Los Gatos de la Señora Dark

Entonces me precipité hacia el terrible brocal y dirigí una mirada al fondo; el brillo de la bóveda inflamada iluminó sus más recónditas cavidades; pero durante un momento de extravío mi espíritu no pudo explicarse la significación de lo que veía.

(Edgar Allan Poe, El pozo y el péndulo)

Littlecarob es una aldea muy conocida por las oscuras historias que los aldeanos, y la gente que ha conocido el pueblo, cuentan del sector.

Apenas cae la noche del 23 de junio, la famosa Noche de San Juan, los habitantes más jóvenes se reúnen en la plazuela del pueblo, alrededor de la pileta, para contar aquellas misteriosas historias que, de generación en generación, se han narrado desde décadas perdidas. Cuentos aún vigentes de personas ya idas que, gracias a estos relatos, todavía siguen vivas, seduciendo o llenando de temor a quienes oyen estas leyendas.

Tal era la popularidad de estos oscuros relatos que traspasaban no sólo los límites del tiempo, sino que también las distancias territoriales.

¿Cómo me enteré de lo que os estoy contando?… de la siguiente forma: mi maestro, el señor E…, profesor Licenciado en Literatura y Gramática Contemporánea de la Universidad Saint Thomas, nos ofreció a mí y a mis compañeros una cátedra en la que el tema central era la importancia que reviste para la cultura moderna las leyendas populares que se transmiten de voz en voz. Habló de distintos pueblos y civilizaciones y de la trascendencia cognitiva de sus propios mitos. De tal modo terminó su conferencia cuando nos pidió que investigáramos sobre estos asuntos. Así me interesé por estudiar las historias de la lejana, y para mí desconocida, Littlecarob.

Entonces organicé mis enseres y me preparé para dirigirme al lugar en el que se desarrollaría mi trabajo investigativo.
*

Llegué a la aldea a las quince treinta horas del miércoles 20 de junio de 1928. El bus me dejó justo frente a la famosa plazuela. Era pequeña pero rodeada de mucha vegetación. Una mariposa volaba en ese instante sobre un grupo de arbustos chatos, y ahí, en el centro, la pileta se alzaba como una marmórea corona, y la imaginé repleta de jóvenes aldeanos intercambiando historias, sin embargo, rápidamente tuve que salir de mis absortos pensamientos pues debía buscar un hostal en donde alojar.

Caminando por los antiguos senderos de tierra encontré una enorme casa con murallas de adobe, en cuyo techo un letrero a mal traer señalaba Posada Saint Louis. Me acerqué y golpeé. Un hombre gordo, de cara redonda y colorada, bajo de estatura y de cabello cano salió a atenderme. Era el señor Joseph Kard, sesentón dueño de la hacienda, quien tras una breve conversación me aceptó en su domicilio.

—Lo que os pediré —díjome, afable— es que no lleguéis tan tarde a casa, pues aquí nos acostamos temprano.

—Pierda cuidado —respondí, sonriendo—. Trataré de no retrasarme.

—De ser así —agregó—, trate de hacerlo sin ruido. No es grato ser despertado a mitad de un sueño.

—¡No os preocupéis, seré más silencioso que un gato! ¡Permiso, me retiro a mi pieza!

—¡Vaya usted! —díjome con amabilidad.
Me dirigí entonces a mi habitación: era una confortable pieza oblonga de cuatro por tres metros, con baño privado. Mirando desde la puerta hacia el interior podía verse a la izquierda una cama de cobertor rojo con tres almohadas blancas. A la derecha había un enorme ropero de madera negra, junto a él un pequeño escritorio, una silla, y un poco más al fondo la puerta del lavabo. A pesar de la hora la recámara estaba oscura, pues no había ventanas. Entré, encendí la luz, ordené mis cosas y me recosté en la cama. En aquel momento sólo quería descansar del agotador viaje, por lo que me dormí profundamente.

*

Desperté sobresaltado. Miré el techo y vi que un enorme candelabro pendía en el centro. La pieza era un abismo en penumbras, aunque una frágil hebra de luz se colaba por el postigo mal cerrado de mi puerta. Instantes después sentí unos suaves pasos y una enorme sombra eliminó de cuajo la grácil luminosidad. Knock, knock, sonó el portal y de inmediato una voz senil llamó: “está servida la cena, y es costumbre que todos los residentes nos reunamos en el comedor.” Era el señor Joseph indicando que ya era hora de cenar.
- ¡Voy enseguida! – respondí aún somnoliento. Me puse en pie, busqué mi abrigo y me dirigí al refectorio.

Allí estaban esperándome, aunque algunos ya cenaban con entusiasmo: —Oficialmente sea usted muy bienvenido —dijo el señor Joseph, con una amplia sonrisa en su rosado rostro—. ¡Señores, este es el señor Ernest Fisher! —presentóme al grupo.

Ante el anuncio enrojecí como el arrebol, pues soy muy vergonzoso en público: —¡Buenas noches a todos! —fue lo único que pronuncié en mi turbación.

—¡Muy buenas noches, Ernest! —dijo un hombre cuarentón que estaba sentado a la siniestra del señor Joseph. Vestía terno negro y corbata gris. Apenas se veían sus labios ocultos tras una abundante barba blanca—. Yo soy Gerald —agregó.

—Bueno —dijo el dueño de casa—, ya conocisteis a mi hijo, mi primogénito, ahora conocerás al resto de los residentes.

—No seas tan tímido, somos buena gente —dijo una mujer mayor, de unos sesenta años, de cabello cano, que estaba sentada a la diestra del anfitrión.

—Eso no lo pongo en duda, señora…

—Martha.

—Señora Martha, mi timidez no es señal de demofobia —dije con sensatez—, aunque sí quizá sea el hecho de no conocerlos bien que estoy algo ensimismado.

—¡Buen punto, Ernest! —dijo el señor Joseph—. Ahora conocisteis a mi esposa…bueno, mi segunda consorte en realidad. Es la reina del hogar…

—… y yo soy la princesa —dijo una sonriente joven que estaba junto a Martha. Rió con dulzura y agregó— mi nombre es Stephie.

—¡Mucho gusto en conocerte! —dije, y enrojecí de nuevo. Su rostro blanco como la leche fresca, sus labios rojos como frutillas y su cabello de ígneo color me habían maravillado al primer contacto.

—Aunque su nombre es Stephanie —dijo un hombre junto a ella—. Yo soy Arthur, y ella es mi hija —agregó con hosquedad. Sólo asentí con un movimiento de cabeza, pues no supe qué decir. Sin embargo, seguí charlando con el grupo y de tal modo conocí a los otros siete residentes de la pensión.

Tras haber finalizado la cena todos nos dirigimos a nuestros respectivos aposentos. Era tarde, y para mí el día siguiente sería muy ajetreado.

*

Jueves 21 de junio de 1928. “Posada Saint Louis”, Littlecarob. Primer día de investigación.

Estaba tiritando cuando desperté, aún soñoliento. Eran las diez de la mañana, tenía muchas cosas que hacer, sin embargo, las fuerzas para levantarme no eran parte de mí: ¡tuve un pésimo dormir! Una intensa lluvia durante la madrugada fue la culpable.

A pesar de todo lo que debía realizar me acurruqué y me volví a dormir. Mi cama estaba cálida, contrastando absolutamente con el frío de mi habitación. Dormí muy plácido por dos horas más, aunque otra vez desperté en forma abrupta, pues unos gatos maullaban sobre mi techo, y sus voces eran como llantos de niños. Con mucho abatimiento me puse en pie y me preparé para el inicio de mi trabajo investigativo.

Me fui directo al comedor, pues quería departir con el señor Joseph. Mi intención era interiorizarme de algunas leyendas de la zona para trabajar en la que más llamara mi interés.

Salí de mi cuarto y caminé por el pasillo. A mi siniestra podía observar que el patio era una enorme piscina de barro provocado por la lluvia.

Hice ingreso al comedor y encontré al señor Joseph sentado en su silla conversando animadamente con Stephie. Más al fondo, en la cocina, la señora Martha preparaba el almuerzo.

—¡Buenos días! —dije apenas entré.

—¡Buenas tardes, será! —dijo el señor Joseph, sonriendo.

—¡Sí, perdón!, es que decidí quedarme un rato más en cama hasta que pasaran la lluvia y el frío —expliqué.

—¡Buenas tardes! Supongo que no has comido nada – dijo la señora Martha, gentil.

—Tiene razón, no lo he hecho —respondí, mientras mi estómago lo daba a conocer con un incómodo sonido.

—Entonces siéntate junto a nosotros —dijo el señor Joseph—. ¡Martha, sírvele a Ernest una taza de té! Tenemos pan y galletas. ¡Yo traeré el bocado!

Me senté frente a Stephie mientras esperaba. La miré y me sonrió: —Hoy no fui al colegio— díjome con su voz de niña.

—¿Por qué no? —pregunté, más interesado en escuchar nuevamente su dulce voz que en la importancia de la respuesta.

—Cada vez que llueve se suspenden las clases. ¡Ni los profesores van!

En eso llegó el señor Joseph: —¡Ya, muchacho, aquí tienes! —dejó en la mesa una charola con galletas y pan frescos.

—Y aquí está el té —dijo la señora Martha.

—¡Gracias! —exclamé.

Mientras disfrutaba de este tardío desayuno comencé a charlar con el dueño de casa sobre lo que era de mi interés: -¿Podría contarme alguna historia del sector? —le propuse.

—¡Uf! ¡Hay muchas! —exclamó—. A ver… hay una que me gusta…

—Lo escucho…

—Siendo un mozalbete mi abuelo me contó que una vez llegó al pueblo un extraño personaje… tímido… solitario. El extranjero traía consigo un par de maletas de gran tamaño —mientras hablaba el señor Joseph hacía gestos y ademanes, variando su tono de voz… era un excelente orador—. Quienes lo vieron llegar —continuó— dijeron que vestía de negro y que su enorme sombrero le cubría el rostro por completo. Sin embargo, ni lo uno ni lo otro llamó tanto la atención, pues el hombre, a pesar de su altura y su corpulencia, caminaba encorvado debido al peculiar peso de las valijas… ¡casi arrastrándolas!

“Se dice que muchos lugareños se ofrecieron a ayudarlo, pero que ante la negativa del extraño a aceptar la oferta prefirieron dejarlo solo con sus afanes. ¡A duras penas llegó a su domicilio!

“Comentario popular fue el absoluto hermetismo del foráneo. Salía de su casa sólo con intención de comprar. Jamás nadie lo visitó ni menos conversó con algún aldeano.

“Una noche, la señora Müller —¡que en paz descanse su alma!—, quien vivía en la casa contigua del extraño habitante, despertó sobresaltada: los ruidos de su vecino la hicieron levantarse. Miró por la ventana de su pieza en el segundo piso y vio que el hombre cavaba en su propio patio un enorme agujero y que, luego, arrojó en su interior dos enormes maletas, las que cubrió rápidamente con tierra.

“Al otro día, y en los siguientes, nadie vio al extraño personaje. ¡Abandonó su casa para no volver jamás!

—¿Y qué pasó con la casa? —pregunté muy interesado.

—Se dice que la derrumbaron —dijo Stephie, que también conocía la historia.

—Y así fue —dijo el señor Joseph—. La casa fue derrumbada a los tres días de la partida del extraño.

—Sin embargo —agregó la señora Martha—, tiempo después se construyó un nuevo hogar, el que fue habitado por una nueva familia que llegó a la aldea, aunque el dueño de la casa murió a los pocos meses de residir en ella.

—¿De qué murió?— interrogué.

—Se volvió loco —dijo el señor Joseph—… perdió la cordura de forma fulminante.

—¿Y las maletas? —pregunté otra vez— ¿Dónde están? ¿Qué contenían?

—¡Nunca se supo! —dijo Stephie—. Aunque mis amigos dicen que tenían oro… monedas de oro.

—La señora Müller —dijo el señor Joseph, cabizbajo— siempre quiso que se revisara el patio de su vecino, sin embargo, nadie la tomó en cuenta. A los pocos días murió, y con ella toda esperanza de inspeccionar el terreno.

—¡Menuda historia! —exclamé, muy sorprendido por el narración.

Al rato después la señora Martha contó una nueva historia, incluso Stephie agregó una. Se notaba que los aldeanos de Littlecarob eran asiduos tanto a narrar como a escuchar una y otra vez los relatos que tan bien habían sido archivados en la memoria colectiva de los residentes por decenios.

Regresé a mi habitación y tomé apuntes de lo que había escuchado, poniendo especial énfasis en la influencia de los relatos en las costumbres y relaciones sociales de los aldeanos. Quizá algunas sean meras invenciones del intelecto de los residentes mientras otras tengan mucho de cierto, aunque tan adornadas de detalles fantásticos que se tornan inverosímiles. En esto estaba cuando sentí suaves golpes en mi puerta.

—¡Adelante! —dije. La puerta se abrió con lentitud, crujiendo y rechinando.

—¡Hola! Quería saber qué hacías y me atreví a venir… pero si quieres me voy —era Stephie. Su voz nerviosa indicaba que había pensado mucho antes de golpear; aunque sus últimas palabras las dijo, sin duda, al verme enrojecer.

—No hay problema —balbuceé—, puedes pasar… ¡siéntate!

Se sentó en el borde de mi cama. Yo estaba en el escritorio. - ¿Qué haces? —interrogó.
—Estoy tomando apuntes sobre las historias que vosotros contáronme recién en el comedor —respondí.

—¡Ah! Hay muchas historias que contar.

—¿Tú sabes muchas? —pregunté, curioso.

—Sí, un montón —dijo sonriendo, dejando ver sus grandes incisivos blancos símiles a los de un conejo—… tengo quince años pero sé muchas cosas.

—Entonces me serás de gran ayuda – le dije.

—Eso pretendo.

Esa tarde fue muy entretenida junto a Stephie; sin embargo, durante la cena no la vi. Su padre dijo que se había ido a la cama temprano, pues a la mañana siguiente, de no llover, regresaría al colegio. Me frustré ya que me hubiera gustado seguir charlando con ella. Al final volví a mi cuarto, ordené mis apuntes, me acosté y me dormí al instante.

*

Viernes 22 de junio de 1928. “Posada Saint Louis”, Littlecarob. Segundo día de investigación.

Desperté temblando. Un sudor frío empapaba todo mi cuerpo. Mi cabeza era como la caldera de Belcebú. No era capaz de mantener los ojos abiertos por el dolor causado a raíz de la fiebre que me consumía.

No sabía la hora, pero sentí unos suaves golpecitos en mi puerta. No fui capaz de contestar el llamado, sin embargo, el portal rechinó, se abrió lentamente y una pequeña cabeza colorina se asomó: —¡Permiso! ¿Puedo pasar? – dijo.

—Sí, pasa —dije con voz trémula, más de muerto que de vivo.

—¿Qué os ocurre? —inquirió mientras se acercaba a mi lecho - ¿Por qué no os habéis levantado?

—¿Qué hora es? —pregunté, desorientado.

—Las dos de la tarde. Te estamos esperando en el comedor, el almuerzo está servido.

—Estoy ardiendo en fiebre, me duele mucho la cabeza; otra vez dormí pésimo —alegué—. No creo que pueda levantarme.

—¡No os preocupéis, yo os atenderé! —díjome al mismo tiempo que me regalaba una sonrisa—. Le diré al señor Joseph que os envíe medicina… ¡vuelvo enseguida!

Stephie salió de mi pieza y en pocos instantes ya estaba de vuelta con una charola en sus manos en la que traía el medicamento y el almuerzo.

—¡Gracias, eres muy amable! —le dije.

Una vez que almorcé y tomé el remedio me sentí mejor, aún temblaba pero la fiebre no era intensa, sólo me sentía un tanto aletargado.

—Llevas dos noches sin dormir bien —dijo Stephie—. ¿Qué os ocurre? —preguntó, preocupada.

—En realidad no lo sé… quizá no me he acostumbrado al clima del pueblo —expliqué aunque sin certeza de mis palabras—. Llueve mucho y con fuerza, siento como si el techo se viniera abajo con tanta agua que lo azota. Además todo cruje y rechina —continué con mi reclamo, casi enfadado—, siento que la pieza se contrae y estrecha con cada gota que cae, ¡y son esos ruidos los que me mantiene en vigilia! —justo en ese instante, mientras me explayaba, recordé algo que me preocupó en plétora y que, incluso, me provocó temor.

—¿Entonces es la lluvia la que te causa…

—¡No! —interrumpí, y fue una sentencia—. ¡No… hay algo más! —al parecer mis palabras sonaron demasiado graves, pues Stephie me miró asustada—. ¿Recuerdas que ayer te dije que había oído el llanto de unos gatos sobre el techo?

—Sí, lo recuerdo.
—¡Anoche también los escuché!, mezclados con el martilleo de la lluvia sobre la techumbre. Sólo contarlo me causa aprensión porque es como escuchar el llanto de bebés o de niños… es… es algo… enloquecedor. Imagina cómo me siento cuando despierto en la madrugada porque llueve y la madera cruje… y de repente oyes llorar a esos malditos gatos en el techo —en ese instante Stephie tomó mi mano y me di cuenta que yo mismo lloraba tras relatar mis noches de insomnio—… ¡pero eso no es todo! —continué—, pues ya en estado febril puedo ver dentro de la pieza, tras el estallido de un relámpago, la figura de un niño parado junto a la puerta a los pies de mi cama… mirándome con ojos de brazas… ¡desnudo y extendiendo sus brazos hacia mí!

—Descansa un poco —susurró Stephie mientras yo me acurrucaba en mi lecho—. Duerme, volveré más tarde y te contaré algo que te será útil para tu investigación. Ahora duérmete.

Dormí tranquilo por cinco horas y desperté sereno, sin atisbos de la fiebre que me atacó. Stephie estaba sentada junto a mí tomando mi mano. - ¡Despertaste, dormilón! Son las ocho de la noche; casi te pierdes la cena.

—¡Qué buena noticia! —dije, sonriendo—. ¡Me muero de hambre!

—¿Quieres que te la traiga a la pieza? —díjome con dulzura.

—¡No, gracias! Tengo fuerzas suficientes para levantarme —dije—. Cenaré con vosotros en el comedor.

Nos dirigimos entonces a la sala de comidas. Stephie iba delante de mí, guiándome como si yo no recordara el lugar. Llegamos y nos detuvimos en el umbral.

—¡Qué bueno que os hayáis recuperado! —díjome el señor Joseph, con una sonrisa.

—¡Sentaos! —dijo la señora Martha—. Os serviré de inmediato.

—¡Gracias! —dije mientras ocupaba mi lugar.

Cenamos muy animados e hicimos una agradable sobremesa. Luego, uno a uno, los residentes se retiraron a sus aposentos. El señor Arthur hizo un esfuerzo enorme por llevarse a Stephie a la habitación, pero ésta decidió quedarse aduciendo que tenía algo muy importante que conversar conmigo. Así entonces, sólo quedamos nosotros y el señor Joseph en el comedor.

—¡Tú tienes razón! —díjome Stephie de súbito y sin preámbulo—… ¡sí, tú tienes razón! – dijo, nerviosa -: ¡los gatos son niños!

—¿Qué dices? —pregunté, perplejo.

—¿De qué hablas, Stephie? —interrogó el señor Joseph, desconcertado.

—¡Usted también lo sabe!— díjole Stephie. Parecía a punto de llorar -. Los gatos que lloran en los techos son niños… ¡niños convertidos en gatos!

—¡Baja la voz, por favor! —dijo el dueño de casa casi en un susurro.

—¿Niños convertidos en gatos? —interrogué, sin entender el comentario de Stephie.

—No hagáis caso —díjome el señor Joseph—. Son bobadas de niños —dijo sonriendo.

—¡Lo que digo es verdad y usted lo sabe! —increpó la niña.

—¡Es sólo una historia más de las tantas que se cuentan en el pueblo! —dijo el señor Joseph—. Es un mito… un cuento más de los aldeanos.

—Pero los mitos tienen algo de realidad —interrumpí—, y quizá lo que está contando Stephie tenga algún fundamento.

—¡Pero es irrisorio! —díjome el hombre—. Analízalo: “niños-gatos”… es… es antinatural; además de esa historia no se sabe mucho, está casi olvidada, pocos hablan de ella, y los que lo hacen conocen sólo pequeños detalles… nadie conoce la leyenda completa.

—¿Y usted la conoce? —lo interrogué directamente. Lo noté nervioso en su último comentario y tenía el presentimiento de que podría entregarme datos importantes para mi trabajo.

—¡No! —sentenció—. Sólo sé lo mismo que saben los otros.

—¿Y qué sabe entonces? —presioné.

—¡Bah, sandeces, pura fantasía! —dijo con desdén—: de una casa sobre la colina, de la mujer cruel a la que llaman señora Dark… de magia, libros… unos gatos… ¡lo mismo que saben todos! Pero esa es una historia prohibida, se ha perdido en el tiempo, se ha desvirtuado, ya nadie habla de ella. Debes dejar esa obsesión de investigar, no obtendrás ningún beneficio —concluyó.

—No es una obsesión —aduje—, sólo investigo para mi trabajo de universidad; y no busco ningún otro beneficio que no sea una buena nota, pues si puedo dilucidar este mito podré obtener antecedentes fundamentales para vosotros mismos… para vuestra propia historia y cultura.

En ese instante decidí no molestar más al dueño del hostal, me levanté y me fui a mi cuarto. Stephie se despidió dulcemente con un beso en la mejilla, mientras yo tomaba la determinación de investigar sobre los “niños-gatos” en la misma casa de aquella colina.

Sábado 23 de junio de 1928. “Posada Saint Louis”, Littlecarob. Segundo día de investigación.

Me levanté temprano en la mañana. Sentía un leve dolor de cabeza, pero sin parangón con las fiebres sufridas los días anteriores. En la noche llovió suave, en forma esporádica y, por fin, los malditos gatos no se hicieron presentes sobre mi techo. Tenía mucho ánimo, por lo que me dediqué a arreglar mis apuntes. Tanto afán puse en ello que ni siquiera sentí ganas de almorzar, aunque ya eran más de las dos de la tarde.

Una vez que estuve listo, empaqué mis enseres y salí de la habitación. En el pasillo vi a Stephie, quien me miró sorprendida al verme cargar mis maletas: - ¿Y tú, a dónde vas? – me interrogó con dulzura.

- Me voy – le dije; y sus ojos brillaron -. Aunque sólo de la posada, del pueblo aún no.

- ¿Qué quieres decir?
- Visitaré a esa mujer de la que hablamos anoche – dije con seguridad – y le pediré alojamiento para investigar su historia.

- ¿Qué? ¿Acaso estás loco? – gritó exasperada.

- No, aún no – dije riendo.

- ¡Pero… puede ser peligroso! – dijo mientras aferraba sus tibias manos a las mías.

- ¿Por qué? ¿Temes que me convierta en gato? – dije, burlón. En eso estábamos cuando llegó el señor Joseph.

- Al parecer – dijo sonriente – regresáis a vuestro hogar. Fue una corta pero muy agradable visita, Ernest.

- No se va del pueblo – dijo Stephie, sollozando.

- ¿Entonces? – preguntó el dueño de la posada.

- Voy a la casa de la colina… la vivienda de la que hablamos anoche.

Al señor Joseph se le fueron los colores del rostro al escuchar mis palabras y enmudeció por unos instantes, sin embargo, reaccionó cuando le pagué mi estadía: - ¡Que la suerte os guíe! – díjome. Dio media vuelta y desapareció en la cocina. Entonces, me despedí del resto de los residentes y salí de la pensión. Había caminado un par de metros cuando sentí unos pasos ligeros que me seguían.

- ¡Esperad! – era Stephie -. Te acompañaré hasta la plaza.

Caminamos sin hablar. Llegamos a la intersección de la calle Saint Louis (donde quedaba la pensión) con la Calle Principal (la que atravesaba todo el pueblo). Doblamos a la izquierda y seguimos caminando, en silencio. Rápidamente asomó la calle Father Peter, la cruzamos y de inmediato pusimos pie en la Plazuela General. Allí Stephie despidióse de mí: - ¡Ojalá que vuestro trabajo resulte bien! – díjome con lastimera voz.

- Eso mismo espero yo – le respondí.

- ¡Ten cuidado! Recuerda tus palabras: “los mitos tienen algo de realidad”.

Mi confianza titubeó al escuchar tal comentario. – No os preocupéis – dije -. Espero que esta realidad no sea tan macabra.

Nos quedamos unos instantes en silencio. Después de ello, Stephie se acercó más a mí, apoyó su cabeza sobre mi pecho y dijo: - Entonces este es nuestro último momento juntos.

- No lo creo así. De salir todo bien – le dije con ternura – regresaré a la pensión para verte y…

No alcancé a terminar mi frase, pues Stephie se aferró con sus brazos a mi cuello y me dio el más dulce de los besos.

- Debemos despedirnos – dijo, con lágrimas en sus ojos -; sin embargo, ahora te diré cómo llegar a la casa de la señora Dark: debes seguir caminando por la Calle Principal. Más adelante la calzada toma una curva a la derecha, encontrarás el Colegio Saint Mary, pero deberás andar aún más porque la vía sigue y comienza a acercarse a la colina. Finalmente, el camino llega a una escalinata que te dejará frente a la puerta de aquella horrible residencia.

La iglesia dio las tres campanadas. Me despedí de Stephie con un beso en la frente y comencé mi caminata siguiendo sus instrucciones.

La avenida, al igual que todas las calles del pueblo, era absolutamente de tierra, aunque debido a las lluvias de los últimos días el barro se había apoderado de las rutas.

Pronto el sendero comenzó a curvarse y me condujo directamente al colegio que Stephie me había dicho. “Voy bien encaminado”, pensé. No detuve mi marcha aunque sentía cansancio, más aún cuando el camino comenzó a elevarse, pues ya estaba en la falda de la colina, sin embargo, continué con la idea fija de concluir mi investigación.

Mientras recordaba el dulce ósculo de Stephie mis pies tocaron un peldaño gredoso e informe, esculpido en la propia colina por manos fuertes pero poco hábiles. Era la escalinata que me llevaría a la tenebrosa casa de la señora Dark, aquella de la que el pueblo había dejado de hablar por temor a su crueldad.

Me quedé estático cuando frente a mí apareció una puerta negra de madera. Era un portal alto con dintel, en cuyo centro la figura tallada de un gato engrifado daba una terrorífica bienvenida. Sin embargo, dejé atrás mis temores y golpeé con fuerza mientras esperaba a mi anfitriona. Nadie atendió ni al primer ni al segundo intento, no obstante, una vez que llamé por tercera vez sentí que un cerrojo se corría. La gran puerta se comenzó a abrir lentamente, al parecer las manos que la desplazaban eran débiles para tamaño esfuerzo.

Cuando la puerta se había abierto unos cuarenta centímetros me asomé para ver hacia el interior de la casa. Una cuchillada fría sentí en mi pecho cuando dos enormes ojos relampaguearon rodeados de una oscuridad impenetrable. Un grito quedó atrapado en mi garganta mientras el portal seguía abriéndose. Una figura blanquecina fue apareciendo con lentitud en el umbral… una silueta pequeña de unos ciento cincuenta centímetros. Dio un paso adelante apoyándose en su bastón, el que era tan largo que parecía un báculo. - ¡Qué desea! – me dijo con una carrasposa voz senil, pero sin atisbo de maldad. Era una anciana de unos setenta años. Llevaba puesto un vestido negro, sucio de polvo, y se protegía del frío con un grueso poncho de colores rojizos. Su pelo era cano, y le colgaba hasta el pecho en gruesos bucles enmarañados. Su cara blanca, rugosa y enjuta. La nariz larga y aguileña, y sus ojos grandes destellaban un fulgor que, a primera vista, parecía anormal.

- ¡Buenas tardes! – dije titubeando -. ¿Es usted la dueña de casa? – interrogué, cauto.

- Sí – respondióme la anciana -. ¿Qué desea?

Más inseguro que nunca, le dije mi nombre y cuáles eran mis afanes. Le conté de mi trabajo y de la importancia que revestía para mí una amplia entrevista con ella. Me escuchó en forma muy paciente y, al final de mi presentación, dijo que no tenía problemas en atender mis inquietudes: - Puedes pernoctar en una de las habitaciones – díjome con una sonrisa.

- ¡Gracias! – le dije -. Le pagaré bien.
- ¡No lo dudo! – me dijo haciendo una mueca extraña.

Entonces entramos en la casa. Era muy amplia, demasiado quizá para una persona que vivía sola, pero fría y oscura, sólo iluminada con candelabros.

La puerta se cerró tras nosotros. Ella se adelantó y me guió al comedor: - Has llegado justo a la hora de almuerzo – díjome -. ¿Me acompañas?

- ¡Sí, gracias! No he comido bocado en todo el día.

Me senté a la mesa y ella me sirvió un plato de sopa caliente. Al rato, se sentó junto a mí y nos dispusimos a almorzar.

Manteníamos una conversación distendida mientras almorzábamos, sin embargo, decidí interrumpir: - Disculpe, señora. Hemos charlado bastante, pero aún no sé vuestro nombre.

- Me llamo Theresa – me dijo - … Theresa Dark, pero en el pueblo me conocen simplemente como la señora Dark.

- ¿Y vive sola aquí? – pregunté.

- Sí, desde que me dediqué a criar a mis hijos, el cruel de mi marido y mi primogénito me abandonaron… pero eso ya no importa, ha pasado mucho tiempo desde ello. Me he acostumbrado a vivir con mis niños.

- ¿Sus hijos? – interrogué con incertidumbre.

- Sí, mis hijos, así llamo a mis gatos… ¡mis queridos mininos!

En ese momento recordé el origen de mi visita. Tan afable era su trato y tan distendida la conversación que ni siquiera recordaba cuál era el motivo de mi presencia en aquel hogar.

- ¿Me puede contar más detalles de ellos? – proseguí tras un largo bostezo. Un extraño sopor me lo había provocado.

- ¿De quienes? ¿De los gatos o de mis hijos? – preguntó sonriendo.

- De ambos – dije, y volví a bostezar.
- Claro que te contaré más, pero ahora te llevaré a tu cuarto para que descanses – me dijo cariñosamente, como una abuela altruista que cuida de sus nietos.

Nos levantamos de la mesa. Ella se adelantó y llevando un candelabro en su diestra iba alumbrando el camino, mientras que con la izquierda se apoyaba en su enorme bastón. El antiguo piso de madera crujía bajo nuestros pies. Así pasamos un pasillo y llegamos a una pieza cuya puerta era una antigua y maloliente frazada. – Ésta será tu habitación – me dijo la anciana. Entré y encendí una vela que estaba sobre un velador y la puse en una palmatoria. Dejé mi bolso junto a la cama y me recosté en ella.

- Duerme un rato – dijo ella, afable, recordándome las tiernas palabras de Stephie -. Hablaremos más tarde en el comedor – cerró la puerta al igual como yo cerré mis ojos.

Desperté muy aletargado tras esa larga siesta. A la distancia escuché las diez campanadas de la iglesia. Mientras me desperezaba de pronto me sentí inquieto, pues oí un ruido fuerte al interior de la casa, un sonido como el de una explosión. Me levanté con esfuerzo y me dirigí al lugar desde donde provenía el estruendo. Tomé la palmatoria y salí de la habitación. Atravesé el oscuro y frío pasillo y llegué a la cocina. Caminé lentamente hasta la sala principal. Me detuve a escuchar, atento a cualquier resonancia extraña. Todo estaba en tinieblas, pues la vela no iluminaba mucho. De súbito un relámpago estalló. Me asusté por el repentino estallido, pero logré controlarme. Un segundo rayo alumbró la sala dando inicio a una torrencial lluvia, y ahí me percaté que al fondo de la pieza había dos puertas, la una contigua a la otra. Me acerqué a ellas mientras con la siniestra iba palpando la muralla para no perderme. Llegué a ambos portales. Tomé la perilla de la puerta izquierda y la giré con lentitud, trémulo. Abrí y entré despacio, con calma y temor a la vez. Levanté el candelero para alumbrar mejor y advertí que había entrado a una pequeña biblioteca. En su interior habían dos estantes, uno frente al otro, colmados de libros. Me acerqué a ellos y pude ver algunos títulos: a simple vista encontré las Narraciones Extraordinarias de Poe y La Llamada de Cthulhu de Lovecraft. Yo, que algo conocía de esos textos y autores, me llené de temor, pero llegué al paroxismo cuando giré y vi que en el otro mueble, el de la derecha, estaba, forrado en cuero negro, el Necronomicón de aquel árabe loco Abdul Alhazred. Entonces salí de entre los anaqueles, sin embargo, volví a escuchar un ruido que provenía de la otra puerta. A pesar de todo el miedo que sentía me acerqué y la abrí tal como lo hice con la primera. Una suave brisa subió y apagó mi vela, mas no quedé en penumbras, pues una tenue luz roja iluminaba la habitación. Entré y me di cuenta que era un sótano, pues una escalinata me llevó hacia abajo. Bajé cada peldaño con lentitud y suavidad por miedo a hacer crujir la madera. A medida que bajaba la purpúrea irradiación se hacía más intensa, al igual que un súbito calor que comencé a sentir en mi cuerpo y un hedor que se adentró en mi nariz. Era una hediondez a especias y azúcar quemada.

Bajé hasta el final y el pánico se apoderó de mí, pues una escena extraordinaria vislumbré. No era una alucinación ni estaba loco, aunque estuve a punto de perder la cordura: era un cuarto oscuro, con suelo de tierra, un enorme fuego calentaba una inmensa caldera, la que hervía. Sin duda el fogón iluminaba la pieza y de la olla salía aquel hedor. Frente a estos, había dos niños desnudos, de unos cinco años, y engrillados a la muralla de ladrillos. Entre ambos pequeños podía leerse una extraña palabra, Bast, la que al parecer estaba escrita con sangre sobre el muro. Una de las criaturas parecía estar muerto, con su cabeza pendiendo sobre el pecho y manteniéndose en pie sólo gracias a los grilletes; sus rodillas casi tocaban el suelo. El segundo también estaba aturdido, y en las mismas condiciones que el anterior, pero con terror me percaté que tenía exceso de bello en su cuerpo y que una protuberancia parecida a una cola asomaba entre sus piernas desde el cóccix.

Con mis ojos desorbitados por esta grotesca imagen me percaté de un detalle del cual no me había dado por aludido: una anciana estaba junto a la caldera y revolvía con su enorme báculo su hediondo contenido. ¡Era ella!, ¡sí, estoy seguro!, la mujer que se afanaba en revolver la cacerola era ella… ¡sí, la señora Dark!… ¡mi anfitriona!

De súbito todas las referencias que tenía sobre esta historia me llegaron a la mente y ordenáronse de tal manera que ni la propia imaginación de Edgar habría conjeturado, pues era una realidad en extremo macabra.

Ante tal horrendo panorama decidí huir del lugar. Entonces pisé el primer escalón con suavidad y luego el segundo, sin embargo, levanté la cabeza para ver la puerta por la que debía salir y cuál fue mi sorpresa al ver tres pares de círculos brillantes. Me asusté y resbalé, quebrando los dos peldaños, cayendo de espaldas al suelo. Un relámpago estalló nuevamente y, así, me percaté que las esferas eran seis ojos… ¡sí, en el umbral habían tres gatos engrifados, con la mirada diabólica como la de la Catrala, y mostrábanme sus colmillos y garras! Ante el estrépito la maléfica mujer se dio cuenta de mi presencia y se dirigió hacia donde yo estaba. Entonces, horrorizado, me puse en pie, sin embargo, los felinos se abalanzaron sobre mí arañando mi cara y mordiendo mis extremidades. Pese a ello me logré zafar y di un salto para llegar a los escalones más altos, aunque trastabillé y me provoqué un esguince en el tobillo derecho. Grité de dolor, pero seguí con la intención de escapar con premura.

Crucé el umbral cojeando, mientras la anciana gritaba “¡no huirás, regresa, no podrás escapar!” Con la desquiciada y los gatos detrás me dirigí a la entrada principal para salvar mi vida. Cuando ya llegaba recibí un nuevo ataque de los felinos, los que me arrojaron al suelo. Así, tirado boca abajo, logré asirme de la perilla y abrí la puerta. Me levanté nuevamente y salí de la casa. Miré hacia atrás y vi a los gatos engrifados. Afuera llovía a raudales y el cielo estallaba en relámpagos. Cuando salí, escuché otra vez la senil voz de la vieja: - ¡No huirás! ¡No! ¡No lo harás! – ella ya se asomaba bajo el dintel cuando me gritó: - ¡No huirás! ¡No podrás escapar como el cobarde de mi marido! ¡Regresa!

Resbalé sobre el barro y caí por las escarpadas escalinatas informes y gredosas. Un largo descenso de azotes contra piedras y peldaños. Caí en un charco de agua y tierra que había en la calle. Sentía mi cuerpo totalmente adolorido y golpeado. Me levanté con las últimas fuerzas que me quedaban y miré hacia lo alto de la colina. Allá se veía a la lunática mujer apoyada en su bastón junto a los gatos, recortados contra la oscuridad y la lluvia, deseando en vano que regresara, y planeando nuevas atrocidades en su mente torcida.

Golpeado y exangüe como estaba comencé a descender por la Calle Principal. La lluvia no cesaba; pero era imperioso mi retorno a la pensión. Huyendo, fatigado y cojo, llegué exhausto a la iglesia, crucé a la plaza y me percaté que, a pesar de la lluvia, decenas de jóvenes, provistos de paraguas, estaban reunidos alrededor de la pileta hablando entre ellos. Al verme caminar como un moribundo detuvieron sus diálogos y me miraron con una mezcla de extrañeza y temor. Entonces continué, cruzando la calle Father Peter, mientras el campanario daba las once de la noche.

Finalmente, y después de un arduo camino, llegué a la posada. Golpeé la puerta al igual que un borracho: entre brusco y torpe. Stephie me abrió llorando, y se espantó al verme llegar en ese estado, aunque más temprano que tarde se aferró a mí. “Has vuelto”, me dijo tras un sollozo.

- Sí… estoy de vuelta – dije casi sin voz. Ella seguía llorando y temblaba como una niña asustada. - ¿Qué ocurre? – pregunté, cansado.

- ¡Han muerto! – me dijo entre gimoteos.

- ¿Quiénes? – pregunté, asustado.

- Él lo mató… y después se colgó – díjome sin responder mi pregunta.

- ¡Cálmate, Stephie! – díjele, exasperado - ¡Cállate y explícame!

- ¡Entra… míralos con tus propios ojos!

Entonces entré a la pensión, caminé por el pasillo y vi que los residentes se amontonaban en el patio, justo delante de mi pieza. Puse mayor atención a lo que veía y me di cuenta que en las ramas más gruesas del manzano pendían dos cuerpos sin vida. Uno, a pesar de que no se le veía la cara, tenía una espesa barba blanca; el otro era gordo, de pequeña estatura y cabello cano. La señora Martha los lloraba bajo la lluvia.

- El señor Kard envenenó a su hijo – contóme Stephie, llorando -. Lo colgó y después él mismo se ahorcó.

Tan aturdido quedé con la noticia y, más aún, con las recientes penurias vividas di media vuelta y escapé de la pensión sin despedirme de nadie, dejando atrás a Stephie, a los horribles mitos y a la maldita aldea.

Rengueando bajé por la calle Saint Louis hasta que llegué a la carretera. En la oscuridad de la noche pude ver que dos luces se acercaban hacia mí con dirección oeste. Me paré frente a ellas y las hice detener: era una camioneta. Me acerqué a la ventana del conductor, el cual, bajando el vidrio, me dijo “estáis loco… casi te mato, hombre.”

- ¡Sí, loco estoy, y ojalá me hubieseis matado! – respondí.

- ¿Qué queréis?

- ¡Llevadme de regreso a L…! – imploré.

- ¡Está bien! Voy en esa dirección. ¡Sube!

Como pude subí al vehículo y me alejé de la maldita Littlecarob. De ahí en adelante no recuerdo mucho, sólo que desperté en mi hogar… abrigado en mi habitación, descansando en mi cama.

Me costó algunos días recuperarme de las heridas, especialmente de la cicatriz que quedó en mi ceja izquierda, y estabilizar mi ánimo fue aún más difícil, pero gracias al cuidado y cariño de mi familia logré hacerlo.

Un día, retomando mi informe para la universidad, recordé que había olvidado mis enseres en la casa de la anciana Dark, incluso mis apuntes quedaron allí, sin embargo, pude continuar mi trabajo pues recordaba con claridad los acontecimientos, sólo me quedaba dilucidar por qué el señor Joseph envenenó a su hijo para después suicidarse, y si en este terrible acto había alguna relación con lo acontecido en el hogar de la colina. Así fue que una tarde recordé las últimas palabras de la cruel mujer, aquel día que caí por los escalones: “¡No huirás! ¡No podrás escapar como el cobarde de mi marido!”. De pronto toda mi mente se aclaró y me percaté que todo consistía en un sutil movimiento de letras, en un pequeño anagrama, pues Kard, el apellido del dueño de la pensión, no es más que Dark a la inversa; y que, obviamente, había una relación más profunda entre ellos que un simple juego de palabras. Entonces, querido lector, no olvidéis que los mitos siempre tienen algo de realidad, y eso es imposible negarlo.

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