De entre las olas del mar Caribe emergió una canoa hecha de corteza.
—Mercedes, vete.
Al oír la voz de su abuela, Mercedes, que acababa de cumplir trece años, apoyó la mano en la canoa.
La canoa que la abuela, una arahuaca, había convocado con magia, estaba fría y húmeda, como si hubiera permanecido en el fondo del mar. Al intentar subir desde la playa, Mercedes trastabilló por el peso del vestido nupcial. La abuela no le ofreció ayuda; seguía murmurando oraciones entre los dientes.
Mercedes, mestiza de sangre española, no había aprendido la lengua materna de su abuela, el arahuaco. «Si hablas arahuaco, te atrapará la serpiente», le habían dicho. Era una lengua cargada de magia: antaño los arahuaco dominaban las olas, conjuraban canoas y hacían llover estrellas.
—Algún día llegarás a una gran isla. Sigue allí a quien primero encuentres.
En los registros civiles figuraba como «negra», pero su abuela era una arahuaca de pura sangre, como aquellos que antaño habían dominado el Caribe.
—Abuela, yo…
—No puedes quedarte aquí. Los sacrificios de los dioses no se hacen con los que no son de pura sangre.
—Abuela, no te olvides de mí.
Aunque Mercedes llamaba desde la cubierta, la abuela no la miró. Cuando la canoa mágica se deslizaba entre las olas, el mundo de los vivos no podía percibirla.
Mercedes bebió un licor somnífero de color gris lechoso, servido en una botellita cilíndrica. Aunque despertara, no debía abrir los ojos hasta llegar a tierra firme. Había otros que atravesaban las mareas del mismo modo. De entre las olas llegó un cántico. Sonaban tambores y el aullido lejano de muchos animales. No pudo evitar recordar cuando se ocultaba en un refugio en la montaña para que su padre alcohólico no la encontrara.
Su padre nunca quiso a Mercedes. No comprendía los deseos de su hija, ni mucho menos sabía lo que había de suceder ese día. Seguramente estaría otra vez borracho, perdido por la sierra. La abuela sufría por él, y es que su hijo se había vuelto un hombre que renegaba de la pesca y se postraba ante enfermos miserables.
Cada vez que Mercedes sentía que iba a despertarse, bebía un sorbo del licor. El vestido de novia se empapaba y luego se secaba, quedando áspera su textura. Finalmente, con una sacudida, la canoa dejó de moverse y pudo sentir bajo su cuerpo el suelo firme.
Cuando oyó el sonido de las olas contra la orilla, Mercedes alzó su rostro. Hasta el momento, había hecho mucho frío, parecía que fuese de noche; sin embargo, al abrir los ojos, sintió una bocanada de calor abrasador.
El aire olía a frutos almibarados. No se oía ni el zumbido de insectos ni el canto de aves; sigilosa, Mercedes asomó la cabeza por el borde de la canoa. En la playa, un hombre fornido la observaba agazapado. Y, al tratar ella de esconderse, pudo ver una sonrisa en los ojos del desconocido. Tenía un rostro mestizo, sin rasgos de ninguna tribu en particular, como el de ella.
—Ven —dijo él.
El instinto de Mercedes le advirtió del peligro. Sentía la sangre latir con fuerza. Pero, cuando cruzaron miradas, su cuerpo dejó de responder; era como si hilos invisibles la arrastraran. Por ello, bajó de la canoa sin poder resistirse.
El hombre llevaba un taparrabo tradicional y adornaba su cabeza con plumas de aves brillantes, grandes hojas y flores.
—Tienes un olor extraño… Veamos si puedes ser ofrecida —dijo, rodeándola
Cada vez que él caminaba a su alrededor, Mercedes sentía algo frío y blando rozándole la piel.
«Una serpiente», comprendió.
—¿Puedes sacrificarme? —preguntó ella.
Su respiración se aceleró; su cuerpo latía como si fuera a estallar.
—Una mestiza… no soporto a los portadores de plagas, pero se nota que has sido criada en un lugar limpio —murmuró el hombre.
El padre de Mercedes tenía sangre arahuaca y española; en la sangre española corría también la de los turcos. Su madre era una altiva caribeña que, al ver que su hija se parecía a los condenados españoles, había decidido regresar a su hogar.
—Hueles a magia —dijo el hombre.
De pronto, su cuerpo de la cintura para abajo se transformó en una serpiente, y de su espalda brotaron plumas extendidas. Su boca se abrió, liberando un hedor a salitre.
Un sudor frío corría por todo el cuerpo de Mercedes, pero su mente estaba entumecida: no sentía miedo. Quizá aquel embrujo se mantendría incluso aunque la rompieran los huesos.
Los ojos del hombre se parecían a los de su abuela.
—Llevas veneno en ti —susurró, acariciando la piel suave de la muchacha y rozando sus labios con la mano helada.
—Soy Mercedes. Acepta mi sacrificio… y hunde la isla.
Le transmitió a la serpiente las palabras que su abuela le había susurrado desde niña.
El rostro de la anciana se perfiló en su mente, con sus ojos delgados y arrugados, que ya no reflejaban la luz. A aquella mujer le habían arrebatado la pureza los «adoradores de los espíritus blancos», portadores de enfermedad y violencia.
—En la isla hay muchos de sangre pura… —dijo Mercedes.
El hombre la miró con sus ojos verdes y profundos.
—Tu veneno está en el corazón —dijo, soltándola lentamente y poniéndose en pie— Mercedes, vete. Él lo va a percibir.
Señaló la canoa. Vestida con su traje de novia, Mercedes sintió cómo el dolor punzaba su pecho. Sus palabras eran como un cuchillo clavado en el corazón. La ira la invadió, dando paso a lágrimas ardientes.
—¿Por qué los viejos dioses nos han abandonado? ¿Acaso no nos queda otro remedio que mezclarnos con los malditos o dejar que se extinga hasta el último de nosotros?
Era la desesperación que su abuela le había transmitido durante su vida en la montaña, tragándose el dolor y el miedo. Los ojos vacíos de su padre, las miradas burlonas de los hombres… la sombra de su madre, que la hacía arder.
—Ah… Tu veneno lo ha despertado —dijo el hombre, arrepintiéndose de haber confiado el fuego a los ancestros de Mercedes.
Una parte de la isla comenzó a temblar. Del suelo brotó una oscuridad densa, tan pesada que hizo vibrar la tierra. El canto, nacido de la mente del ser que despertaba, se volvió insoportable; Mercedes se cubrió los oídos para no enloquecer.
Desde lo más profundo de su alma, su instinto primitivo lanzó un grito mudo. La tierra se agitaba, y las olas, cada vez más altas, cercaban la isla. La canoa acudió a ella y la recogió, mientras el hombre se deshacía entre las aguas, fundiéndose con las olas en una masa informe.
Mercedes no alcanzó a verlo, pero la isla dejó de ser roca: se transformó en una cabeza colosal, cubierta de innumerables bocas y tentáculos.
Ghatanothoa.
Al fin, el momento había llegado.
Mercedes exhaló, contemplando cómo una corriente oscura se mezclaba con el mar cristalino.
Oh, dios sagrado que devoras las islas, que tu vida dure por siempre.
Y que la admiración que los hombres sienten por lo desconocido quede maldita.