cacofonía de gemidos profundos y ululantes, que reverberan en las profundidades del océano como un eco cósmico. Su llamado era un lamento ancestral que helaba la sangre y despertaba un extraño miedo primordial, pero también una fascinación inaudita, como si proviniera de una dimensión más allá de su comprensión, donde habitaban seres antiguos y terribles.

Fue entonces cuando lo vieron, atravesando la estancia, avanzando hacia ellos.

Era una manifestación de lo innombrable y lo insondable. Al observar a aquella criatura, producto del odio hacia la humanidad, la ira y la venganza más pura, Tōya sintió una profunda sensación de insignificancia y terror ante la presencia de algo que desafiaba toda comprensión racional. Un ser espectral y colosal, cuyos gemidos profundos y ululantes resonaban en su mente. Su apariencia esquelética y envuelta en niebla le evocaba una sensación de antigüedad y malevolencia ancestral, recordándole su propia fragilidad ante un cosmos indiferente y hostil. Su mera contemplación le despertaba un miedo primordial, le hacía enfrentarse a la vastedad y el horror de un universo infinitamente terrible. Y, a pesar de ello, se dejó caer, sintiendo como el peso de su propia existencia se deshacía.

El Abismo reclamaba a su heraldo. La transformación estaba completa.

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