—¡Qué lluvia más agradable! —dijo la señorita Beardsley— Adoro la más profunda oscuridad… ¡y este lugar es más lóbrego que el Erebo! La perversidad de la naturaleza ha penetrado en las rocas, ¡parece que estuviesen vivas!
—Esta gente veneraba a un panteón… singular —expliqué—. Ishtar aparece representada aquí y, en el altar que se yergue ante ti se practicaron ritos infernales, inconcebibles para la mente moderna. Tan solo para describirlos habría que idear un nuevo lenguaje. Estos pilares son anteriores a Stonehenge y Egipto, precediendo a las pirámides por miles de años. Datan, posiblemente, del Neolítico.
—¿Quién era Ishtar? —preguntó la señorita Beardsley.
—La excelsa diosa madre o «magna mater» de los babilonios, asirios y otras civilizaciones más oscuras y siniestras que ya eran leyenda en tiempos de Homero. La adoración de Ishtar, también llamada «Innanna», «Nina» o «Astarte», se extendió a través de todo Asia. Sus altares pueden ser hallados en Persia, India, China, Arabia, Siberia…
» La contraparte mundana de Ishtar fue una mujer de devastadora belleza, que poseyó la cruel y despiadada naturaleza de la emperatriz romana Mesalina. En Ninive, en Tiro, en Uruk… su manifestación terrenal atrajo a los jinetes de camello, procedentes del desierto, para destruirlos con sus besos. ¡Se estima que sus víctimas anuales superaban en cantidad a la de las legiones de langostas!
La señorita Beardsley frunció el ceño y hurgó con su sombrilla entre las piedras grises y obsoletas.
—No es que no confíe en ti. Pero me dijeron en el pueblo que las muchachas nativas pasean por aquí de noche y fingen ser reencarnaciones de esa diosa.
—Las nativas son muy feas —le aseguré—. Tienen nariz chata, orejas cuadradas y llevan anillos en los labios. Ningún hombre blanco podría amarlas.
—Nunca me gustaron —murmuró la señorita Beardsley.
Tomé la mano de la señorita Beardsley y le dirigí una sonrisa, mirando a sus nerviosos ojos azules. Su enfado me resultaba más encantador que la poco lucrativa gloria de la arqueología. Pero, con la terquedad propia de un hombre, no podía evitar excusarme.
—No hay verdad en esos estúpidos cuentos —dije—. Pero dormir aquí tiene algo especial. Sí… este lugar está embrujado, ¡eso me dará prestigio!
—Pero… ¿qué tiene que ver la superstición con la arqueología? —preguntó la señorita Beardsley.
—¡Debemos investigar todas las supersticiones! —respondí—. A menudo proporcionan datos valiosos. Lord Clayton-Maddox ignora las ruinas embrujadas, y la Real Sociedad ignora a Clayton-Maddox.
—¿Y eso qué tiene que ver? —la señorita Beardsley hizo un mohín. Sentí que esa frivolidad no le quedaba bien.
—Temo —dije— que subestimas la satisfacción del logro y el valor de las recompensas.
La señorita Beardsley exhibió un gesto de desprecio.
—Pero ambas son completamente inútiles; ¡en cincuenta años ya no las desearás! —soltó con brusquedad, agachándose y recogiendo un puñado de arena grisácea— ¡Serás menos que esto!
Los ojos de mi guía brillaron, y le sonrió a la señorita Beardsley.
—Es alentador —dijo— escuchar a una mujer hablar así. Nosotros, en Oriente, damos menos valor a lo externo. Educamos el alma y no valoramos las recompensas. Para nosotros, permanecer humildes y desconocidos es algo que trae honra. De hecho, despreciamos a los que son ricos en bienes mundanos.
—Y, ¿cuál es el propósito de esa actitud tan ridícula? —pregunté.
Había un dejo de reticencia en su voz cuando me respondió.
—Ustedes, los sajones, son primitivos e incivilizados. Se entretienen con juguetes absurdos; se enorgullecen de sus puentes y sus automóviles, sus teléfonos y cocinas sin fuego, y de sus fábricas viles y nocivas; mientras nosotros buscamos la verdadera cultura y la comprensión. Su civilización decayó antes de la invención de la imprenta. Su Edad Media fue gloriosa. Por aquel entonces tenían grandes catedrales, misterios sagrados y profanos, magia y símbolos sagrados. Tuvieron un gran vidente que superó en sabiduría al antiguo Oriente. John Dee conocía los secretos y terrores que habitan en las almas solitarias. Y, si hubieran seguido a Dee en lugar de a niños como Newton y Watt, tal vez ahora estarían en comunicación directa con lo desconocido. La verdadera cultura de Grecia desapareció cuando los filósofos entraron en Atenas; su civilización tomó el camino equivocado y pereció con el Renacimiento italiano.
Me preguntas por qué educamos el alma. Educamos el alma para hacerla fuerte. Cuando el alma es fuerte, puede conquistar… pero hay cosas que no puedo nombrar.
—¡Pamplinas! —repliqué— Pero dime, ¿hay cosas innombrables rondando por estas ruinas?
Mi guía me miró evasivamente y evitó una respuesta directa.
—Necesitarás un cuchillo, nacido del Cielo— me informó.
—¿Y un arma de fuego? —pregunté.
—No sirve de nada disparar cuando ves los ojos. Son invulnerables. Pero un cuchillo te podría ser útil.
—Un arma debería ser suficiente —insistí—. No creo que lleve un cuchillo.
—Debes llevar también un cuchillo —dijo la señorita Beardsley—. Y, si las muchachas nativas…
Sus ojos se endurecieron, y vi en ella unas posibilidades y una gravedad que jamás había sospechado.
II
Esa noche, acampé en el gris y desierto templo de Ishtar. No fue agradable. El viento soplaba desde el desierto, silbando, fantasmal, entre los solitarios altares y los oscuros y amorfos pilares. Las langostas se posaban en mi nariz y en mis orejas; hacían una especie de melaza en mi barba y se negaban a marchar. Nada me resulta más repulsivo que los insectos, y, sin embargo, es inútil enfurecerse con ellos. Me sentaba y cabeceaba, o miraba soñolientamente hacia la oscuridad, pensando en los gusanos de los osarios que el árabe loco Alhazred criaba en los vientres de camellos muertos. Me preguntaba si tendría el valor moral para enfrentar la aparición cuando se presentara. Sería necesario desafiarla y desenmascararla.
Lo que más me impresionaba era la forma en que persistía la leyenda de Ishtar entre los nativos. Recordaba los horribles ritos asociados a su culto y, curiosamente, no lograba apartar de mi mente un vago anhelo de sentarme extasiado ante el espectáculo de un sacrificio humano, ofrecido al panteón asirio, sobre aquel altar oscuro e intemporal que tenía ante mí. Embobado, lo imaginé. El sacrificio tomaba una forma abominable. La víctima era sujetada al altar de piedra gris por seis sacerdotes encapuchados de Ishtar, y despedazada con cuchillos pequeños. Y, mientras los horrendos sacerdotes realizaban su impía carnicería, Ishtar sonreía. Y, de pie junto a la base del altar, consolaba a la víctima acariciándole el cabello.
Y, sin embargo, a pesar de su crueldad, los babilonios y asirios la adoraban con una devoción curiosa. Me habían contado que Ishtar era tan hermosa que ningún hombre podía mirar su rostro desnudo y conservar la vista. Su cabello era color bronce, como las arenas del desierto cerca de un oasis, y sus labios ponían al espectador en un peligro inmediato. Los hombres olvidaban a sus esposas y, a veces, incluso sus mercancías y camellos, cayendo de rodillas a adorarla. Todo el día, sobre las suaves arenas, procesiones de hombres se reptaban hacia ella sobre sus manos y rodillas. Se habían promulgado edictos imperiales en su contra; pero los hombres, arriesgándose a la muerte o al exilio, seguían arrastrándose hacia ella sobre sus miembros. Era más hermosa que el blanco y purpúreo amanecer, siempre perfumada con los aromas del paraíso. Había algo en sus movimientos, en la manera en que alzaba la cabeza, en la curva de su codo o en la forma en que la luz se reflejaba sobre sus tobillos afilados, que enviaba un refulgente e imposible gozo al corazón de sus devotos. Ningún hombre que hubiera visto a Ishtar podía conformarse por mucho tiempo con una mujer ordinaria.
Desperté de aquella ensoñación para mirar hacia unas tinieblas que deshonraban a las mismísimas estrellas. Tan solo en el desierto la oscuridad se espesa como crema batida, deslizándose con un susurro perceptible.
La oscuridad era como un gran escarabajo de obsidiana, cubriendo el mundo con sus alas. No se movía en ella sombra alguna, y nadie respiraba en ella, pero la misma negrura vivía y susurraba. La noche era como una anciana que había engendrado a la misma oscuridad. Más allá de las tinieblas se sentaba su progenitora, con un hijo que no es suyo sentado en sus rodillas. Y, entonces, en mitad de aquel páramo desolado de sofocante negrura, vi dos brillantes ojos verdes que miraban sin parpadear.
Me puse en pie, nervioso, y les dije a los ojos que no me asustaban. El sonido de mi propia voz pareció tranquilizarme.
—¡No sois los ojos de Ishtar! Esto es algún truco… ¡algún truco ridículo y vergonzoso! ¡Estáis aprovechándoos de los americanos! Pero lo informaré al cónsul. Con nosotros no se juega. Nuestro cónsul, pelirrojo, golpea a su esposa y juzga a los hombres solo por el color de su piel. Ni siquiera se molestará en elevar la queja al gobierno. Tomará medidas poco ortodoxas y se encargará del asunto personalmente. Detesta a los impostores con una mezcla de histeria y desprecio. Te atará a un poste, te arrancará los dientes y te hará cosquillas en las plantas de los pies hasta que grites, delires y un horror sin nombre se apodere de tu mente.
Los ojos ni siquiera pestañearon. Eran brasas verdes en un vacío que susurraba. Miraban sin párpados en la oscuridad y pensé: «¡Estos deben ser los ojos de Ishtar!»
Una sensación de entumecimiento extraordinaria se apoderó de mí. En ese instante, todo pareció perder sentido; mi agitación fue cediendo poco a poco ante una indiferencia estoica. Sin embargo, en lo más profundo de mi mente, acechaba un horror impío, y mi corazón latía con una inestabilidad trágica. Aquellos ojos eran el sello del horror indescriptible de la noche. Reforzaban mi aversión a la oscuridad, volviéndola aún más mefítica, más intensamente malévola. Emitían dos rayos verdosos que atravesaban las tinieblas, sin llegar a iluminarlas.
Avancé hacia los ojos, extendiendo los brazos para mantener el equilibrio. Dos veces estuve a punto de tropezar, y una piedra afilada traspasó las delgadas suelas de mis mocasines.
El suelo estaba cubierto de rocas increíblemente antiguas; la arena, suave y húmeda, cedía bajo mis pies. Por un momento, intuí que, desde algún lugar más allá de los estrechos y grises confines del templo, una corriente de aire enfermizo y maloliente soplaba silenciosamente en la oscuridad. Sentí el insalubre calor en mis mejillas y garganta. Pero, lo peor de todo, era la sensación de maldad que me envolvía como un pútrido sudario.
Decidí anticiparme al abrazo de Ishtar y, con deliberada determinación, fijé la mirada en los ojos que tenía frente a mí. Ardían con una furia poco velada. Mi cuerpo quiso rebelarse, y las palmas de mis manos se humedecieron con el sudor del miedo; pero mi voluntad me sostuvo al borde del abismo. Pensé: «Es muy extraño que Ishtar no me desafíe. Es aún más extraño que solo me observe con esos grandes ojos sin alma». Enmudecí, al comprobar que aquellos ojos estaban divididos en diminutas secciones. Se me pasó por la cabeza que los de Ishtar podían ser ojos compuestos, similares a los de una mosca: un millón de millones de orbes llameantes. ¡Esos ojos no eran humanos!
Retrocedí hasta que mi espalda chocó contra un muro alto y sobresaliente. Pasé las manos con rapidez por la piedra para convencerme de que era sólido y firme. Aquella pared era mi refugio frente al engendro maldito de la noche. Era un baluarte de lo tangible y real contra lo amorfo y sombrío. Saqué el revólver de su funda en silencio y lo apunté hacia los ojos verdes, fijos e implacables. Mi arma podía desgarrar la oscuridad, partirla en dos, reducirla a escombros. El revólver se había convertido en un símbolo del poder dirigido contra el mal, que se agazapa y ataca por la espalda.
Intenté orientarme con un arma a la que no estaba acostumbrado. La idea del repentino y brutal estallido de un revólver en aquel lugar velado parecía una profanación, y mis dedos temblaban sobre la recámara. Una extraña parálisis me invadió; por un momento me sentí como un cadáver envuelto en una mortaja. Me torturaba el miedo al ruido y a la acción, a cualquier cosa que perturbara la oscuridad y volviera drástica la situación. Por un instante vacilé, y consideré la posibilidad de arrodillarme ante Ishtar y pedirle perdón. Pero, de pronto, el valor creció en mí como una ola.
Me atreví a apretar el gatillo, y la repugnante negrura se desvaneció en medio de un resplandor desbordante que sacudió la tierra. Ya no existía nada salvo una blancura evanescente y trascendental. La oscuridad, temblando como gelatina, colapsó, retorciéndose sobre las rodillas de la madre noche. Y, desde el corazón del resplandor, estalló una detonación atronadora. El sonido desplazó a la luz, y la oscuridad volvió a cernirse sobre mí. Cerré los ojos y grité, mis piernas amenazando con ceder bajo mi peso. Pero pensé: «Un solo disparo no basta. Debo asegurarme de que Ishtar no escape».
Descubrí que no sentía el menor deseo de ver a Ishtar. Con la espalda apoyada contra el muro y el revólver ahogando la oscuridad, me sentí aliviado de no poder distinguir aquello que pudiera habitar allí. Sin embargo, en el resplandor fugaz, alcancé a vislumbrar muros bajos y derruidos, altares inclinados, y rostros oscuros, como de sátiros, esculpidos en basalto negro. Aquella visión me produjo un horror y una reverencia imposibles de expresar, y llegué a creer que la señorita Beardsley había ocultado, tras fingida frivolidad, un insólito entendimiento. Ella había intentado advertirme:
«¡Este lugar es más lóbrego que el Erebo! La perversidad de la naturaleza ha penetrado en las rocas, ¡parece que estuviesen vivas!»
Todo aquello pintaba mal, parecía servir como particular explicación para el temor que en los aldeanos inspiraba el templo de Ishtar. Por cinco o más minutos hubo un silencio sepulcral, hasta que arrojé aquella cosa de fuego que había sido incapaz de justificar su alarde de fuerza. Escuché un repiqueteo metálico cuando cayó sobre el suelo. Los ojos de Ishtar se aproximaron; sentí como si estuviera palpando las profundidades de la angustia, como si me balancease sobre un abismo silente. Muy por encima de mi cabeza, a través de una fisura, pude ver las estrellas, pero brillaban tan débilmente que parecían exudar oscuridad y no luz.
¿Y si debo postrarme ante Ishtar y persuadirla para que me ame? Tal vez su mirada se enternezca; tal vez deba mirarla y encontrarla hermosa. Quienes viajan en camello percibieron su belleza. Ellos llegaron del desierto y ella los confortó con sus besos, los hizo morir de amor.
—¡Podría amarte! —les dije a los ojos, odiando al instante el sonido de mi propia voz.
Sabía lo que había hecho, pero nunca habría hablado con Ishtar si una fuerza superior a mi voluntad no me hubiera persuadido de que la destrucción total era más deseable que la incertidumbre.
Arropados por la noche, los ojos se dilataron de golpe y su mirada se enterneció. Perdieron ese fulgor serpentino. Avanzaron hacia mí y oí un leve silbido, como si algo suave y liso se estuviese impulsando con manos y rodillas para reptar sobre una superficie áspera e irregular. La silenciosa brisa nocturna trajo ante mí un olor indescriptible, acre y cadavérico. Y, entonces, desde más allá de los estrechos y grises límites del templo, oí una repentina y aguda exclamación de miedo y dolor.
Era un quejido asustado y lastimero que desgarraba la noche, afrentando a los ojos de Ishtar. Surgió de entre las tinieblas, tierna, tan llena de compasión como de terror. Pareció hacer menos temible la amenaza de aquellos oscuros confines.
—¡Retrocede! —exclamé— Yo me ocupo de esto.
La voz aumentó en intensidad. Creció entre las sombras, formando frases, ruegos y reproches.
—¡Oh, Arthur, te lo advertí! ¡Ya te dije que nada bueno saldría de dormir aquí! Arthur, ¿dónde estás?
—Señorita Beardsley —rogué—, debes retroceder. No hay nada. Nada que pueda hacerte daño.
—Algo hay, Arthur, y le plantaré cara contigo. No le temo, Arthur, no hay nada en la oscuridad que pueda herirnos. Tan solo nuestros miedos nos lastiman, engendrando monstruos en la oscuridad. Debes apartar tus miedos, Arthur. ¡Yo te ayudaré a hacerlo!
Sabía que la señorita Beardsley había rodeado los muros grises y había penetrado al interior del templo, sometiéndose a la amenazante mirada de Ishtar. Vi cómo los ojos se tornaban afilados, su dulzura desaparecía y una furia fría comenzaba a arder en aquellos fosos carentes de pupila.
—¡Arthur! —llamó la señorita Beardsley, permitiéndome deducir que se encontraba a menos de tres yardas de mí; podría haber dado un paso adelante y tocarla en la oscuridad— ¡Arthur!
Su voz era de reproche y desesperación. Avancé para interceptarla, y vi cómo los ojos bajaban y viraban hacia el lateral. Chocaron contra algo blando, provocando un súbito grito de pánico. Supe al instante que la señorita Beardsley había sido atacada y derribada violentamente.
Abandoné la seguridad que me brindaba el muro y caí a gatas, avanzando a tientas entre cenicientas y filosas piedras. Pensé que debía haber una forma de abrirse paso, de desgarrar la oscuridad y rescatar a la señorita Beardsley. Temblaba, gemía y luchaba contra una oscuridad y un terror espantoso que me invadía la mente. Me impulsé hacia adelante sobre los cantos filosos, dejando mi cuerpo magullado, la ropa hecha jirones y los ojos llenos de lágrimas. Porque, más adelante, la oscuridad era impenetrable, lo cual se volvió un impedimento para alcanzar a la señorita Beardsley.
La señorita Beardsley dejó escapar leves y ahogados jadeos, seguidos por sollozos y borboteos. Escuché un forcejeo y arcadas. «¡Cuán mortífero horror!», pensé. Una singular e incontenible sensación de propósito incidió como un tónico revitalizante sobre mi voluntad. Ishtar representaba los horrores de la noche, ¡y yo debía salvar a la señorita Beardsley de sus oscuras y repugnantes garras!
Percibí la amenaza de Ishtar con una agudeza renovada. Su maldad sobrenatural no sólo ponía en riesgo la vida de la señorita Beardsley, sino su alma misma, pues aquella diosa no se conformaría con un simple cuerpo, una cáscara vacía. Luchaba, entonces, por preservar tanto su carne como su espíritu. Avancé con dificultad, como si intentara desgarrar la oscuridad con mis propias manos. El dolor me atravesaba. En la penumbra, en lo más profundo de la noche, conocí el verdadero sufrimiento. Y a escasos tres metros de mí, la señorita Beardsley sollozaba y gemía.
Me resultaba aterradora mi impotencia para alcanzarla. Había trepado sin descanso sobre cantos grises y ásperos; mis manos y rodillas, cubiertas de sangre, daban testimonio de ese infructuoso esfuerzo. Pero no lograba llegar hasta ella. Se alejaba de mí. Algo tiraba de ella, arrastrándola sin piedad sobre las rocas.
De pronto, sentí humedad bajo mis manos y rodillas. Mis pensamientos se nublaron, pero comprendí que me arrodillaba sobre algo mojado. Era como si hubiese cruzado el umbral del sufrimiento hacia un delirio mudo e irracional. Alcé lentamente una mano fuera de aquella sustancia viscosa. No me atreví a confesar mis temores, ni siquiera a mí mismo; no los reconocí con claridad. Todo era confuso, incierto, envuelto en una bruma mental. Pero en lo más hondo de mi conciencia, el miedo acechaba, agazapado como una pantera a punto de lanzarse.
Levanté la mano con lentitud. En algún rincón nebuloso de mi conciencia comprendía que no podría seguir adelante si aquella humedad confirmaba mis peores sospechas. Pero no era sangre. No lo era. La sangre no es tan espesa… ni tan fría.
Entonces lo supe: me arrodillaba sobre una baba oscura, surgida de las entrañas de la tierra. Solo una criatura impía, una babosa que jamás hubiese visto el sol, la luna ni las estrellas, podría haber dejado un rastro semejante. Cerré los ojos, sin saber muy bien por qué, y la calma descendió sobre mi mente. Seguiría adelante. Encontraría a la señorita Beardsley.
Avancé a gatas sobre el oscuro cieno. Parecía que iba a continuar así eternamente; sin embargo, en lo más profundo, sabía con certeza que, llegado el momento, encontraría la luz. Y con ella, a la señorita Beardsley. Una criatura de ojos como los de Ishtar se la llevaba a través de la oscuridad, dejando tras de sí una baba densa y fétida. Yo descubriría su guarida y la destruiría por completo. Mi corazón latía con violencia, un zumbido comenzó a crecer en mi cabeza, pero, apretando los dientes, continué avanzando.
Seguí el rastro de la baba fétida, aunque el dolor ya me invadía todo el cuerpo. Siluetas informes brotaban y se ramificaban en mi mente.
—¿No habrá un final? —pensé en voz alta—. ¿No llegará el amanecer? ¿Nunca se alzará la aurora sobre el desierto, blanca, pura, resplandeciente? ¿No existe nada más que esta oscuridad informe que oculta a una babosa blasfema, inhumana, que va dejando baba a cada paso?
¡Al fin lograba articular palabra! Decidí probar de nuevo y rasgué la oscuridad con la aguda insistencia de mis palabras. Anhelaba una respuesta, alguna certeza. Había algo cruel, casi sádico, en aquel silencio, y traté de mitigar la tortura, de aliviar la tensión, mientras avanzaba a gatas por el suelo helado.
—Señorita Beardsley, debe tener fe. Estoy yendo por usted, aunque sea a rastras. El camino es largo, y el dolor será insufrible… ¡pero debe resistir a Ishtar con la fuerza de su voluntad!
—Arthur… me está apretando. Es blanda, y no puedo sujetarla. Se me escapa… ¡Debes darte prisa! Pero no tendré miedo, Arthur. El miedo es mortal, y nos destruirá a los dos.
El pasaje que se abría ante mí era largo, blanco y liso, descendiendo profundamente hacia la tierra. En mi mente emergieron fragmentos de supersticiones horrendas, recuerdos maliciosos y una frase de Joseph Glanvill que Poe había citado alguna vez: «la vastedad, la profundidad y la inescrutabilidad de Sus obras, que contienen en sí mismas una profundidad mayor que la del pozo de Demócrito».
El pasaje ante mí era un túnel de pesadilla; aunque mi razón dudaba, lo veía con claridad, al igual que la luz que emanaba de su interior.
La criatura que había arrastrado a la señorita Beardsley por el terreno áspero, una cosa de baba y oscuridad, se había internado en el túnel, aparentemente sin esperar que yo la siguiera. ¿O acaso sí contaba con tal eventualidad?
Proseguí a tientas entre vueltas y giros interminables. El túnel se estrechaba, amenazando con envolverme, para luego ensancharse hasta ocultar su alto techo inclinado bajo la luz temblorosa. Avancé entre sombras, gritando y llorando en la oscuridad. Más adelante, percibí un crujido audible, mientras aquella criatura se arrastraba entre la fría humedad, dejando tras de sí un rastro fétido y legamoso.
Las impresiones que me dejó aquel hórrido descenso fueron profundas e indelebles. Sin embargo, un destino que escapaba a mi control había decretado mi sufrimiento. Y, mientras avanzaba a gatas, comprendí que ni siquiera un dios bestial podría desafiar al sino. El sufrimiento y el terror podrían desbordarme, pero de la noche surgiría un amanecer espléndido; las discordancias confusas que me rodeaban acabarían por armonizarse de algún modo, y escucharía con exaltación y éxtasis una sinfonía bella y gloriosa. Regresaría del borde del abismo, y la señorita Beardsley y yo admiraríamos juntos ese nuevo amanecer. ¿Por qué un túnel frío, tenebroso y serpenteante sería preferible a la mera oscuridad? ¿Por qué sentí renacer la confianza mientras avanzaba sobre el suelo helado?
Seguí reptando durante lo que parecieron eternidades, hasta que, de repente y al doblar una curva, lo vi, imponente y aterrador. Resulta inconcebible pensar que, en cualquier lugar, uno puede toparse, de la forma más inesperada, con semejante abominación. «¿Para qué seguir adelante?», pensé. «Esto no puede ser real. Si existe, ya no hay motivo para vivir… si existe, todos somos criaturas desesperadas, indefensas y miserables, atrapadas en una alucinación, al borde del abismo, habitando en un sueño cuyo despertar es el morir. Vivimos en una noche de Walpurgis poblada por formas obscenas: harpías batiendo sus alas, dispuestas a arrancarnos el cerebro y devorar nuestros cuerpos mientras dormimos; íncubos de labios negros y aspecto fúnebre; serpientes de pesadilla surgidas del Aqueronte; calibanes del Tártaro. Vivimos rodeados de hambre, peste y muerte… ¡si semejante cosa puede existir bajo las estrellas!»
Me mordí las yemas de los dedos tratando de ahogar un grito. La señorita Beardsley yacía en un charco de cieno, con los músculos del rostro relajados y una agonía terrible e indescriptible brillando en sus ojos. Sus brazos colgaban flácidos sobre sus costados, pero los dedos de su mano derecha parecían convulsionar, abriéndose y cerrándose. Sobre ella, en la penumbra, con el rostro de perfil contra una oscura y atávica roca, se agazapaba la criatura que a la que había seguido en la oscuridad, aquella lóbrega y funesta entidad de insondable maldad que había ido dejando tras de sí un fétido rastro de fluidos negruzcos.
Su rostro canino estaba sembrado de escamas, y una larga lengua de reptil emergía de entre sus labios negros y bulbosos. De perfil, su ojo parecía grande y gris; pero la luz del túnel había cegado su resplandor. A la desesperada y movido por una mezcla de rabia y frustración, alcé el brazo, ante lo cual la criatura siseó y me escupió. Sabía que temblaría y me congelaría al tocarlo. Por un momento, pensé que no podría volver a moverme; y me pregunté si la señorita Beardsley estaría padeciendo. Anhelaba calmarla y consolarla, asegurarle que lo comprendía.
—¡Yo me ocupo de esto! —dije.
Pero no tenía intención de ocuparme de nada. Mis pensamientos se volvieron lineales, apartando de mí todo aquello que pudiese preocuparme. «Si no se mueve, estoy a salvo», pensé. Me quedé inmóvil, temiendo que, si me movía un centímetro, se abalanzaría sobre mí. Imaginé el tacto de su fría nariz rozando mi rostro. Sabía que me rozaría… que me rozaría hasta hacerme morir de miedo y repulsión. Estaba más afectado de lo que quería reconocer. Supongo que pensé en la señorita Beardsley, pero ahora me avergüenza reconocer que me vi lastrado por mi vil y espantosa cobardía.
Sin embargo, algo puso fin a la parálisis nerviosa que atenazaba a mis músculos y voluntad, y me impulsó hacia adelante como si se hubiese liberado un resorte. ¡Vi su cuerpo! La cabeza me había retenido, había agarrotado mis músculos y me había llenado de un lamentable pavor; pero, ver ahora su cuerpo, me hizo sentir que debía actuar cuanto antes. Avancé al instante e hice lo que tenía que hacer. Pero antes de enzarzarme con él en mitad de aquella cripta de tierra brumosa, me incliné con asombrosa agilidad para tomar del suelo una piedra fina y afilada.
Recuerdo cortar con un solo movimiento su gran cabeza canina, y también recuerdo como la negra sangre de sus arterias se derramaba por su cuello, salpicando mis brazos y piernas. Sé que el cuerpo se retorció y contorsionó en mitad de la oscura caverna, anudándose y tornando en una monstruosa masa de pliegues carnosos.
Todavía puedo verla, reptando y enroscándose en la penumbra, veo la cabeza amputada yaciendo en el suelo junto a la señorita Beardsley. Las fauces se abrían y cerraban y la sorpresa refulgía en sus ojos, casi con indignación, como los de un niño que ha sido castigado por algo que no considera errado.
Cuando terminé, y aquellos pliegues se quedaron quietos, me levanté y caminé hacia donde la señorita Beardsley yacía sobre el frío y duro suelo. Me di cuenta de que la simpatía y la compasión no servirían. La señorita Beardsley necesitaba medidas más drásticas.
—¡Levántate! —le grité—. No pienso quedarme aquí esperando por ti. ¡Levántate!
La señorita Beardsley gimió, y sus labios temblaron; pero un tono rosado volvió a sus mejillas.
—¡Levántate ahora mismo! —exclamé.
Poco después, ella ya estaba de pie, con sus ojos azules brillando de ira y un rubor intenso tiñendo su garganta y mejillas. Supe entonces que estaba salvada, así que la acerqué rápidamente hacia mí, alejándola de aquella figura sin cabeza que reposaba inerte.
—Llegaremos a tiempo para el desayuno —le dije—. He pedido huevos de avestruz y granadas. Nos sentaremos en la terraza y veremos el amanecer sobre el desierto.
—Oh, pero mi tía nunca se levanta tan temprano —replicó la señorita Beardsley.
—Por esta vez —respondí— prescindiremos de acompañantes.
La conduje afuera, a la fresca noche. Por un instante nos quedamos bajo la gris pared del templo de Ishtar, y luego caminamos, brazo con brazo, hacia el hotel.
—Vales por una docena de Ishtars —le dije.
—Eso no suena muy halagador —replicó—. ¿Decirme que solo valgo…?
En un abrir y cerrar de ojos, mis brazos la envolvieron, y sentí la dulce magia de su cuerpo rendido.
III
Al mediodía, mi guía vino a verme.
—Nunca adivinarás lo que encontramos en las ruinas —dijo.
—¿Una serpiente? —pregunté.
Su rostro se tornó terriblemente solemne.
—¡Más o menos! ¡Encontramos a una mujer sin cabeza! Pero, eso no es todo: la gris piedra sacrificial estaba cubierta de sangre… ¡y sobre ella reposaba la cabeza de una serpiente, una cobra encapuchada!
La señorita Beardsley se estremeció y me tiró de la manga.
—En el pueblo cuentan historias extrañas. Dicen… ¡dicen que mataste a Ishtar!
Los ojitos de mi guía se entrecerraron.
—Sí —dijo— Y te lo agradecemos. Tu valentía nos ha librado de Ishtar, ¡la mujer-serpiente!
Bajo el balcón, nuestros camellos nos observaban con sus indulgentes y desalentados ojos.