No debí haber abierto aquel libro…
Compré aquel tomo extraño por amor al olor de lo viejo y porque parecía ser mi destino, ya que mis pasos estaban siendo guiados más por una corazonada que por una ruta planificada. Paseaba por un pueblo costero, tratando de olvidar que me encontraba enfermo pero mi cabeza no me estaba dando tregua. Llevaba un tiempo con una extraña sensación de confusión, sentí que se solucionaría alejándome de la rutina y acercándome al mar; aunque, a veces, he llegado a pensar que tal decisión no fue tomada por mí ni por ningún médico… era algo más intuitivo, un impulso que había tomado su propio rumbo y decidido en mi lugar.
Entre las empedradas calles con olor a salitre y musgo, tropecé con la tienda de antigüedades, una de mis debilidades. Al entrar pude sentir un extraño olor, resultaba nauseabundo, pero no me invitaba a irme sino, más bien, a encontrar la causa, a averiguar por qué me resultaba tan familiar. Tras detenerme ante unos pocos objetos que tenían más de curioso que de antiguo, me acerqué a la sección de libros, parada inevitable, y me tomé un tiempo en recorrer con la mirada las estanterías, buscando un tesoro olvidado, una pieza preciosa que la gente no hubiera apreciado. Pocas veces había tenido éxito, pero hoy sentía que necesitaba dar con ello. Fue entonces cuando, al intentar alcanzar un tomo de poesía de Shelley, algo cayó a mis pies. Un libro que parecía tener demasiado tiempo y que, al abrirlo, me hizo sentir toda su historia penetrando en mi piel: me había estado esperando por demasiado tiempo. Su aroma me inquietó y, por un instante, me invadió la necesidad de salir corriendo, de dejar atrás aquella sensación. Sin embargo, fui incapaz de encontrar un lugar en la estantería al que devolverlo y tampoco hubiera podido escapar de aquella tienda dejándolo abandonado. Así que me acerqué al hombre que llevaba el negocio y le pedí precio, pero con recelo, temeroso de que me negara su venta o reclamara la propiedad del ominoso ejemplar.
El libro pasó el día en mi mochila y, aunque nadie lo vio desde que salí de la tienda, experimenté un miedo irracional a que alguien me lo arrebatase, que lo descubriera y quisiera arrancármelo de las manos. No es que me creyera su dueño, tenía más bien la sensación de pertenecerle yo a él.
Cuando, finalmente, llegué al apartamento, no conseguí desconectar de la sensación abismal que se apoderaba de mi alma. Temía profundamente sacar de la mochila el objeto de mi perturbación y, al mismo tiempo, experimentaba un deseo irrefrenable de hacerlo sin demora. Ni cené ni me preocupé por ninguna otra cosa. Me senté en mi cama y, con una solemnidad impropia de mi carácter, tomé el libro y lo abrí despacio, con la certeza de que ya no había marcha atrás, de que algo estaba clamando por dar comienzo.
Lentamente y como si se tratara de un ritual, abrí la tapa y observé las filigranas, que parecían formar un título. Las palabras atravesaban cada página en todas las direcciones, como si les faltara espacio. No estaban todas en el mismo idioma y había cientos de caracteres diferentes, entre los que odié reconocer alguno. Parecía que se repetían por ciclos, como si se tratara de algún ensalmo, de un rezo, con un estribillo necesario que lo hacía sonar como una persistente súplica, dirigida al dios al que fueran enviados. No entendí ni una sola palabra de aquel lenguaje arcaico y primario que cubría ese papel sin márgenes, oscuro y de hedor penetrante. Su cubierta me hacía sentir que algo vivo habitaba en él. En algunas páginas no solo había texto, también se llenaban de dibujos extraños, de seres que jamás había visto. Las bestias o monstruos, que allí parecían dotados de una intensidad abrumadora y de un realismo preocupante, me hacían sentir escalofríos… y, cuando aquellos ojos se clavaron en mi interior… los observé, intentando discernir hacia dónde miraban, qué estaban buscando dentro de mí…
Tuve que cerrar de golpe cuando lo percibí, como un gruñido, una respiración grotesca tras la espalda. Entonces lo vi, en mi frente, en mi alma, en mi cuerpo, en todos los espejos, en mi pasado, en ese instante y en un futuro incierto que ahora ya no tendría sentido imaginar. Pero no lo vi con los mismos ojos que observaban aquellas páginas, sino que lo percibía con todos los sentidos sin usar ninguno. Respire profundamente intentando sacar fuerzas para girar mi cuello y encontrarme con ello.
Me volteé, pero no hubo manera de localizarlo. No lo veía, pero sabía que estaba allí, en algún lugar. No dejaba de sentir sus ojos encima y su respiración en el aire. Emanaba de él un poder más grande de lo que mi mente podía abarcar. Sé que quería algo… de mí, del lugar. Quizá el libro… se me pasó por la mente volverlo a abrir. El terror de hacerlo me inundó hasta los huesos, pero no podía dejarlo así, estaba claro que todo había sucedido por una razón.
Me acosté de nuevo en la cama, tratando de ignorar su amenazante presencia. Cerré los ojos despacio, intentando mirar entre mis pestañas por si en esas circunstancias se dejaba ver. Pero nada. Cerré del todo los ojos y un abismo enorme se abrió ante mí. Me vi recorrer el tiempo y el espacio, encontrando los fragmentos de mi ser en un inhóspito lugar del universo, repartidos por millones de años luz de distancia, como si los dioses me estuvieran mostrando la cantidad de lugares que recorrí antes de ser yo mismo. Y, sin embargo, aquello me hizo sentir insignificante, me hizo preguntarme si cada parte que me constituía, cada pequeña partícula, acabaría de nuevo por disgregarse en la lejanía, mostrándome que no soy nada en este instante, como no lo fui nunca y como no lo seré jamás.
No estaba dormido, su respiración seguía en mi cuarto, sus ojos se habían hecho reales y su boca me mostraba que mi piel era la de aquel libro… no existe el tiempo ni el espacio y hoy vuelve a tener hambre.
No debí abrir aquel libro.