Lo importante es el viaje, no el destino.”
- Constantino Cavafis (1863 - 1933)
La calle estaba despejada, era fresca y agradable; corría una suave y bastante bien recibida brisa. No había ni un alma en las calles ni en las carreteras, todo estaba tranquilo y en calma. Era la noche ideal para un viaje en coche.
Desde siempre le había gustado conducir; aún recordaba cómo, siendo niño, admiraba cuando su padre se ponía al volante, esa precisión quirúrgica, ese dominio absoluto y total control sobre el auto y sobre sus propias emociones. Cada movimiento, cada curva, era como una elegante danza, la delicadeza con la que pisaba el acelerador y el freno bien podrían simular la caricia a una delicada ave. Le fascinaba y apasionaba todo lo relacionado con la conducción.
Por esa razón, en cuanto pudo, se sacó el carnet y se dedicó principalmente a viajar. Se sentía imparable en el asiento del conductor, como un capitán en su barco. Le encantaba ir y venir de acá para allá, llevando a amigos, compañeros de trabajo, conocidos… lo que fuese, con tal de que le permitiesen sentarse al volante. Las calles eran cada vez más peligrosas y era mejor tener un amigo que supiese conducir. Mejor un amigo que un desconocido. Nunca sabes quién se puede subir o quién te puede llevar.
Era una noche perfecta; como no tenía sueño y al día siguiente era festivo decidió ir a dar una de sus vueltas nocturnas con el coche. ¿A dónde? A ninguna parte y a todas al mismo tiempo. Le encantaba ir sin rumbo por la carretera, a donde el coche quisiera llevarle. Ya notaba ese pinchazo de emoción en el estómago cuando salió de su barrio residencial y se adentró de lleno en la autopista. Nunca se cansaría de ello, ese sentimiento era tan adictivo que se sentía como un cazador a punto de atrapar a su presa.
No necesitaba música para relajarse; de hecho, la sentía como una distracción mientras conducía. Tenía un trabajo que hacer y quería hacerlo sin distracciones. Los faros del coche eran las dos únicas luces que brillaban en la oscuridad. Como dos solitarias estrellas o como los focos de una prisión de máxima seguridad.
Frunció el ceño cuando distinguió a lo lejos dos figuras, caminando al lado de la carretera. Eran un hombre joven, alto y delgado, y una chica menuda que parecía encogerse por el frío. No llevaban luces ni chalecos reflectantes, por lo que no parecía que hubiesen tenido un accidente ni una avería en carretera. ¿Qué harían esos dos ahí, en mitad de la noche, sin nada en kilómetros a la redonda?
Durante un par de segundos le carcomieron las dudas. Parecían indefensos: la chica, con la cabeza gacha, no dejaba de tiritar, mientras que el joven parecía caminar sin rumbo alguno. ¿Debería ayudarles? ¿Debería hacer subir a esos dos? Si la cosa se torcía, dos personas podían ser mucho para él.
Al final, venció su lado más emocional. Aminoró la marcha según se les acercaba, pues no quería que esos dos jóvenes se asustasen y saliesen corriendo. Era importante mostrarse cordial y amigable. Al pasar por su lado, bajó la ventanilla y trató de intercambiar unas breves frases de cortesía; lo típico de «Buenas noches, ¡qué frío hace! ¿Queréis que os acerque a alguna parte?».
La chica parecía algo huraña, evitaba su mirada y no se dignó a contestar. El chico tenía un extraño brillo en los ojos y lucía una mueca en su rostro; parecía estar bajo la influencia de algún tipo de sustancia psicotrópica. Tal vez por eso, tampoco se molestó en darle una respuesta.
Aunque su deplorable actitud hacía que le entrasen ganas de abandonarlos a su suerte para seguir su camino, se lo pensó mejor. No quería dejar a esos dos ahí, en mitad de la noche, no cuando tenía la oportunidad de hacer algo por ellos. No era lo correcto.
El joven lo miró de manera crítica, como si estuviese evaluándolo, y, tras dirigirle un furtivo reojo a la chica, ambos se metieron en el coche. La joven se sentó en el asiento del copiloto, mientras que él adoptó una pose relajada en los asientos de atrás. Ni se molestó en ponerse el cinturón, a diferencia de su meticulosa y silenciosa amiga. El conductor podía sentir su gélida y vidriosa mirada clavándose como agujas en su nuca, cosa que le inquietó de sobremanera. Pero, en seguida, supo recomponerse y recuperar el control de sus emociones. Él era quien conducía. Él tenía el control.
Pisó de nuevo el acelerador y volvió a preguntarles a dónde querían que les acercase, a lo que el joven le contestó con un desganado «a donde sea». No sabía por qué, pero algo en el timbre de su voz le ponía inquieto, era como si es voz no terminase de encajar en sus tímpanos. Esperaba no tener que oírla en lo que restaba de viaje.
Pero el silencio era aún peor. El ambiente era tenso, gélido, como la calma previa a la tormenta; la chica permanecía a su lado, inmóvil como una estatua. De vez en cuando, echaba alguna mirada por el retrovisor a su compañero, que respondía con un ligero asentimiento de cabeza. Eso no ayudaba a aliviar sus nervios.
Había algo en aquella peculiar pareja, algo extraño y perturbador, la forma que tenían de mirarse con complicidad, como si entre ellos hubiese algún chiste privado que no quisieran compartir con él, como si creyesen que no se daba cuenta de los secretos que compartían. Aquello le irritaba. No veía la hora de deshacerse de ellos y seguir su camino.
Tras varios minutos de anodina e incómoda tranquilidad, la chica tuvo por fin el valor de hacer algo. Estiró el brazo ligeramente y encendió la radio. Él tuvo que morderse el labio de frustración, odiaba que lo distrajesen mientras conducía.
En la emisora, la cansada y monótona voz de un locutor de radio que sabe que su traslado al turno de noche augura que su carrera profesional está en las últimas, trasmitía las noticias con una aparente seriedad que dejaba entrever que todo aquello le importaba un comino y que lo único que quería era cobrar su cheque y marcharse a casa a dormir. «Continúan las desapariciones en el condado de [ESTÁTICA] El número de personas desaparecidas asciende a 10. La policía afirma estar trabajando en el caso y ruega a la población que se abstenga de salir al anochecer por zonas poco transitadas, la última víctima de estas misteriosas desapariciones es [ESTÁTICA] una joven universitaria que fue vista por última vez la tarde del miércoles por la tarde. Se sospecha que podría ser obra de…»
Apagó la radio bruscamente. No le gustaba nada el tono del locutor, y ese tema le parecía demasiado escabroso para andar escuchándolo mientras conducía de noche. Menos aún le gustó ese brillo de fascinación en los ojos de la chica, la primera muestra de emoción en todo lo que llevaban de viaje. Parecía que se entusiasmaba con solo oír el tema de las desapariciones. Había un toque morboso y enfermizo en su fascinación por los hechos.
Por el reflejo del retrovisor captó un movimiento atrás, al mirar al espejo se encontró con el joven, mirándolo fijamente a los ojos con una sonrisa burlona, ofensiva a la par que siniestra. ¿Le divertía su incomodidad? ¿Era poco más que un entretenimiento para él? Esos ojos, vidriosos y casi inyectados en sangre, le devolvían la mirada sin pudor alguno, jactándose. Le desafiaba silenciosamente.
Volvió la vista a la carretera y, aunque no lo vio, supo que la sonrisa de autosuficiencia y de burla se ensanchaba en su rostro pálido y sudoroso. Qué asco le daban los yonquis, eran la escoria de la sociedad. Encima te miraban como si ellos te estuviesen haciendo un favor a ti.
Una sensación punzante en la cabeza hizo que volviese su mirada a la joven, y deseó no haberlo hecho. Su brillo de fascinación había cambiado, ahora había algo en ella, más oscuro, más siniestro. Quizás fuese un efecto de la falta de luz, pero juraría que esos ojos carecían de humanidad. No por primera vez aquella noche, sintió miedo. La mirada de aquella chica parecía atravesarlo, como si con un simple vistazo pudiese conocer todos sus secretos más íntimos. Sentía ahogarse bajo la influencia de aquellos ojos.
El coche pegó un volantazo a la derecha, de un sobresalto y forzosamente volvió a centrarse en la carretera. Al escuchar al chico de atrás reírse entre dientes su corazón se aceleró a mil por hora. Frente a él, la carretera se extendía como una línea sin fin, era como estar en un purgatorio interminable que llevaba rumbo al infierno.
Siguieron unos momentos tensos, el silencio era asfixiante. Lo único que se podía oír era el ruido mecánico del motor del coche. En otro momento, ese sonido le habría relajado, ahora no hacía más que generarle una sensación de peligro inminente. El coche le daba una sensación claustrofóbica, sentía que no podía respirar, solo podía sentir aquellos ojos fríos que se clavaban en él y esa sonrisa burlona que disfrutaba con su sufrimiento.
Seguían mirándose a través del retrovisor, se reían de él, se estaban cachondeando en su propia cara, dentro de su propio coche. El pobre conductor idiota que les estaba llevando a donde ellos quisieran, el bobo que no era capaz de darse cuenta que no había que fiarse de los desconocidos. Casi podía oírlos pensar, no tenían que decirlo en voz alta para saber que era un hazmerreír. Y eso hacía que sus niveles de estrés y paranoia se disparasen.
Sabía que tramaban algo, ¿pero el qué? ¿Iban a hacerle daño? No, no debía preguntárselo, estaba seguro de que iban a hacerle daño. Su instinto se lo estaba diciendo a gritos, tenía que ser más listo, más rápido que ellos o la noche iba a acabar muy mal para él. Sudor frío se le acumulaba en la espalda y en la frente, y sus dedos tamborileaban con nerviosismo en el volante. Estaba temblando. Temblaba como un corderito, y aquellos dos sádicos lo estaban disfrutando como un espectáculo de circo.
Nadie supo jamás quién empezó todo, pero sí cuál fue el detonante. La chica, tan callada como siempre, llevaba un tiempo jugueteando con el interior de una de las mangas de su fina chaqueta lila, no sabía por qué, pero le estaba dando la impresión de que buscaba algo en particular. Se le erizó la piel. Los dedos delicados y finos de aquella joven no parecían estar tanteando al tuntún, su precisión era casi quirúrgica, quería torturarle. Sabía que él no podía evitar seguir sus movimientos y quería mantenerlo en vilo hasta que ella creyese conveniente. Un brillo metálico asomándose por una de esas mangas le dijo todo lo que necesitaba saber.
No pensó. Simplemente actuó.
De un codazo, estampó la cara de aquella joven contra el cristal reforzado, provocando que esta soltase un grito, el único sonido que había emitido en toda la noche. El brusco movimiento provocó que el coche girase violentamente a la derecha, saliéndose de la carretera. Quitando las llaves apuradamente, no esperó a que la joven se recuperase y siguió estrellando su cabeza contra el cristal, hasta que sus débiles sollozos y quejidos se apagaron y su cabeza no fue más que una masa sanguinolenta y visceral que teñía sus ropas claras de un tono carmesí.
En el asiento de atrás, el joven se removía como una bestia furiosa, a simple vista daba la impresión de que trataba de vengar la muerte de su amiga. Pateaba, gruñía y gritaba como un animal, dispuesto a tirarse a la yugular.
Haciendo de tripas corazón, el conductor abrió la puerta, dando tumbos al salir. El joven seguía dentro del coche, estampándose contra las puertas con una violencia tal que, de no estar puesto el seguro, las habría tirado abajo. En sus prisas por salir del vehículo, el hombre no se dio cuenta de que había dejado la puerta del conductor abierta, oportunidad que no dejó escapar el joven, que reptó hacia los asientos delanteros, dispuesto a salir del coche como alma que persigue el diablo.
Su mirada de ojos vidriosos revelaba una fiereza animal como pocas se habían visto, el conductor sabía que debía hacer algo, de lo contrario estaba perdido. El joven se impulsó, y él solo pudo ver un borrón que se acercaba peligrosamente a él.
Antes de que lo alcanzase, reaccionó y lo derribó contra el suelo, comenzando a forcejear. Durante unos segundos, solo fueron un amasijo de brazos y piernas que no paraba de revolverse. El joven trataba de atacar; le arañaba la cara, intentaba dejarle ciego metiéndole los dedos en los ojos. El hombre notaba que se le acababa el tiempo.
Se apoderó de él esa adrenalina propia de una situación de vida o muerte, ese subidón que provoca que los hombres corrientes sean capaces de actos extraordinarios con tal de sobrevivir. Casi se había olvidado de las llaves del coche, las tenía tan apretadas en el puño derecho que le habían hecho heridas en las palmas. Siguiendo todos sus instintos, alzó la mano con las llaves y las hundió en el cuello del joven con toda la fuerza de la que fue capaz. Y, después, lo hizo otra vez, y otra más, y otra… y así en repetidas ocasiones, hasta que el cuerpo del joven se desplomó sobre él como un peso inerte.
Con la poca fuerza que le quedaba tras aquel impulso de energía, empujó el cuerpo del chico, que cayó pesadamente a su lado. Con la respiración entrecortada, se incorporó para poder admirar el resultado.
Estaban muertos. De eso no había ninguna duda. La cabeza de la chica estaba tan deformada que parecía una escultura de arte moderno, y había clavado con tanta fiereza las llaves en el cuello del joven que creía poder ver un poco del hueso de las vértebras. Sus ropas estaban cubiertas de tanta sangre que ya no podía distinguir a quién pertenecían. Podía respirar tranquilo. Se había salvado.
Un escalofrío le recorrió la espalda, eliminando cualquier rastro de alivio momentáneo. ¿Cómo iba a limpiar todo esto? ¿Qué pasaría si alguien le veía? ¿Cómo podía hacerles entender que solo estaba defendiéndose? De nuevo el miedo se apoderaba de él y esta vez era más difícil combatirlo.
Inspiró profundamente; él era el conductor, era amo y dueño del coche y sus emociones. Tenía que irse rápido y no dejar ninguna huella incriminatoria. Limpió lo mejor que pudo el tapizado de los asientos con los numerosos productos para limpieza de los que disponía en el maletero, junto con viejas herramientas de jardinería que nunca se había molestado en sacar. Sabía que no sería suficiente y que necesitaría trabajar a la luz del sol en su garaje para poder eliminar hasta el último retazo de aquella noche. Pero, aun así, debía hacerlo.
Cargó con el cuerpo del joven y lo introdujo en el asiento trasero, esta vez asegurándose de que llevaba el cinturón. Colocó la cabeza de la joven, o lo que quedaba de ella, de forma que no fuese demasiado visible desde fuera, intentando también que no le manchase los cristales de sangre.
Una vez más, volvió a ponerse frente al volante y sintió que, por fin, todas las cosas que se habían torcido volvían a estar en su sitio. Condujo en silencio, pero esta vez no era un silencio incómodo, se sentía en paz. Tras aquel mal rato en el que sentía que se iba a asfixiar, ahora podía abrir la ventana sin miedo y respirar el aire puro de la noche, que se mezclaba con el olor putrefacto de la sangre de los cuerpos y, quizás, con el de la orina.
Condujo con familiaridad hasta llegar a un desvío a la izquierda, dirección al bosque, que tomó como quien no quiere la cosa. El camino no estaba asfaltado, los abundantes baches lo hacían quedar a la altura del betún si se comparaba con la superioridad de una buena carretera, pero no le importaba en absoluto. Mientras pudiese seguir conduciendo tranquilo, todo iba a ir como la seda.
Entre tanta arboleda, llegó por fin a un pequeño claro en el que aparcó. La luz de la luna iluminaba los restos de una antigua estatua, representando a una hermosa joven en una pose seductora. La inscripción que había en la placa de su pedestal apenas era ya legible, tan solo unas letras destacaban; la «N», la «Y» y la «X». Frente a ella, dispuestos en una hilera completamente perfecta, se apreciaban unos diez montículos de tierra que parecían ocultar algo.
Recogiendo los viejos materiales de jardinería del maletero, se colocó a la derecha del montículo número diez y empezó a cavar dos tumbas del tamaño ideal para los dos jóvenes que transportaba en su coche. La suciedad de la tierra, la sangre y el sudor que le cubrían le daban un aspecto desaliñado y miserable, pero era plenamente consciente de ello. Una vez más, tendría que interrumpir su paseo nocturno para volver a casa y darse una buena ducha caliente. Se prometió que, la próxima vez, iría con más cuidado para no ensuciarse.
Dirigiéndose al coche, abrió con delicadeza la puerta del copiloto y sacó a rastras el cuerpo de la chica. Tirando de ella por el brazo, el mismo brazo con el que ella había estado jugueteando antes.
Ignoró por completo el hecho de que aquel brillo metálico que lo había desatado todo no era más que una pulserita plateada sacada de una tienda de bisutería barata, y que, quizás, los fieros ataques del joven habían sido fruto de un intento desesperado de escapar de él. Ellos, todos ellos, habían querido hacerle daño, él simplemente se había defendido como mejor pudo. No era culpa suya.
Habían interrumpido su conducción.
No tuvo ninguna consideración tampoco con el cuerpo del joven, prácticamente lo llevó hasta su tumba por los pelos, estando a punto de arrancarle la cabeza del todo. Lo soltó de forma poco ceremoniosa a los pies del agujero y lo empujó dentro de una patada. Tan solo el sonido de la pala, echando tierra sobre los cuerpos, y sus ocasionales jadeos, fruto de la fatiga, rompían la tranquilidad de aquella noche.
Satisfecho con su trabajo, echó un último vistazo a la estatua de aquella bella mujer para, acto seguido, volver a meterse en el auto, desapareciendo en la noche. Mientras conducía de vuelta a casa, una única cosa se le venía a la mente:
Y es que uno nunca sabe con quién se mete en el coche.