Observé cómo la marea se retiraba bajo esa luna en declive, y vi resplandecer los chapiteles, las torres y los tejados de esa ciudad muerta y goteante.
Mientras miraba, mi olfato tuvo que debatirse contra el sobrecogedor olor de los muertos del mundo; ya que, en verdad, en ese lugar ignoto y olvidado estaba toda la carne de los cementerios, reunida por hinchados gusanos marinos que roen y se atiborran de ella.
-Howard Phillips Lovecraft, «Lo Que Trae la Luna»
—Y dices que todo lo que hiciste fue por culpa de ese viejo puñal —el viejo doctor Manuel Álvarez Mencía revisó una vez más el expediente de Silván Valenzuela, que lo miraba fijamente desde detrás de las rejas—. ¿Es acaso tu forma de alegar enajenación?
—No, ¡no! ¡No me has entendido! —Valenzuela toqueteaba nerviosamente con sus manos en los reposabrazos de su asiento— No es el puñal, sino aquello que habla a través del puñal.
—¿Hablar? —Álvarez arqueó una ceja, tratando de mantener su tono profesional, aunque una sombra de curiosidad se filtraba en su voz—. ¿Estás diciendo que el puñal te habla? ¿Que escuchas voces?
Valenzuela asintió, sus ojos brillando con una mezcla de miedo y desesperación.
—Sí, pero no es una voz cualquiera. Es… antigua, poderosa. Como si viniera de un tiempo y lugar que ya no existen. Al principio pensé que era mi imaginación, un eco de mis propios pensamientos. Pero no, doctor. Era algo más, algo que se metía en mi mente y me obligaba a hacer cosas.
—¿Y qué clase de cosas? —preguntó Álvarez, inclinándose ligeramente hacia adelante, sin perder de vista ni por un segundo los gestos de su paciente.
Valenzuela tragó saliva, sus manos visiblemente temblorosas.
—Me obligaba a buscarla… a esa mujer. No sé quién es, pero el puñal me susurraba su nombre. Me decía dónde encontrarla, qué decirle, cómo hacer que confiara en mí. Y cuando lo hizo… —Valenzuela bajó la cabeza, su voz quebrándose—, cuando por fin bajó la guardia, el puñal me ordenó…
—¿La mataste? —Álvarez intervino, su tono ahora más frío, tratando de mantener el control de la sesión.
Valenzuela alzó la vista, sus ojos llenos de lágrimas.
—No quería hacerlo. Juro que no quería. Pero sentí sus manos guiando las mías, forzándome a levantar el puñal y…
El silencio que siguió fue insoportable. El doctor Álvarez miró el expediente una vez más, las palabras impresas en el papel ahora cargadas de un peso diferente. Los detalles del caso, antes meras anotaciones clínicas, ahora parecían gritarle, exigiéndole que tomara una decisión.
—Valenzuela —dijo finalmente—, lo que estás describiendo es un caso muy serio de psicosis o una alucinación extremadamente vívida. Pero necesito que seas sincero conmigo. ¿Realmente crees que este puñal tiene algún tipo de poder sobre ti? ¿O es posible que todo esto sea una construcción de tu mente para justificar lo que hiciste?
Valenzuela lo miró fijamente, sus ojos oscuros e insondables.
—No es una construcción, doctor. Ese puñal… no es de este mundo. Es antiguo, más viejo que cualquier cosa que podamos imaginar. Y lo que me habla a través de él… no es humano. No estoy loco, doctor. Solo soy una víctima.
Álvarez suspiró profundamente, cerrando el expediente y poniéndose de pie.
—Eso es algo que deberé decidir, Valenzuela. Y pronto. Por ahora, descansa. Hablaremos más mañana.
Cuando el doctor salió de la sala, una sensación inquietante se apoderó de él. Aunque todo en su formación le decía que Valenzuela era un enfermo mental, una pequeña parte de su mente no podía dejar de preguntarse: ¿Y si lo que decía era verdad? Fue entonces cuando la visión de una persona conocida lo sacó de su trance: era Sara, la madre de Valenzuela. Sus ojos estaban enrojecidos, al igual que sus pómulos y mejillas. Apretaba los dientes, tratando de contener unas emociones que la desbordaban.
—Doctor, dígame con sinceridad, ¿está bien mi hijo?
El doctor se ajustó las gafas, tratando de disimular su nerviosismo.
—Es… peor de lo que pensaba —dijo finalmente el psicólogo—. Aún estoy barajando el posible diagnóstico. Ya que está usted aquí, ¿podría decirme si, en los últimos años, ha visto algo en el joven Silván que le haga sospechar que pueda tener algo así como una… personalidad secundaria?
—¿Personalidad secundaria? ¿Cómo una doble personalidad? No… mi Silván siempre ha sido un buen chico… ¡mi Silván es bueno! ¡¿Qué le han hecho a mi Silván?!
Sara estalló a llorar incontrolablemente. Comprendiendo que no era buen momento para seguir con sus preguntas, optó por marcharse de una vez de la comisaría donde retenían a Silván Valenzuela. La luz de la luna abrazó al doctor, que seguía abstraído, tratando de hallar coherencia en medio de aquel extraño caso.
En verdad, el perfil de Silván no era el de un criminal. Era un chico deportista, sociable, con un entorno familiar sano y que siempre estaba rodeado de buenos amigos. Era cierto que tenía su temperamento, pero nada que hiciese augurar semejante desenlace. El doctor Álvarez Mencía había repasado una y otra vez su expediente, pero todo parecía en regla. Tan solo había dos posibilidades: o bien que hubiese estado ocultando su psicopatología, o bien que esta se hubiese detonado de repente.
Bueno, en realidad había una tercera opción, pero, ¿quién daría credibilidad a aquella alocada confesión? Aquel puñal solo era un trozo de madera o hueso como otro cualquiera, era ridículo contemplar la posibilidad de que tuviese una personalidad propia, y mucho más lo era pensar que pudiera incitar a alguien al homicidio. Parecía algo salido de un cuento de terror, tal vez de alguna loca historia de Edgar Allan Poe o Arthur Machen. De todas formas, ¿de dónde había salido aquel puñal?
Tan absorto iba el Doctor Álvarez que a punto estuvo de atropellarle un coche. O eso creyó él, pues de pronto el coche se detuvo y la conductora, una joven latina, bajó la ventanilla.
—¿Qué tal le va, viejo loquero? —la mujer le saludó con un brazo repleto de tatuajes— Como siga en su mundo, algún día no va a llegar a casa de una pieza.
—Josefa María… —masculló entre dientes el psicólogo.
—Por favor, ya sabe que quiero que me llamen «Pepita María Luz de los Astros, especialista en lo sobrenatural y lo bizarro» —la chica hizo un gesto dramático.
El doctor Álvarez Mencía suspiró.
—Si tus difuntos padres te vieran ahora me matarían por haber permitido que tomases esos derroteros. ¿No te basta con decir simplemente que eres una tarotista, como hacen todas las colgadas de tu gremio?
—¿Por qué ustedes los españoles son tan aburridos?
—No somos solo los españoles, estoy seguro de que si te viera tu padre te diría lo mismo o peor. En fin, vayamos a casa.
Ambos se subieron al coche de Pepita María, un destartalado Citroën C3 que despedía un leve olor a incienso y tenía colgando del retrovisor una docena de amuletos y medallas. La joven encendió el motor y, con una sonrisa que revelaba sus dientes perlados, aceleró por las estrechas calles del barrio.
—Entonces, viejo loquero, ¿qué te tiene tan absorto? —preguntó Pepita, echando un vistazo rápido al doctor mientras tomaba una curva.
—Nada que te importe, Pepita —respondió Álvarez, intentando disimular su incomodidad—. Solo es un caso complicado.
—¿Complicado? —replicó ella con una ceja arqueada—. Vamos, no me subestimes. Ya sabes que soy buena descifrando tus preocupaciones.
El doctor suspiró, sabiendo que era inútil tratar de esconder algo de Pepita. A pesar de su excentricidad, la joven tenía un agudo sentido para leer a las personas, algo que había heredado de su abuela, una renombrada santera cubana que tenía fama de ser capaz de ver cosas más allá del velo de la realidad.
—Es sobre un paciente —admitió finalmente—. Un joven, Silván Valenzuela. Dice que un puñal antiguo le habla y lo obliga a hacer cosas terribles. Asesinó a una mujer, o al menos eso cree. El problema es que… su relato es tan detallado, tan coherente, que no parece producto de una mente desquiciada.
Pepita frunció el ceño, su tono de broma desvaneciéndose al instante.
—¿Un puñal que habla? —murmuró pensativa—. ¿Tienes el objeto?
—No, está en custodia como evidencia. Lo que me preocupa es que, a pesar de todo lo que sé, no puedo descartar por completo la posibilidad de que algo más esté en juego. ¿Has oído hablar de algo así?
Pepita se quedó en silencio un momento, mientras su mente rebuscaba en los archivos de conocimientos esotéricos y leyendas que había recopilado a lo largo de los años.
—Hay historias —dijo finalmente—, historias antiguas, de objetos malditos o poseídos por entidades de otros planos. No es tan común, pero tampoco es imposible. Los objetos pueden absorber energías, especialmente aquellos que han sido utilizados en rituales o sacrificios. Si ese puñal es tan antiguo como dices, es posible que haya sido usado en algo que dejó una huella profunda en él. Algo que podría haber despertado después de tanto tiempo.
El doctor Álvarez no pudo evitar un escalofrío al escuchar esas palabras, aunque trató de mantener su escepticismo.
—¿Estás sugiriendo que el puñal está… vivo?
—No vivo, exactamente. Pero sí… consciente, de alguna manera. Una herramienta de alguna fuerza más allá de nuestra comprensión. —Pepita se encogió de hombros—. O puede que el pobre chico esté perdiendo la cabeza. Pero si quieres mi opinión profesional, diría que deberías echarle un vistazo a ese puñal. Puede que no sea tan simple como un caso de psicosis.
El doctor tragó saliva. La idea le parecía descabellada, pero, aun así, le perturbaba.
Tras unos minutos que se hicieron eternos deambulando por calles pobremente iluminadas, el vehículo llegó finalmente al chalet del doctor. La puerta mecánica de la cochera se abrió y, tras dejar resguardado el viejo Citroën, salieron un rato a sentarse en porche, disfrutando de la suave brisa nocturna que les acariciaba el rostro. Lo único que se podía escuchar por encima del sonido de su aliento era el cantar de los grillos.
—Doctor, ¿cree que papá y mamá están allí? —dijo Pepita María, rompiendo el silencio.
—¿Por qué me lo preguntas a mí? —respondió el doctor, con una cierta incomodidad—. Me gustaría decirte que sí, pero…
—Pero es un hombre de ciencia, sí, lo sé. —la joven guardó unos instantes de silencio—. En fin, el puñal, ¿tiene alguna foto? ¿algo que pueda ver? Quizás así pueda ayudarle.
El doctor Álvarez suspiró, sabiendo que, aunque la idea le parecía absurda, Pepita tenía un conocimiento que él no podía ignorar por completo.
—No tengo fotos del puñal conmigo —dijo finalmente—. Pero podría conseguirlas. Sin embargo, Pepita, no quiero que te hagas muchas ilusiones. Es probable que, al final, todo esto se trate de un caso de psicosis grave.
—Lo entiendo, doctor —respondió ella, con una sonrisa que no llegaba a sus ojos—. Pero, ¿qué pierdes con dejarme echar un vistazo? A veces, lo inexplicable tiene sus propios caminos para mostrarse.
El doctor asintió, levantándose del asiento.
—Voy a intentar conseguir esas fotos. Mañana me pondré en contacto con la comisaría para ver si pueden enviármelas, aunque lo fácil es que no me las faciliten, dado que ese puñal es la prueba del crimen de un presunto homicidio. Y, de todas formas, no le des demasiadas vueltas, esto podría ser solo una falsa alarma.
Pepita se encogió de hombros.
—Falsa alarma o no, mi intuición me dice que hay más de lo que parece. —Se levantó también, estirando los brazos hacia el cielo estrellado—. Pero bueno, veremos qué nos trae mañana. Por ahora, es mejor descansar.
Ambos entraron en la casa, despidiéndose brevemente antes de retirarse a sus habitaciones. Pero mientras Álvarez se deslizaba bajo las sábanas, no podía evitar que su mente volviera una y otra vez a la imagen de aquel puñal y a las palabras de Silván Valenzuela. ¿Y si Pepita tenía razón? ¿Y si lo que había creído imposible… era, de algún modo, real?
El doctor cerró los ojos, intentando convencerse de que todo no era más que un cúmulo de coincidencias. Pero la inquietud seguía allí, persistente, como un susurro en la oscuridad de su mente. Tal vez fue aquello lo que hizo que Álvarez volviese a soñar con aquel momento, aquel instante fatídico Manuel Morales y su esposa Juana salieron para no volver. Morales, ese era el verdadero apellido de Pepita María, y no aquella bobada de «Luz de los Astros» que había ideado como parte de su personaje. Fue una noche como aquella, una brisa suave arrastraba el criar de unos grillos enfebrecidos. Los grillos. La abuela de Pepita, que en paz descanse, siempre decía que el sonido de los grillos arrastraba consigo las voces y los lamentos de los difuntos. O de algo peor. Una vez, la vieja cubana llegó a mencionar un antiguo libro árabe, el Kitab Al-Azif, cuyo título significaba textualmente «el rumor de los insectos por la noche» y que contenía encantamientos relacionados con la muerte y la locura.
La santera mencionó un fragmento, que muchos estudiosos habían pasado por alto y que se había perdido en las versiones en otros idiomas debido a diversos errores de traducción. Era una pequeña pero significativa referencia a los grillos que tan solo aparecía en la versión original en árabe. Los grillos podían servir como «medium» para traer a este plano algo que no es de este mundo.
Demasiada superstición, a Álvarez le daba vueltas la cabeza. El sueño cambió para mostrar la escena del coche de los Morales, siniestrado. Había sido un accidente extraño, nadie había visto lo ocurrido, fue casi como si el coche hubiese aparecido ahí de la nada. Lo cierto es que el coche, en llamas, apareció siniestrado contra un árbol, con su interior completamente vacío. No había rastro de Manuel y Juana. Lo único que había allí era un pequeño puñal de color sanguinolento, que parecía palpitar con vida propia…
El doctor Álvarez se despertó sudoroso y sobresaltado. ¿Estaba el puñal en el lugar del accidente? ¿Cómo podía haberlo olvidado? No… no podía ser. Era su mente jugándole malas pasadas. Antes de acostarse había estado dando vueltas a ambos asuntos, es por eso que en el sueño habían acabado por fusionarse en uno solo. Pero solo había sido eso, un sueño. De hecho, ni siquiera sabía cómo era el puñal, lo que había presenciado había sido un engaño urdido por su imaginación desbocada.
—Maldita sea —murmuró el psicólogo, esbozando una sonrisa.
La mirada de Álvarez deambuló hacia un rincón de la habitación. Allí estaba aquella foto, la misma que tenía de fondo de pantalla en su móvil. Aquella en la que posaba alegremente junto a los Morales, acompañados por una Pepita aún niña. En un lateral estaba la abuela, con su habitual e inescrutable expresión, propia de alguien que sabía más de lo que transmitía con palabras. De una persona cuyos inefables secretos la acompañaron a la tumba. ¿Qué le habría dicho de este caso si estuviese vida? Al margen de sus alocadas ideas, aquella mujer parecía tener un sexto sentido. Tal vez Pepita lo había sacado de ella.
El doctor Álvarez trató de retomar el sueño, pero le fue imposible. Las pesadillas y las apneas lo atormentaban cada vez que el sopor parecía dispuesto a invadirlo, haciendo aquello un auténtico suplicio. Resignado, se levantó de la cama y decidió intentar hacer algo de provecho.
Tras calzarse las pantuflas, salió el pasillo y pasó a hurtadillas frente a la puerta de la habitación de Pepita, tratando de no despertarla. Con cuidado subió al piso de arriba del chalet, donde le esperaba un pequeño despacho. Se sentó y sacó de un cajón el expediente de Valenzuela, tratando de encontrar algo que le pudiese ayudar a atar cabos, ¡lo que fuese! Comenzó a pasar páginas compulsivamente, mientras su mano derecha jugueteaba con un boli. El boli se le escapó y rodó sobre uno de los folios que tenía extendidos sobre la mesa. Tal fue la casualidad que se detuvo junto a cierta línea a la que, hasta el momento, Álvarez había prestado atención:
«Suele pasar tiempo en una tienda de antigüedades de la calle Alfonso V»
Al psicólogo se le escapó una exclamación triunfal. Ahí estaba, el hilo del que podía tirar. Dado que la policía sin duda se negaría a facilitarle las fotografías, tal vez podía preguntar al anticuario. Una corazonada le decía que allí era donde Valenzuela había accedido a aquel siniestro objeto.
—¿Qué le pasó, viejo loquero? —preguntó Pepita, entrando en la estancia con rostro cansado— ¿Qué diablos fue ese grito? ¿Estaba de brete con alguien?
—Perdona, Pepita, digamos que me he entusiasmado más de la cuenta —dijo Álvarez, recobrando la compostura—. Olvídate de la policía, tenemos un anticuario al que visitar.
Pepita frunció el ceño, aún medio dormida, pero el entusiasmo en la voz del doctor Álvarez Mencía la hizo despertar completamente.
—¿Un anticuario? —preguntó, mientras se estiraba y se acomodaba en la silla frente al escritorio—. ¿Qué tiene que ver con el caso?
—Valenzuela solía frecuentar una tienda de antigüedades en la calle Alfonso V —explicó Álvarez, sus ojos brillando con una mezcla de determinación y emoción—. Creo que allí es donde encontró el puñal. Si conseguimos información del anticuario, podríamos descubrir algo crucial sobre el objeto y su historia.
Pepita asintió lentamente, comprendiendo la importancia de la nueva pista.
—Perfecto —dijo—. Entonces vamos a prepararnos. La tienda debe abrir temprano, así que necesitamos estar allí antes de que el dueño se sumerja en su rutina diaria. Además, si el puñal tiene alguna historia oscura, el anticuario podría saber más de lo que aparenta.
Ambos se dispusieron a prepararse para la visita. Mientras Álvarez se dirigía a la cocina para hacer un café, Pepita revisó rápidamente sus notas y preparó un pequeño kit de herramientas esotéricas que siempre llevaba consigo, por si acaso. Aunque era una tarotista por vocación, su abuela le había enseñado que la preparación nunca está de más, especialmente cuando se trataba de lo desconocido. Una vez lista, se reunió con el psicólogo en la cocina, tomaron una taza de café y, tras ponerse la chaqueta, ambos salieron al vestíbulo.
—Vamos, entonces —dijo el doctor—. La verdad es que estoy ansioso por saber qué más descubriremos.
Eran las ocho y media de la mañana cuando ambos salieron del chalet y se dirigieron al Citroën C3 de Pepita. Mientras se adentraban en la noche, el doctor Álvarez se preguntaba si estaba acercándose a una verdad inquietante o simplemente a una ilusión tejida por la desesperación de su paciente. Sin embargo, su curiosidad, así como su compromiso con la verdad, lo mantenía en marcha.
La tienda de antigüedades de la calle Alfonso V era un establecimiento pequeño y polvoriento, repleto de objetos que parecían tener más historia de la que cualquier catálogo podría contar. Cuando llegaron, la luz del alba empezaba a bañar la calle, y el anticuario aún estaba preparando su tienda para el día.
Álvarez y Pepita entraron, siendo recibidos por el sonido de una campanita que colgaba sobre la puerta. El anticuario, un hombre mayor con un rostro surcado por arrugas y una expresión que parecía contar historias de épocas pasadas, los miró desde detrás de un mostrador lleno de objetos antiguos.
—Buenos días —dijo Álvarez, tratando de sonar tan formal como le fuera posible—. Soy el doctor Álvarez Mencía, psicólogo. Y esta es mi ahijada, Josefa María Morales. Venimos a hacer algunas preguntas sobre uno de sus objetos, en particular sobre un puñal antiguo.
El anticuario levantó una ceja, su mirada volviendo a escudriñar a ambos visitantes con un toque de cautela.
—Un puñal antiguo, dices —murmuró el hombre, mientras se limpiaba las manos en un trapo viejo—. Tengo muchos puñales antiguos. ¿De cuál estás hablando?
El doctor Álvarez se tomó un momento para pensar.
—¿Tienes un papel y un lápiz? —preguntó finalmente— O un boli. También me sirve.
El anciano rebuscó entre sus posesiones y tomó entre sus manos temblorosas una libreta y un bolígrafo rojo. Rojo, qué apropiado. Álvarez los tomó, dándole las gracias, y se puso a dibujar. Nunca había visto el puñal, al menos que él recordase, así que decidió seguir una corazonada y dibujar el que había visto en el sueño. Pepita y el anticuario siguieron con atención cada movimiento, cada trazo. Cuando terminó y se lo entregó al anciano, este pareció reconocerlo al instante.
—Sí, lo he visto y sé de él, aunque debo decir que es un objeto que nunca ha estado en mi posesión —aclaró—. Una vez vino a enseñármelo un chico.
—¿Silván Valenzuela?
—No sé, creo que no me dijo el nombre. Y, aunque me lo hubiera dicho, dudo que pudiese recordarlo. Al fin y al cabo, fue hace mucho tiempo. Pero ese puñal… no lo olvidaré hasta el día de mi muerte.
—¿De cuánto tiempo estamos hablando? —preguntó el psicólogo, intrigado.
—Pues no sé… tal vez unos veinte años. Si no recuerdo mal, lo trajo un chico latino para preguntar por él.
Chico latino. Veinte años. Nuevamente se formó una inquietante conexión en la mente del doctor Álvarez. En el fondo, sentía que aquello era irracional, que simplemente se estaba dejando llevar por imaginaciones y meras conjeturas. Pero, por otro lado, sabía que no perdía nada por probar. Tomó su móvil y desbloqueándolo, le mostró al anticuario su fondo de pantalla, con aquella foto de la familia Morales.
—Por casualidad, ¿reconoce al chico?
La mirada del anciano se iluminó y su dedo huesudo se posó sobre la pantalla. Sobre la foto de Manuel Morales.
—Sí… este es, estoy casi seguro de ello.
Álvarez, con un nudo en el estómago, dirigió la mirada hacia Pepita, que parecía seguir con interés la conversación. No pudo apreciar en ella ningún signo de alteración o inquietud ante aquella revelación, lo cual le hizo preguntarse si la joven realmente era consciente de las temibles implicaciones que aquello tenía.
—Entonces, ¿le puedo ayudar en algo? —inquirió el anticuario, tratando de recobrar su atención.
—Sí, lo cierto es que me gustaría preguntarle por dos cuestiones. La primera tiene que ver con Silván Valenzuela, el nombre que mencioné antes. Es un… cliente mío que está siendo investigado por un homicidio que confesó. Es un caso extraño, porque… bueno, porque no hay víctima.
El anticuario dirigió una mirada de extrañeza.
—Me explico —prosiguió Álvarez—, la cuestión es que parece que el crimen solo está en la mente del chico. O eso, o a matado a alguien que ni siquiera es de la zona y nadie se ha percatado aún de su ausencia. Escúcheme, el chico no tiene perfil de asesino y yo, como su psicólogo, quiero decantarme por la primera opción. Es un chico joven, deportista. Según mis informes, pasaba mucho por aquí.
—Es posible que me haga una ligera idea de quién es —el anticuario se llevó la mano a la barbilla—. Un chico muy convencional, sí. Solía mostrar mucho interés por los exvotos ibéricos.
—¿Exvotos ibéricos? Disculpe mi ignorancia, no estoy muy versado en arqueología o antropología.
—No se preocupe, es normal. Aun siendo una forma de arte antiguo típica de nuestra península, mucha gente lo desconoce por completo. No es usted el único —el anticuario sonrió con gentileza—. Se tratan de unas figurillas, presumiblemente de uso ritual, que suelen aparecer en yacimientos vinculados con el pueblo íbero. Algunas de ellas parecen representar dioses, aunque tipológicamente son muy heterogéneas.
—Comprendo. ¿Puede decirme si apreció algo fuera de lo normal en su actitud?
El anticuario entornó los ojos, como si pretendiese recordar algo. Finalmente, pareció darse por rendido.
—Ahora mismo no me viene nada a la cabeza. Como dije, me parecía un chico muy normal.
El doctor Álvarez Mencía suspiró. Al parecer por esa línea no iba a acabar encontrando nada de interés. Pero aún le quedaba algo por preguntarle que, viendo la reacción inicial de su interlocutor, tal vez arrojase unos resultados más prometedores.
—En fin, lo otro que quería era inquirirle sobre lo mismo que aquel hombre latino. ¿Qué sabe sobre ese puñal?
El anticuario pareció cavilar un momento.
—No me tomará por loco ¿verdad? —murmuró— ya me dijo usted que era psicólogo, espero que esto no sea una triquiñuela para ofertarme sus servicios.
—No se preocupe, no es tal mi intención —aseguró Álvarez.
El anticuario apartó la mirada, como si estuviera decidiendo cuánta información debía revelar. Finalmente, dejó escapar un suspiro profundo y habló en voz baja, como si temiera que alguien más pudiera escuchar.
—Primero de nada, decirle que ese puñal estaba vivo. Cualquiera se hubiera dado cuenta con verlo. El material era orgánico, pero no es solo eso, sino que estaba lleno de lo que parecían vasos sanguíneos. Parecía hecho con el dedo o la garra de alguna criatura, lo sorprendente es que la sangre seguía fluyendo por su interior, era como si, al amputarlo, hubiesen ensamblado entre sí las venas y capilares para formar una especie de circuito cerrado.
—Empieza a sonar como si estuviera hablando de un electrodoméstico, aunque reemplazando los cables y la electricidad por venas y sangre —remarcó el psicólogo.
Los ojos del anciano parecieron brillar.
—¡Exacto! Eso mismo pensé yo. Lo que no acabo de comprender es cómo se mantenía en movimiento la sangre. Era casi como si el propio puñal la bombease. Mire, no soy médico, pero soy consciente de que eso no parece tener ningún sentido. Y, aun así, esa es la impresión que me dio.
—De todas formas, me está hablando de cosas que pudo ver cuando el latino le mostró el puñal —matizó Álvarez—. Dígame, ¿no hubo nada que usted ya supiera con anterioridad sobre aquel artefacto? ¿Algo que le hubiera podido decir al hombre?
El anticuario asintió lentamente, como si pesara cada palabra antes de hablar. Sus ojos se nublaron momentáneamente, recordando algún oscuro fragmento de conocimiento que había mantenido oculto durante años.
—Sí, algo sabía —admitió, su voz apenas un susurro—. No puedo decir que fuese mucho, pero lo suficiente como para alarmarme cuando vi ese puñal. Mire, doctor, este no es el primer objeto extraño que ha pasado por mis manos. A lo largo de mi vida, he encontrado algunas piezas que parecían haber salido de pesadillas o leyendas olvidadas. Sin embargo, ese puñal era diferente. Era antiguo, mucho más antiguo de lo que cualquiera podría imaginar. Cuando lo vi, recordé algo que había escuchado hace mucho tiempo, durante mis años de aprendizaje en el extranjero.
Pepita y Álvarez intercambiaron una mirada intrigada, sabiendo que estaban a punto de desvelar algo significativo.
—¿Qué es lo que recordó? —inquirió Pepita, con una mezcla de curiosidad y temor.
—En mi juventud, cuando estudiaba en Francia, tuve contacto con cierto grupo New Age de raigambre mitraica que se hacía llamar «Mordred» y uno de sus miembros me cedió un viejo manuscrito del que, por motivos que se negó a explicarme, deseaba deshacerse. Yo, inexperto y atrevido, no tardé en interesarme por sus contenidos, y es que en él se describían los rituales de un culto olvidado que había sido erradicado en tiempo de los romanos, y del cual ya apenas quedaban vestigios. Según ese manuscrito, el culto veneraba a unas entidades a la que llamaban «lamesangres» o «eh’ga-zeii». No eran deidades en el sentido tradicional, sino algo más primitivo, los folcloristas dirían que son más bien criaturas feéricas malignas, como el nuckelavee del folclore orcadiano, por poner un ejemplo. Vaya, que son algo que no es ni demoniaco ni divino. El texto decía que, para comunicarse con estas entidades, los miembros del culto utilizaban ciertos objetos, que ellos mismos fabricaban a partir de cuerpos muertos de eh’ga-zeii.
Álvarez sintió un escalofrío recorrer su columna vertebral.
—¿Está insinuando que el puñal fue creado por ese culto? —preguntó, apenas creyendo lo que oía.
—No lo insinúo, doctor. Estoy casi seguro. El puñal que vi parecía una de las herramientas descritas en el manuscrito. Eran armas usadas en oscuros rituales, donde la sangre era la clave para invocar a las entidades. El hecho de que la sangre aún fluya por el puñal, incluso después de siglos, es un indicio de que sigue vinculado de alguna manera a esos seres. Es como si, al usarlo, uno estuviese realizando un ritual, incluso aunque no se dé cuenta de ello.
Pepita tragó saliva, el peso de la revelación comenzando a asentarse en su mente.
—¿Y qué ocurrió con ese manuscrito? —preguntó finalmente.
—Fue destruido —respondió el anticuario, sin dudar—. Durante el régimen del franquismo, muchos textos antiguos fueron destruidos o se perdieron. Y, en el caso del mío, reconozco que fue un alivio saber que ese conocimiento no caería en las manos equivocadas. Pero ahora, parece que el puñal ha sobrevivido, y que ha vuelto a la luz.
Álvarez asintió. Aunque su sentido común le decía otra cosa, no podía evitar sentir que cada palabra del anticuario lo llevaba más cerca de una verdad oscura e ineludible.
—Eso explicaría por qué Valenzuela estaba tan obsesionado con el puñal, y por qué cree que cometió un homicidio —murmuró Álvarez, más para sí mismo que para los demás—. Si el puñal realmente está vinculado a esa entidad, podría estar influyendo en su mente, haciéndole creer cosas que no son reales… o, peor aún, haciéndole hacer cosas que él mismo no comprende.
El anticuario asintió lentamente, su rostro sombrío.
—Exactamente. Ese puñal es peligroso, doctor. Si Valenzuela lo tiene, o lo tuvo, debe encontrarlo y destruirlo, antes de que cause más daño. Y tenga cuidado; aquellos que se cruzan con objetos así suelen terminar siendo consumidos por ellos.
Álvarez asintió, sintiendo el peso de la responsabilidad sobre sus hombros.
—Gracias por su ayuda —dijo, extendiendo la mano al anticuario—. Haremos todo lo posible por encontrarlo y asegurarnos de que no cause más daño.
El anticuario estrechó su mano con firmeza, pero con un deje de tristeza en sus ojos.
—Buena suerte, doctor. La necesitará.
Con esa sombría despedida, Álvarez y Pepita salieron de la tienda, con una creciente sensación de inquietud.
—Así que al fin comienza a tomárselo en serio, viejo loquero —dijo Pepita.
—No es eso, es simplemente que considero que lo más prudente es barajar todas las posibilidades antes de llegar a una conclusión —mintió él no queriendo darle la razón a su joven acompañante.
—Lo que usted diga. De todas formas, ¿no se le ocurrió lo del dibujo antes? Podría habérmelo enseñado a mí antes de venir, tal vez le hubiera podido resolver algo. Al fin y al cabo, lo oculto es mi especialidad.
—¿De verdad hubieras sabido lo que era? —el doctor Álvarez la miró con sorpresa.
—Bueno… no —Pepita se encogió de hombros—. Pero eso usted no lo sabía, ¡a lo mejor en un momento le hubiera resuelto el caso!
El psicólogo no pudo evitar reír ante la franqueza de la chica. Había algo que no podía negar y es que Pepita siempre sabía cómo sorprenderle.
—No tienes remedio —dijo Álvarez, aún entre risas—. En fin, ¿qué propones hacer ahora?
—Creo que habría que volver al plan inicial y visitar la comisaría —propuso ella—. Si el arma sigue allí, es posible que estemos a tiempo de evitar un mal mayor.
—Me parece conveniente —asintió el doctor Álvarez—. Además, tal vez los oficiales hayan encontrado algo nuevo sobre Valenzuela mientras estuvimos aquí.
Ambos se dirigieron de vuelta al coche, el viejo Citroën que había sido testigo de tantas idas y venidas en los últimos días. Mientras recorrían las calles de la ciudad, que empezaban a llenarse de la actividad matutina, el ambiente dentro del vehículo se mantenía cargado de tensión.
Álvarez, que solía aferrarse a la lógica y la ciencia, ahora sentía que su realidad se estaba fragmentando. Las palabras del anticuario resonaban en su mente, mezcladas con las declaraciones de su paciente, que hasta hace poco había considerado meras fantasías o delirios. Sin embargo, algo profundo y primitivo en su ser le decía que el peligro era real, y que se encontraba en la cúspide de un abismo del que no sabía si podría regresar.
—Álvarez, ¿en qué piensas? —preguntó Pepita, sacándolo de sus pensamientos.
—En cómo hemos llegado hasta aquí —respondió él, sin apartar la vista de la carretera—. Si me hubieran dicho hace unas semanas que estaría investigando un puñal maldito, en lugar de un simple caso de psicosis, no lo habría creído. Y, sin embargo, aquí estamos.
—¿Y eso te asusta? —insistió ella, con una mezcla de preocupación y curiosidad.
El doctor tardó un momento en responder.
—No sé si es miedo lo que siento —dijo finalmente—. Es más bien una sensación de impotencia, como si estuviera luchando contra algo que no entiendo del todo. Y tú, Pepita, ¿tú crees en todo esto?
Ella sonrió con una serenidad que parecía impropia de su edad.
—Mi abuela siempre decía que hay cosas que no necesitan ser comprendidas para ser reales. Lo importante es cómo reaccionamos ante ellas. Si algo he aprendido de ella, es a confiar en mis instintos. Y ahora mismo, mis instintos me dicen que ese puñal no es solo un objeto inerte.
El coche se detuvo frente a la comisaría. Álvarez apagó el motor y miró a Pepita con una mezcla de respeto y admiración.
—Tienes razón —admitió—. Es hora de dejar de lado mis prejuicios y afrontar lo que sea que esté ocurriendo, sea lógico o no.
Bajaron del coche y entraron en la comisaría, donde el ambiente era tan frío y severo como siempre.
La recepcionista los saludó con un gesto profesional y les indicó que esperaran un momento. Mientras lo hacían, Álvarez sintió una extraña mezcla de anticipación y temor. Algo dentro de él le decía que estaban a punto de desenterrar una verdad que podría cambiarlo todo.
El oficial encargado del caso, el inspector Viloria, los recibió en su oficina. Su expresión era tan grave como siempre, pero Álvarez notó un leve brillo de preocupación en sus ojos.
—Supongo que viene por el caso de su paciente —dedujo el agente.
—Sí, se podría decir —respondió Álvarez—. ¿Hay alguna forma de que pudiera ver el puñal con el que supuestamente mató Valenzuela a aquella mujer?
—Hace bien en decir «supuestamente» —dijo Viloria—. Acabamos de dejar libre al chaval, es imposible que haya cometido ese crimen.
—¿Ese crimen? —el doctor se mostró confuso— Entonces, ¿ha aparecido la víctima? ¿El crimen es real?
—¿Si la víctima apareció? Se podría decir. El problema es que para haberla matado tendría que haber viajado en el tiempo.
—¿Qué quiere decir?
El policía se llevó la mano a la frente, con actitud pensativa.
—Conseguimos que Valenzuela nos diese más información, inclusive el lugar del crimen. Encajaba todo a la perfección con el caso de Ana Matas, uno de los primeros en los que trabajé al entrar en el cuerpo. Incluso la declaración que dio el chaval era la misma que en su día dio el sospechoso. Esto no es para nada normal, pero como entenderás es imposible que él sea el asesino, ya que cuando asesinaron a Matas él ni siquiera había nacido.
—Pero, ¿fueron al lugar del crimen? —insistió el psicólogo.
—Por supuesto, hubiera sido una negligencia no hacerlo. Pero, teniendo en cuenta lo que le acabo de decir, no encontramos nada, ni siquiera con ayuda de los perros. En fin, quería preguntar por el puñal, ¿verdad? Pues ahí sí que tenemos un problema.
—¿Qué problema? —preguntó Álvarez, sintiendo un nudo en el estómago.
El inspector Viloria se inclinó hacia adelante, apoyando los codos en el escritorio y entrelazando las manos. Sus ojos reflejaban una mezcla de preocupación y confusión.
—El puñal ha desaparecido —dijo finalmente, con voz grave.
Álvarez sintió como si el suelo se desmoronara bajo sus pies.
—¿Cómo es posible? —preguntó, tratando de procesar lo que acababa de escuchar.
El silencio en la oficina se volvió aún más denso. Viloria rebuscó en su escritorio y tomó una hoja de papel que pasó a Álvarez.
—Esto es lo que encontramos en la mesa del laboratorio, donde el puñal estaba guardado. Es una especie de nota, pero no estamos seguros de qué significa.
Álvarez tomó la hoja y la leyó en silencio. Las palabras escritas parecían más un garabato febril que un mensaje coherente:
«El que maneja la hoja será poseído. El puñal es la llave, la sangre es el precio. El ciclo nunca se rompe.»
El doctor sintió cómo una sombra se cernía sobre él. La conexión entre los eventos era innegable, pero lo que significaba era aún un misterio aterrador. Miró a Pepita, que le devolvió la mirada con una mezcla de inquietud y resolución.
—Inspector, ¿alguna pista sobre cómo pudo desaparecer el puñal? —preguntó Álvarez, tratando de mantener la calma.
—Solo se me ocurre una posibilidad —el agente miró hacia ambos lados, con una visible incomodidad—, aunque le ruego que no hable de ello con nadie, ya que nos pone en una situación… delicada.
—¿A qué se refiere?
El policía miró a su alrededor una vez más y, bajando la voz, sentenció:
—Estoy casi convencido de que solo puede haber sido obra de uno de los nuestros.
Álvarez frunció el ceño, sorprendido por la gravedad de la acusación implícita.
—¿Cómo puede estar tan seguro de eso? —preguntó, tratando de entender el contexto detrás de la insinuación.
El inspector Viloria se inclinó hacia adelante, susurrando casi como si temiera que alguien pudiera oírlo.
—El puñal estaba bajo custodia policial, y únicamente personal autorizado tenía acceso a él. Los registros muestran que solo un pequeño grupo de agentes pudo haber tenido contacto con él. Y, por si fuera poco, el día de su desaparición, hubo un cambio inusual en el turno de vigilancia.
Álvarez miró a Pepita, que parecía estar en el mismo nivel de tensión que él.
—Aún estamos investigando cómo se produjo el acceso no autorizado —prosiguió Viloria—. Sin embargo, me temo que esto no es solo una cuestión de un objeto perdido. Si uno de nosotros está implicado, la situación podría ser mucho más grave.
—¿Y qué puede decirnos sobre la nota? —preguntó Pepita, mientras Álvarez seguía procesando la revelación.
Viloria suspiró, con una expresión que denotaba una mezcla de frustración y desánimo.
—Eso es lo más desconcertante. No tenemos idea de quién podría haberla escrito. Lo único que sabemos es que la nota hace referencia a algo que no entendemos del todo, pero que parece estar vinculado a lo que le mencioné antes. La sangre, el ciclo… todo eso suena a rituales o creencias arcanas.
Álvarez asintió, sintiendo el peso de la situación. La desaparición del puñal no solo significaba que la pista crucial se había perdido, sino que ahora tenían que lidiar con la posibilidad de que alguien dentro de la comisaría tuviera intenciones siniestras. Álvarez y Pepita se despidieron del inspector, estrechando su mano, y abandonaron una comisaría cuyo ambiente se sentía aún más cargado que antes. Una vez en el coche, Álvarez miró a Pepita.
—¿Cuál es tu opinión sobre todo esto? —preguntó, queriendo saber si ella tenía alguna perspectiva adicional.
Pepita lo miró con seriedad, su rostro reflejando el mismo tipo de preocupación que él sentía.
—Si tuviera que elaborar una hipótesis, diría que el puñal ha tomado el control de alguien en la comisaría para escapar de allí. Y es como si a Valenzuela le hubiese implantado recuerdos que no son suyos.
—Estás hablando como si el puñal tuviera conciencia —comentó Álvarez.
—Dada la situación no parece descabellado. Creo que el puñal debe actuar como una especie de contenedor sobrenatural que alberga el espíritu de uno de esos «lamesangres» que mencionaba el anticuario —sugirió Pepita, con una seriedad poco habitual en su tono. La criatura posee alma, pero carece de cuerpo, así que está utilizando el de aquellos que entran en contacto con el puñal.
—Y, ¿qué podemos hacer?
—Sellarlo —respondió ella, sin apenas pensarlo—. Aunque tendremos que encontrarlo primero.
—La nota hablaba algo de un «ciclo» y aludía a alguna clase de ritual —recordó el psicólogo—. Si dices que el puñal tiene alma, tal vez desee regresar a algún lugar conocido, posiblemente donde se usaba para rendir culto a los lamesangres.
Pepita abrió los ojos como platos.
—Eso que ha dicho es sorprendentemente inteligente —comentó.
—¿Debo tomarme eso como un halago? —gruñó Álvarez.
Los dos estaban tan inmersos en su conversación que no se percataron en la figura que los observaba, oculta a escasos metros de la comisaría.
Tratando de obtener más información sobre la procedencia del puñal, el dúo optó por regresar a la tienda de antigüedades. Si alguien podía saber a dónde se habían llevado el arma, sin duda ese era el anciano propietario de aquel establecimiento. Pepita condujo el coche hacia aquel local, mientras discutían sobre las diversas cuestiones que la singularidad y el peligro de aquel caso hacían que se les pasasen por la cabeza. Cuando, finalmente, llegaron al pequeño local, fueron recibidos por la campanilla de la puerta, que sonó melancólicamente al entrar.
La encorvada figura del anticuario emergió de entre los innumerables muebles que se amontonaban en la tienda y procedió a sentarse detrás del mostrador.
—No sé si preocuparme o alegrarme del hecho de que hayan vuelto —dijo con tono sombrío—. Espero que no haya sucedido nada más.
—Se podría decir que sí, señor…
—Esteban —respondió—. Será más cómodo que conozcan mi nombre.
—De acuerdo, Esteban —asintió el psicólogo—. Pues le digo, han robado el puñal. Aunque sospecho que es más apropiado decir que el puñal «ha escapado».
—Que situación más desagradable —masculló el anticuario—. Supongo que si estáis aquí es porque necesitáis más información sobre los eh’ga-zeii, ¿verdad?
—Eso es —respondió Álvarez.
Esteban suspiró.
—Primero de nada, espero que entiendan que esos seres no son simples bestias. Son astutos e inteligentes, pero, sobre todo, poseedores de una ambición insaciable. Y es que ansían lo más valioso que existe: la vida misma. Esos malditos puñales son la cristalización de ese deseo, por ellos pueden ser inmortales.
—¿En plural lo dices? —se percató el doctor.
—Sí, en plural. Como hablábamos, ese puñal contiene un alma, pero los eh’ga-zeii son muchos. Un eh’ga-zeii, un puñal. Esto no es un problema aislado, sino la punta del iceberg, ellos se ocultan entre nosotros —Esteban alzó la mirada, casi parecía haber entrado en trance—. Al derramar sangre, el puñal se alimenta y, así, no solo mantiene su existencia, sino que también va acumulando energía. Pero eso solo es una parte del ciclo…
—¿«El ciclo»? —Álvarez recordó el mensaje de aquella extraña anotación.
—¡Sí, el ciclo! —exclamó el anticuario con actitud vehemente— ¡El ciclo de muerte y reencarnación!
Álvarez sintió una perturbación al percatarse de las siniestras implicaciones que podía tener aquello.
—¿Reencarnación? —preguntó finalmente— ¿Cómo conseguir un nuevo cuerpo?
—¿Alguna vez has accedido a los Cultos Innombrables de Von Juntz o leído los ensayos de Vitale, el antropólogo italiano?
—No he tenido el gusto —replicó el doctor Álvarez—. Lo más parecido que he tocado fue la edición española del Liber Veneris que se publicó en Madrid a principios de la década pasada, y solo lo hice porque varios pacientes achacaban sus problemas a la lectura de ese libro. Pero no era más que un libro de poesía. Mire, Esteban, hasta hace no mucho mi escepticismo hacia los temas relacionados con el ocultismo era absoluto y mi interés inexistente.
—O sea, que por fin ha cambiado —Pepita sonrió.
—Cierra la boca, Josefa María —gruñó Álvarez—. No es momento para eso.
—No, desde luego que no lo es —ratificó Esteban—. Mencioné aquellos escritos porque hay creencias relacionadas con el chamanismo que hablan de personas capaces de servir como médium¸ canalizando ese espíritu y obrando y hablando en su nombre. El puñal parte de ese principio, aprovecha la sensibilidad de determinados individuos para convertirlos en el médium de un eh’ga-zeii. Va pasando de mano en mano, acumulando sangre y buscando acabar llegando a individuos cada vez más compatibles con el alma de la criatura. Compatibles, sí, ¿recuerda que hablé de renacimiento?
—Oh, no… —el psicólogo se cubrió la boca con la mano y abrió los ojos de par en par.
—Oh sí —replicó el anticuario—. Es justo lo que piensa. Cuando encuentra un cuerpo compatible, el eh’ga-zeii lo convierte en su recipiente. Por supuesto que eso no puede hacerlo en cualquier momento, ni mucho menos de cualquier forma. Primero de nada, debe haber acumulado suficiente sangre. Y, después, debe acudir a un lugar con suficiente energía telúrica e introducir la sangre en el interior del recipiente. Así, la criatura renacerá de su interior, iniciando un nuevo ciclo. Es como el fénix, cuando esté a punto de morir, forzará a alguien a crear un nuevo puñal y sellará su alma en el interior del mismo. Y ese alguien deberá volver a poner en marcha todo.
—Ouroboros —murmuró Pepita.
—Exactamente, Ouroboros —asintió Esteban, sus ojos refulgiendo tras el mostrador—. La serpiente infinita. Aunque en este caso es más bien un ciempiés monstruoso.
—Suena desagradable —dijo Pepita.
—Si los grabados que había en aquel pergamino le hacían justicia, ya les digo sin duda que son unas criaturas abominables —apuntó el anciano.
—Siento una extraña admiración en su voz —observó el psicólogo.
Esteban guardó silencio, mirando fijamente al doctor Álvarez. Se aclaró la voz y pareció tratar de recuperar la compostura.
—Mis disculpas, no he podido evitarlo —dijo finalmente—. Como anticuario, puedo entender el deseo de esos… monstruos de aferrarse a la vida. A veces me preocupa pensar en qué será de mi colección cuando yo muera, si alguno de mis sobrinos se hará cargo de mi negocio o si, simplemente, todo se perderá. La muerte se vuelve una perspectiva incómoda cuando se tiene mi edad, casi parece injusto que me arrebaten todo lo que tengo. Espero, si hay un dios ahí arriba, que me deje ver desde el otro lado qué va a ser de mi legado.
—Mis disculpas —el psicólogo bajó la mirada—. No esperaba tocar un tema delicado. Ha sido una falta de tacto por mi parte.
—Para nada —Esteban hizo un aspaviento con la mano, como restándole importancia—. Me ha parecido una pregunta sensata, creo que me exalté demasiado. Sea como fuere y por muy justificada que esté la lucha por la vida, creo que hay que detener a esta criatura en concreto. No por una cuestión de moralidad, ya que no podemos imponer nuestra ética a un ser trascendental, sino porque es un peligro para este vecindario tener un asesino sobrenatural rondando.
—Desde luego —asintió Álvarez—. También está justificado que la presa trate de escapar del depredador o le plante cara.
—Justo así pienso yo —apuntó el anticuario—. Por el bien de la gente del barrio, espero que os salgáis con la vuestra.
—De acuerdo, sí, pero ¿a dónde puede haber ido? —inquirió el doctor.
—Mencionó la «energía telúrica» —interrumpió Pepita—. Supongo que habla de líneas ley.
Esteban asintió lentamente, como si considerara cuidadosamente las palabras de Pepita antes de responder.
—Correcto, las líneas ley son flujos de energía que conectan lugares de poder a lo largo de la tierra. A menudo, estos puntos están marcados por monumentos antiguos, iglesias o sitios de culto donde, históricamente, se realizaban rituales. Esos lugares son donde la energía telúrica es más fuerte, y es ahí donde los eh’ga-zeii pueden reiniciar su ciclo.
—Entonces, si quisiéramos encontrar a la criatura antes de que renazca, tendríamos que localizar uno de esos puntos —concluyó Álvarez, frunciendo el ceño ante la complejidad del asunto.
—No será fácil, doctor —advirtió Esteban—. Aunque en la ciudad hay varios lugares donde las líneas ley se cruzan, solo algunos de ellos tienen la fuerza suficiente como para permitir un renacimiento completo. Pero si el eh’ga-zeii ha estado acumulando energía durante siglos, podría haber elegido un sitio que no sea obvio para nosotros.
—¿Algún sitio específico que tenga en mente? —preguntó Pepita, mirando al anticuario con una mezcla de urgencia y esperanza.
Esteban se levantó del mostrador con una energía inesperada para alguien de su edad y comenzó a rebuscar entre unos mapas antiguos apilados en una estantería cercana. Tras unos minutos, extrajo uno en particular y lo desplegó sobre el mostrador. El mapa mostraba la ciudad y sus alrededores, pero con una superposición de líneas y símbolos que resultaban ajenos a la mayoría de los ojos modernos.
—Este es un mapa que detalla las antiguas rutas de energía en la ciudad —explicó Esteban, señalando varias marcas en el pergamino—. Este, este y este son lugares de alta concentración energética. Algunos han sido transformados con el tiempo; por ejemplo, hay un antiguo cementerio ahora cubierto por un parque y una catedral que fue construida sobre un templo pagano.
—La lógica me dice que el ser preferirá ir a algún sitio que le sea conocido y en el que sepa objetivamente que puede completar el ritual —dijo Álvarez, dirigiendo una mirada a Pepita—. Tal vez algún lugar donde ya lo haya hecho con anterioridad.
El anticuario pareció cavilar unos instantes.
—Creo que se me ocurre algo —murmuró—. Rocasierpe…
—¿Rocasierpe? —preguntó el psicólogo
—Sí, son las ruinas de un templo pagano que hay en la chopera —Esteban entrecerró los ojos—. Ya saben, la que marca la frontera norte de la demarcación municipal. Hay una vieja historia que hablaba sobre una serpiente que pedía que le enviasen jóvenes como ofrenda, a cambio de otorgar buenas cosechas y prosperidad a las tierras. De esos jóvenes, uno de ellos era el elegido para «recibir en su cuerpo a la serpiente», a la cual «dejaba hablar por su boca». La historia no especifica lo que sucedía con los que no eran elegidos, aunque sospecho que el receptáculo del dios los sacrificaba. ¿Entendéis lo que trato de insinuar?
Álvarez asintió.
—Que más que una serpiente aquello en realidad era un ciempiés monstruoso. Un eh’ga-zeii. Por tanto, lo más fácil es que en estos momentos estén llevando el cuchillo a Rocasierpe.
—No es seguro, pero sí parece lo más probable —admitió Pepita, llevándose la mano a la barbilla—. Un momento, ¿a qué día estamos?
—Veintisiete de julio —dijo Álvarez.
—¡Ay pinga, va a ser esta noche! —exclamó Pepita.
—¿Cómo lo sabes? —preguntó el psicólogo.
—La luna, viejo loquero, es por la luna. Hoy hay eclipse, la luna de sangre. Los eventos astronómicos tienen una influencia especial en las energías, eso es de primero de ocultismo.
—Entonces no tenemos mucho tiempo —dijo Álvarez—. Y, si nos equivocamos de lugar, ya no habrá nada que hacer. Esteban, gracias por tu ayuda. Si conseguimos detenerlo, será en gran parte gracias a la información que nos has proporcionado.
El anticuario esbozó una débil sonrisa, con la mirada perdida en los antiguos mapas.
—Buena suerte. Y recuerden, no subestimen a esta criatura. Es astuta, despiadada y, sobre todo, desesperada por sobrevivir.
Con esas palabras resonando en sus mentes, Álvarez y Pepita se apresuraron a salir de la tienda, sabiendo que cada segundo contaba en la carrera contra el tiempo. Tenían aún unas horas para prepararse para la confrontación, pero en sus corazones sentían que ni todo el tiempo del mundo bastaría para estar totalmente listos para enfrentarse a aquello que les esperaba.
Ya en casa, la comida casi se les atragantaba, dado el estado de agitación en que se encontraban ambos y la preocupación que sentían. Pepita preparó un par de mochilas con lo que podrían necesitar: linternas, cámaras de video para documentar cualquier anomalía, y un arsenal básico de primeros auxilios. Álvarez, mientras tanto, revisaba una y otra vez los detalles del mapa, intentando memorizar cada línea y símbolo que pudiera ser relevante para su búsqueda.
—No sé si esto será suficiente —dijo Pepita, mirando su arsenal con un esbozo de preocupación.
—Haremos lo mejor que podamos —respondió Álvarez, tratando de transmitir confianza—. No hay garantías en una situación como esta, pero si logramos anticiparnos a sus movimientos y no subestimamos a la criatura, tal vez tengamos una oportunidad.
La tarde transcurrió en preparativos y, cuando los primeros rayos del crepúsculo comenzaban a besar la tierra, con la mochila cargada y la determinación firme, tomaron el coche con dirección a las ruinas de Rocasierpe. La noche estaba cayendo rápidamente, y el cielo se oscurecía, preparando el escenario para el eclipse lunar que estaba a punto de ocurrir.
Dada la imposibilidad de entrar en coche a la chopera, debido a lo irregular del terreno, optaron por aparcar el Citroën en un pequeño descampado, justo a las afueras de la misma. Tras lanzarse una última mirada, se lanzaron en dirección a aquel lugar fatídico. El camino hacia las ruinas era desolado y lleno de sombras. La vegetación era densa y el suelo fangoso, lo que hacía que cada paso requiriera cautela. A medida que se acercaban a Rocasierpe, el ambiente se volvía más inquietante. Los pequeños pero innumerables monolitos que comenzaban a asomar entre la maleza hacían que las historias de sacrificios y de la serpiente antigua pareciesen cobrar vida a su alrededor, mientras que las brumas servían como telón para aquella que estaba a punto de llegar a su clímax.
Tras una larga y fatigosa caminata, el dúo divisó un claro en el bosque, dominado por una estructura de piedra que asemejaba a la cabeza de una culebra monstruosa. Ante ella, se disponía un altar de piedra, sobre el cual aún había rastros de humedad. Sin embargo, algo no iba bien, no había rastro ni del cuchillo ni de quien fuera que lo hubiera robado.
Fue entonces cuando una figura se abalanzó sobre el doctor Álvarez, emergiendo de entre unos arbustos. Álvarez apenas tuvo tiempo de reaccionar, siendo derribado por su atacante, un hombre fornido vestido con uniforme de policía. Sus ojos resplandecieron con un fulgor demente mientras alzaba con sus manos un objeto familiar, que palpitaba rebosante de sangre. Ya se disponía a dejar caer el temible puñal sobre la yugular del psicólogo cuando Pepita, sacando un spray de pimienta de su mochila, roció el aire en un intento de repeler al atacante. La figura trató de limpiarse los ojos con una mano, mientras con la otra blandía a ciegas el puñal. Álvarez vio en aquello la oportunidad para zafarse de él, dándole un rodillazo y empujándolo lejos.
El atacante retrocedió tambaleándose hacia el interior del claro y, palpando, logró identificar el altar. Se puso en pie sobre él, alzó el puñal sobre su cabeza y, tras emitir un grito gutural, lo dejó caer sobre su propio pecho.
Un disparo desgarró el aire. El hombre cayó al suelo, junto con el puñal hecho añicos. Se formó un charco de sangre, pero no parecía surgir del hombre, sino del arma quebrada. Un rugido desgarró el cielo y, bajo la luz de la luna roja, la sangre comenzó a ascender y a fundirse con las brumas creando la silueta de un inmenso artrópodo. La criatura comenzó a ascender retorciéndose, pero, antes de poder alcanzar el firmamento, se disolvió entre las nubes.
En ese momento, alguien más entró en el claro. Era el inspector Viloria. Se acercó al agente que yacía en el suelo y, tras tomarle el pulso, dirigió la mirada hacia el doctor Álvarez Mencía y su acompañante.
—No se preocupen, está vivo —dijo—. Tuve en cuenta todo lo que los escuché decir, por descabellado que sonara, así que opté por apuntar al puñal. Y parece que funcionó.
—¿Lo que nos escuchó decir? —Álvarez se mostró confuso— Y, ¿cómo ha llegado hasta aquí?
—¿Acaso pensaba que, cuando vino por la comisaría, pidiendo información sobre un caso en el que parecía estar implicado de algún modo, iba a dejarlo marchar sin más? —razonó el inspector—. Viendo el extraño interés que tenía por la desaparición del puñal, consideré que lo más inteligente sería seguirlo. Por favor, mire en la manga de su camisa.
El doctor Álvarez asintió y, al hacerlo, descubrió un pequeño, casi imperceptible objeto metálico.
—Un micrófono —el doctor Álvarez lo sostuvo entre sus manos, anonadado—. Pero, ¿cuándo…?
—¿Recuerda cuando nos despedimos y le estreché la mano? Ese fue el momento —explicó el agente, con una sonrisa triunfal.
—Impresionante, creo que su intuición nos ha salvado a todos —comentó el psicólogo.
—Lo mismo puedo decir de la suya y de la de su acompañante —replicó Viloria, mientras cargaba sobre sus hombros el cuerpo del otro policía—. Bueno, ahora mismo lo que a mi me toca es mirar a ver cómo explicar públicamente la… insubordinación de este agente. Decir que fue forzado a ello por un puñal suena poco creíble, así que espero contar con su ayuda si necesito falsear un informe psicológico, mi estimado doctor.
—Puede contar conmigo, ahora mismo no hay cosa que desee más que dar carpetazo a este asunto cuanto antes y hacer como si nada hubiese pasado —el doctor Álvarez se llevó la mano a la cabeza—. Estoy muy mayor para esas cosas.
—Perfecto, eso nos ahorrará complicaciones —el inspector sonrió.
—¿Va a llevarse los restos del cuchillo? —preguntó Pepita.
El inspector se echó a reír.
—¡¿En serio?! —exclamó— ¡¿Después de lo que ha pasado creéis que tengo el más mínimo interés en acercarme a esa cosa?! ¡No, no, no! Oficialmente haré constar el puñal como desaparecido. Creo que usted, señorita, tiene una cierta familiaridad con… instrumentos como este, así que se lo confío. Lo que haga con él me es indiferente, solo espero que no me traiga más dolores de cabeza.
Pepita asintió con seriedad, aceptando la responsabilidad implícita. Álvarez, aún temblando ligeramente por la adrenalina del enfrentamiento, observó cómo el inspector se disponía a abandonar la escena, llevando consigo al agente inconsciente.
—Gracias por todo, inspector —dijo Álvarez—. Haremos lo mejor que podamos para manejar esto de manera discreta.
Viloria asintió con una mezcla de alivio y cansancio.
—Espero que puedan cerrar este capítulo con éxito. Este vecindario ya ha visto suficiente caos por un buen tiempo.
Mientras Viloria se dirigía hacia la salida, Pepita y Álvarez se quedaron en el claro, contemplando las ruinas y el altar, sobre el que reposaban los vestigios del puñal, que progresivamente habían ido perdiendo su color sanguinolento. La luna roja aún iluminaba el área con una luz siniestra, como si la noche misma estuviera esperando su desenlace.
—¿Qué haremos con el puñal? —preguntó Pepita, tomando el objeto roto del suelo y examinando sus fragmentos con cautela.
Álvarez se frotó los ojos, agotado pero decidido.
—Lo guardaremos. Esteban mencionó que el puñal puede ser un contenedor de un espíritu que sigue buscando renacer. En su momento propusiste sellarlo, ¿verdad? Creo que es nuestra mejor opción. Asegurarnos de que no vuelva a ser usado es crucial, lo importante es que no caiga en manos equivocadas.
Con cuidado, Pepita guardó los restos del puñal en una de las mochilas y se dirigió hacia el coche. Álvarez, aunque con esfuerzo, procedió a ir tras ella, pero no sin antes echar un último vistazo al lugar donde la luna de sangre había revelado aquel macabro espectáculo.
—Esta noche ha sido una de las más extrañas de mi vida —dijo Pepita, mientras se alejaban—. Espero que nunca tengamos que enfrentarnos a algo así de nuevo.
—Yo también —contestó Álvarez—. Pero, si alguna vez lo hacemos, al menos ahora sabemos que podemos contar con personas como el inspector Viloria y, por supuesto, contigo.
Pepita sonrió levemente, mientras tomaban el sendero hacia el exterior de la arboleda. El coche les esperaba fuera y, algo más allá, aguardaba la ciudad, envuelta en una extraña calma que parecía contrastar con el horror que acababan de enfrentar. A medida que se alejaban de las ruinas de Rocasierpe, ambos se sintieron un poco más aliviados, aunque sabían que aquella noche tan solo habían acariciado la punta del iceberg de un problema que iba más allá. Porque los eh’ga-zeii seguían ahí fuera, ocultos entre los hombres y dispuestos a preservar su eterno renacer.
La noche avanzaba, y con ella, el eco de la luna de sangre se desvanecía lentamente. Un día más, volvería a salir el sol.