Existe una relación fundamental entre el horror y la forma, y por tanto entre el horror y la estética. Dicha relación adopta dos aspectos; por una parte, como corrosión, derrumbe o descomposición de la forma1, es decir, como negatividad. Por otra, como proposición de algo “que no debería existir”, como positividad nefasta. Hay, por otra parte, dos grandes temas o ámbitos en los que la ficción ha hecho encarnar al horror: el cuerpo y la casa, lo orgánico y lo arquitectónico.
Siendo lo formal, y por tanto lo estético, un referente esencial del horror, parece curioso que la crítica no se haya detenido con más ahínco en la relación entre horror y arquitectura. Y no es que falten las muestras significativas ni en la plástica ni en la literatura. En el caso de esta última, el motivo de la “mansión siniestra” ha sido caro a la ficción desde el Otranto de Walpole hasta José Donoso, pasando por el castillo de Drácula, la inolvidable Casa Usher de Poe y The House in the Borderland , de W.H.Hodgson. Ahora bien, habría que decir que, pese a lo señalado más arriba, el horror para la forma resulta siempre un referente negativo Aún si adopta su modalidad (pro)positiva, lo horrible es siempre de algún modo el remedo, aquello que desplaza o sustituye lo genuino del ser. Un buen ejemplo de la relación entre la forma, el horror y la arquitectura se puede encontrar en la obra de Lovecraft. Al lado del horror orgánico, encarnado en sus monstruos y dioses abominables, el texto del recluso de Providence ofrece una abundante muestra de horror arquitectónico. El mismo, como era de esperar, no deja de estar sustentado en un aspecto genuino o “luminoso”.
Tanto o más que en casas, la arquitectura de Lovecraft se patentiza en ciudades. Ciudades prístinas, maravillosas, cuyo paradigma es la Kadath que Randolph Carter busca en sueños. Ciudades abominables, “horrores como Valusia, R’ lyeh, Ib en la tierra de Mnar y la ciudad anónima de la Arabia desierta2," que contrapuntean a las anteriores del mismo modo que el castillo maligno es el contrapunto del castillo encantado del cuento de hadas3.
En Lovecraft, la ciudad horrible suele ofrecerse a la percepción de modo más o menos súbito, como una revelación o una emergencia. Así sucede de manera literal con R’lyeh, la morada de Cthulhu que surge de las aguas. Es la malignidad oculta que en un instante se hace presente y amenaza al mundo. Este carácter ominoso encarna de un modo mucho menos metafórico en la transcripción ficcional que hace nuestro autor de su estadía en Nueva York a través de su relato “Él”, donde describe una urbe de torres impías que se elevan hacia el cielo. Sus datos biográficos señalan que aquel período le resultó espantoso.
En Nueva York, Lovecraft vio al mal encarnado en formas arquitectónicas, y poca duda cabe que gran parte de su experiencia venía dada por el hecho de que aquella (para él) horrible ciudad – como lo fue también para García Lorca, como lo fue Londres para Arthur Machen —estaba ocupando en su vida el lugar de su polis amada, de su entrañable Providence4—. Hay aquí un paso —mejor dicho, un salto— entre el horror escrito y el horror descrito, dominios que, por supuesto, no son enteramente homologables. Lo que se pone en juego es la afirmación que los productos “reales” de la arquitectura —casas y ciudades— son la encarnación objetiva de procesos subjetivos, como sucede por lo demás con toda obra de arte. En relación a ello, podríamos designar la importancia de la dimensión subjetiva del acto de habitar, que es -precisamente- el acto de un sujeto al que denominamos habitante. Y desde esta perspectiva es que el entorno (urbano o doméstico) puede caracterizarse como habitable o inhabitable.
El horror sería una forma pertinente de lo inhabitable, misma que un escritor —como Lovecraft— puede devolver a la palabra impresa. Este tipo de experiencia no tiene por qué ser ajeno, por desgracia, a quien pase (o pasee) por el entorno urbano de Santiago de Chile. Aquel que haya presenciado la destrucción y muerte de los barrios, quien haya transitado por una calle viendo en una acera las casas amenazadas y en la otra alzarse los relucientes y amenazantes cajones de varios pisos que han venido a remplazarlas habrá advertido ya como la arquitectura puede ser malvada.