Durante el festival del Sacrificio Carmesi, los cuerpos de las doncellas se convierten en uno y son consagrados para apaciguar al [CENSURADO]. La segunda doncella debe permanecer en nuestro mundo para protegerlo, mientras que la primera ha de entregarse al [CENSURADO] para apaciguar a las fuerzas de la tierra.
—Libro ritual: Gemelas, (Project Zero 2)
* * *
Desde pequeñas habían sido inseparables.
Ya en el vientre materno, las dos habían compartido el mismo óvulo y se habían desarrollado a la par, rechazando la idea de que cualquiera de ellas se quedase atrás. Al nacer, midieron lo mismo, pesaron lo mismo y fueron depositadas en cunas idénticas, la una siempre junto a la otra.
Ya desde tan temprana edad, el solo hecho de estar separadas se hacía insoportable, aunque fuera por un breve periodo de tiempo, sin importar lo pequeña que fuera la distancia. Aunque no podían saberlo, su subconsciente estaba comenzando a fraguar la idea de que no podían vivir la una sin la otra.
Hasta sus nombres sonaban igual: Saori y Kaori, Kaori y Saori. La única diferencia radicaba en un único sonido, un único fonema, pero hasta ahí llegaban las distinciones: pues las niñas, siendo gemelas, habían resultado completamente idénticas. Y no solo en aspecto, pues no importaba con cual se interactuase, ya que pensaban igual, tenían los mismos gustos y hasta sus voces sonaban igual. No existía cadencia, deje, marca facial o antojo que pudiera ayudar a distinguirlas. Sus padres, para poder diferenciar entre sus dos hijas (dado que no ayudaba la simetría de su cuarto y su idéntica forma de vestir), habían tenido la ocurrencia de coserles las iniciales a la ropa y tallar el grafema de su inicial en la cabecera de sus camas de madera.
A las niñas no les gustaba la idea. Ellas se deleitaban por el hecho de ser idénticas, de estar unidas la una a la otra más que a ninguna otra persona. A veces, para divertirse, se intercambiaban la ropa y dormían en la cama de la otra, logrando así confundir a sus padres, que no tenían forma de descubrir el engaño. Aunque, ¿lo hacían por esa razón mezquina? ¿O simplemente era porque ni ellas mismas eran capaces de discernir su propia individualidad? Pero no les importaba. Estaban juntas, eran gemelas, solo se necesitaban la una a la otra, no querían nombres que las clasificaran y separasen de esa sagrada unidad en la que siempre habían coexistido.
En el colegio siempre estaban juntas, no tenían ningún otro amigo. Tampoco sus compañeros de clase o profesores eran capaces de averiguar quién era Kaori y quién Saori, y es que hasta sus notas eran idénticas y su nivel de conocimientos el mismo. Esto les había servido para que muchas veces las acusaran de copiar, debido a que sus respuestas eran exactamente iguales. Era como revisar el mismo examen dos veces.
El director de la escuela pensó que sería buena idea ponerlas en clases separadas el siguiente trimestre, tratando de fomentar sus habilidades sociales y su independencia. Y, quizás así, se disiparían las sospechas plagio que recaían sobre ellas.
Sus buenas intenciones no dieron los resultados esperados.
Desde el momento en que se separaban más de dos metros la una de la otra, ambas sufrían violentas convulsiones, mezcladas con vómitos, que llevaban al profesor responsable a detener la clase para avisar urgentemente a la enfermera. Lo más extraño de todo era que parecían sufrir estos extraños episodios al mismo tiempo, ni una milésima de segundo más pronto o más tarde. Era como si estuviesen perfectamente sincronizadas.
En vista de la situación, se les permitió volver a asistir a la misma clase, principalmente para evitar más episodios como aquellos y librar al centro de una posible denuncia por parte de los padres. Las chicas no podían ser más felices, estaban juntas de nuevo, volvían a hacerlo todo juntas.
Pero no sentían que aquello fuese suficiente.
Estaban juntas, no existían diferencias entre ellas ni separaciones, pero, por alguna razón, no se sentían unidas de verdad.
Su madre las llevó a una farmacia local, a comprar vitaminas, por si acaso volvieran a padecer algún tipo de ataque o convulsión. Como siempre, las niñas se vistieron con sus respectivas ropas… ¿o se las habían intercambiado quizás?
Al entrar, quedaron completamente fascinadas, por la perfecta simetría del local: incluso los frascos, idénticos unos a otros, estaban pegados tan juntos que apenas se distinguía donde terminaba uno y comenzaba el siguiente. Una pequeña estatuilla en el mostrador parecía representar a un hombre de piel grisácea con dos cabezas, tan pegadas la una a la otra que parecían fusionadas. El agudo farmacéutico enseguida se percató del interés de las niñas.
«Es un antiguo yōkai, Dōmokōmo1. Representa a dos médicos que, al tener el mismo nivel de habilidad, decidieron operarse entre sí para ver quién era superior». El farmacéutico rebuscó en un viejo armario de madera y sacó un frasquito de vitaminas para entregárselo a su madre, no sin antes felicitarla por las niñas. «Son idénticas, de haber venido usted dos días separados, cada vez con una de ellas, habría jurado que eran la misma persona».
La misma persona.
Durante días, esa idea no abandonó sus mentes. Eso les faltaba. No eran una. Tomaban las vitaminas para contentar a sus padres, pero conocían el motivo por el cual habían sufrido esos episodios. Era el mismo motivo por el cual una persona normal no podía partirse en dos: porque eso supondría su muerte.
Ellas siempre habían estado juntas, pero, en un principio, fueron solo una, un óvulo, del que nacieron ambas. No podían estar separadas. Dōmokōmo falló porque, por muchas habilidades que tuviesen los dos médicos, eran dos personas distintas con los mismos conocimientos. Ellas si podían. Porque eran una.
Mamá y Papá no las entendían, sus compañeros las evitaban, sus profesores se negaban a ver más allá de su necesidad de estar juntas.
Entraron en el cuarto de costura de su madre. Arriba, en el estante estaba el kit básico, con aguja e hilo. No era hilo quirúrgico, pero bastaría.
La luz de la luna hacía resplandecer la aguja con un brillo mágico, a la par que siniestro. Al hundirse en la carne de sus mejillas, ambas sintieron la misma sensación de dolor, sabiendo que era un mal necesario.
Las lágrimas fluían espasmódicamente, mezclándose con la sangre, formando regueros simétricos, como lo era todo en su vida. Una puntada tras otra, una hilada tras otra… ya nada las podría separar jamás.
Horas después llegó la policía a la casa y, tras tratar de calmar la histeria de los padres, encontraron a las niñas tendidas boca arriba en el cuarto de costura. Se habían cosido completamente la una a la otra, sin ninguna clase de ayuda o anestesia. El hilo, que antaño había sido de un tono azul claro, ahora estaba teñido del rojo vibrante de la sangre, que había manado a borbotones.
Y, sin embargo, lo que aquella noche realmente les quitó el sueño a los policías no fue el estado grotesco y desfigurado de los cuerpos, sino sus rostros, suturados y amoratados, que servían como marco para unas sonrisas idénticas y unos ojos vidriosos, que permanecían abiertos de par en par, mirando sin expresión al infinito.
Muchos culparon a los padres de no haber conseguido a tiempo ayuda psiquiátrica. Otros, culparon a una sociedad que se quiso desentender. Pero a nadie jamás se le ocurrió sospechar de ese frasco de vitaminas, cuyo contenido a veces parecía emitir un destello verde…