La Maquina Bajo Nuestros Pies

Nec deus intersit, nisi dignus vindice nodus

Horacio

* * *

Aquí estoy, en mi natal Puerto Varas, disfrutando de unas vacaciones y celebrando la Nochebuena. Mi familia está reunida en la otra sala, cenando, y pronto me llamarán para que me una a ellos. Sin embargo, todo lo que viví en Nueva Baviera no me permite pensar en otra cosa.

Me llamo Allan Vargas Schnettler. Estudié Ingeniería Comercial en la Universidad Austral de Chile, y mi sueño siempre fue tener un emprendimiento dedicado a los videojuegos y los artículos geek. En 2023 tomé la decisión de arrendar un local en un pueblo cercano para abrir mi tienda. Ese pueblo es Nueva Baviera, situado a unos treinta minutos de Puerto Varas. No tengo nada negativo que decir de Nueva Baviera; su gente irradia una calidez que parece haberse perdido en otros rincones del mundo. Fue allí donde conocí a Eric Krause, quien más tarde se quitaría la vida.

Debo ser honesto: la muerte de Eric no me afectó tanto como podría esperarse, a pesar de que llegamos a construir una amistad genuina. Lo que más me dolía era la inquietante posibilidad de que, tal vez, Eric intentó advertirnos de algo que él sabía y nosotros no quisimos o no supimos escuchar.

Cuando lo conocí, Eric acababa de regresar de Europa. Pertenecía a una de las familias más respetadas de Nueva Baviera, aunque él siempre parecía ser la oveja negra. En sus últimos años se dedicó a escribir ficción de horror o, como insistía en llamarla, «ficción bizarra». De vez en cuando me mostraba algunos de sus textos, y yo era incapaz de discernir si lo que leía era producto de su imaginación o si escondía retazos de verdad.

Pero no estoy aquí para hablar de eso, sino para dar mi declaración sobre los hechos que viví durante las dos primeras semanas de diciembre. Son hechos que, hasta el día de hoy, no me permiten descansar con la conciencia tranquila.

Diciembre había comenzado, y yo me encontraba en mi tienda. Decidí inaugurar la temporada navideña con entusiasmo, decorando cada rincón con parafernalia alusiva a la época. Además, como homenaje a un relato de Eric titulado «Yule», coloqué un póster del Saturno devorando a su hijo de Goya, al que añadí un gorro navideño.

Era mi turno de la mañana, pero todo avanzaba con lentitud: no había clientes. Me resultaba extraño, casi desconcertante, que el flujo habitual de visitantes hubiese disminuido notablemente. Lo más curioso era que, en general, mis clientes habituales eran niños y adolescentes aficionados a los videojuegos, quienes solían venir todo el año, aunque fuera solo para mirar los Funko Pop o soñar con productos que tal vez sus padres no podían permitirse. Sin embargo, en esta temporada, ninguno de ellos aparecía.

De repente, entró uno de los padres que frecuentaba el local para comprar videojuegos a sus hijos: el señor Maximiliano Schmidt.

—¡Eh, don Maximiliano! —exclamé—. ¿Cómo le va?

Noté que el distinguido hombre no respondió de inmediato. En cambio, se quedó inmóvil, observando con expresión perpleja el póster del Saturno de Goya con el gorro navideño.

—¿No te parece desatinado colocar eso, especialmente con todo lo que está pasando? —dijo con seriedad, firme y directo.

Algo confundido, bufé ligeramente antes de contestar:

—Es el Saturno de Goya. Al principio también dudé si ponerlo, pero luego recordé las referencias a las Saturnales y…

—¿Te parece apropiado exhibir a un monstruo devorando a un niño con todo lo que está ocurriendo? —me interrumpió.

—¿Y qué está pasando exactamente? —pregunté, desconcertado.

Don Maximiliano hizo una mueca que era mitad sonrisa, mitad gesto de incredulidad, como compadeciéndose de mi aparente ignorancia.

—No, nada, olvídalo —murmuró finalmente—. ¿Tienes el Elden Ring para PS4?

Decidí no insistir más. Simplemente retomé mi papel de vendedor y le di detalles sobre el videojuego que buscaba. Esa fue mi única venta de la mañana. Después de eso, no volvió a entrar nadie.

Al llegar mi hora de almuerzo, pensé que sería buena idea comer algo en La Dalila Amarilla y, de paso, saludar a Laura, conocida por todos como «la viuda de Eric». Laura es una joven que trabaja como barista y mesera en el lugar. Siempre mantuvo una especie de romance discreto con Eric. Nunca se hizo público, quizás por lo controvertida que era la figura de mi amigo, pero, sobre todo, por la diferencia de edad que había entre ellos.

Caminaba por la avenida cuando observé a un par de hombres avanzando juntos. Lo que captó mi atención fue su peculiar atuendo: llevaban una especie de velo rojo que, a primera vista, evocaba una apariencia musulmana, pero al observarlos mejor, emanaban un aire que bien podría describirse como «steampunk», y es que vestían algo que parecía un uniforme en blanco y rojo.

Cuando se percataron de que los miraba, apuraron el paso y, con un gesto discreto, se detuvieron frente a mí. Uno de ellos extendió la mano para entregarme un panfleto:

—¿Qué es esto? —pregunté, entre curioso y desconcertado por la extraña situación.

—Leedlo, os servirá —respondió con un marcado acento español, y añadió con una expresión peculiar—: ¡A los tiempos!

Antes de que pudiera decir algo más, ambos se alejaron con rapidez, despidiéndose con una señal de los dedos.

—A los tiempos… —murmuré para mí, todavía tratando de entender lo que acababa de suceder.

El panfleto ponía lo siguiente:

«¿Qué hacer cuando vea a DI-S cara a cara en La Hora del Juicio?

¿Cómo puedo reconocer que soy un inmundo pecador?

¡El fuego purificador tiene sus respuestas!

Averigua más en: www.morgana.org/mordred

#LaVerdadEsAbTbohugha»

Todo aquello venía acompañado de lo que parecía una figura de Cristo, pero ataviado con una suerte de vestimenta oriental y adornado con varias esvásticas, rodeado por un fuego de un intenso tono rojizo. Tenía el aire de esos dibujos típicos del estilo new age. Guardé el panfleto en el bolsillo de mi chaqueta y continué mi camino, ligeramente consternado.

Mientras seguía avanzando, me encontré con un venezolano vendiendo sushi en plena vereda. A su lado estaba el tonto del pueblo, Cristóbal Braun, con las manos mugrientas, cubiertas de arroz y salsa de soya. Al verme, me dirigió una mirada mientras se relamía los dedos. No pude evitar sentirme incómodo. No es que tenga algo personal en contra de él—sé de buena fuente lo difícil que la ha tenido—, pero siempre me ha parecido que se inmiscuye demasiado en los asuntos de los demás. Da la impresión de saber más que nadie sobre todo y sobre todos en el pueblo.

Al llegar a La Dalila Amarilla, vi a través de la vitrina a un grupo de hombres negros con trajes, de apariencia nubia, tomando café. Parecían estar en una junta de negocios. En la entrada, donde solía estar el menú, había un cartel de la Policía de Investigaciones, alertando sobre la desaparición de Hans Müller, un niño de 12 años que fue visto por última vez jugando a las afueras de su casa en Villa Fresia. Me quedé un momento mirando la foto y el aviso. Había atendido a Hans en varias ocasiones; solía comprar cartas de Pokémon. Traté de sacudirme esa sensación de vacío y entré al local, eligiendo una mesa algo alejada de los hombres que había visto desde afuera.

En ese momento, Laura, con su característica jovialidad, se acercó con una sonrisa para tomar mi pedido.

—Hola, Allan, ¿cómo has estado? —preguntó.

—Hola, Laura —murmuré—. Todo bien, aunque el negocio ha estado lento.

Dirigí la mirada hacia los hombres negros, incapaz de evitar una sensación de incomodidad.

—¿Y esos? —pregunté, señalándolos con la cabeza—. ¿Son colombianos?

Laura se llevó una mano al rostro, riendo con cierta picardía.

—¡No, para nada! —exclamó—. Son empresarios árabes, o eso creo. Trabajan para una ONG llamada «Sociedad Morgana para el Progreso de la Humanidad».

—¿Y qué hacen acá? —insistí.

—La verdad es que sí es un poco raro —respondió Laura, haciendo una mueca—, pero mi jefe está cerrando algunos negocios con ellos.

—¿Don Spencer-Leyton? —pregunté.

—Sí —asintió—. Ya sabes que tiene más negocios además de esta cafetería. En fin, ¿qué te traigo? —añadió, cambiando el tono con una risita nerviosa.

—Un espresso doble y un berlín, por favor.

Laura hizo un gesto de entendimiento y se retiró. En ese momento, noté cómo uno de los árabes, un hombre corpulento con rasgos nubios, me miraba mientras susurraba algo a otro de los que estaban junto a él. Aparté la vista y fingí mirar hacia otro lado, cuando de repente apareció a mi lado otro hombre negro, distinto de los demás. Vestía un traje elegante y lucía una barba bien cuidada. Su acento tenía un matiz francés.

—Hola —dijo—. ¿Eres Allan Schnettler?

—Hola, sí, se podría decir que sí —respondí, mirándolo de reojo—, aunque Schnettler es mi segundo apellido.

—¡Ah! —exclamó, con una leve sonrisa—. Debe ser cosa de Eric. Ya sabes, su obsesión con todo lo relacionado a la herencia germana. Me presento: Pierrick Saint-Claire —dijo, extendiendo la mano—. No te preocupes, no estoy con ellos.

Le estreché la mano, aún algo desconfiado.

—¿Cómo conociste a Eric? —pregunté—. Por cierto, ¿eres haitiano? Lo digo por tu nombre y acento.

—No, no —respondió, meneando la cabeza—. Nací en el Congo, pero me crié en Francia. A Eric lo conocí poco antes de su… fallecimiento. Bueno, si así puede llamarse.

Hizo una pausa que se sintió interminable.

—No tengo mucho tiempo —continuó, echando un vistazo a un reloj de plata que llevaba colgado—. Hay algo que debo decirte.

—¿El qué? —pregunté, intrigado.

Se inclinó hacia mí, colocando ambos brazos sobre la mesa. Sacó un pequeño libro rojo del bolsillo de su chaqueta y lo dejó frente a mí.

—En este libro encontrarás respuestas. No todas, pero sí algunas sobre ciertos acontecimientos que ocurrieron, ocurren y ocurrirán. A ojos del tiempo, son inevitables.

Confundido y algo molesto, le dije:

—¿De qué me estás hablando?

Sin responder directamente, Pierrick se levantó y, mientras se dirigía a la puerta, dijo:

—Nos volveremos a ver.

Intenté voltearme para decirle algo. Pero, cuando lo hice, no había nadie. Sin embargo, el libro rojo seguía ahí, sobre la mesa. No tenía título en la cubierta. Todo esto me resultaba demasiado extraño. Había tenido una mañana absurda, fuera de lo normal, y traté de calmarme. Tomé el libro entre mis manos y me dispuse a regresar a mi tienda.

Estaba saliendo con prisa cuando vi a Laura llegar con el café y el berlín.

—¡Allan! —exclamó—. ¿A dónde vas?

—Lo siento, Laura —respondí, algo nervioso—. Tengo… cosas que hacer. Añádelo a mi cuenta, ¿puedes?

Laura me lanzó una mirada que mezclaba preocupación y decepción, pero que pronto pareció transformarse en comprensión. Dio media vuelta y se marchó. Yo hice lo mismo.

Comencé a caminar rápidamente por la avenida, sin mirar a nadie. Una mano en el bolsillo y la otra sujetando el libro bajo el brazo. Fue entonces cuando se cruzó en mi camino Cristóbal Braun, ese imbécil, quien me obligó a detenerme.

—No seas tonto, Allan —dijo entre risas—. El Señor ya ha tomado las decisiones al respecto. Es parte del funcionamiento del mundo. —Sacudió la cabeza antes de añadir—: Me deprime que la gente no pueda ver las cosas. Él, incluso estando ciego, las entiende mejor.

—¡Aléjate, mongolo! —grité—. ¡Me tienen hasta la madre todos ustedes, locos de mierda!

Seguí caminando, ignorando sus quejas sobre mi «pésima educación» y «malas maneras». No lo culpo. No tenía idea de todo lo que había soportado esa mañana. Pobre loco.

Cuando llegué a mi tienda, dejé el libro sobre el mesón junto a la caja registradora. Cambié el cartel a «ABIERTO» y traté de continuar con mi día. Una parte de mí quería saber de qué trataba el libro, pero sentía que no era el momento. Algo, sin embargo, me presionaba de forma inexplicable. Decidí ignorar esos pensamientos y, como no llegaba nadie, abrí las redes sociales para distraerme.

En el grupo de Facebook «AVISOS NUEVA BAVIERA» encontré una denuncia de un locatario sobre un robo, acompañada de una grabación de las afueras de su local.

En el video, grabado a las 3:02 de la madrugada del 2 de diciembre, se veía la oscuridad de la noche. De repente, casi como un espectro, aparecía un niño corriendo, golpeando desesperadamente la puerta como si quisiera que lo dejaran entrar. La mala resolución del video le daba un aire fantasmal. No había sonido, pero era evidente que estaba alterado.

Entonces, de la otra calle, emergió un encapuchado con una máscara blanca que contrastaba fuertemente con la oscuridad. Con violencia, agarró al niño y le cubrió la boca. En ese momento llegó un auto, en el que había un conductor y un copiloto, ambos también enmascarados. El copiloto se bajó, abrió la puerta trasera, y el encapuchado lanzó al niño dentro del vehículo como si fuera un saco de basura.

La escena era espantosa, como un filme snuff. Muchos criticaron al locatario por publicar algo así en lugar de hacer la denuncia correspondiente. Sin embargo, cambié de opinión al leer un comentario que decía: «¿No lo entienden? Esto ya es una realidad en el pueblo… SE ESTÁN LLEVANDO A LOS NIÑOS».

Fue entonces cuando comprendí que quizá quien subió el video lo hizo como una alerta ciudadana. Al revisar más publicaciones del grupo, encontré otros casos de desapariciones infantiles, incluido el de Hans Müller, cuyo cartel había visto esa mañana frente a La Dalila Amarilla.

Con una sensación creciente de horror, fui al baño a lavarme la cara. Al mirar el espejo, juré haber visto a Eric reflejado entrando a la tienda. Me giré rápidamente y comencé a correr, llamándolo a gritos, convencido de que él podría entender lo que estaba sucediendo. Pero no había nadie. Solo estaba el libro rojo, ahí, esperándome. Lo interpreté como un augurio y lo abrí. En su portada, con una tipografía curiosa de principios del siglo XX, se leía:

«OCCVLTA COGITATONIVM LIBER

Libro de las Reflexiones Ocultas

Llamado LIBER VENERIS por los sabios arios de ANATOLIA

Dictado por REVELACIÓN al profeta RECCAREDVS ANATOLIVS MAGNVS»

Conocía bien este libro. Era una especie de poemario maldito, y, si no me fallaba la memoria, una de las copias más «auténticas» estaba guardada en la Universidad Austral de Chile. Eric, de hecho, llevaba siempre consigo lo que aseguraba era una edición familiar. No me atreví a leerlo. La razón es sencilla: la fama que tiene este libro. Se dice que quien lo lee queda obsesionado con la idea de un infierno, un Inframundo o algún lugar bajo la tierra. Había visto videos de conspiración que hablaban de una supuesta «inoculación memética» al leer ciertas versiones del texto, culminando en la locura total y el convencimiento de que existe un mundo oculto bajo el nuestro.

De pronto, recordé algo que me heló la sangre: en la nota de suicidio de Eric, publicada por la revista donde trabajaba, él mencionaba al «río Aqueronte» y a los «Antiguos Maestros» que lo esperaban en el Inframundo. Me di cuenta de que la exposición constante a este libro debió haberlo afectado, aunque no creo que esa haya sido la única razón de su tragedia.

No me sentía bien. Trataba de entender todo lo que estaba ocurriendo, pero me resultaba imposible. Decidí cerrar la tienda por hoy; después de todo, no había tenido ni un cliente en toda la tarde. Guardé el libro en mi mochila y me dirigí a la pensión donde vivo. Mientras cruzaba la plaza frente a la Basílica de San Gabriel Arcángel, noté un grupo de hombres rodeando el edificio. Eran idénticos a los que me habían entregado un panfleto esa mañana: parecían musulmanes, pero con rasgos nórdicos. Algunos llevaban algo parecido a un hijab o burka en colores rojo y blanco. Sentí miedo y apuré el paso. Sin darme cuenta, crucé la calle con el semáforo en rojo.

Cuando miré a mi alrededor, noté algo extraño. Todos los autos estaban quietos, pero no porque hubieran frenado. La gente en su interior no se movía. Miré a mi alrededor: todos estaban inmóviles, como si alguien hubiera pausado el mundo. Incluso vi cómo una llanta salpicaba una charca y las gotas de barro flotaban inmóviles en el aire.

Aterrorizado y confuso, me di vuelta y lo vi: Pierrick Saint-Claire, de pie y en movimiento. Lleno de rabia, me abalancé sobre él, pero él me sujetó por los hombros y, con voz calmada, me dijo:

—Tranquilo, tranquilo. Puedo explicártelo sin rodeos. Tú lo interpretarás como quieras.

—¿Qué mierda está pasando? —le pregunté, mirando a mi alrededor.

—Este es el reloj de Aformogón —respondió, mostrándome un reloj de plata de bolsillo—. Me permite pausar el tiempo a mi alrededor y, si Aformogón lo considera digno, también el de un compañero, como tú en este caso. Sin embargo, el tiempo sigue consumiéndose en nuestros cuerpos a una velocidad mayor. Hay que ser breves.

—¿Quién eres? —pregunté, frustrado.

—Eso no importa tanto ahora, y ya te lo he explicado antes. Iré al grano —dijo, señalando al grupo con los hijabs frente a la Basílica—. ¿Ves a esos tipos? Son de Mordred, un culto con más poder geopolítico del que te imaginas. Ya iniciaron actividades en Nueva Baviera bajo la tapadera de una ONG llamada «Morgana por el progreso de la humanidad».

—Sí, sí —respondí apresurado—. Me entregaron un panfleto.

—Los gerentes de Morgana estaban tomando café en La Dalila Amarilla, ¿recuerdas?

Asentí con la cabeza.

—Eric me pidió que te dijera esto, pero no me creerás si lo digo yo —dijo, buscando algo en sus bolsillos—. Irás con Eric y se lo preguntarás tú mismo.

Con eso, me mostró un comprimido negro, como una pastilla.

—¿Qué es esto? —pregunté, desconfiado.

—Recuéstate en una cama, tómalo y busca a Eric Krause —ordenó con firmeza—. Ahora reanudaré el tiempo presionando el botón de este reloj. Tú seguirás tu camino, y yo el mío. Hazlo por los niños.

Iba a replicar, pero todo volvió a la normalidad de repente. Tuve que correr para evitar ser atropellado. La pastilla negra estaba en mi mano. Caminé apresurado hasta la pensión donde me hospedo. Sin decirle nada a nadie, me recosté en la cama, contemplando la pastilla y debatiéndome si tomarla o no. Sin embargo, después de todo lo vivido, decidí confiar y creer que esto tenía un propósito. Finalmente, tragué la pastilla.

Al principio, no noté nada extraño, aunque sentí un sueño inusual. Mi mirada se fijó en un rincón de la habitación, pero en lugar de sentir el peso típico sobre los párpados, experimenté una sensación de desconexión, como si ya no perteneciera a este lugar. Los colores a mi alrededor parecían irreales, tonos que nunca había visto y que, intuía, jamás volvería a ver.

Me puse de pie. En la esquina, algo se movía: una masa gelatinosa con un horrible parecido a la vulva femenina, que palpitaba de manera perturbadora. «Debe ser la pastilla», me dije, tratando de tranquilizarme. Intrigado y a la vez horrorizado, introduje un pie en la abertura. Sentí que debajo no había nada sólido, solo un vacío, aunque fuertes corrientes de aire ascendían desde el interior. Una extraña mezcla de histeria y risa me invadió, y decidí introducir el otro pie. En un instante, ya no estaba allí. ¿Dormía? ¿Soñaba? No lo sé.

Aparecí en lo que parecía ser una ciudad húmeda y oscura. Era de noche, y el ambiente estaba impregnado de extrañeza. La multitud, compuesta mayormente por mujeres con la apariencia de prostitutas, evitaba cruzarse conmigo. A lo lejos, un local nocturno llamaba mi atención. Al acercarme, leí un cartel luminoso:

GABINETE DE LA LUZ LUNAR

Ideal para tristes y suicidas frustrados.

El lugar donde siempre encontrarás lo que necesitas.

Happy hour y barra libre por hoy.»

Decidí entrar. Aunque mi memoria de ese momento es confusa, recuerdo que el lugar estaba iluminado con luces de un intenso verde neón. La clientela era diversa, cada persona inmersa en sus propios pensamientos. Algunas figuras evocaban en mí sensaciones de muerte y putrefacción. Aun así, sentía que sabía exactamente a dónde debía dirigirme.

Me acerqué a la barra, donde un hombre de aspecto asiático atendía. Su apariencia me recordó a un maestro taoísta. Al verme, comenzó a reírse, y una de las personas sentadas en la barra se giró hacia mí. Era Eric Krause. Me sonrió y me invitó a sentarme.

—Si vas a pedir algo, no pidas el Gorgo —dijo con naturalidad—. Hay cosas mejores que beber.

—De eso sabrás mucho —replicó el asiático, contagiando con su risa.

—Cállate, Zhao —dijo Eric, con tono firme—. Tenemos cosas importantes que discutir.

—¿Dónde estoy? —le pregunté a Eric.

—En el País de Pnaklendorf, en el Gabinete de la Luz Lunar —respondió.

—¿Eres un sueño o eres realmente Eric Krause?

—Estoy en tu sueño, pero soy yo —dijo, suspirando—. Supongo que tomaste la píldora de Droga Liao que te dio Pierrick. Yo ya le dije lo que debías hacer; esto era innecesario.

—¿Qué debo hacer? —pregunté, confuso.

—Debes matar a Eduardo Spencer-Leyton —respondió tajante—. Es el dueño de La Dalila Amarilla.

—¿Por qué? ¿Qué hizo?

—¿Has oído de las desapariciones de niños? ¿Has visto a los cultistas de Mordred pasear por las calles de la ciudad donde yace mi tumba? —dijo con desprecio, escupiendo al suelo—. Pronto profanarán todo lo que nos queda de digno.

Le dije que sabía de esas cosas, pero no comprendía del todo su gravedad. Entonces, Eric empezó a explicarme:

—Durante la dictadura de Pinochet, el gobierno se alió con la Orden y Proceso de la Estrella de la Plata, una orden paramasónica de la que yo formé parte, al igual que los fundadores de Nueva Baviera y otras colonias. El régimen les encargó realizar los «rituales de Alsophocus» en colaboración con la Central Nacional de Inteligencia. Estos rituales, documentados en un facsímil conocido como El Libro Negro de Alsophocus, la edición del hermano Simeón, consistían en torturas diseñadas para convertir a los disidentes políticos en asesinos despiadados, útiles para sembrar el terror y culpar a la oposición. Un caso famoso fue el de los psicópatas de Viña del Mar.

» Sin embargo, los sometidos a estos rituales desarrollaron una devoción enfermiza hacia una figura conocida como Nyarlathotep, ni mas ni menos, o «El Hombre Negro». Tras el fin de la dictadura, la Orden quiso desligarse de estos individuos, a quienes llamaron «insurrectos». Aunque el gobierno y la Orden llegaron a un acuerdo para encubrir sus crímenes, los insurrectos continuaron secuestrando niños, personas y realizando rituales, perpetuando el culto a esa figura que servían y adoraban. Todo esto lo realizan enmascarados, al estar sujetos a las crisis disociativas producto de los rituales de Alsophocus.

» Eduardo Spencer-Leyton es ahora quien lidera esta red. Ha convertido a los insurrectos en una herramienta para negociar con otras organizaciones en busca de un Nuevo Orden Mundial. Incluso somete a nuevas generaciones a los rituales de Alsophocus.

—¿Lo entiendes ahora? —concluyó Eric, mirándome con severidad.

Analizando todo, me di cuenta de que los hombres que secuestraron al niño en el vídeo compartido por aquel hombre en el grupo de Facebook debían ser los mismos insurrectos de los que Eric me había hablado. Sin embargo, no podía creer que Eduardo Spencer-Leyton estuviera encubriendo todo esto.

—¿Tienes pruebas de lo que acusas al señor Spencer-Leyton? —pregunté a Eric.

Eric bufó con desdén.

—¿Con todo lo que has vivido crees que intento engañarte? ¡Esa Orden me llevó a la locura! —exclamó mientras se desabotonaba la camisa, dejando al descubierto las marcas que la soga había dejado en su cuello.

—Creo que hay algo que no me encaja en todo esto… ¿qué relación tienen con Mordred y Morgana?

Eric de encogió de hombros

—Ninguna, por ahora. Aunque es probable que Mordred trate de beneficiarse de algún modo de la situación. Su actual líder es una chiflada.

—Y yo… ¿qué debo hacer entonces? —inquirí.

—Pronto despertarás —respondió—, confrontarás a Eduardo Spencer-Leyton y luego lo matarás.

—¿Y los niños desaparecidos? —insistí.

—Ellos ya están muertos o atrapados en redes de tráfico infantil.

En ese instante, lo que parecía un sueño se transformó en una auténtica pesadilla. Todo este asunto de grupos satánicos pedófilos parecía salido de una obra de ficción; no podía creerlo.

—Y no es solo en Nueva Baviera —añadió Eric—. Esto ocurre en muchos lugares del mundo. Es el fin de un eón, y quienes están detrás de ello se esconden en los rincones más oscuros del planeta. Algún día se destapará el complot, y verás que este mundo está cubierto por un mandil de mentiras y depravación.

Hizo una pausa y luego añadió:

—Fue un gusto verte, amigo. Lee el Liber Veneris si quieres volver a verme y, si puedes, dale un abrazo a Laura de mi parte.

Desperté sobresaltado en mi cama, jadeando, mientras intentaba asimilar todo lo que acababa de soñar. Reflexioné sobre las palabras de Eric. Miré por la ventana; ya era de noche. No sabía qué hacer exactamente, pero sentía que algo de verdad había en todo aquello. Si quería descubrirla, debía ir a La Dalila Amarilla. Aquel sueño me había dejado con una extraña lucidez, como si pudiera percibir cosas que otros no, y una de ellas era que en ese lugar encontraría respuestas.

Caminé con rapidez por las calles hasta llegar a La Dalila Amarilla. Frente a la puerta estaba Cristobal Braun, el loco, casi como un guardián.

—¡No te dejaré pasar! —me dijo con brusquedad.

—Déjate de tonterías, imbécil —le espeté—. Vengo a tomar algo.

—Hay una reunión importante hoy —respondió—. ¡No estás invitado!

Insistí en que me dejara pasar, lo que llamó la atención de alguien dentro. Era el mismísimo Eduardo Spencer-Leyton: de traje, anciano, con una frente amplia y apoyado en un bastón.

—¡Hey, hey! ¿Qué pasa aquí? —interrumpió con tono afable—. Cristobal, ¿por qué no lo dejas pasar, hombre?

—Hay una reunión y no está invitado —replicó Braun.

Eduardo se rió, divertido.

—¿Y ahora te crees guardia de seguridad? ¡Déjate de tonterías! La reunión no es asunto tuyo.

Con su bastón apartó a Cristobal del camino y me miró con amabilidad.

—Disculpa a Cristobal, hijo. Ya sabes cómo es; hay que tolerarlo. Pasa, ¿vienes a tomar algo?

Lo miré fijamente, confundido.

—Sí… sí —balbuceé—. Pero Cristobal dice que hay una reunión.

—¡Bah! —exclamó—. La reunión es en el fondo. ¡Pasa, pasa! La Dalila Amarilla siempre está abierta para los parroquianos.

Me sonrió y se dirigió al fondo del local, abriendo una puerta que parecía conducir a una habitación donde reinaba la oscuridad.

Esperé a que nadie estuviera mirando. Decidido, caminé entre la gente hacia la puerta. Todo esto me confirmaba que Eric tenía razón: algo extraño estaba ocurriendo.

Abrí la puerta y encontré una habitación vacía con mesas de cóctel repletas de aperitivos: trozos de carne cocida. Había dos puertas. Tras una de ellas, se escuchaba un ruido ensordecedor, como el bullicio de un anfiteatro; tras la otra, el silencio absoluto. Pensé que esta última estaría vacía. Grave error fue confiar en mis instintos.

Entré por la puerta, y el silencio era absoluto. Todo era oscuridad, pero no una oscuridad común, sino como ese vacío profundo que existe entre las estrellas. A pesar de la penumbra, podía ver… de alguna forma. Era un vacío. Poco a poco, sentí una presencia que me observaba, mientras algo me anclaba al suelo. Por más que lo intenté, no pude girarme ni salir de la habitación.

De pronto, escuché una risa. Era como la de una niña pequeña, seguida por otra, esta vez de un niño. Las risas continuaban, cada una con un tono diferente. La última que oí era adulta, aunque casi andrógina.

—¿Quién anda ahí? —susurré con voz temblorosa.

—Acércate y lo descubrirás —respondió una voz, ahora más grave, casi varonil.

Comencé a caminar, con pasos inseguros, como si me adentrara en el vacío mismo. Entonces lo vi: un hombre alto, de porte elegante, vestido con un traje negro. Su rostro… No lo recuerdo con claridad. Era como si alguien hubiera moldeado una máscara hecha con los rasgos de todos nosotros.

—¿Por qué quieres matar a Eduardo Spencer-Leyton? —me preguntó, con un tono inexpresivo—. ¿No te parece irracional?

—Es un pedófilo —respondí con firmeza—. Es algo repugnante, la más baja escoria de la humanidad.

—¿Y? —replicó, con indiferencia—. Un pelo más a la cola. Si hay algo que podría poner en duda la «humanidad» que tanto defiendes, puedo decirte que no sería algo tan insignificante como un par de niños perdidos.

El silencio se hizo pesado. Sentía su mirada fija en mí, perforándome.

—Sin embargo —añadió, tras un bostezo—, este juego comienza a aburrirme. Siento que no va a la par. Toma.

Extendió su mano y me entregó un arma, una pistola que parecía una Beretta.

—¿Está cargada? —pregunté, con un hilo de voz.

—¿Nunca has oído eso de que las armas las carga el diablo y las disparan los tontos? —respondió riendo—. Ahora es tu turno. Decide. Ve y hazlo.

Un calor súbito me recorrió el cuerpo. Sin pensar, corrí hacia la puerta, atravesando el vacío, hasta que finalmente salí. Me encontré en la habitación del cóctel, donde Eduardo Spencer-Leyton estaba de pie, disfrutando un trozo de carne ensartado en un palillo. Al verme, sus ojos se abrieron con horror por un breve instante, pero enseguida recuperó la compostura. Se limpió la boca con una servilleta y habló.

—¿Y esa pistola?

—Te dejaré ir si me dices la verdad —respondí, apuntándole con el arma.

El viejo comenzó a reír, primero suavemente, luego de manera estridente.

—¡No! —exclamó, con una sonrisa maliciosa—. Al contrario, yo te dejaré ir… y de paso, te diré la verdad.

—¿A qué te refieres? —pregunté, mi voz temblando.

Tomó otro trozo de carne, lo mordió y se relamió los labios antes de responder.

—No hay nada que puedas hacer. Nada. Mátame, si quieres, pero incluso si yo muero, la maquinaria seguirá. Las piezas en marcha son incontables.

Su risa se volvió errática, casi desquiciada.

—Lo irónico es que esta maquinaria… esta maquinaria que tanto odias… es lo único que mantiene al mundo funcionando. ¡Así debe ser!

—¡Son unos pedófilos adoradores del diablo! —grité con furia.

—No seas tan dramático —respondió, acercándose lentamente—. No lo veas de esa forma.

Las lágrimas comenzaron a correr por mi rostro. Mi mano temblaba, incapaz de mantener firme el arma. El anciano se acercó más, hasta que sus manos tocaron mi nuca. Yo, de rodillas, lloraba desconsoladamente mientras él me acariciaba el cabello.

—Llamaré a la policía —me dijo, con voz afable—. Moveré un par de hilos. Ya sabes cómo funciona esto. No irás a prisión, pero te darán unas largas vacaciones.

—¿Qué quieres decir? —pregunté entre sollozos.

—Solo ten en cuenta una cosa —dijo, con un susurro cargado de advertencia—. No vuelvas a pisar Nueva Baviera si valoras tu vida.

Mientras lo decía, seguía acariciando mi cabello, con una calma que me resultaba aterradora.

Y así fue. La policía tomó mi declaración, al igual que la del viejo Spencer-Leyton, quien afirmó no tener intención de denunciarme. Según él, yo era un enajenado que necesitaba ayuda psicológica. Por orden del juez, comencé a atenderme con un psiquiatra en Valdivia, y ahora me encuentro bajo el cuidado de mis padres en Puerto Varas. Hoy, en Nochebuena, decidí escribir esto como una especie de catarsis, ya que durante todos estos días apenas he dicho nada. Siento que todo se ha derrumbado, tanto a mi alrededor como dentro de mí.

A veces leo en Internet sobre las operaciones de Mordred y Morgana. Se lo he mencionado a mi terapeuta, pero me aconseja que deje de buscar lecturas de esa índole. También he leído el Liber Veneris. En sus versos he encontrado el Uterus Mundi, el lugar donde se gesta lo que somos. El llanto de los fetos es extraño, casi como si supieran que están destinados a convertirse en alimento para las élites.

A veces, en sueños, deambulo por ciudades húmedas, por Pnaklendorf, como algunos la llaman. Me resulta fascinante que esta ciudad, que es a la vez lugar y diosa, solo exista gracias a quienes la alimentan, permitiéndole gestar a sus fetos. Porque si hay un Uterus Mundi, debe haber también una madre: ese espacio donde pasamos nuestras vidas pretendiendo que tenemos un propósito. Él y ellos nos observan como si fuéramos ganado, pastando antes de ser sacrificados en nombre de lo que llamamos vida.

Somos engranajes dentro de una Venus de Hierro, una Magna Mater, una máquina que mueve todo lo que nos rodea. Si su obra se detuviera, ella retornaría, al igual que su principio activo: el Origen Ingénito de todas las cosas.

Si no se indica lo contrario, el contenido de esta página se ofrece bajo Creative Commons Attribution-ShareAlike 3.0 License