Los Nombres Muertos

Barbarus hic ego sum: quita nom intelligor illis.
Ovidio.

* * *

El único sonido que atestigua la desolación de mi alcoba es el compás del reloj ancestral de mi progenitor. El lecho está impregnado de humores y plagas provenientes de las tierras de Arabia, que se entremezclan con la fetidez de los tomos arcanos y pestilentes que, hace ya quinientos años, deberían haber sido consumidos por las llamas purificadoras. No obstante, ahí yacen, en mi estantería, en mi tumba, sobreviviendo ante el tiempo inmutable. Mientras el péndulo del reloj ancestral continúa su marcha inexorable, la desesperación me embarga, aunque siempre he morado en la desesperanza. Pues, por más que contemple aquel reloj, desconozco la jornada que transcurre, ignoro si la luz del día ilumina mi recamara y tampoco tengo certeza sobre si la hora que me muestra es la Verdad. De igual modo, me planteo la duda sobre si respiro en la vida o me halló absuelto de mis transgresiones en este Averno de polvo, rodeado de los volúmenes malditos que murmuran esos nombres, nombres muertos.

Medito sobre los variados semblantes y rostros que creo haber divisado a lo largo de mi existencia, ya sea ayer, antier o en un siglo olvidado. No tienen presencia, mi Existencia se ha desvanecido ante el paso del Tiempo. Los tomos, despiden un tufo pestilente y uno de ellos me susurra un nombre: «Mammon».

Cuando el sueño se presenta y él deposita su beso sobre mí, experimento una leve melancolía al saber que he de reposar en aquel lecho que, de manera irónica, emula un sarcófago; ¿qué mejor modo de recibir el ósculo de Hypnos? Sin embargo, es en Sueño donde las tinieblas, las telarañas y el polvo de las repisas son suplantados por aquellas Tierras de Venus, resplandecientes y eternas. En este paraíso, los nombres dejan de ser nombres muertos para convertirse en mis únicos amigos.

Surco interminablemente las Tierras de Venus y me deleito con la compañía de Sueño, a quien ahora vislumbro como un par, con toda suerte de seres que, a semejanza de mí, les fue arrebatado el Tiempo. Hekate Magna sonríe y nos sirve una variopinta amalgama de elixires. Y, cuando menos lo espero, retorno a mi funesta realidad en la vigilia.

El reloj del abuelo persiste como el único sonido que colma mi pútrida estancia. No fue sino hasta que me aventuré a hojear uno de esos volúmenes, específicamente aquel que me provocaba repulsión por lo que nunca seré. Tan solo vislumbrar cada letra de cada página suscita en mí las náuseas más viscerales y, al posar al azar mis ojos, acabé dando con mi propia necrológica. En ese instante, el reloj ancestral de mi abuelo recobró su papel como el único sonido que colmaba mi pútrida estancia. Y dije, citando al temido y respetado Emperador Inmortal:

La vanidad es un grillete. La vanidad impide desplegar las alas de la gloria. Todas las riquezas por las que compitieron Horus y Set, todas las tierras del mundo que osaron disputarse, todo aquello perdió cualquier valor para mí. Todo es fruto adulterino de la Tierra, todo es una impureza nacida de otra impureza. La bilis de Apep se derrama sobre aquello que el hombre valora y lo condena a la no-existencia.

No hay cosa más nauseabunda que la vanidad.

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