Aquella noche de enero de 1919 hacía un frío tremendo en Providence. El clima no ayudaba a mejorar el estado de ánimo de H. P. Lovecraft.
Intentaba alejar de su mente los negros pensamientos que le asaltaban. El estado de salud de su madre comenzaba a empeorar y el futuro no parecía augurar nada bueno. Llevar al día la correspondencia con los corresponsales literarios era una forma de paliar su vida retirada y su soledad. También su obra literaria, el motor de su vida, progresaba, aunque de una manera menos satisfactoria de lo que hubiera deseado. No lograba reflejar en sus relatos el mundo de maravillas, prodigios y terrores que poblaban sus sueños, pero conservaba la esperanza de lograrlo en el futuro.
Últimamente algunos de sus sueños eran pesadillas, que curiosamente implicaban su propio entorno en Providence, fundamentalmente la vieja iglesia situada en Federal Hill. En sus investigaciones sobre la historia de Providence había descubierto que un grupo con muy mala reputación se había instalado allí en el siglo pasado. Sus pesquisas en las hemerotecas sobre periódicos de la época, y conversaciones con viejos profesores de la universidad de Brown, le llevaron a la conclusión de que allí se reunían los seguidores de una secta heterodoxa, con peculiaridades inquietantes. El grupo, que se hacia llamar Sabiduría de las Estrellas, tenía la teoría que seres muy poderosos habitaban en otra dimensión, alimentándose del sufrimiento humano. Creían que había que realizar un gigantesco sacrificio de sangre para abrir las puertas de nuestro mundo a esos seres. Esos lunáticos habían causado cierto revuelo por sus actividades, pero después de ciertos hechos no muy bien esclarecidos, sus miembros habían sido detenidos e internados en prisiones o psiquiátricos. Se rumoreaba que algunos habían conseguido marcharse a Baviera al tener la nacionalidad alemana.
Quizás influenciado por sus lecturas y averiguaciones, ese grupo aparecía en sus sueños, reunido en una cámara oscura en lo alto de la iglesia.
Adoraban a una piedra negra brillante, y rogaban para que los seres del exterior retornaran borrando a la raza humana de la faz de la tierra. En esos sueños también aparecían imágenes de criaturas de pesadilla, ciudades de dimensiones ciclópeas, con arquitecturas más allá de las formas concebibles por la razón, y océanos de negrura infinita, en la que extraños seres nadaban entre las ruinas del fondo marino. Algún día plasmaría en un relato esos sueños, se prometió.
Escribió durante un rato un poema sobre la vida en Nueva Inglaterra antes de la independencia americana, pero no podía quitarse del fondo de su mente la sensación de un peligro difuso y abstracto que le embargaba. Tenía relación con esa extraña sociedad clandestina, sus sueños, y las teorías sobre el desencadenamiento de un sacrificio ritual, a una escala nunca vista.
Para relajarse dejó de escribir y comenzó a leer la prensa. Europa estaba en una etapa de cambios vertiginosos. Las noticias hablaban de la guerra civil en Rusia entre bolcheviques y seguidores del zar. También en Munich había una fuerte agitación política de los nacionalistas alemanes contra las humillaciones del Tratado de Versalles, mientras grupos de excombatientes armados se enfrentaban a los bolcheviques alemanes que se hacían llamar “espartaquistas”.
De repente Lovecraft comenzó a tener un fuerte dolor de cabeza, y sintió que todo daba vueltas y estaba a punto de desmayarse. Vio la imagen de una negrura infinita que se acercaba poco a poco, chapoteando como si reptara en medio de un cenagal fangoso y estancado, acompañado de un olor nauseabundo. Un ser que sintió era completamente ajeno a nuestro universo, más allá de la moralidad humana y los sentimientos, que se alimentaba de dolor, un dolor que en pocos años habría en abundancia.
Poco a poco consiguió volver en sí de ese repentino mareo que había sentido. Los pensamientos premonitorios que había experimentado comenzaba ya a olvidarlos, pero un rastro de ese olor difuso y malsano seguía flotando en el ambiente. Su madre entró en su habitación y preguntó que sucedía. Él respondió que eran los restos de un experimento de química y ella volvió a sus quehaceres.
Pero Lovecraft durante un momento dudó del materialismo en el que había creído firmemente toda su vida, y pensó si en verdad sucedía algo extraño en la realidad y en el mundo. Pero al instante concluyó que simplemente eran malos olores que habían entrado de la calle, y el dolor de cabeza y las alucinaciones eran producto de la tensión nerviosa, y la falta de descanso que padecía últimamente. Decidió revisar las cartas pendientes de contestación, esperando que esa actividad le despejara la mente y empezó a leer.