Los Ojos De Ryeh

No puedo revelar el oscuro medio a través del cual he llegado a conocer esta historia. Tampoco estoy en condiciones de asegurar que todos sus detalles sean enteramente ciertos; aunque sí lo es, tanto como que voy a morir, lo esencial de la misma. La Voz que me la relató no miente jamás. El suceso al que se hace referencia es tan espantoso que mi pluma se resiste a plasmarlo. Pero mucho más todavía es la existencia de ese mundo de sombras aborrecibles que subyace en la realidad cotidiana, y cuyos vapores infectos emanan en ocasiones, para desgracia de los seres humanos. Entregarse a la muerte se convierte entonces en nuestro tesoro más preciado, en el único escape posible ante las acometidas del horror. Tanto más si la muerte se presenta bajo la ominosa forma con que lo hizo al desdichado protagonista de este relato.
Como todos los sábados, Jean Michel Dantón, escritor de tercera fila («incomprendido», se autotitulaba), inició su paseo vespertino por el Mercado de las Pulgas. Un abrigo raído le preservaba malamente del frío. Enero mordía con dientes de hielo a los escasos viandantes, y París soportaba la penumbra de un cielo plomizo. Era el momento ideal para que un hombre de escasos medios de fortuna, como Jean Michel, pudiera hacerse con alguna ganga literaria. Pero la que se presentó a sus ojos superaba todas las previsiones. Tirado en el suelo, junto a una triste colección de quincallas y baratijas, encontró un libro singular. Sus arrugadas tapas de pergamino y su herrumbroso cierre metálico evidenciaban que se trataba de un ejemplar antiguo. No había inscripción alguna en el lomo ni en la portada.
Atraído por el libro, se descalzó los guantes de lana. Sus dedos entumecidos conocieron, al levantar el volumen, una sensación insólita. Pesaba bastante más de lo esperado, a juzgar por su grosor y dimensiones de bolsillo. El cierre metálico, oxidado y frío, ofrecía resistencias. Daba la impresión de no haber sido abierto en mucho tiempo. Logró vencer esas resistencias con algún esfuerzo. Al darle una primera hojeada, comprendió la razón de su excesivo peso. Sus amarillentas hojas eran todas ellas de pergamino, y estaban escritas a mano en un francés arcaico. Pero lo más impresionante era su título: «Necronomicón, por Abdul Alhazred, traducido al francés por el Abate Bernard de Grave», que figuraba en la primera página.
Jean Michel traspasó los límites del asombro, negándose a creer en la realidad de lo que estaba viendo y palpando. Pero era evidente que sus sentidos no le engañaban. El «Necronomicón», aquel libro maldito y reputado como ficticio que había inspirado las estremecedoras visiones de Lovecraft, estaba ahora entre sus ateridas manos. Lo compró por un precio irrisorio. Tan ansioso estaba por leerlo que no le importó coger un taxi para llegar a su buhardilla cuanto antes.
Lo abrió con impaciencia. La frase inicial le produjo un escalofrío: «Este libro te servirá de guía para un viaje a las profundidades de las que nunca más se regresa.» Conocía las terribles leyendas que, ofrecidas como meras ficciones literarias, circulaban en torno a ese Libro, y por un momento dudó de continuar su lectura. Pero la fascinación que sobre él ejercía era más fuerte que su prudencia. «Tu madre -continuó leyendo- te arrojó del útero al tiempo que arrojaba la inmundicia de los intestinos. Manchado quedaste con ello, y esa infecta caricia es la señal de tu existencia miserable. No habrá compasión para ti, ni hallarás liberación alguna cuando regreses al excremento.»
Sospechó que, de seguir leyendo, su espíritu sería atraído hacia viscosas oscuridades. Aunque a fin de cuentas -reflexionó- no era otra cosa que un libro, y hacía mucho tiempo que la lectura de cualquier relato, por escalofriante que fuera, hubiera podido quitarle el sueño. Reconfortado por esa idea prosiguió la lectura. El siguiente párrafo, aunque igualmente terrible, ya no le pareció tan espantoso: «Cuando termines de escribir el libro de tu vida -decía-, la biblioteca de la muerte verá aumentado su milenario patrimonio con un nuevo volumen. No importa que tus líneas sean torcidas o derechas, que escribas con letra clara o confusa, que engarces los acontecimientos con sabiduría o que te dejes arrastrar por el horrendo curso de lo inevitable, que cuentes una historia feliz o desgraciada, que dejes pasar tus páginas en blanco o que las impregnes de fuertes emociones, ávidamente abrazado a la inexorable fugacidad de los minutos. En cualquier caso nada puedes hacer por tu vida, ya que el dios que te alienta acabará ahogándose para siempre en tu garganta. En consecuencia, conviene que conozcas desde ahora cuáles son los perennes Reinos del Gusano y la extensión infinita de sus dominios.»
Al llegar a este punto se sorprendió a sí mismo con una reacción instintiva: cerrar el Libro de golpe. Recordó que, según se decía, la desgracia, en forma de locura o de muerte violenta, alcanzaba siempre a quienes habían tenido acceso a ese texto maldito, empezando por el propio H. P. Lovecraft. En círculos esotéricos se aseguraba que la espantosa lucidez de Poe, y la desdicha que acompañó su vida, habían tenido su origen en la lectura del «Necronomicón», aunque el pundonor literario le impidiera reconocer que su principal fuente de inspiración había sido esa obra execrable. También se afirmaba que la Inquisición española no siempre entregaba a las llamas los libros maléficos que llegaban a sus manos. Y que gracias a eso pudo regalar a Urbano V un ejemplar del «Necronomicón» arrebatado a un nigromante judío de Toledo. El Papa conservó el ejemplar, pero mandó esconderlo en el más inaccesible rincón de la Biblioteca Secreta del Vaticano, sin que durante siglos ningún dignatario de la Iglesia se hubiera atrevido a leerlo. Por supuesto, nadie disponía de datos objetivos con los que respaldar semejantes historias, pero también se había considerado imaginario el propio Libro, y él podía constatar con sus propios ojos que no lo era.
Hacía mucho frío y Jean Michel, falto de recursos, había adoptado la costumbre de leer y escribir metido en la cama. Depositó el Libro en la mesilla de noche y se arrebujó entre las mantas. Desde hacía dos meses no había conseguido vender ni un miserable artículo. Un mes atrás su compañera, Françoise, harta de tanta miseria, le había abandonado por un próspero comerciante de vinos de Burdeos. Proclamar y demostrar la existencia real del «Necronomicón» podía abrirle nuevamente las puertas de las redacciones y los cenáculos literarios. El destino había sido demasiado cruel en los últimos tiempos y tal vez ahora, en compensación, le ofrecía aquel regalo inestimable. Y aunque, en vez de eso, se tropezara otra vez con la desgracia al reanudar la inquietante lectura, quizá un fin dramático y espectacular constituyera un broche digno para cerrar su miserable existencia.
«¡Mierda!» Como buen francés, apoyó su decisión de seguir leyendo profiriendo una exclamación escatológica. Y abrió el libro al azar. Eran las páginas centrales, y en ellas había sendos dibujos de un ojo. El de la izquierda era azul y castaño el de la derecha. Abajo había una leyenda: «Si fijas tus ojos en los ojos de Ry'eh podrás alimentarte con la sangre de la Diosa y nada te será vedado.»
«¡Nada te será vedado!» El hambre le torturaba. Sólo le quedaban tres francos en el bolsillo después de comprar el libro y haberse permitido el lujo inconcebible de tomar un taxi. Se estaba haciendo de noche. El miserable cuartucho se poblaba de sombras y desaliento. Podía contemplar desde su ventana cómo densas nubes rojizas sepultaban los tejados de la ciudad. También contempló la miseria de su estado y se dijo que no merecía la pena seguir viviendo. No, al menos, con hambre, frío, soledad y escasísimas posibilidades de ver incrementado en el futuro su ridículo capital.
Fijó sus ojos en los ojos del grabado y envidió la ingenuidad de los hombres primitivos, pues esa ingenuidad -se dijo- era una poderosa fuente de magia, y sólo con la magia se puede transformar el mundo. Las estructuras de su mente -se dolió- eran demasiado sofisticadas y carecían de fisuras por las que pudiera penetrar el refrescante aliento de la fe, tanto si fuera en Dios como en el Diablo. Pero los Ojos de Ry'eh le fascinaban. La Diosa maldita que sembró la angustia en el corazón de los hombres, para vengarse de su hegemonía sobre la Tierra, era representada en el Libro con sólo dos Ojos que reflejaban una dulce maldad, esa ternura equívoca de que hace gala el depredador al devorar su presa. Le hubiera gustado llegar a sentir el miedo reverencial que impide a los judíos pronunciar el Nombre y a los cristianos contemplar la Forma. Pero ante los Ojos de esa deidad primordial y terrible sólo el sentimiento de la fascinación le embargaba, y la fuerza hipnótica que emanaba de ellos era acogida por Jean Michel con cierta sorna, porque suponía que su escepticismo era una coraza inexpugnable.
Se dijo: «¿Y este es el Libro terrible?» No era tan fiero el «Necronomicón» como lo pintaban. Sino que, al igual que ocurre con los cementerios, el horror que producen en la lejanía desaparece en parte cuando se está dentro de ellos. Visto de cerca, el Libro no era más que una sarta de truculencias y fórmulas de encantamiento capaces de soliviantar únicamente la imaginación de los débiles mentales. Suponiendo que aquél fuera, efectivamente, el mítico Libro, y no una invención descarada de algún desocupado de provincias. Bajo los Ojos de Ry'eh, y a continuación de la leyenda antes mencionada, seguían unas palabras incomprensibles, resaltadas por el escribano con trazos más gruesos que los otros.
Jean Michel supuso que se trataba de una invocación, pues entre ellas figuraba el nombre de Ry'eh. También supuso que surtiría efecto (al menos en la tenebrosa imaginación del autor del Libro) la inquietante y sugestiva promesa de «alimentarse con la sangre de la Diosa» si se profería en voz alta esa invocación al tiempo que se contemplaban los Ojos. Algún lejano terror, provocado por lecturas de la infancia, afloró entonces a su conciencia, pero consideró que pronunciar la frase era el mejor medio de librarse de ellos, quizá definitivamente. Él, Jean Michel, hundido en la miseria, desesperado y carente de recursos, era sin embargo un Hombre, y el destino le ofrecía una ocasión inmejorable para reafirmarse en esta creencia; puesto que un Hombre no es una vieja desvalida cuyo asustado cerebro esté pendiente de ilusorios signos acechantes, una vieja chocha que tiembla ante la sola idea de pronunciar palabras de encantamiento, y cuya mente se desharía en horrores imaginarios una vez pronunciadas esas palabras.
Aceptó, pues, el desafío que le brindaba la casualidad. Y adoptó, incluso, una postura más solemne, como convenía al caso. No salió de la cama pero se incorporó en ella haciendo que la almohada, apoyada contra la pared, le siiviera de respaldo. Tuvo la precaución, también, de cubrirse los hombros con una manta. Hubo de reconocer que, a su pesar, estaba tenso, y se maldijo por la debilidad de sus nervios provocada -quiso creer- por la deficiente alimentación de los últimos días. La densidad rojiza del atardecer se había diluido en la noche. Sus nervios eran sacudidos por las crecientes pulsaciones del corazón y fueron vanos sus esfuerzos por evitar el temblor de sus manos. La luz de la mesilla de noche caía directamente sobre los trazos del macilento pergamino, dejando el resto del cuarto en la penumbra. Primero repitió la frase mentalmente, sin que el aire llegara a rozar sus cuerdas vocales. Las inflexiones de aquel lenguaje arcaico resonaban en su cerebro como notas obsesivas de una macabra melodía. Reconoció el enorme poder de sugestión de esas palabras, cuyo oculto significado no era obstáculo para que le hicieran evocar las imágenes de un espantoso mundo olvidado. Algo muy remoto y sin embargo próximo parecía resonar al conjuro de tales vibraciones; las cuales pugnaban por aflorar a su garganta con inusitada fuerza. Tanta que al fin surgieron, no del todo voluntariamente, de su boca:
-«¡Aoo, Ry'eh, Saah, Baal, Cthulu, Alsauur…!»
Siguió un silencio largo como si el mundo, sorprendido por el eco de tales palabras, hubiera cesado en toda su actividad. Se densificaron las sombras y el cielo envió hasta su ventana un mensaje de oscuridad total. Cayó el libro de sus manos como impelido por una extraña fuerza, y algo parecido a una lúcida somnolencia se adueñó de su cerebro, vigilante, sin embargo, a las inesperables consecuencias del acto realizado. El miedo secó su garganta. Pero nada extraordinario parecía estar a punto de suceder. Desde su regazo, a donde había caído el libro con las mismas páginas abiertas, el Ojo azul y el Ojo castaño de Ry'eh, persistían en su insolente determinación de mirarle a través del tosco dibujo. Se sucedieron los minutos sin que nada ocurriera. Fueron tantos que al fin Jean Michel deshizo la solemnidad de su postura y, con desencantado regocijo (ya que ningún fantasma había aparecido) se internó en el tibio abrazo de la cama y apagó la luz con la intención de entregarse al sueño. Justa recompensa a su audacia -se felicitó- tras haber sido capaz de pronunciar en voz alta el inoperante encantamiento.
Acababa de cerrar los ojos cuando oyó acercarse por las escaleras unos pasos inconfundibles. Volvió a temblarle de nuevo el corazón, pero esta vez no era por miedo, sino porque se negaba a creer en la gozosa evidencia de aquellos pasos femeninos. Durante muchas noches había esperado en vano escuchar el alegre trote de Françoise regresando a casa, había imaginado sus ardientes lágrimas, sus expresiones de arrepentimiento tras la resaca de su aventura sentimental con el comerciante de vinos, el momento magnífico del reencuentro, estrechándola largamente en sus brazos. Lo había imaginado con la seguridad de que tales cosas no llegarían a suceder jamás puesto que Françoise -bien claro lo había dicho- se alejaba definitivamente de su lado. ¿Sería entonces posible que ese sueño improbable se estuviera convirtiendo en realidad? Escuchó su voz tras de la puerta:
-¡Abre, Jean Michel!
Era ella. Sin duda alguna. Abrió la puerta. La bombilla del pasillo le permitió ver, a contraluz, la figura de Françoise.
-¡Jean Michel!
-No me digas nada. No ahora.
La estrechó fuertemente en el dintel, como tantas veces había imaginado. Reconocíó el olor de su cuerpo, la inconfundible caricia de sus labios, el punzante calor de sus senos, quemándole la piel a través de la ropa. Todo ello tan maravillosamente inesperado que se le saltaron las lágrimas. Varias veces hizo aquella figura intento de hablar, y otras tantas le tapaba la boca Jean Michel con sus besos. Sin deshacer el abrazo la condujo hasta la cama. La oscuridad no fue obstáculo para que la fuera desnudando despacio,deleitándose a cada nuevo roce de su mano con la tibieza de aquellos senos adorables, de aquel rizoso vientre cuya pérdida le había proporcionado tanta amargura. Al fin logró su desnudez completa. La figura, sólo reconocible al tacto, respiraba afanosamente, como si respondiera con renovado ardor al ardor de sus caricias. Comenzó a poseerla con absoluta lentitud, como si el tiempo hubiera dejado de existir. Y volvió a escuchar sus dulces quejidos, volvió a sentir sus excitantes y apasionados movimientos de gacela.
-¡Françoise! Amor mío, amor mío…
Pero la figura no respondió. No, al menos de la forma que él esperaba. Escuchó, en cambio, un sonido gutural, sordo, aborrecible, como surgido en las entrañas de un animal inmundo. Aquel sonido le paralizó. Fuertemente estrechado contra el suyo, el cuerpo dejó de pronto de emitir calor, aumentó su tamaño y fue poco a poco transformándose en una masa viscosa y fría, en una repulsiva acumulación de planchas escamosas que despedía un olor nauseabundo.
Gritó Jean Michel y era como si el alma se le escapase por la garganta. Incapaz de entender lo que estaba sucediendo, el horror era un cuchillo de hielo cruelmente clavado en su pecho. Pero nada era tan espeluznante como aquel sonido inhumano que, como surgido de pútridos subterráneos, insistía en torturar sus oídos con obsesivas repeticiones. Entendió al fin cuál era la palabra tantas veces pronunciada por aquel engendro de pesadilla:
-¡Ry'eh…! ¡Ry'eh…!
El hedor que le asfixiaba, el escalofriante peso de aquella forma abominable le hicieron perder la razón. Pero logró reunir un asomo de rebeldía para hacerle frente. Volvió a gritar y a gritar hasta que la garganta se le llenó de sangre. Con movimientos convulsos, inconscientes, su mano alcanzó a mover el obturador de la luz. Lo que vio fue más fuerte que su vida. Una masa palpitante, tumefacta, de insufrible blandura, llena de bocas como úlceras, horadada aquí y allá por escamosas oquedades de las que surgían blancos filamentos retráctiles, pústulas agusanadas de rápidos movimientos que infectaban el aire con hedores de tierra corrompida… Y en el centro de aquella gelatina inconcebible, el horror de dos ojos abiertos, espantosamente humanos, uno de los cuales, el de color azulado, se abría y cerraba sin descanso, mientras el pardo fijaba su mirada insufrible en los ojos, todavía con vida, de Jean Michel.
Aún no había muerto. Pudo ver como la Forma apresaba el «Necronomicón», caído en el suelo, alargando uno de sus blanquecinos filamentos, y cómo el Libro desaparecía en el interior amoratado de una de sus bocas ulcerosas. Escuchó entonces unos pasos por las escaleras, unos pasos inconfundibles. Y todavía alcanzó a oír, tras de la puerta, una voz dolorosamente familiar:
-¡Abre, Jean Michel! ¡Soy yo, Françoise! ¡Vuelvo contigo!
Trató de incorporarse de la cama, pese a los últimos estertores del horror. Fue un esfuerzo inútil. Su cuerpo cayó pesadamente mientras su vida y la Forma desaparecían al mismo tiempo, puede que para siempre: bebería la sangre de la Diosa y le serían revelados los Reinos del Gusano, la infinita extensión de sus dominios.

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