Todo el mundo quedó conmocionado al ver el estado en que el guardia civil y antropólogo Luis Andrés Salazar regresaba de su misión de rescate en la montaña. Había partido junto a un equipo de emergencia en helicóptero hacia una zona remota de la cordillera leonesa, en busca de un grupo de alpinistas extraviados. Nadie esperaba que reapareciera semanas después, caminando solo por la carretera que bordea el Puerto del Pontón, envuelto en una manta hecha jirones y con la mirada extraviada.
Del helicóptero siniestrado no se encontró ni rastro. Tampoco de los miembros del equipo de rescate o de los montañistas desaparecidos. Algunos creyeron que Salazar había sobrevivido al impacto y, de algún modo, había logrado descender por sí mismo desde las alturas. Pero, quienes lo recibieron supieron de inmediato que algo más había ocurrido: la chispa vital se había ido de sus ojos, ahora de mirada perdida y actitud melancólica, y que había vuelto alarmantemente delgado. Tarareaba una extraña canción, cuyos tonos, aunque disonantes, resultaban de algún modo agradables al oído.
Cabe decir que, pese a todo, hubo quien vivió aquello con un cierto alivio, pues se había perdido su señal hacía tanto tiempo que se les había dado ya a todos por muertos. Los familiares de los alpinistas y rescatistas extraviados se abalanzaron sobre Salazar, tratando de sonsacarle alguna revelación sobre el sino de sus parientes. Sin embargo, tan solo recibieron respuestas evasivas y aseveraciones enigmáticas.
Hablaba de «las cumbres donde se funden las aguas del cielo y de la tierra» de unos «hombres que, como Ícaro, se abrasaron por acercarse demasiado a la verdad» y de la «canción de la Reina sin rostro». Decía que habían descubierto un viejo pecado, la ruptura de un tabú en nombre de alguna empresa desconocida. Algo o alguien había cometido un error; y ellos, años después, habían pagado las consecuencias.
En un momento de extraña lucidez, Salazar pidió que lo internaran en un sanatorio. Lo que no parecía tan lúcido eran las dos condiciones que puso: la primera, que estuviese lejos de aquellas montañas; la segunda, que cubriesen todas las ventanas. O, al menos, que lo hiciesen al caer la noche, el momento en que «se juntan las aguas superiores e inferiores y la barca dorada naufraga en las costas del inframundo».
Pese a que al inició hubo algunas reticencias, algunas de ellas por parte de familia y amigos del implicado, finalmente se accedió al traslado de Salazar a un centro psiquiátrico del páramo leonés, donde no se vislumbraban las siluetas montañosas ni se respiraba el aire gélido de la alta cota. Aunque en un primer momento se consideró la posibilidad de internarlo en una estancia subterránea y sin ventanas, el especialista que valoró el caso, un psicólogo conocido como Manuel Álvarez Mencía, consideró que la privación de luz solar podría ser contraproducente para la salud física y psicológica del veterano guardia civil. Es por ello que, para satisfacer los deseos del hombre, se optó por una habitación con pequeñas ventanas y gruesas persianas, que deberían bajarse en el mismo momento en que comenzase a ponerse el sol.
Tras ser confinado en la estancia, Salazar pidió un cuadernillo y un bolígrafo o lápiz con el que escribir. Temerosos de entregarle un objeto punzante con el que se pudiera lesionar, optaron por darle unas ceras de colores. Tal como habría hecho un niño, Salazar se dejó caer sobre el suelo para comenzar a pintar formas extrañas en el cuaderno. Alvarez Mencía pidió permiso para ver al final del día lo que hubiera dibujado, ante lo cual Salazar no mostró ninguna clase de reticencia.
—Tan solo espero que reflexiones bien antes de saltar a conclusiones —dijo Salazar, con una sensatez impropia de un mero demente—. Y que no dejes que tus interpretaciones y discernimientos lleguen a oídos de la prensa sensacionalista.
El psicólogo asintió, incómodo, y se retiró con el cuaderno al anochecer. Aquella primera noche no logró dormir, absorto como estaba con el estudio de las sinuosas formas que el guardia había realizado en el cuaderno. A simple vista, fue incapaz de identificar ningún patrón claro en aquellas coloridas abstracciones, es por ello que, a la mañana siguiente, le devolvió a Salazar el cuaderno sin haber realizado ninguna clase de hallazgo notable.
Tuvieron que pasar varios días hasta que, finalmente, Álvarez logró ver algo en claro. Había una serie de figuras que parecían repetirse con una cierta insistencia, como si, a través de ellas, Salazar tratase de comunicar algo que no se atrevía a poner en palabras. Finalmente, y tras revisar varias veces el conjunto, una nueva sospecha se formó en su mente: aquello no eran trazos arbitrarios, sino que parecían agruparse formando alguna clase de lenguaje pictográfico, que guardaba una cierta similitud con ciertas lenguas muertas del Mediterráneo oriental o con la caligrafía de los Manuscritos Pnakóticos, cuya autenticidad es todavía objeto de debate.
En vista a esto, consultó nuevamente con Salazar, quien, sonriendo, le dijo que había dado en el clavo. Álvarez quiso saber el significado de todo aquello, ante lo cual el interno se limitó a decir que la clave de interpretación eran los estudios de Giordano Vitale y Laurent-Henri Leborgne.
Álvarez Mencía, intrigado por la mención de aquellos conocidos estudiosos de lo esotérico y de los misterios prerromanos, se sumergió durante días en la lectura frenética de sus trabajos. Pronto descubrió que ambos investigadores compartían teorías desacreditadas por la academia, muchas de ellas en torno a una civilización lunar y una escritura referida como la «lengua de los obeliscos». El psicólogo sonrió al comprender lo que Salazar había implicado con su anterior insinuación: que el lenguaje de sus dibujos no era producto de la demencia, sino una reconstrucción deliberada de un sistema ancestral de comunicación, perdido desde los tiempos de los mitos. Lo que tenía frente a sí no era el delirio de un demente, sino una confesión cifrada en el eco de una lengua olvidada.
Impulsado por esta revelación, Álvarez Mencía comenzó a transcribir cada pictograma, cotejándolos con los escasos fragmentos de aquel lenguaje conservados en las obras de Vitale y Leborgne. Pronto se dio cuenta de que lo que aquel supuesto loco había estado escribiendo incansablemente era una especie de crónica. Informó a Salazar de su descubrimiento y le preguntó si el escrito estaba ya acabado.
—Dame un día más —respondió Salazar—, y no hagas públicos los contenidos hasta que yo ya no esté aquí. Pero, cuando eso suceda, asegúrate de que lleguen a buenas manos.
Álvarez Mencía aceptó, no sin un creciente sentimiento de inquietud. Algo en el tono de Salazar, más que en sus palabras, dejaba entrever un final inminente. Durante el día siguiente, el guardia civil estuvo trabajando en su peculiar cuaderno a un ritmo frenético, garabateando aquellos signos incomprensibles para el común de los mortales. Una vez que concluyó, hizo llamar a Álvarez y le entregó el cuaderno.
Tras esto, la actitud de Salazar cambió. Tomó un aire melancólico, sentándose largas horas frente a la ventana, mirando sin expresión al horizonte. Apenas hablaba y prácticamente le tenían que obligar a comer. Mientras tanto, Álvarez trabajaba frenéticamente en la traducción, convencido de que en aquel extraño testamento debían encontrarse la causa y la naturaleza de la singular dolencia que afectaba al guardia. Sin embargo, lejos de esclarecer, cada nuevo párrafo parecía traer consigo nuevos interrogantes. Innumerables fragmentos hubo de traducirlos en base al contexto, no pudiendo confirmar si su interpretación era correcta. Y es que, aunque trató de consultarlo con Salazar, este guardaba un silencio sepulcral. Era como si estuviera en trance, como si estuviera muerto en vida.
Fue solo una semana después de la entrega definitiva del cuaderno cuando ocurrió lo inevitable. Tuvo lugar una noche de tormenta, en que los fuertes vientos se arremolinaban junto al sanatorio. Un golpe seco y el sonido de cristales rotos alarmó al personal, que corrió hacia la habitación de Salazar para toparse con una macabra sorpresa: el cuerpo del guardia civil yacía en el suelo, con el abdomen hundido y las mandíbulas abiertas y completamente desencajadas. De su boca salía un rastro de baba legamosa que conducía hacia la ventana, completamente destrozada y con las persianas arrancadas. Lo más inquietante es que la tempestad pareció remitir en el acto, dejando a la vista un apacible paisaje nocturno al que la luna observaba como un gigantesco ojo lechoso.
Cuando los forenses analizaron el cuerpo, destacaron el hecho de que tenía cerca de un setenta por ciento de sus órganos internos destrozados. Como si algo hubiera salido de lo más profundo de sus entrañas, arrasando con todo lo que encontraba a su paso. Los días posteriores fueron un desfile de silencio, superstición y especulación. El sanatorio fue sellado temporalmente, y algunos miembros del personal solicitaron la baja por ansiedad o se negaron a volver a entrar en la habitación 14-B, donde había ocurrido la tragedia. En medio de aquella irreal situación, tan solo quedó una prueba relevante, un último testimonio dejado por el fallecido: aquel críptico cuaderno que su psicólogo había estado descifrando. Siguiendo la última voluntad del difunto, el escrito y su traducción fueron puestas en manos del inspector Esteban Viloria, con el cual Álvarez Mencía ya había compartido alguna que otra experiencia inverosímil.
Dado lo antinatural del caso, no quedó más remedio que descartar el homicidio y archivarlo rápidamente, haciendo constar la muerte como consecuencia de alguna clase de infección parasitaria por parte de alguna criatura no identificada. Sin embargo, entre aquellos que accedieron a la críptica crónica de Salazar, intuyen que la verdad detrás del caso es bastante más compleja.
* * *
Primero de nada, declaro que me encuentro en pleno uso de mis facultades, y que he decidido encriptar de este modo mi declaración con el fin de protegerla de los ojos curiosos de mis celadores. Sé bien que podría haber evitado la necesidad de recurrir a esto si, ya desde un primer momento, no hubiera pedido ser internado, pero deseaba prolongar esta existencia algo más. De haber permanecido en mi hogar, ya habrían precipitado mi desenlace, mi transición. Y es que ya apenas siento mi piel como mía y mis semejantes me resultan algo ajeno, extraño y repulsivo.
Puede que lo que se retuerce y sacude sea mi verdadero yo, despertado de su letargo por una llamada atávica. Tal vez se ha roto para mí aquello a lo que se refieren los orientales con la metáfora de la rueda del Samsara, he escapado finalmente de la condena de esta carne y voy a ascender a una existencia superior. No lo sé. Solo sé que otro cuerpo se retuerce bajo mi vientre. No como un retoño dispuesto a ser alumbrado, sino como un gusano dentro de la crisálida. ¿Desgarraré mi carne y abriré las alas? ¿Volaré hacia el hogar eterno, siguiendo el cántico inefable de la Reina sin rostro, madre de la noche eterna? ¡Iä! ¡Nott-ogh naflfhtagn!
Sea como fuere, cuando alzamos el vuelo aquel día nada apuntaba a que fuese a suceder algo fuera de lo normal. El piloto, un veterano de rescates en alta montaña, iba concentrado en las condiciones climáticas. Todos íbamos abrigados, alerta, atentos a las señales que nos indicaran la posible ubicación del grupo extraviado. Yo llevaba mi cuaderno de notas y una cámara térmica, con la esperanza de documentar lo que sería una misión exitosa. Daríamos con los alpinistas, vivos o muertos, y regresaríamos con la tranquilidad de conciencia de aquel que ha cumplido con su deber. volveríamos a nuestras moradas, abrazaríamos a nuestras esposas y todo continuaría con la apacible monotonía que brinda la rutina.
Sobrevolamos la cuenca minera y pasamos por encima de las azules aguas de Riaño, con dirección a los Picos de Europa. Aquella zona siempre me ha resultado peculiar en cuanto a su toponimia, con numerosas referencias a lo infernal y lo ominoso: «Caín de Valdeón», «Vía Amistad con el Diablo», «Fuente del Infierno»… nunca me había detenido a pensar demasiado en eso, pero viéndolo en retrospectiva, puede que esos nombres fuesen una advertencia de la oscuridad atávica e inefable que, oculta entre hayedos y gargantas montañosas, ha logrado sobrevivir al paso de los eones.
Algo de esa tiniebla imperecedera debió alcanzarnos aquel día, con una sutileza que fue abandonando lenta pero inexorablemente. Nuestro piloto, Jorge, era un joven de aguda intuición, particularmente sensible a las energías. Solíamos tomárnoslo a broma, aunque en el fondo, siempre habíamos sabido que había en él algo especial. Pasaba largas horas admirando la naturaleza y parecía tener un extraño magnetismo con los animales, que acudían a él como si ejerciera un extraño influjo sobre ellos.
Aquel día, algo comenzó a hacerle sentirse mareado. Una presión inexplicable, semejante a la sensación de que algo o alguien le estuviera oprimiendo la cabeza. En un primer momento fue algo lo suficientemente sutil como para que le diera importancia, aunque la sensación fue aumentando. Nos contó lo que pasaba, aunque también nos aseguró que estaba bien y que aquello no debería interferir con la operación. Decidimos hacerle caso, ya que siempre lo habíamos tenido por un chico sensato. No obstante, lo que sucedió después disipó cualquier ilusión de normalidad.
Sobrevolábamos una estrecha garganta montañosa cuando el chico comenzó murmurar algo. Decía escuchar una canción, unos cantos de sirena procedentes de algún punto indeterminado del desfiladero. Le preguntamos de qué hablaba, pero se limitaba a farfullar cosas sin sentido. En su rostro se dibujó una sonrisa atolondrada y su mirada se perdió en el horizonte.
Como es natural, aquel inexplicable episodio de demencia hizo que todo se precipitara. Nos fue imposible reaccionar a tiempo cuando, sin previo aviso, el piloto soltó sus manos del volante y perdimos completamente el control del vehículo. Su risa histérica fue apagada por el ruido de la colisión y por el sonido de los cristales al estallar. Salí despedido por el impacto, aterrizando en un saliente y rodando sobre unas zarzas que, aunque me ayudaron a amortiguar el impacto, lo hicieron a cambio de clavarse en mi piel como la corona de espinas de un Nazareno.
Después, una explosión. Una pálida claridad lo envolvió todo, para después dar paso al carmesí del fuego y el gris ceniciento del humo. No sé exactamente cuánto tiempo pasé allí tendido. Me pitaban los oídos y sentía un desagradable sabor metálico en la boca. Cada uno de mis movimientos hacía que las púas de los espinos lacerasen despiadadamente mi magullada carne, levantarme de allí me supuso un esfuerzo hercúleo.
Cuando logré finalmente ponerme en pie, tan sólo logré percibir a mi alrededor una espesa cortina de humo y el olor dulzón de carne quemada. Agradecí no haberme quedado dormido, pues habría sido fatal. Venciendo a la dificultad respiratoria y a la escasa visibilidad, me acerqué a la fuente de la humareda, hallando, como si de un inmenso cadáver se tratase, los restos aún ardientes del helicóptero. No había ni rastro de los cuerpos de mis compañeros, aunque, prestando atención, pude distinguir en el suelo marcas de huellas.
Fue entonces cuando la escuché por primera vez, apagada y reverberante, como si llegase hasta mis oídos desde el fondo de alguna fosa marina. Una canción, una llamada apremiante. Alcé la vista, tratando de hallar la fuente. Y, en medio del humo, creí discernir algo… una figura oscura, inmensa y desdibujada. Poco a poco pareció comenzar a ganar consistencia, momento en que me di cuenta de que aquella impresión se debía a que se estaba acercando a mí.
Sentí un impulso irrefrenable de huir: la pulsión atávica de una presa al enfrentarse a su depredador. Sin saber exactamente hacia dónde, eché a correr, luchando por mantener el equilibrio y tratando de no caer por el acantilado. Sentí como si algo o alguien me agarrara de los hombros y tirase de mí hacia atrás, pero logré forcejear y liberarme de su tenaza. De lo que no logré escapar fue de ese susurro, tierno y sugerente, que se asentó en el interior de mis oídos. Traté de ignorarlo como mejor pude y, cuando quise darme cuenta, ya había dejado atrás finalmente aquella niebla tóxica. De mi perseguidor no había ni rastro; o, al menos, no había un rastro tangible. Y digo esto porque, de algún modo, podía sentir aún su presencia, acechándome, envolviéndome. Era una sensación extraña… me aterraba y, al mismo tiempo, me hacía experimentar una extraña calidez.
Me sacudí aquellos pensamientos y miré a mi alrededor. Me costaba saber exactamente dónde había ido a parar, así que tomé mi teléfono móvil e intenté consultar mi ubicación. Sin embargo, pronto me topé con una realidad tristemente común en estas zonas de la España vaciada: que no hay en ellas ni un mínimo de cobertura. Me llevé la mano al bolsillo en que solía llevar el walkie-talkie, pero descubrí que, por culpa de la colisión del helicóptero, debía haber salido disparado hacia quién sabe dónde. O eso, o lo había perdido durante la persecución. Sea como fuere, la realidad era que estaba completamente incomunicado.
Lo primero que hice fue tratar de respirar profundamente, intentando que desapareciese la incómoda presión que se me había formado en el pecho. Sentía todos y cada uno de mis músculos en tensión, la rigidez de mis cervicales me estaba causando un cierto mareo. Por mucho que lo intentase, no lograba relajarme. Decidí intentar ir un paso más allá, tratando de racionalizar lo que había pasado. Lo de Jorge, el piloto, sin duda había sido un brote esquizofrénico. Para poder justificarlo, me aferré a la idea de que su aparente sensibilidad no era más que una enfermedad mental sin diagnosticar. En cuanto a todo lo que viví después, no podía ser otra cosa que una alucinación provocada por la inhalación de gases tóxicos.
El problema era aquella voz… aquel murmullo que se había apostado dentro de mi cabeza. Una canción. Tekeli-li… Nott-ogh naflfhtagn… No logré calmarme del todo. Era imposible. Mi corazón latía a mil por hora. La llamada se volvía más imperiosa.
A escasos metros de mí, se abría entre las rocas un pequeño y frondoso desfiladero. Aunque el sentido común me decía que lo más prudente era mantenerme lo más cerca posible del lugar de la colisión, facilitando así mi rescate, algo dentro de mí me instaba a seguir adelante. Sentía que tenía un propósito, aunque ya no estaba seguro de si era dar con los senderistas perdidos o uno completamente distinto.
No sabría decir cuánto caminé, pero terminé encontrándome con algo que parecía completamente fuera de lugar: una gigantesca puerta metálica, cubierta de óxido y musgo. No estaba del todo cerrada; quedaba una abertura lo bastante amplia como para que una persona pudiera atravesarla. Al alzar la vista, pude distinguir una inscripción en latín: «Ex tenebris ad caelum per reginam sine vultu».
Sin pensármelo dos veces, como movido por una fuerza invisible, pasé adentro. Una vez que mis ojos se acostumbraron a la tiniebla, pude percatarme de que me encontraba en alguna clase de almacén. Estaba repleto de jaulas, aunque llamaba el hecho de que estaban todas abiertas. O, mejor dicho, habían sido forzadas. En la parte superior de las mismas había alguna clase de siglado que, sin duda, habría servido para identificar y catalogar sus contenidos.
Al moverme por la nave, pronto captó mi atención un contenedor sorprendentemente intacto. De él rezumaba un hedor penetrante, una mezcla entre el olor de la descomposición y el de algún producto químico. Me acerqué, intrigado, pero lo que vi no consiguió despejar ninguna de mis dudas. Y es que dentro no había ser vivo alguno, tan solo una masa negra y protoplasmática. Lo que más me descolocaba era esa peste a carne podrida, que me llevaba a pensar en que aquella cosa en algún momento había sido un ser vivo… ¿qué o quién podría haberlo dejado en semejante estado?
Escuché un ruido que me hizo sobresaltar. Un golpe seco, como si alguien hubiese chocado con una de las jaulas. Traté de discernir qué había sido, pero tan solo alcancé a identificar una silueta fugaz. Por la complexión y el tamaño parecía humana… ¿era tal vez uno de mis compañeros? ¿O uno de los alpinistas extraviados?
Me aproximé, avanzando cuidadosamente entre las jaulas y prestando atención a cualquier otro sonido anómalo. Cuando, finalmente, alcancé el lugar, ya no había nadie. Tan solo quedaba un rastro, unas huellas manchadas de la misma sustancia negra que había visto hacía apenas unos instantes.
No pude evitar la pulsión de seguirlo. Me condujo hasta una puerta ligeramente entornada, cuyas bisagras habían sido completamente tomadas por el óxido. Al empujarla, emitió un crujido tan estridente que habría despertado hasta a un muerto. Me sobresalté cuando una luz automática pareció activarse con mi presencia, alumbrando toda la estancia y confirmándome que la instalación eléctrica del lugar aún funcionaba. El abandono del lugar debía haber sido reciente y, muy posiblemente, precipitado.
Gracias a la claridad que brindaba aquel alumbrado artificial, pude discernir que me encontraba en lo que parecían unas instalaciones médicas. En concreto, en una pequeña y claustrofóbica sala de operaciones que, en vista del instrumental que disponía, bien podría haber sido una sala de tortura. Y es que, entre bisturíes e hilos de sutura, podían distinguirse artefactos como tenazas, cadenas y serruchos oxidados, así como otros tantos que prefiero abstenerme de mencionar. El rastro negruzco pasaba a través de la estancia, cruzando un segundo umbral. Seguí adelante, tratando de no darle muchas vueltas a aquello, pero también de ignorar las voces en mi cabeza. Pero la canción parecía volverse frenética por momentos. Ya no podía escapar de ella. Como un aire húmedo y frío, ya había traspasado mi carne y penetrado hasta mis huesos.
Pasé a la siguiente sala, introduciéndome en lo que parecía un despacho, con una mesa atestada de documentos. Bueno, decir que era la mesa la que estaba llena es quedarse corto, y es que los papeles se desparramaban incluso sobre el suelo. Me aproximé a la mesa y, mecánicamente, tomé en mis manos un pequeño dossier. Por qué tomé ese y no otro no puedo decirlo, creo que ni siquiera tenía un control real de mis acciones. Y es que, si lo hubiera tenido, sin duda habría salido ya de allí. Había alguien más en la sala. Alguien que, entre estertores, trataba de implorar ayuda. Me observaba desde la pared, tratando de aferrarse a la poca humanidad que le quedaba. Me llamó por mi nombre, pero yo no podía prestarle atención. Era como si en el mundo tan solo existiésemos yo y ese dossier.
—Ábrelo —me ordenó una voz aterciopelada—. No cierres tus ojos a la verdad.
Quien habló no fue el otro que estaba en la sala. No. Aquella voz me llegó de lo más profundo de mi conciencia, como si le estuvieran hablando directamente a mi cerebro. O como si me estuvieran hablando desde mi cerebro.
Al desplegar las cubiertas del documento, una pequeña nube de polvo se abalanzó contra mi rostro. Ni siquiera estornudé, ni se me cerraron los ojos: era como si mi cuerpo hubiese dejado de responder a los estímulos externos. Me aterró la idea, pero, al mismo tiempo, estaba tranquilo. Parecía que mi psique se estuviera fragmentando.
La primera página rezaba «CONFIDENCIAL», escrito en unas letras grandes y rojas. «Un texto escrito en sangre». Sé perfectamente que era tinta, pero, aun con ello, fui incapaz de quitarme aquella imagen de la mente. Pasé las páginas y me topé con un lenguaje técnico pero comprensible. Lo que sí dificultaba el entendimiento del texto era la cantidad de referencias crípticas que parecía encerrar.
* * *
«22 de junio de 2024.
» Tal como nos indicó Lord Von Tempest, encontramos la emanación de la Reina de la Noche no muy lejos de aquí, dentro del pequeño Llagu Bajero. Parecía una masa negra, informe, que se alzaba hacia el cielo nocturno como la cariátide de un templo. Nos acercamos a ella, con una mezcla de temor y respeto, preparados con el instrumental pertinente para tomar muestras. Ella lo permitió, sé que lo hizo. Sin duda conoce nuestros corazones mejor que nosotros mismos, es por eso que nos dejó hacerlo. Clavamos el escalpelo en una pústula verdosa y recogimos en varios matraces muestras de fluidos.
» Tras asegurarnos de tener suficiente cantidad, nos alejamos lentamente. Ella no pareció inmutarse, aunque, ¿por qué habría de reaccionar una divinidad a los devaneos de los hombres? Equipados con nuestro instrumental, regresamos a Nox-Caeli.
» En el momento actual, la emanación ya no es visible. Ha desaparecido del Llagu Bajero igual que apareció. Sin duda tomamos la decisión correcta siguiendo las indicaciones de Von Tempest.»
* * *
«23 de junio de 2024.
» Decidimos comenzar con las pruebas casi en el acto.
» La sustancia extraída de la pústula de la Reina de la Noche se mantuvo estable durante el traslado, aunque una tenue luminosidad verdosa, visible solo en oscuridad total, comenzó a intensificarse al contacto con ciertos materiales metálicos del laboratorio. Es una masa viscosa, densa, de color negro absoluto salvo por las suaves iridiscencias esmeralda que brotan desde su interior, como si algo vivo intentase respirar bajo una piel mineral.
» En condiciones de microscopía y espectroscopia, la composición resultó desconcertante: una matriz coloidal de mucopolisacáridos sulfonados alojando microcristales de sulfato cálcico hidratado, virtualmente idéntico a la selenita terrestre, dispersos en patrones que parecen obedecer a una forma de organización interna, casi como si la sustancia "recordara" haber estado viva.
» Pero lo más notable es la presencia de elementos traza de europio y terbio, en complejos quelados con proteínas fluorescentes desconocidas. Esto explicaría la luminiscencia verdosa, que se activa bajo radiación ultravioleta o al aplicar una presión puntual. En su mundo natal, esta propiedad podría tener funciones defensivas o de señalización bioquímica. Aquí, simplemente parece… observarnos.
» La masa posee una viscosidad no newtoniana: fluye con lentitud si no se la perturba, pero reacciona con brusquedad cuando se la manipula, como si "recordase" agresiones. No hemos observado replicación ni actividad metabólica clara, pero hay indicios de auto organización en la superficie cuando se expone al calor suave.
» Sospechamos que esta sustancia, a la que hemos dado el nombre provisional de “geloselenita protoplasmática", no es un mero exudado. Más bien parece una extensión, una secreción semiconsciente, quizás un mecanismo excretor o comunicacional de la Reina de la Noche. El hecho de que nos haya permitido tomar la muestra no puede desligarse del comportamiento posterior del fluido: desde que lo aislamos, la masa ha comenzado a cambiar. Lentamente, sí, pero no al azar.»
* * *
«24 de junio de 2024.
» Durante la noche, mientras la geloselenita protoplasmática reposaba en su contenedor especial, ocurrió algo inesperado. Una pequeña sección de la masa comenzó a fragmentarse espontáneamente, liberando diminutas esferas negras con una superficie viscosa similar pero aún más luminiscente, como si fueran células independientes.
» Al observarlas al microscopio, notamos que estos “retoños” no solo mantenían la composición organo-mineral del fluido original, sino que mostraban una capacidad limitada para reorganizar su estructura, adaptándose a estímulos externos como cambios en temperatura, presión y radiación ultravioleta.
» Esto llevó a la hipótesis de que la reproducción no es mediante división tradicional, sino un proceso de gemación, similar al de ciertos organismos unicelulares terrestres, pero que involucra tanto reacciones químicas como procesos físico-cuánticos en los microcristales de sulfato de calcio, que actuarían como una especie de "plantilla" para la autoorganización.
» Lo más inquietante es que estas esferas, al entrar en contacto con tejidos orgánicos complejos, entre ellos células animales, parecen inducir una reconfiguración molecular, sugiriendo la posibilidad de que los retoños podrían integrarse o incluso fusionarse con unos anfitriones humanos. Cuando llamamos a Von Tempest para preguntarle por su postura, insistió en que esto puede propiciar una evolución forzosa que nos acerque más a lo divino, aunque yo tengo mis dudas.
» Ante esto, y con la autorización, precaria y discutida, del comité ético, hemos iniciado un protocolo experimental con sujetos voluntarios seleccionados. El objetivo es claro: explorar si estos "retoños" pueden trascender la biología humana, actuando como agentes de transformación que amplifiquen la conciencia o modifiquen la fisiología, en un proceso que podría definirse como una simbiogénesis extraterrestre.»
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«25 de junio de 2024.
» No puedo evitar cuestionarme lo que en el comité de Nox-Caeli entienden por “voluntarios”. Sí, las primeras dos personas eran miembros del laboratorio que firmaron su conformidad horas antes de la inoculación, pero dudo mucho que esos pobres senderistas dieran su consentimiento para nada, y más teniendo en cuenta que los encontramos inconscientes a la entrada del desfiladero. Comprendo que dos muestras biológicas son un universo estadístico ridículo… pero creo que, en el empeño por ampliar la n, acabamos de pisotear varias convenciones internacionales sobre derechos humanos.
» Mi superior directo no aceptó réplicas, aseverando que la ciencia iba por delante de cualquier debate ético, y que el progreso no podía detenerse. Miré a mis compañeros, pero sus miradas evitaban la confrontación. Un escalofrío recorrió mi espalda. Estábamos a punto de cruzar una línea roja, pero no me atreví a plantar cara.
» Se logró introducir en unas jeringuillas aquellas esferas semilíquidas. La inyección se realizó a las 11:00 y se procedió a poner a los sujetos en aislamiento. Designamos a los científicos como S-001 y S-002, mientras que los alpinistas pasaron a figurar como S-003, S-004 y S-005. A las 11:43 se documentó un cierto malestar y mareo por parte de S-001, pero remitió en unos 7 minutos, sobre las 11:50. Similar fue el caso del S-002, aunque en su caso comenzó a las 12:02 y remitió a las 12:13. No hubo reacción por parte de S-003, S-004 y S-005, es decir, los senderistas, que seguían en coma.
» A las 13:48, S-001 y S-002 comunican simultáneamente que comienzan a sufrir alucinaciones auditivas. Dicen oír una canción. Cuando se les pide que transcriban lo que oyen, ambos escriben lo mismo: “Tekeli-li, Nott-ogh naflfhtagn”. Esto es llamativo, ya que no se les ha permitido interactuar entre ellos. A la misma hora, y con respecto a los otros tres sujetos, los escáneres comienzan a detectar lecturas anómalas en las zonas parietales y occipitales del cerebro. Aunque no hay cambios perceptibles a simple vista, los electroencefalogramas muestran una actividad que no se corresponde con ningún patrón humano conocido.
» 19:43. Los senderistas, que aún no han despertado, han comenzado a tararear. Lo han hecho a la vez y, para sorpresa de los respectivos observadores, la canción se corresponde con la descrita por S-001 y S-002. “Tekeli-li, Nott-ogh naflfhtagn”.
» 20:16. S-001 y S-002 experimentan picores. Están comenzando a desarrollar pequeñas pústulas. También las tienen los otros tres sujetos. Extirpamos una de S-001 y apreciamos que el tono de su sangre se había oscurecido. Al analizarla, comprobamos que el color negruzco tenía que ver con la presencia de compuestos ferrosos quelados con proteínas desconocidas, similares a las halladas en la geloselenita original. Pero había algo más. En el plasma aparecieron estructuras similares a microcristales, organizados en patrones fractales que parecían replicar la distribución mineral de la sustancia madre. Esto sugiere que el proceso no es meramente infeccioso: es una reescritura molecular que involucra tanto la bioquímica como la morfología celular.
» 21:44. S-002 dice que algo se mueve en su interior, en el vientre. Le preguntamos a S-001 si nota algo raro, ante lo que responde que sí que se nota algo hinchado, pero nada fuera de lo común. Procedemos a realizarles pruebas. Los escáneres revelan una masa negruzca a la altura del hígado de S-002. S-001 también la presenta, aunque de bastante menor tamaño. En el caso de los alpinistas, nos llama la atención que las de ellos son mucho más grandes que la de S-002, casi el doble de tamaño. En estas últimas se aprecia claramente la presencia de abundantes terminaciones nerviosas.
» 22:12. Decidimos extraer una de esas tumoraciones, optando por operar a S-004, ya que es el que presenta la de mayor tamaño. Al abrir al sujeto, podemos apreciar que el quiste tiene una marcada similitud con la masa negra que componía el cuerpo de la emanación de la Reina de la Noche. Además de nerviaciones, presenta abundantes vasos sanguíneos, conectados al cuerpo del paciente. Tratamos de operar, pero comenzamos a experimentar complicaciones que ponen en peligro la vida del paciente. Finalmente debemos abortar, tratando de revertir el daño en la medida de lo posible. El paciente parece estable, pero habrá que mantener la vigilancia.
» 23:24. Intentamos la misma operación en S-001, aprovechando que es el que la tiene de menor tamaño. La masa aún apenas tiene terminaciones nerviosas y los capilares sanguíneos son muy finos. Retiramos la masa sin complicaciones y la introdujimos en un recipiente especial para su observación.
» Se nos plantea la disyuntiva entre extraer el quiste de S-002 o dejar que siga madurando. El jefe de laboratorio considera que puede ser interesante dejarlo para comparar su velocidad de desarrollo con la de los que tienen los senderistas. Pero por otro lado y dado el posible riesgo para su salud, decide que lo más conveniente es preguntar al interesado. S-002 accede a continuar con el experimento, así que nos abstenemos de operar. Aunque reconozco tener un mal presentimiento.»
* * *
«26 de junio de 2024.
» A las 00:40, el quiste que extrajimos se secó. Aunque se ha intentado mantener con vida el tejido orgánico, llegando a suministrarle sangre, finalmente ha resultado inútil. S-002 está dormido y parece entonar en sueños la misma canción que el resto. S-001 descansa profundamente, el único sonido que emite es su respiración.
» 3:60. S-004 tiene muy mal aspecto. Su presión arterial es muy alta, tememos por su vida. El escáner refleja una cierta inflamación de los tejidos del quiste. Inflamación, que no crecimiento.
» 8:29. S-001 ha ido al baño. Sus excrementos y su orina tienen un color parduzco y oscuro, el análisis refleja una composición similar a la geloselenita. Le tomamos muestras de sangre y apreciamos que parece que esta estuviese volviendo lentamente a la normalidad. Es como si, a raíz de la extracción de la tumoración, su cuerpo hubiese comenzado a filtrar el compuesto.
» Aprovechamos para despertar a S-002 y someterlo a análisis. El ritmo de desarrollo de su quiste se ha acelerado mientras dormía y el proceso de transformación de su sangre también parecía haber ido notablemente más rápido. En el caso de S-003 y S-005 siguen yendo a un ritmo veloz y constante. De S-004 tememos un desenlace fatídico. Su cuerpo se ha llenado de quistes y no parece reaccionar a los corticoides. Es llamativo que desde que fallamos su intervención parece también cantar con mayor énfasis.
» 8:41. El celador de S-004 ha pedido que lo pongan también en aislamiento. Dice que la canción se le ha metido en la cabeza y que ya la escucha incluso cuando no está en la sala.
Al principio lo había achacado a la sugestión, pero cada vez lo siente más real y más abrumador. Antes de internarle, se le ha sometido a varias pruebas, verificando que, al menos a nivel físico, no se detecta ninguna anomalía. A nivel neurológico, sí que hay una activación ligeramente extraña del lóbulo frontal. Se le asignará la denominación de S-006. Harán falta más pruebas.
» S-004 sigue muy hinchado y no responde a ningún tratamiento. Algunas de las pústulas han comenzado a reventar.
» 10:20. Ha llegado el desenlace fatal, y ha sido más impactante de lo esperado. La sangre de S-004 comenzó a coagularse, con el consiguiente aumento de la presión arterial. Los capilares comenzaron a estallar, haciendo que por todos los poros de su piel brotaran hilos de aquel fluido negruzco. Finalmente, sus ojos se abrieron de par en par y por su boca profirió un gruñido bestial, al tiempo que su abdomen estallaba y se abría, dando paso a un largo tentáculo negro. Durante unos instantes, el apéndice se movió y contorsionó con vigor; sin embargo, en apenas unos instantes, se desprendió del cuerpo de S-004 y cayó al suelo, agonizante. Tras experimentar unos fuertes espasmos, se quedó completamente inmóvil.
» La autopsia de S-004 no arrojó demasiada información de valor, más allá de una significativa atrofia del SNC. En cuanto al tentáculo, o, mejor dicho, cuerpo vermiforme, se comprobó que su composición básica era la misma que la de la geloselenita, aunque había comenzado a asimilar el código genético de su anfitrión. Al diseccionarlo, pudo apreciarse que había comenzado a desarrollar órganos internos, incluyendo lo que parecía un intento de tubo digestivo y un primitivo cerebro, que parecía haber estado conectado a los nervios de S-004. El neurólogo del equipo plantea la posibilidad de que haya tenido lugar una anómala migración en que las neuronas del anfitrión se han ido trasladando al huésped. Está claro, sin embargo, que los procesos que estaban teniendo lugar se interrumpieron prematuramente, tal vez por el intento de operar. El jefe ha decidido ocultar lo sucedido al resto de sujetos de pruebas, con el objetivo de evitar alarmarlos o condicionarlos de algún modo. Sea como fuere, está convencido de que harán falta más pruebas.
» 12:19. S-006 se muestra más alterado. Ha tratado de lesionarse y hemos tenido que atarlo a la cama. Repite alternativamente que está escuchando la canción y que la Reina le llama. Sigue sin experimentar mutaciones físicas, aunque el rápido deterioro psicológico es fácilmente constatable. En cuanto a S-001, cada vez parece encontrarse en un estado más “normal”. Lo mantendremos en observación, aunque, de seguir así la cosa, posiblemente le demos mañana el alta.
» 13:45. Se aprecian anomalías en S-003 y S-005. Su actividad cerebral se está reduciendo mucho, a la par que se aprecia una sobreactivación en los centros nerviosos que comienzan a formarse en el tumor. Puede que, realmente, su conciencia se esté trasladando al interior de esa cosa.
» S-006 se muestra rabioso, pide que se le inyecte también la geloselenita. Dice su celador que ha comenzado a cantar la canción, aunque hay algo extraño en como la entona. Es similar a cómo lo hacía S-004 en sus últimos momentos.
» Las mutaciones de S-002 siguen avanzando, aunque parece que se ralentizan cuando está despierto. Planteamos como hipótesis que hay una correlación entre los picos del desarrollo y determinadas fases del ciclo del sueño. Harán falta más pruebas.
» 16: 19. Hemos perdido a S-003 y S-005. En su caso, y entre fuertes convulsiones, el cuerpo vermiforme se abrió paso hasta salir por la boca. Sin embargo, parece que en su caso las criaturas han salido vivas. Su cuerpo emite un parpadeo verde, ¿es un intento de comunicación por su parte?
» 16:28. Se ha sometido a los especímenes a una serie de estímulos y han reaccionado ante ellos exhibiendo un sorprendente grado de inteligencia. Son capaces de seguir instrucciones casi como lo haría un ser humano, aunque teniendo que superar las dificultades que trae consigo la falta de extremidades. El jefe del laboratorio dice que es posible que realmente sean los mismos senderistas, reencarnados en gusanos. Si esa es la trascendencia que nos prometieron, no sé hasta qué punto merece la pena.
» 16:32. Los especímenes E-001 y E-002 han sido puestos en jaulas de contención. Harán falta más pruebas.
» 19:02. El celador de S-006 también ha sucumbido a la locura. Dice que S-006 le ha metido esa canción en la cabeza y que ahora escucha una llamada. Está ansioso, cree que va a ser el siguiente en perder la cabeza por culpa de S-006. S-006 se ríe y proclama que “es inevitable”. S-006 sigue sin presentar ninguna mutación física, aunque su SNC sigue sobreestimulado. Su celador será internado como S-007. Debemos buscar un método para monitorizarlos sin exponer a más gente al aparente daño cognitivo que causa esa canción.
» 19:07. El caso de S-007 es similar al de S-006. No hay mutaciones, pero sí una actividad cerebral anormal. El jefe de laboratorio ha decidido contratar voluntarios para que hagan de celadores y así evitar perder a más miembros de laboratorio. El comité ético guarda silencio.»
«27 de junio de 2024. A las 6:20 se ha producido la transformación de S-002. Ha sido hermoso. Lo que emergió de su boca no era un gusano o apéndice negro, sino algo diferente, más complejo. Tiene un cuerpo pálido y alargado, con una especie de exoesqueleto semi-translúcido, y cuenta con cuatro alas, que caen sobre su espalda como si de una capa se tratase. Su rostro posee dos ojos verdes y cuenta con ocho extremidades. Al abrir la boca emite un sonido agudo, ante lo cual procede a señalarse el cuello. Confirmamos que no tiene cuerdas vocales. Es evidente que trata de comunicarse con nosotros, aunque le resulta complicado. Procedemos a designarlo como E-003 y lo ponemos en contención.
» Se plantea la hipótesis de que la hipersomnia podría haber afectado al desarrollo de los dos especímenes previos, ya que su nivel de desarrollo es claramente inferior. El jefe de laboratorio propone inyectar a S-006 y S-007 con los retoños de la geloselenita. Tal vez también a alguno de los que se apuntaron como voluntarios para servir como celadores. Hacen falta más pruebas.»
* * *
Cerré el dossier. «Hacen falta más pruebas». Aquello se repetía como un mantra en las siguientes páginas. Ahora entendía lo que había sucedido con muchos de los senderistas que, de vez en cuando, desaparecían por la región. Sin duda habían caído en manos de Nox-Caeli. Sin embargo, las jaulas abiertas sugerían que algo había salido mal. O tal vez demasiado bien. No había ningún espécimen en los habitáculos designados, y el silencio que impregnaba el laboratorio era más espeso que la propia geloselenita.
Alcé la mirada. Él estaba ahí. Jorge, el piloto. Apoyado contra la pared y bañado en un líquido negruzco. Ya no hablaba, ya no respiraba. De su vientre, abierto, pendía inerte un oscuro tentáculo. Pero no sentí miedo. Tampoco repulsión. La canción en mi cabeza me arrullaba como una nana.
«La Reina Nyx lo ha rechazado» dijo una voz.
Me di la vuelta, topándome con una figura esbelta, completamente alienígena, pero de una extraña belleza. Era terriblemente pálido y, aunque parecía un artrópodo, sus cuernos y sus pezuñas lo hacían asemejar a un sátiro o egipán. Sus ojos esmeralda transmitían un aire de nobleza e inteligencia y, de algún modo, pude saber que era él quien, en una encarnación inmediatamente anterior, había escrito aquellos documentos que acababa de leer.
«La Reina te ha dejado conocer la verdad. Y ahora quiere verte»
La criatura no movía sus labios. Era más bien como si sus palabras fuesen inyectadas directamente en mi cerebro. Lo seguí, incapaz de resistirme al extraño embrujo que me arrastraba como un títere. Recorrimos juntos las desiertas instalaciones de Nox-Caeli, hasta dar con lo que parecía ser la puerta trasera o salida de emergencia del recinto. Al salir al exterior nos envolvió la noche. Una noche oscura que servía como escenario para el desfile de innumerables figuras pálidas, similares pero distintas, todas ellas avanzando al unísono y en la misma dirección. De vez en cuando, sentía como sus pensamientos invadían los míos. Algunos eran elevados, casi filosóficos. Otros eran mundanos, decidiendo lo que iban a comer al día siguiente. Sin embargo, todos acababan confluyendo en una misma cuestión: esta noche, veríamos a la Reina.
Alcanzamos el pequeño lago. En el centro, con la belleza de una diosa, se encontraba Ella, la de los ojos verdes, vestida con una larga túnica negra que se fundía con el reflejo en el agua de la tenebrosa noche. Ella, la hija de esa Oscuridad que cubre, como un velo, los vacíos siderales en que mora el Primer Motor del Caos. La que traicionó a los dioses para jugar con los poetas y los borrachos, la que nos recibe en sus alcobas con un abrazo amoroso.
Mis blancos acompañantes se hicieron a ambos lados, formando un pasillo. Gusanos pardos se colocaron a mis pies, creando una alfombra. Caminé hacia la Reina y, tras postrarme, ella desgarró su vientre, vertiendo sobre mí su esencia. Como un perro hambriento, lo devoré, hice mía su sangre. Fue entonces cuando pude ver su verdadero yo, la Reina sin rostro cuya canción moldea nuestros sueños. Una entidad más grande, más compleja, con miembros que serpenteaban como raíces, y ojos verdes que se abrían donde no debía haber ninguno.
El hechizo pareció romperse. Vomité, pero su esencia ya había pasado a mi interior. A mi alrededor, los discípulos de la Reina me ovacionaban. Pronto me uniría a ellos, solo debía esperar. Fue entonces cuando mi mente, al fin, reaccionó. Al asimilar lo vivido, al enfrentar la magnitud de las revelaciones, un terror inmenso e inabarcable me golpeó de lleno. Pensé en eviscerarme, en morir siendo humano, pero algo dentro de mí me lo impedía. Era la canción, que ya era parte de mí.
El sátiro se acercó a mí y se volvió a comunicar conmigo. «Regresa a tu hogar y despídete de tus seres queridos. Escucha el canto de la Reina, pues eso causará tu despertar; de ese modo, podrás unirte a nosotros, como miembro de su séquito de honor».
El ritual terminó, y todo se desvaneció como si hubiese sido un sueño. Pero no lo fue. En mi boca persistía el sabor de sus negras entrañas y una incómoda pesadez se había adueñado de mi vientre. No pude evitar pensar en el negro quiste que pronto se formaría junto a mi hígado. Comencé a caminar, al principio sin un rumbo fijo, luego ya con la idea clara de salir de las montañas y buscar algún núcleo de población cercano para así poder orientarme. Debía volver a casa.
Al ir alejándome, me di cuenta de que la canción de mi cabeza se iba atenuando, lo cual me hizo recordar que me habían dicho que sería ese canto lo que detonaría mi transición. Si me distanciaba lo suficiente tal vez conseguiría acallarla… tal vez pudiera aferrarme un poco más a mi humanidad.
Espero que, al leer esto, mi estimado doctor, no piense que estaba huyendo. Podría haber escapado fácilmente de todo aquello si, cuando estuve de vuelta en la civilización, hubiera pedido que me extirparan el quiste. Aún debía ser pequeño por aquel entonces, de haberlo sacado podría haber vuelto a hacer vida normal y todo hubiese quedado como poco más que una anécdota macabra. Al dejarme leer los archivos, Ella me permitió conocer que tenía esa posibilidad. Nunca he sido obligado a nada.
La canción ya es parte de mí y no quiero renunciar a ello. El miedo a lo desconocido me hace temer al cambio, es por eso que he tratado de aplazarlo lo más posible. Pero en el fondo lo ansío. Hace poco, la canción ha vuelto a cobrar fuerza. Ella ha respetado mi deseo de ser humano por algo más de tiempo, pero considera que ya ha sido suficiente.
El nuevo yo que está naciendo dentro de mí puede sentir que se acerca, que viene a por mí. Siento una felicidad indescriptible, como un niño perdido al que acude a buscar su madre.
Doctor, ya está muy cerca. Siento como me retuerzo dentro de esta crisálida de carne, el fluir alterado de ese plasma negro que es mi líquido amniótico. Mi Reina me llama… y debo responder.
Pronto saldré al exterior… ¿cree, doctor, que yo también seré hermoso?