“Que el árbol que en su tiempo no ofreció frutos, sino solo hojas marchitas, nos conceda
hoy las semillas para las flores que en el mañana cultivaremos.”
—El Libro de Thot.
* * *
Llovía, recuerdo que llovía. Amaya dormía a mi lado, mientras yo permanecía despierto e inquieto. Me levanté con sumo cuidado de la cama para no despertarla, me vestí rápidamente y me dispuse a recorrer las calles de la Pedanía del Agave. Al bajar a la sala principal del Hotel Neptuno, noté que el recepcionista del turno de noche tenía una apariencia que me recordó a aquellos seres descritos en los poemas del ocultista estadounidense Edward Pickman Derby, en su famosa antología poética Azathoth y otros horrores. Pese a todo, sabía que aquí, en la Península Ibérica, las abominaciones se manifestaban de una forma completamente diferente, más rústica, pero no por eso menos ominosa.
—Señor Krause, ¿a dónde va? —dijo el recepcionista con el típico acento patoso de los andaluces.
—Voy a dar una vuelta —respondí algo nervioso—. ¿Sabes de algún pub o algo abierto a estas horas?
El recepcionista rio.
—¿No se divirtió suficiente ya con la señorita Amaya? —dijo con un tono que rayaba lo obsceno. Al notar mi incomodidad, añadió—: No se preocupe, no se preocupe. Solo recuerden limpiar un poco para que la de servicio de habitaciones no tenga problemas con las sábanas.
Lo miré con desprecio, pero sabía que debía tener cuidado con esta chusma, así que fui tajante y directo.
—Al grano, una cosa es el sexo y otra es querer romantizar una falsa miseria mientras bebo un scotch.
En ese momento noté que, pese a su tez morena, el recepcionista tenía los ojos demasiado claros, casi azules. Una vez más me recordó a mis primeras lecturas al darme cuenta de que no parpadeaba, pero repito: las cosas en la península ibérica son diferentes.
—En la calle Mariana Pineda, dos calles a la derecha de la del hotel, hay un pub para… «caballeros» como usted —dijo con cierto aire de desprecio—. Se llama «El fogón de Hefesto».
Fue en ese momento cuando me di cuenta de que esto no podía ser una coincidencia. ¿El fogón de Hefesto? Solo oír ese nombre evocó en mí aquellos sueños en los que caminaba por las Tierras Esmeralda, sueños y fantasías pueriles que había vuelto a experimentar con fuerza desde mi llegada a Andalucía.
Le di las gracias al recepcionista, y este se limitó a hacer una mueca. Al salir, me sorprendió lo vacío que se encontraba el pueblo, pese a que aún no eran las tantas de la madrugada. Los faroles de las calles estaban, en mayoría, oxidados y descompuestos, pero eso no evitaba que la vista desde allí fuera hermosa. Podía contemplar como el Mediterráneo brillaba con el fulgor de una luna que, en ese momento, estaba menguando. Me quedé un momento contemplándola y, una vez más, fui arrastrado a esas memorias que creía haber guardado en una caja, arrojada a alguna fosa en algún lugar de mi pútrida consciencia, donde habría de yacer olvidada. Pero no. No he conseguido olvidar a Petra.
Comencé a andar. Debo decir que, con aquella escasa iluminación, disociar me resultaba más fácil de lo que me gustaría. Al pensar en Petra, recordé un relato de una antología que fui leyendo a lo largo de estos seis meses que estuve de regreso en Chile, escrita por un escritor de intereses y reputación tan dudosos como los míos. Reconozco que me llamó la atención cómo describía, por medio de un relato, un sueño que tuvo en el que aparecía una mujer que no era muy diferente a la que tanto yo como Leopoldo habíamos visto en nuestras peculiares ensoñaciones.
Detuve mi caminar al escuchar un suave jazz o, tal vez, una suerte de bossa nova, proveniente de un edificio de buen aspecto cuyo cartel, forjado en hierro, lo identificaba como «El fogón de Hefesto». El lugar me transmitió tranquilidad; decidí entrar y, con solo abrir la puerta, pude sentir un fuerte olor a embutidos y morcilla, de esos que tanto me encantan al haberme criado en el sur de Chile.
Era un local hermoso, con una esencia campestre, adornado con una amplia variedad de floretes y espadas de acero. Me senté en una de las mesas del fondo; el local estaría vacío de no ser porque aquí sí había «moros en la costa» cerca de la barra del bar. Creo que entienden a lo que me refiero. Me encontraba casi disociado, viendo mi reflejo en una ventana que daba al patio interior del local, y así habría seguido de no ser porque una voz ronca y varonil me hizo despabilar.
—Bienvenido a El fogón de Hefesto —me dijo un hombre alto, fornido y de cabellos rojizos—. Te dejo el menú para que lo veas, aunque ahora mismo va a salir un lomo salteado acompañado de morcilla y chorizo —me miró a los ojos como si le resultara extraño tenerme aquí—. Creo que eso te puede gustar.
En ese momento, pese a que era muy tarde y estaba solo, se me hizo agua la boca, pues llevaba ya mucho tiempo sobreviviendo a base de pescado y marisco. Pensando en la carne, no pude evitar recordar la comida que mi padre me preparaba en mi querida Nueva Baviera.
—¡Por favor! ¡Me encanta! —exclamé—. ¿Tiene de casualidad cerveza o…?
El mesero me interrumpió sin malicia y dijo:
—Por descontado, tenemos una lager artesanal que sienta muy bien con estos platos. Enseguida te traigo una jarra.
Le hice un gesto de aprobación y me senté a esperar. Me sentía como un niño; la verdad, siempre me he sentido así. Otro en mi lugar se hubiera quedado en cama toda la noche con Amaya, pero yo tengo el problema de que no puedo quedarme quieto, sumado a que a veces tengo un sentimiento casi antinatura de exponerme a peligros, sobre todo durante mis paseos nocturnos. Pese a todo, esta vez estaba saliendo bien.
En ese momento, revisé mi celular. Siempre lo mantengo en silencio, ya que no me gusta que me llamen, y vi que tenía dos llamadas perdidas de Amaya y un sinfín de mensajes en WhatsApp. Suspiré, sabiendo que esa mujer seguramente estaría montando un drama en esos mismos momentos. Miguel Ángel tenía razón cuando me dijo que las españolas son problemáticas.
El mesero llegó con la jarra de cerveza, le di las gracias e, inmediatamente, di el primer sorbo. Estaba exquisita.
—¡Que aproveche! —dijo sonriendo el mesero—. La comida ya está por salir. ¿Eres turista? —me preguntó.
Noté que cuando dijo eso, unos individuos se giraron para mirarme. Un poco nervioso, le respondí:
—Estoy acá por trabajo… —comencé a mirar a mi alrededor para disimular mi nerviosismo—. ¿Esas espadas las forjó…?
—Oh, el dueño del local, el señor Herrera, es armero y las hace él mismo. Según tengo entendido, se formó en Toledo.
Lo miré con admiración. Había oído mucho del acero toledano, ya que provengo de una familia de artesanos, y recordé cuando tuvimos que empeñar el florete de mi tatarabuelo para pagar unas deudas.
—¿Está en el local el señor Herrera ahora? —le pregunté.
—No, él se pasa poco por aquí, precisamente porque pasa la mayor parte del tiempo en su taller.
Hice un gesto de entendimiento con la mirada y el mesero se marchó a la cocina. Uno de los mirones que estaba en una mesa más allá aprovechó la oportunidad para acercarse a mí.
—Yo te vi llegar al Hotel Neptuno ayer —me dijo, con un tono de voz demasiado gutural—. ¿De dónde eres?
El tipo tenía la tez oscura, pero sus ojos eran azules. Debía ser un gitano, pero había algo en él que me recordaba a ciertos grabados que figuraban en cierto libro del fraile Domingo Montecastro titulado «Dáctilos, telquines y otros daimones del fuego y la roca». Por un momento, sentí que me estaba dejando llevar por esa naturaleza mía, que me hace desconfiar de todo. Y, sin embargo, la respuesta que le di me pareció más que válida. Cualquier otro hubiera dicho lo mismo, creo.
—No te conozco.
—¡Venga! —dijo riendo—. Me llamo Paco, trabajo en un local nocturno de por aquí, la Casa de Venus —me miró fijamente a los ojos—. Te vi por ahí tomando fotos a eso de las nueve de la noche.
Estaba tomando un sorbo de cerveza y, al tragarlo, casi me cago en los pantalones del nerviosismo. El tal «Paco» se acercó a mí y mis ojos se clavaron en su mandíbula, que era demasiado desproporcionada en base a su dentadura, que parecía tener más colmillos que la de una persona convencional.
—Mira, no soy quién para decirlo, pero aquí en la Pedanía del Agave no nos agradan los «sapos». Yo soy un tío legal, ¿sabes? —dijo mofándose— Por eso te daré una advertencia «amistosa»: la próxima vez que te vea fisgoneando, no seré yo ante quien tengas que rendir cuentas.
—¿Y a quién, sino? —respondí con firmeza.
—Al Sindicato —me replicó, mientras sonreía con sus horribles dientes.
Me tomé a fondo la jarra de cerveza y, con un nudo en el estómago, fui a la cocina en busca del mesero.
—¿Cuánto por la cerveza? No podré quedarme mucho más tiempo aquí.
—¿Qué pasó? —preguntó, con una mirada que destilaba una mezcla de sorpresa y suspicacia.
—Nada, nada —respondí, intentando restar importancia a la urgencia que me embargaba—. Si quiere, le pago la comida también.
—No te preocupes, hijo —dijo tras un breve silencio—, son cuatro euros.
Le pagué y dejé una propina que consideraba decente. El mesero me miró, confuso.
—Muchas gracias de todas formas —dije, mientras mi voz trataba de disimular el pánico creciente.
—Sí… que tengas buena noche —respondió, su tono impregnado de una inquietud apenas disimulada.
Salí del local con rapidez, luchando contra el impulso de recitar las letanías que, en tiempos pasados, solían ser mi única defensa contra la desesperación. Me dirigí al Hotel Neptuno, pero, al acercarme noté que estaba cerrado, sin una sola luz encendida.
Una anciana de aspecto recatado se encontraba en la puerta del hotel. Me acerqué, pero no me dejó pronunciar palabra alguna cuando se dirigió a mí:
—¡Eric! ¿Dónde has estado? —dijo, su rostro reflejando una preocupación que se sentía extrañamente fuera de lugar—. Pensé que te habías olvidado de mí.
Mi corazón latía con una rapidez alarmante. ¿Era posible que estuviera disociando de nuevo?
—¿Eres Amaya? —pregunté, intentando darle sentido a la situación—. ¿Qué le hicieron a Amaya?
La anciana esbozó una sonrisa coqueta y desconcertante, mientras su arrugado dedo comenzaba a frotarse cerca del estómago.
—¿Acaso importa? —respondió, con un tono que destilaba malicia—. Es a Petra a quien ustedes aman… Amaya es prescindible para los ritos de Dioniso.
El pánico me invadió y estuve a punto de echar a correr, pero la anciana me sujetó del brazo, llevándolo con fuerza hacia su barriga.
—¿Está mojadita? —susurró, con una risa coqueta y un guiño.
Lo que sentí bajo mi mano era repugnante, una textura abominable que parecía ser una mezcla de larvas, tentáculos y quién sabe qué más. Al sacar mi mano de golpe, el abrigo de la anciana se abrió, revelando una visión infernal: de su estómago emergían pinzas, tentáculos y membranas que secretaban un fluido que me recordó al caldo de mariscos.
Tomé a la anciana de la cabeza y la lancé contra la pared del hotel. El golpe resonó en la noche, mientras ella gimoteaba con una voz que se volvía cada vez más gutural. Forcé la entrada al hotel y, al lograrlo, corrí hacia mi habitación.
Al llegar, vi que la cama estaba hecha, como si nunca hubiera habido nadie allí. La desesperación me embargó, no sabía si por Amaya o por la posesión más valiosa que guardaba en el hotel. Abrí la veladora y ahí estaba, camuflado bajo el título de «Prontuario Farmacéutico»: mi copia familiar del Liber Veneris, el infame poemario de ritos de Anatolia.
Lo guardé en mi gabardina, pero entonces sentí pasos detrás de mí. Al darme la vuelta vi a dos hombres esperando tras la puerta. Uno era el recepcionista y, junto a él, estaba un gigantesco marroquí.
—¿Qué pasó, Señor Krause? —dijo el supuesto recepcionista, su voz impregnada de burla—. ¿No le advirtieron en El fogón de Hefesto? ¿Tan tonto es usted?
El negro sacó una navaja, mientras ambos me miraban con una mezcla de desprecio y diversión.
—¿Son del Sindicato? —pregunté, intentando mantener la calma.
Se mofaron de mí y el hombre de la navaja respondió con un siseo:
—Nosotross no trabajamos parrah’ los del Ssindicato… ssólo cuidamoss la Pedanía del Agave’h de extranjerosss como tú.
Se abalanzó hacia mí, pero le lancé el cajón del velador en la cara y salí corriendo, mientras el recepcionista me seguía de cerca. Al llegar a la puerta del hotel, la anciana estaba parada, pero ya no había tiempo para titubear. Tomé el teléfono de recepción y le di un fuerte golpe en la cabeza, haciéndola desplomarse en el suelo.
Corrí hacia el puerto, mi mente tratando de asimilar aquellos caóticos acontecimientos que se sucedían a un ritmo vertiginoso. Me crucé con un hombre alto, calvo y de buena apariencia.
—¿Eric Krause? —me preguntó, con un tono que sugería autoridad.
Asentí, nervioso.
—Tranquilo, tranquilo. Somos del Sindicato, no se preocupe por los del hotel, esos ya se vendieron a Mordred.
No sabía qué decir, mi mente apenas podía procesar lo que sucedía. Para reafirmar mi confianza, el hombre añadió:
—Hay un vehículo esperándolo a mitad de la calle —dijo, señalando la dirección—, pero a mi jefe le gusta dar opciones.
—¿Cuáles son mis opciones? —pregunté, con temor en la voz.
El hombre sonrió.
—La primera opción es entregarnos su copia familiar del Liber Veneris, que sabemos que guarda lazos fuertes con los Phillipi. A cambio, le llevamos a Sevilla, donde podrás hospedarte en un buen hotel y planificar tranquilamente cómo salir de Andalucía antes de que le pillen.
—¿Y la segunda? —pregunté, ya con el peso de la desesperación en cada palabra.
—La segunda es que deje que yo le contenga y le lleve a la Guardia Civil por todo el escándalo que acaba de causar y por el horrible daño que le ha hecho a doña Amaya García.
—¿Doña Amaya García? ¡¿Qué dices?! ¡Pero si…!
—Es su palabra contra la nuestra —interrumpió—. ¿Qué elige?
Miré a mi alrededor, buscando desesperadamente una salida, cuando noté cómo una alcantarilla comenzaba a abrirse. De ella emergió, nada más ni nada menos, que el camarero de El fogón de Hefesto.
—¡Al agujero del conejo, Alicia! —gritó.
Le di una patada al hombre que me amenazaba, pero este reaccionó con rapidez. Trató de abalanzarse sobre mí, pero logré alcanzar a tiempo la alcantarilla. El olor a azufre era abrumador pero, una vez abajo, me sentí a salvo, aunque fuera momentáneamente. El hombre del Sindicato estuvo un rato mirando desde arriba, antes de resignarse y cerrar la alcantarilla.
Frente a mí se extendía una larga habitación, semejante a una sala de máquinas. El mesero, que se presentó como Árdalo, me dio la mano.
—¿Estás bien, chico? ¿Te quitaron el Liber Veneris?
Negué con la cabeza, luchando por contener las lágrimas.
—¡No llores, hombre! Aquí estás bien. Mira, el señor Herrera te está esperando en su taller, pero no le gustan los llorones.
Nos dirigimos por un extraño túnel industrial hasta llegar a una puerta de acero. De ella emanaban sonidos rítmicos, como golpes en un yunque. Árdalo abrió la puerta y allí estaba, imponente, a pesar del peso de los años, con una larga barba dorada, trabajando en lo que parecía ser una coraza. Al verme, soltó una carcajada y sonrió con amabilidad.
—¡Pero si es Eric Krause! —exclamó, su voz resonando en la sala—. Eres igual a tu abuelo, ¡incluso todo el lío que armaste allí fuera es algo que él podría haber hecho!
—No quiero sonar maleducado, pero ¿cómo me conoces? —pregunté, riendo con nerviosismo—. Bueno, creo que ya todos saben de mí… pero… ya me entiendes.
Árdalo se retiró, dándome una palmada en el hombro.
—¿Recuerdas el poema que escribiste para mí? Me sentí tan halagado cuando, aun en pleno siglo XXI, alguien recordaba siquiera mi nombre —dijo el robusto hombre, cabizbajo—. Pero me parece una coincidencia hermosa que haya sido el bisnieto de Mikhael Krause quien lo haya redactado.
Al ver su semblante, fuerte pero derrotado, recordé inmediatamente quién era. Entonces, para su asombro y deleite, declamé:
Desterrado lo que fue forjado con fuego
El amor de mi amada en la fragua quemo
Ab-T'bohugha es mi consuelo y rencor
Al tener que usar mi arte y pasión
Forjando armas a cualquier malhechor
Dolor y no fuego es mi Corazón.
Entre más golpea el martillo, más fuerte me hago
Mi corazón es el Yunque de los desdichados
Y ha sido golpeado tantas veces
Que nunca será derrotado.
Aquel hombre no era nada más ni nada menos que V’ulphaistos, a quien había conocido hace bastante tiempo, cuando aún tenía el espíritu joven de un soñador y podía surcar con libertad las Tierras Esmeralda. Conversamos un rato sobre mi abuelo, de quien dijo que era un hábil espadachín y armero, así como un buen hombre que acogió a varios de sus alumnos y amigos cuando estalló la Guerra Civil en España y tuvieron que migrar a Chile. Todo se sentía tan bien… el recuerdo de la infancia opacaba con creces lo horrible que había sido la experiencia previa. Pronto, Árdalo volvió, y V’ulphaistos murmuró: «Esto no termina aquí», algo que yo, de todas formas, ya sabía.
Árdalo me guio a una habitación y me indicó que esperara al amanecer, pues ya se habían puesto en contacto con Don Leopoldo Teja, quien, en su afán por rescatarme, ya había orquestado todo un complicado plan para sacarme de la Pedanía del Agave. Me recosté en la cama, pero me fue imposible dormir. Y, al llegar la mañana, me despedí de V’ulphaistos, con un sentimiento de nostalgia: la nostalgia por una época que quizá nunca viví. Antes de partir, me entregó un libro titulado «Caos en el Olimpo, mis primeros sonetos», que no era ni más ni menos que de mi autoría. No pensé mucho en ello, así que me limité a guardarlo en un pequeño bolso junto con mis demás pertenencias.
Iba medio dormido en un vagón de tren, camino a Madrid, dejando atrás ya la maldita Pedanía del Agave. En ese momento, con un leve bostezo, aquella nostalgia de esa época que nunca viví volvió a mí con fuerza, pero me calmé al ver aquel libro de mis sonetos en mi bolso. Sabía que, de alguna forma, en el azar del Universo, había ciertas cosas que se escapaban de nuestra comprensión, pero que, entre todo ese caos y entropía, no siempre el final era trágico. Mientras abandonaba la Pedanía del Agave, contemplaba el bello paisaje y esperaba, más temprano que tarde, volver a ver a V’ulphaistos y a los demás en mis queridas Tierras de Venus.