Los Profundos

LOS PROFUNDOS

James Wade

(Título original: The Deep Ones)

James Wade nació en Illinois en 1930, y reside en Seúl, Corea, desde 1960, donde alterna el oficio de escritor con el de profesor de música y compositor.
Los profundos es su primer relato publicado perteneciente al ciclo de los Mitos.

Aún no se ha creado nada más divino que los delfines; pues, efectivamente, en otro tiempo fueron hombres, y vivían en ciudades junto a los mortales.

OPPIAN, Halieutica (año 200)

No había visto al doctor Frederick Wilhelm antes de entrar a trabajar en el Instituto de Estudios Zoológicos, situado en una ensenada remota de la costa de California, unos kilómetros al norte de San Simeón y Piedras Blancas, no lejos de la zona del Gran Sur; pero, naturalmente, había oído algo sobre sus estudios. Los suplementos dominicales hablaron de Wilhelm hacía unos años, lo que era natural: ¿qué tema más potencialmente sensacional podía obtener un periodista, que la idea de que el hombre compartía la tierra con otra especie más antigua, y quizá más inteligente, una especie no tenida en cuenta e incluso ignorada por la moderna ciencia, pero con la cual podría llegarse a establecer comunicación algún día?
No se trataba de un tópico gastado como el de los platillos volantes, el espiritismo o los gnomos escondidos bajo las colinas, naturalmente. El tema de Wilhelm era el delfín, ese mamífero de océano, avistado hacía siglos por los marineros supersticiosos y transformado en mitos de sirenas, y en toda clase de razas legendarias de fabulosos moradores del mar. Ahora, al parecer, las supersticiones podían no estar demasiado equivocadas.
Las pruebas preliminares habían demostrado hacía tiempo que nuestros lejanos primos oceánicos albergaban un alto grado de inteligencia pura y potencial para la comunicación, insospechada a causa de su habitat acuático y su falta de manos u otros aparatos prensiles capaces de producir artefactos. Las investigaciones de Wilhelm no eran las primeras, pero sus especulaciones parecían ciertamente las más atrevidas; y había manifestado su preocupación en una serie de conferencias, recabando fondos tanto del gobierno como de fundaciones privadas para construir el instituto hacia el que me dirigía yo en un jeep alquilado por carreteras llenas de surcos y arena, y junto a un Pacífico verde, en una luminosa tarde de abril, hace un año.
Aunque había oído hablar de Frederick Wilhelm y de su instituto, no estaba seguro de cómo y qué sabía él de mí. En cierto sentido, era comprensible que mi campo, la percepción extrasensorial y la telepatía, pudiese relacionarse con su trabajo; pero sus cartas iniciales y sus cablegramas no habían indicado detalle alguno sobre lo que esperaba de mi colaboración. Sus mensajes, efectivamente, me habían parecido eufóricos y evasivos, limitándome a descripciones grandilocuentes sobre sus proyectos fundamentales y ayudas, además de los detalles acerca de los aspectos financieros de nuestra asociación.
Quiero admitir que la cantidad de dinero que el doctor Wilhelm me ofreció fue un poderoso factor para que yo aceptase un trabajo cuya exacta naturaleza seguía poco clara. Como coordinador de investigación de una pequeña fundación oriental dedicada a los estudios de parapsicología, dependiente del grupo de Rhine en Duke, estaba harto de presupuestos raquíticos y sueldos famélicos. La oferta de Wilhelm había llegado como una oportunidad de oro en más de un aspecto, así que no perdí mucho tiempo en hacer mis maletas y emprender viaje a la radiante California.
En realidad, el lugar donde Wilhelm llevaba a cabo los experimentos me produjo más vacilación que ningún otro de los dudosos aspectos de su oferta. Confieso que siempre he sentido antipatía hacia California, a pesar del poco tiempo que recuerdo haber estado allí. Quizá he leído demasiadas obras de mordaces autores satíricos al estilo de Waugh y Nathanael West, pero a mí siempre me ha parecido algo decadente y hasta siniestro este autoalabado paraíso del Pacífico.
Mi impresión no quedó mitigada con mi llegada por vía aérea a la arenosa y galvánica ciudad de Los Angeles, ni con el paseo por el pequeño parque de la parte baja de la ciudad donde se reúnen los homosexuales, drogadictos y fanáticos de todas clases bajo las hinchadas y retorcidas palmeras, como suelen hacer tantísimos enfermos del manicomio del doctor Caligari. Para algunos, las almenadas murallas góticas o las contracorrientes de Nueva Inglaterra representan el súmmum del horror y ruina espirituales; para mí, la iluminada y chillona depravación de Los Angeles colmaba la medida. Como observó una vez el actor Fred Allen, California es un gran lugar si uno es una naranja. Este y otros muchos pensamientos giraban en mi cabeza mientras conducía mi jeep por el abrupto camino que, como había asegurado el jovial agente que me había alquilado el coche en San Simeón, me llevaría infaliblemente al Instituto de Estudios Zoológicos.
—La carretera no conduce a ningún otro sitio —me había informado, muy amablemente—. Después de girar a la izquierda, pasado el primer puesto de jugo de naranja…, ya sabe, ese quiosco que tiene la forma de una naranja muy grande. Siga por ahí, y que no le paren los hippies ni las mareas, hasta que termine la carretera.
Al mirar en torno mío, un poco nervioso, pude ver a mi izquierda una especie de campamento de tiendas de un blanco descolorido, y oscuras figuras veloces junto a la ondeante franja de olas del borde de la playa. ¿Eran los hippies a los que se había referido mi guía, esos seres burlones que se reían de todo en la periferia de nuestra sociedad, denigrando y mofándose de todos los esquemas y valores de tres mil años de civilización? ¿O me había tomado el pelo, y no eran más que un montón de jóvenes de clase media pasando una tarde en la playa y disfrutando del sol, la arena y el sexo, como una tregua en el desgastador agobio de nuestra sociedad dudosamente opulenta?
Andaban estos vulgares y pueriles pensamientos dando vueltas en mi cabeza, cuando súbitamente, la borrosa carretera describió una curva cerrada por encima de un rasante y me lancé repentina y sobrecogedoramente (como en un zoom cinematográfico) hacia lo que no podía ser otra cosa que el Instituto de Estudios Zoológicos.

II

—¿Qué sabe usted realmente de los delfines, o marsopas, como se los suele llamar a veces?—me preguntó el doctor Frederick Wilhelm, con sus ojos invisibles detrás de espesos lentes que reflejaban la luz filtrada de unos globos, bajo las doradas pantallas de su afelpado despacho.
Acabábamos de sentarnos a tomar un cóctel, hábilmente preparado por el propio Wilhelm, tras una rápida visita al Instituto, guiado por su director, inmediatamente después de acoger mi llegada en jeep.
Wilhelm había estado cordial y casi obsequioso, aunque me había parecido un poco raro por su parte que me hiciese recorrer las instalaciones sin darme tiempo siquiera a dejar el equipaje en mi apartamento y refrescarme un poco después del largo viaje. Lo atribuí a la vanidad de un pionero de la ciencia que se había hecho a sí mismo y se encontraba en la última etapa de sus investigaciones.
La impresión que saqué tras la rápida visita fue superficial y un poco precipitada: los largos, bajos edificios revocados de blanco que se extendían por la línea de la costa parecían más atiborrados de equipos sonoros, luminosos, fotográficos y de grabación, así como de otros menos identificables, de lo que se necesitaría para estudiar la lista entera de pasajeros del arca de Noé, así que no digamos ya una subespecie secundaria de mamíferos marinos.
No obstante, no había nada raro en el propio Wilhelm; era un pingüino grande, arrugado y gris en forma de hombre; se movía y hablaba con el conmovedor entusiasmo del escolar que acaba de descubrir que existe una cosa que se llama ciencia. Mientras me llevaba presurosamente de laboratorio en laboratorio con la lengua fuera, me explicó:
—Mañana veremos los estanques de delfines. Josephine, mi ayudante de investigación, Josephine Gilman, está trabajando allí ahora; se reunirá más tarde con nosotros a tomar unas copas y cenar.
Como había sabido a través de la correspondencia con el doctor Wilhelm, su personal directivo (que con mi llegada totalizaba el número de tres, contándole a él también) tenía su residencia en el Instituto, mientras que la docena o así de técnicos y ayudantes de laboratorio empleados aquí tenían que hacer todos los días el viaje de ida y vuelta a San Simeón en un microbús «Volkswagen».
Mientras estaba sentado en la penumbra del despacho suntuosamente decorado, ante un martini corrosivamente tentador, oí alejarse el microbús, y comprendí que me encontraba a solas en el extenso complejo de edificios con su director y la inimaginable Josephine Gilman.
—¿Qué sabe usted realmente acerca de los delfines? —estaba diciendo Wilhelm.
—Lo que sabe un profano —contesté con franqueza, casi sin darme cuenta—. Sé que esta investigación comenzó en la década de 1950, que se dijo que el tamaño del cerebro del delfín y las adaptaciones especializadas hacían probable un alto grado de inteligencia, y que estaba dotado de un equipamiento sensorial que sugería una posibilidad de comunicación con el hombre. Que yo sepa, hasta la fecha no se ha llegado a nada concluyente, a pesar de los innumerables esfuerzos. Compré los libros del doctor Lilly sobre sus investigaciones en las Islas Vírgenes, pero todo esto ha sucedido tan de prisa que no he tenido tiempo de leerlos todos, aunque los he traído conmigo, en la maleta.
—No se moleste en leerlos —interrumpió el doctor Wilhelm, volviendo a llenar mi vaso de una coctelera de cristal con el clásico dibujo grabado de un niño cabalgando sobre un delfín—. Yo puedo mostrarle aquí cosas que Lilly no habría soñado jamás.
—Pero el gran misterio para mí —tuve la temeridad de manifestar— es por qué estoy aquí. ¿Acaso quiere que hipnotice a sus delfines, o que lea sus pensamientos?
—No exactamente —contestó Wilhelm—. Al menos, no en la presente etapa. Lo que realmente me propongo es que usted empiece por hipnotizar a un ser humano, para ver si esa persona puede hacerse más sensible a las pautas de pensamiento del animal.
»Hemos trabajado mucho, siguiendo las directrices de Lilly, grabando y analizando los sonidos que emiten esas bestias, tanto bajo el agua como en el aire: chasquidos, balidos, silbidos, una amplia gama de sonidos.., algunos de ellos por encima del espectro sonoro audible del ser humano. Hemos registrado estos sonidos, los hemos codificado y los hemos introducido en los ordenadores, pero no nos han proporcionado ninguna pauta de lenguaje, aparte de ciertas señales muy evidentes de dolor, angustia, apareamiento… señales que emiten muchas clases de animales, pero que no podemos calificar de lenguaje real. Y aunque los delfines imitan la voz humana, a veces con sorprendente claridad, por lo general parece un parloteo vacío, sin comprensión real.
»Al mismo tiempo, sin embargo, nuestros encefalogramas muestran en los cerebros del delfín pautas de emisión eléctrica similares a las que se registran durante el habla humana, y en partes del cerebro análogas a nuestros centros de lenguaje… todo esto, sin existir vocalización de ningún género, ni subsónica ni suprasónica, ni en el medio aéreo ni en el medio acuático.
»Esto nos lleva a la teoría de que el medio básico de comunicación del delfín puede ser telepático, y a la convicción de que no podemos entrar en contacto con ellos de ningún otro modo.
Yo me sentía algo desconcertado.
—¿Cuenta usted entre su personal con un sujeto experimentado que sea telepáticamente sensible, o va a contratar a una persona así? —pregunté.
—Mucho mejor que eso —exclamó el doctor Wilhelm triunfal, dándose ligeros tirones de los lentes, con énfasis—. Tenemos a una persona sensible y familiarizada con los animales desde hace muchos meses, alguien que sabe cómo piensan, sienten y reaccionan los delfines; alguien que ha vivido con los delfines tan cerca que casi podría ser aceptada entre ellos como un delfín más.
—Se refiere a mí, señor Dorn. —En la puerta que comunicaba con el oscuro vestíbulo apareció suavemente la pequeña figura de una mujer.

III

Mirándola de soslayo por encima de la mesa Iluminada con velas, una hora más tarde, concluí que Josephine Gilman era llamativa, pero no guapa. Bastante joven, con una figura formada, carecía de verdadera distinción debido al tinte barroso y más bien atezado de su piel, y especialmente por la fijeza de sus ojos protuberantes.
Su actitud tampoco despertaba simpatía. Podía perdonarse su melodramática entrada en el despacho del doctor Wilhelm esa tarde, aun cuando parecía implicar que había estado escuchando fuera durante cierto tiempo. Pero en la conversación subsiguiente, había demostrado ser tan monomaníaca como su jefe respecto de sus experimentos, y tener muchísimo menos sentido del humor. Una digna Trilby para el benigno y avuncular Svengali de Wilhelm.
—Pero naturalmente —me dijo, durante el café—, usted conocerá todas las viejas historias griegas y romanas acerca de los delfines, señor Dorn. Cómo congregaban a los peces en rebaños para ayudar a los pescadores, y cómo salvaban a las personas en peligro de ahogarse, y a veces hasta se enamoraban de jóvenes atractivos y se los llevaban al mar montados sobre sus lomos. Hay una larga historia sobre las amistosas relaciones entre nuestras dos especies, aun cuando el último incidente parece basarse en… ¿cómo diríamos, un malentendido?
—No sé a qué se refiere, señorita Gilman —dije—. Por lo que he podido observar ya en California, algunos de nuestros modernos jóvenes intentarían lo que fuese, al menos una vez.
—Surf, arena y sexo —intervino el doctor Wilhelm como un slogan—. Sé a qué se refiere. Tenemos de esos tipos acampados en la playa precisamente ahora, al sur de la curva. Hippies, se llaman a sí mismos, hoy en día. Pero volviendo a los delfines, son una especie de lo más inteligente. No estoy completamente seguro de que su buen índice de «relaciones públicas», por llamarlo de alguna manera, a través de los tiempos, sea realmente auténtico —prosiguió Wilhelm—. A veces incluso creo que se parece a la forma en que las gentes supersticiosas solían referirse a las hadas y gnomos como la «buena gente» para adularles, por temor a lo que pudieran hacer. Así tenemos nosotros el tipo de hada de las canciones de cuna y de Walt Disney sustituyendo a las ocultas razas de gnomos, los amenazadores, raquíticos y desplazados moradores de los montes que fueron su origen real.
Josephine Gilman tomó su taza de café y se encogió como para expresar desacuerdo.
—No, Jo, debe de ser algo así —insistió Wilhelm, levantándose y paseándose por delante de una enorme estantería del oscuro rincón de la habitación—. Deja que te ponga un ejemplo de tradición no occidental. —Buscó un libro en uno de los estantes superiores—. Sir Arthur Grimble fue gobernador colonial en las islas Gilbert no hace muchos años. Visitó un atolón llamado, ¿cómo era?, Butaritari, donde se suponía que había un hombre que podía llamar a los delfines. —Wilhelm encontró el libro que buscaba, y lo abrió torpemente—. Grimble dice… ahora verás, aquí está: «Su espíritu salía de su cuerpo en sueños; e iba en busca del pueblo de las marsopas, a su misma morada bajo el horizonte occidental, y las invitaba a las danzas y festines de la ciudad de Kuma. Si él pronunciaba las palabras de invitación correctamente (y muy pocos poseían el secreto de ellas), las marsopas le seguían dando gritos de alegría hasta la superficie.» Bueno, Grimble lo presenció personalmente. El lugar estaba mortalmente quieto aquella tarde bajo las palmeras, según lo describe él, y los niños se habían congregado bajo los sombrajos, las mujeres estaban absortas trenzando guirnaldas de flores, y los hombres pulían en silencio sus ceremoniales ornamentos de conchas. Los aderezos del festín estaban dispuestos en cestas. De repente… Espera que lo encuentre… «un aullido estrangulado brotó de la choza del soñador. Salió éste precipitadamente y se detuvo arañando al aire —dice Grimble—, y gimiendo en unos tonos extraños, como de cachorro. Brotaron las palabras de ¡Teiraki! ¡Teiraki! Amigos de occidente… ¡Vayamos a darles la bienvenida!»
»Del pueblo brotó un rugido, y todos corrieron hacia la playa del borde oceánico del atolón. Se extendieron y avanzaron chapoteando por la playa poco profunda, ataviados todos ellos con las guirnaldas trenzadas esa tarde. De las profundidades aparecieron las marsopas "saltando hacia nosotros con rapidez". Todo el mundo chillaba con fuerza. Cuando las marsopas llegaron al borde del arrecife, aflojaron la marcha, se desplegaron, y empezaron a nadar horizontalmente por delante de la fila humana. Luego, de pronto, desaparecieron.
El doctor Wilhelm trajo el libro a la mesa, se sentó, y se terminó el café que le quedaba.
—Grimble creyó que se habían ido. Pero un momento después, el soñador señaló hacia abajo, murmurando: «El rey de occidente viene a saludarme». Y allí, a no más de diez metros, había una enorme silueta de marsopa, «quieta como una sombra vacilante en el agua verdosa y cristalina. Detrás le seguía toda una oscura flota de animales».
»Las marsopas parecían en suspenso, como en trance. Su guía avanzó lentamente hasta las piernas del invocador. "Al acercarnos a las aguas color esmeralda, las quillas de las criaturas empezaron a rozar la arena: daban suaves golpes con las aletas como pidiendo ayuda. Los hombres se inclinaron para rodear sus cuerpos con los brazos y ayudarles a nadar sobre las olas. Ellas no manifestaron el menor signo de alarma. Era como si su único deseo fuese llegar a la playa.
»"Cuando el agua les llegó a los hombres a los muslos, se congregaron alrededor de las marsopas diez o más por cada una. Entonces el soñador gritó: '¡Izad!', y las formas negras y pesadas fueron medio varadas, medio transportadas en el aire, hasta el borde del agua, sin ofrecer resistencia. Allí se acomodaron, las hermosas y honradas formas, completamente sosegadas, mientras una infernal algarabía estallaba en torno a ellas."
Los lentes de Wilhelm reflejaron las llamas de las dos velas de la mesa; era imposible ver sus ojos. ¿Era este extravagante relato, pensaba yo, el verdadero fundamento de su creencia en la posibilidad de la comunicación telepática con los delfines?
—Hombres, mujeres y niños —continuó— saltaban y gesticulaban y proferían gritos que desgarraban el cielo, y se arrancaban las guirnaldas y las arrojaban alrededor de los cuerpos inmóviles, en una súbita y espantosa furia de ostentación y de burla. «Mi mente —dice Grimble—, aún se estremece ante esta última escena: los humanos delirando, y las bestias triunfalmente sosegadas.» Bueno, ¿qué piensa usted de eso? —cerró el libro.
—Parece —contesté— que los isleños hicieron a los delfines objeto de cierta clase de ritual religioso, y que los delfines gozaron del espectáculo. Parece como si nuestros vecinos los hippies fueran a hacer algo parecido.
—Se equivoca en ese sentido —dijo Josephine Gilman solemnemente—. Esa gente de la playa odia a los delfines. O les tiene miedo.

IV

El día siguiente amaneció húmedo y nublado. Mientras desayunaba en la terraza acristalada contigua a mi habitación, que dominaba las agitadas olas de color gris verdoso del Pacífico, al otro lado de la estrecha franja arenosa, vi al doctor Wilhelm vagando por la playa en lo que parecía un paseo matinal. De pronto, me di cuenta de que no estaba solo; avanzando afanosa para reunirse con él, iba una figura fantástica: era un hombre con botas y barba, vestido con una piel, el semblante bulboso y una enmarañada masa de pelo coronada por una enorme boina roja; me pareció una tosca caricatura del conocido retrato de Wagner. ¡Era uno de los hippies!
Un impulso, quizá la simple curiosidad, me movió a tragarme precipitadamente los huevos y las tostadas que el puntual camarero me había traído en una bandeja, salir a la playa por la puerta de atrás, y unirme a la extraña conversación sostenida bajo las estriadas nubes de plata, en el momento en que Wilhelm recibía a su extraño visitante.
La actitud de mi patrón parecía brusca y poco amistosa, mientras escuchaba lo que el barbudo le estaba diciendo. Aminoré el paso y me acerqué a ellos, como por casualidad; hasta que no estuve muy cerca, todo lo que oí fue el siseo sibilante de las olas sobre la arena, casi junto a nuestros pies.
—Buenos días, señor Dorn —exclamó Wilhelm, evidentemente contrariado de verme—. Quizá deba usted conocer al señor Alonso Waite, ya que es nuestro vecino. El señor Waite es el sumo sacerdote, o como quiera él llamarse a sí mismo, de ese montón de hippies de la carretera.
—Yo no me llamo de ninguna manera —replicó el otro vivamente—. Mis discípulos me han concedido el título de gurú o guía espiritual, porque he pasado más tiempo en ejercicios místicos que ellos. Pero ni busco ni acepto ninguna preeminencia entre ellos. Somos todos compañeros peregrinos en la sagrada búsqueda de la verdad. —Su voz era profunda, cavernosa, extrañamente solemne; y sus palabras, aunque excéntricas, parecían más cortésmente cultivadas de lo que yo había esperado.
—Todo está muy bien, quizá —exclamó Wilhelm impertinentemente—, pero esa búsqueda de la verdad parece decidida a interferir en la mía.
—He venido simplemente a advertirle, como le he advertido antes, que su trabajo con los delfines es potencialmente muy peligroso, para usted y para los demás. Debería abandonar esos estudios y dejar en libertad a esas bestias, antes de que esto acarree graves consecuencias.
—¿Y en qué evidencia basa usted esta extraordinaria profecía? —inquirió agriamente Wilhelm—. Dígaselo al señor Dorn; yo ya he oído todo eso antes.
La cavernosa voz de Waite se hizo aún más baja:
—Como usted debe de saber, la Liga para el Descubrimiento Espiritual ha estado trabajando con sustancias dilatadoras de la mente, no drogas en el sentido estricto, que producen intuiciones y percepciones que escapan al cerebro ordinario. No somos de ese grupo, pero también proclamamos que esos estados son auténticos trances extáticos, comparables o superiores a los que siempre han desempeñado una función vital en todas las religiones orientales, y que la ciencia moderna haría bien en reconocer e investigar.
—Eso atañe más al campo del señor Dorn que al mío —dijo Wilhelm, inquieto—. Es parapsicólogo. Yo no sé nada sobre cuestiones de ésas, aunque nada de todo esto me resulta verosímil.
—¿Pero qué tiene todo esto que ver con los delfines? —pregunté al barbudo gurú.
—Nuestros sueños y visiones se han visto turbados últimamente por la presencia de grandes formas blancas y amenazadoras que cruzan e interrumpen los sagrados trazados policromos de los mandalas que nos conducen a una comprensión espiritual más grande —explicó Waite—. Esas formas son las vibraciones que emanan de las criaturas que usted tiene encerradas aquí, a las que usted llama delfines, pero que nosotros conocemos por un nombre más antiguo. Estas criaturas son malignas; poderosas y malignas. Como sus experimentos han aumentado, las perturbadoras manifestaciones se han intensificado. Estas vibraciones son terriblemente destructivas, no sólo mentalmente, sino físicamente también. Por su propio bien, le aconsejo que desista, antes de que sea demasiado tarde.
—Si lo que nosotros hacemos altera sus visiones de opio —exclamó Wilhelm con mal disimulado desprecio—, ¿por qué no se van a otra parte y se ponen fuera de alcance?
El hombre alto y barbudo parpadeó y miró a lo lejos.
—Debemos permanecer aquí y concentrar nuestros poderes psíquicos con el fin de combatir las vibraciones malignas —contestó serenamente—. Hay ciertos ejercicios y ceremonias espirituales que pueden ayudar a contener o a desviar el peligro temporalmente. De hecho, lo único seguro por su parte es soltar a esas viejas y perversamente inteligentes criaturas, y renunciar a su experimento.
Waite miró solemnemente hacia el mar, y su figura adquirió un aire grotesco, presagioso y grave, con su enorme boina y su atuendo de pieles tremolando al viento.

V

—Ha sido una escena de película de ciencia ficción —murmuró Wilhelm airado mientras me conducía hacia el enorme laboratorio en forma de granero y de elevado techo, hacia una puerta trasera concretamente. No parecía dar por olvidado el incidente de la playa, y le molestaba más de lo que yo podía comprender.
Por mi parte, consideré al tal Waite un producto típico de California, aunque más inteligente que la mayoría, y dudé que llegásemos a tener verdaderos problemas con él.
—Ya ha visto nuestro equipo de registro sonoro aéreo y acuático —dijo Wilhelm, cambiando finalmente de tema—. Ahora va a ver dónde se utiliza, y dónde deberá usted concentrar su trabajo.
La parte posterior del laboratorio daba a la playa; cerca del borde del agua había un edificio más pequeño y sin ventanas; era largo, bajo, y estaba revocado de cemento blanco como los demás; Wilhelm me condujo a él y abrió su puerta metálica con una llave que se sacó del bolsillo.
El interior estaba ocupado casi completamente por un depósito hundido que parecía una pequeña piscina cubierta. El estrecho borde que rodeaba el tanque en tres de sus lados contenía paneles de control eléctrico, cuadros de mandos y demás instrumentos conectados con el gran aparato de grabación y los bancos de datos del laboratorio grande. La parte del edificio que daba al océano consistía casi en su totalidad en una especie de compuerta que podía abrirse dando acceso a un túnel que comunicaba con el mismo océano, como supe después, de forma que el agua podía limpiarse y renovarse cuando hiciese falta. Una lámpara de cruda luz fluorescente cabrilleaba sobre la centelleante superficie de la piscina, despidiendo onduladas espirales de luz que se reflejaban en todos los rincones de la sala; se oía un siseo apagado procedente de los radiadores de vapor, junto con los termostatos que mantenían constante y controlable la temperatura del aire y del agua.
Pero nada de esto atrajo mi inmediata atención; pues por fin me encontraba aquí ante el sujeto del experimento mismo: una forma flexible, voluminosa aunque graciosa —moteada de gris por encima, de un blanco sucio por debajo, con un hocico largo de dientes serrados y ojos hundidos e inteligentes—, quieta en el agua poco profunda y moviendo lentamente las aletas.
Pero no estaba solo; pues el delfín compartía su estanque con Josephine Gilman, vestida con un traje de baño de un vivo color rojo que realzaba su figura de modo impresionante. En efecto, me encontré mirando con más atención a Josephine que a su acuático compañero.
—Hola —el saludo de Josephine fue dulce, pero sugería una velada ironía, como si fuera consciente de mi mirada secreta.
—Jo vive más o menos en este estanque hace unos dos meses y medio —explicó el doctor Wilhelm—. La idea es que establezca una completa relación con Flip, el delfín, y anime cualquier intento de comunicación por su parte.
—Flip —intervino Josephine— es la abreviatura de Flipper, naturalmente; el delfín de aquella vieja serie de TV, en virtud de la cual la gente empezó a tomar conciencia de la inteligencia del animal.
Jo rió, izándose diestramente al enlosado ángulo del estanque.
—El show era exactamente una Lassie marina, por supuesto —alargó la mano y se envolvió cómodamente en un pesado albornoz—. ¿Alguien toma café? Hace un poco de frío hoy para estas prácticas matinales.
Mientras Jo servía café en una mesita de sílex, Wilhelm me fue facilitando datos de Flip.
—Es un excelente ejemplar de Tursiops truncata, aunque un poco más pequeño de lo normal: mide unos dos metros actualmente. El cerebro pesa más o menos 1.700 gramos; 350 gramos más que el cerebro humano, con comparable densidad de células.
»Hace un año que tenemos a este camarada, y aunque emite todos los sonidos por los que se distinguen (ladridos, gruñidos, chasquidos y silbidos y ruidos como de raspar) e imita incluso la voz humana, no podemos sacar de él una pauta lingüística. Sin embargo, ellos deben de hablar entre sí. Mi primer interés por la delfinología se despertó por un informe sobre las cartas de sonar que los barcos de la Marina dieron cerca de Ponape, en el Pacífico sur. Las cartas mostraban una ordenada disciplina de sus movimientos submarinos en kilómetros de distancia; y algo más: una pauta o formación de movimientos matemáticamente exactos que sugiere o bien un juego complicado o una especie de ritual.
—Puede —interrumpí alegremente— que practicasen la ceremonia que tanto impresionó al gobernador Grimble.
—De cualquier modo —dijo Jo, dejando su taza y apretándose el cinturón sobre el albornoz—, en diez semanas no he conseguido nada en absoluto con Flip, y ahora se supone que usted nos llevará a la adecuada longitud de onda. También tiene que proporcionarnos algunas sugerencias sobre pruebas de comunicación. Francamente, no tengo mucha fe en ello; pero si Fred quiere intentarlo, yo cooperaré con el menor número posible de reservas mentales.
Recordando un pasaje del libro pionero del doctor Lilly sobre delfines, pregunté a Wilhelm:
—¿Ha implantado electrodos en el cerebro de la bestia para los experimentos de estímulo-placer?
—Hemos ido más allá de todo eso —contestó Wilhelm impaciente—. Se sabe desde hace años que aprenden las más complejas pautas de reacción casi inmediatamente después del estímulo, mucho más allá de lo que puede alcanzar cualquier animal inferior. Además de, hablando crudamente, una especie de masturbación eléctrica, o de LSD, como propugnan nuestros amigos de ahí de la playa. Eso no indica el debido respeto por nuestra fundamental igualdad con el delfín… o a su superioridad sobre nosotros, como podría ser el caso.
Mientras seguía esta conversación, mi atención fue desplazándose gradualmente hacia el animal, que flotaba en el estanque junto a nosotros. Evidentemente, seguía nuestra charla, aunque supuse que sin la menor comprensión verbal. El único ojo visible se movía de uno a otro de nosotros con vivo interés, incluso me pareció sorprender expresiones humanas en él: interés de propietario cuando se volvía hacia Josephine Gilman, de divertida tolerancia con respecto al doctor Wilhelm, y hacia mí, ¿qué? ¿Resentimiento, animosidad, celos? ¿Qué figuraciones me estaba forjando yo bajo las deslumbrantes luces de un laboratorio científico?
—Tendrá que familiarizarse más con Flip —decía Wilhelm— si quiere ayudarnos a interpretar el delfinés; usted y él deben hacerse buenos amigos.
Hubo una conmoción en el agua; Flip se volvió súbitamente hacia la izquierda y nadó medio sumergido, emitiendo el primer sonido de delfín que yo oía en mi vida: un penetrante silbido de burla.

VI

Esa noche después de cenar, Josephine Gilman y yo paseamos por la playa bajo una luna que resplandecía de modo intermitente a través de las nubes. El doctor Wilhelm estaba en su despacho redactando notas, y el ama cocinera, última en marcharse cada noche, se alejaba en dirección a San Simeón en el ruidoso «Land Rover» del Instituto.
Yo no sabía cómo interpretar mis propios sentimientos hacia Jo. Al verla aquella mañana en el estanque con el delfín, me había atraído intensamente y me había dado la impresión de que se hallaba en su propio elemento. Pero durante la cena, con un frívolo vestido de cóctel que no le acababa de sentar, me repelió una vez más, con su piel cetrina, sus ojos saltones y su falta de humor.
—Mañana deben empezar las sesiones de hipnotismo —le recordé, mientras paseábamos lentamente hacia el borde de las olas—. ¿Está completamente decidida a someterse a ellas?
—Haré lo que Fred crea que es mejor, y supondré lo que él suponga, al menos temporalmente. Estoy perfectamente preparada para eso, dentro de lo que cabe. ¿Sabía usted que una vez quiso que me casara con él? Pero ahí es donde puse la raya.
—No —me sentí ofuscado ante la repentina confesión de sus asuntos personales.
—Creo que fue por conveniencia, principalmente. Su primera esposa había muerto, trabajábamos juntos, compartíamos los mismos intereses… incluso teníamos que quedarnos por la noche los dos juntos, vigilar el trabajo las veinticuatro horas del día, cuando era preciso… Bien, habría hecho las cosas más fáciles; pero le dije que no.
—¿Cómo empezó a interesarse usted por… la delfinología, es ésa la palabra? —traté de cambiar de tema. Habíamos llegado al punto a partir del cual las olas se retiraban, dejando franjas de espuma siseante, irridiscente, casi visibles en la oscuridad.
—En realidad siempre me he sentido fascinada por el mar y los seres que viven bajo el agua. Solía pasar la mitad del tiempo en el acuario, allá en Boston… en el acuario, o en el puerto.
—¿Es de Boston su familia?
—No originalmente. Mi padre pertenecía a la Marina, y estuvimos viviendo allí durante mucho tiempo, desde que murió mi madre. Su familia procedía de un pueblo ruinoso, con un puerto de mar y un molino, llamado Innsmouth, más arriba de Marblehead. Los Gilman son una antigua familia de allí. Tenían negocios balleneros y comercio con las Indias Orientales desde hace lo menos doscientos años, y supongo que de ahí me viene el interés por la oceanografía.
—¿Va con frecuencia por allí?
—No he ido nunca, por extraño que parezca. Casi todo el pueblo quedó arrasado por un incendio allá en la década de 1920, antes de que naciese yo. Mi padre decía que era un lugar muerto y deprimente, y me hizo prometer hace años que me mantendría alejada de allí… no sé exactamente por qué. Eso fue poco después de una visita que él hizo al lugar, y en su siguiente viaje se cayó por la borda del destructor que mandaba. Nadie sabe cómo ocurrió; el tiempo estaba en calma.
—¿No ha sentido nunca curiosidad por averiguar por qué quiso mantenerla alejada de… cómo ha dicho, Innsville? —tartamudeé.
—Sí, sobre todo después de su muerte. Consulté los periódicos de la época en que tuvo lugar el incendio (las bibliotecas de Boston no tenían casi nada más sobre Innsmouth), y encontré una historia que podía tener alguna conexión. Hacía absurdas alusiones a que las gentes de Innsmouth habían traído con ellos, hacía años, una especie de salvajes idólatras híbridos de los Mares del Sur, y que comenzaron un culto al demonio que les proporcionó tesoros sumergidos y poderes sobrenaturales sobre el tiempo. La historia insinuaba que los hombres mezclaron su sangre con las sacerdotisas polinesias o lo que fueran, y que ésa fue una de las razones por la que las gentes de las cercanías les evitaban y odiaban.
Pensé en la atezada piel de Josephine y en sus extraños ojos.
Habíamos recorrido un kilómetro o más, desde el Instituto, y de pronto nos dimos cuenta de que la oscuridad que teníamos delante remataba en un débil resplandor vacilante, como de una hoguera, en la parte sur de la playa. Al mismo tiempo, se hizo audible una especie de rumor o cántico viscoso que venía de la misma dirección. De repente, un alarido histérico muy alto, resonando en espantoso éxtasis, desgarró el aire de la noche y se prolongó increíblemente —ya henchido de terror, ya burlonamente irónico, ya insensatamente animal—, elevándose y disminuyendo en un frenesí que sugería sólo el delirio o la demencia, hasta llegar al más alto grado concebible en el ser humano… o infrahumano.
Sin pensarlo ni quererlo, Josephine y yo nos abrazamos y nos besamos con un abandono que pareció responder al salvaje maullido de la playa.
Los hippies, al parecer, celebraban su prometido ritual para exorcizar la maligna influencia de las siniestras criaturas del mar.

VII

Los pocos días siguientes pueden sintetizarse perfectamente en las anotaciones del diario clínico que empecé a llevar a partir del inicio de nuestro intento de establecer contacto telepático con el delfín Flip, mediante hipnosis de un sujeto humano:

20 de abril:
Esta mañana he sometido a Josephine a una ligera hipnosis, encontrando que es un sujeto casi idealmente sugestionable. He impuesto órdenes poshipnóticas con el fin de que estuviese alerta y se concentrase en la mente del delfín para captar cualquier mensaje que emanara de él. Al despertarla, regresó al tanque con Flip y pasó el resto del día allí, realizando diversos juegos que han inventado juntos. Es digno de observar lo adicto que le es el animal, siguiéndola por la piscina y protestando con sonoros ladridos y balidos cada vez que ella sale del agua. Flip acepta el alimento, pescado crudo, sólo de sus manos.
Le he preguntado al doctor Wilhelm si hay algún peligro en esas mandíbulas de aspecto perverso y pobladas de dientes que atrapan el pescado como un par de cizallas enormes y mortales. Dice que no; ni en la historia ni en la leyenda se recoge noticia alguna de que un delfín haya atacado jamás, ni aun accidentalmente, a un hombre. Luego me ha citado un pasaje de Plutarco —su erudición es profunda, aunque parcial— que posteriormente he consultado en la biblioteca. Es éste:
«Sólo al delfín, por encima de todos los demás, ha concedido la Naturaleza aquello a lo que aspiran los mejores filósofos: la amistad sin beneficios…»

22 de abril:
Seguimos sin resultados. Wilhelm quiere que intente una hipnosis más profunda y una sugestión más fuerte. De hecho, ha propuesto que dejemos a Josephine en trance durante períodos de un día o más, con la imprescindible capacidad de volición para mantener la cabeza por encima del agua del tanque. Cuando le he objetado que era peligroso, ya que en tal estado podría ahogarse fácilmente sin que lo advirtiésemos, Wilhelm me ha dirigido una mirada extraña y me ha dicho: «Flip no lo consentiría…»

25 de abril:
Hoy, dada la carencia de progreso alguno, he accedido a intentar el plan de la segunda etapa de Wilhelm, puesto que Jo consiente. La he dormido junto al ángulo de la piscina mientras Flip vigilaba curioso (no creo que yo le caiga en gracia a este delfín, aunque no he tenido dificultades en trabar amistad con los del tanque más grande, de la parte norte de la playa). Tras inculcar en su subconsciente las más vigorosas admoniciones para que tuviese cuidado con el agua, he dejado que entrara en la piscina durante unas horas. Su comportamiento, naturalmente, es el de un sonámbulo o una persona en estado letárgico. Se sienta en el borde de la piscina o camina dentro del agua vadeándola abstraídamente. Flip parece desconcertado y resentido de que no juegue a los juegos habituales con él.
Cuando he acudido a ayudar a Jo a salir de la piscina, al cabo de una hora o así, el delfín ha pasado a terrible velocidad, y estoy seguro de que ha estado a punto de darme una dentellada en el brazo, haciendo de mí el primer hombre mordido por un delfín de toda la historia; pero al parecer cambió de idea en el último momento y se desvió, graznando y rechinando furiosamente, con su ojo visible brillando de cólera…

27 de abril:
El doctor Wilhelm quiere que aumente el período de Jo en la piscina bajo hipnosis. Porque cuando ella despertó ayer, dijo que recordaba vagas y extrañas impresiones que podían ser imágenes telepáticas o mensajes. Estoy casi seguro de que se trata de seudorrecuerdos, creados por su subconsciente para complacer al doctor Wilhelm, y me he manifestado enérgicamente en contra de esta fase del experimento.
Esas orgías hippies del sur de la playa prosiguen casi cada noche, a todas horas. Los tres estamos perdiendo el sueño y llegando al límite de nuestra paciencia; especialmente Jo, que se cansa fácilmente tras estos períodos más largos bajo hipnosis.

28 de abril:
Jo ha tenido una impresión especialmente vívida de una especie de escenas o imágenes que le han sido transmitidas durante su estado de hipnosis, después de haberla sacado ya del trance esta tarde. A sugerencia de Wilhelm, la he sometido otra vez para ayudarla a recordar, y hemos grabado algunos intercambios de preguntas y respuestas poco convincentes. Ha hablado de una ciudad de piedra en ruinas bajo el mar, con arcos cubiertos de algas y cúpulas y espiras, y de criaturas marinas que pululan por sus calles sumergidas. Una y otra vez ha repetido una palabra que sonaba algo así como «Arlyah». Es pura imaginación, estoy seguro, motivada por recuerdos de poemas de Poe o de libros de horror barato… puede que incluso por la historia que Wilhelm nos leyó sobre las marsopas de isla Gilbert y su «Rey de Occidente». Sin embargo, Wilhelm estaba excitado, y lo mismo Josephine, al despertar y oír la grabación. Los dos quieren que la someta a un profundo trance y la deje en la piscina el día entero. Considero esto una idea disparatada, y así se lo he dicho a ambos.

29 de abril:
Esta mañana Wilhelm me ha insistido otra vez. Le he dicho que no me responsabilizaba de lo que pudiese suceder, y ha contestado: «No, por supuesto que no; el responsable de cuanto ocurra en este Instituto soy yo.» Entonces me ha enseñado una especie de aparejo o cabria con un pantalón de lona que él podía armar en la piscina, firmemente asegurado a los bordes, donde Jo podía ir sujeta y con libertad para anclar por el agua sin peligro de ahogarse bajo hipnosis.

30 de abril:
Todo se ha desarrollado sin dificultad, y al menos Jo y Wilhelm están convencidos de que lo que ellos llaman sus «mensajes» se están volviendo más vívidos y concretos. Para mí, lo que ella recuerda bajo ligera hipnosis no son más que desvaríos o fantasías mezclados quizá con esos extraños rumores referentes al pueblo natal de su padre, llamado Innsmouth, del que me habló hace días. No obstante, los dos quieren repetir el experimento durante otro día más; yo he accedido, ya que parece que no encierra ningún peligro.

VIII

«¡No encierra ningún peligro!» Si cuando escribí estas palabras hubiera tenido siquiera una sospecha de lo que ahora sé, habría suspendido el experimento inmediatamente; o me habría marchado de este puesto avanzado del océano, en el borde de lo desconocido, amenazado por la superstición fanática desde el exterior, y por la hubris de un científico obstinado, desde el interior. Pero aunque había indicios, reconocibles más tarde, en aquel momento no vi nada, no sentí nada, sino una vaga e indefinida desazón, así que no hice nada; y de este modo, debo compartir la culpa de lo que sucedió.
Avanzada la noche del 30 de abril, poco después de haber escrito la nota del diario transcrita más arriba, el doctor Wilhelm y yo salimos de nuestras habitaciones al oír un alarido en el que, aunque débil y apagada por la distancia, reconocimos inmediatamente la voz de Jo, y no el infrahumano aullar de nuestros drogados vecinos.
Si alguien me pregunta ahora por qué dejamos a Jo Gilman sola en el tanque del delfín esa noche, admitiré que parece una negligencia criminal o una inexcusable estupidez. Pero Wilhelm y yo la habíamos estado vigilando la noche antes mientras colgaba medio sumergida en su aparejo de lona y soñaba sus sueños extraños bajo la luz de los tubos fluorescentes. El aparejo la mantenía con la cabeza y el tórax bastante fuera del agua; y Flip, tendido sosegadamente en el tanque, parecía dormitar también (aunque los delfines no duermen, ya que deben mantenerse en superficie para respirar, como las ballenas). Así que esta segunda noche, accediendo a los ruegos que ella misma nos había hecho previamente, Wilhelm y yo nos habíamos ido a cenar y luego nos retiramos a descansar a nuestras habitaciones.
El grito que sacudió el vago torpor que nos invadía por la falta de descanso, se oyó alrededor de las diez de la noche. La habitación del doctor Wilhelm estaba más próxima al laboratorio grande que la mía; por tanto, pese a sus años y a su corpulencia, llegó antes que yo a la pesada puerta de hierro del acuario de junto a la playa. Al acercarme al edificio, pude verle manotear tembloroso en la cerradura. Me quedé desconcertado cuando me espetó jadeante por encima del hombro:
—¡Espere aquí!
No me dejó opción, porque se deslizó al interior y cerró la puerta de golpe tras él. La cerradura actuó automáticamente, y como sólo Wilhelm y el jefe técnico del laboratorio —ahora en San Simeón, a tres kilómetros— tenían llave, me vi obligado a obedecer.
Puedo recordar y revivir con todo detalle la agonía y temor de aquella vigilia, mientras el siseante oleaje se acumulaba a sólo unos metros bajo un viento refrescante, y una luna casi llena brillaba con irónica tranquilidad por encima del edificio espectralmente blanco, mudo, sin ventanas.
Había echado antes una mirada a mi reloj, mientras corría por la playa, así que comprobé que habían transcurrido casi exactamente diez minutos desde que Wilhelm cerró la puerta hasta que ésta volvió a abrirse: lenta, chirriante, recortando la abertura, como siempre, un rectángulo de cruda, deslumbrante luz.
—Ayúdeme a llevarla —murmuró Wilhelm desde dentro, y volvió a desaparecer.
Entré. Había sacado la débil forma de Jo Gilman del agua y la había envuelto con varias de las amplias toallas de playa que siempre había a mano cerca del tanque. Al mirar más allá de la figura, me asusté al ver el aparejo de Jo flotando desmembrado en la parpadeante superficie del agua; incluso parte de su traje de baño rojo, que parecía enredado en la lona hecha jirones. Vi también la oscura silueta del delfín Flip, completamente sumergido y extrañamente inmóvil en un ángulo del tanque.
—Vamos a llevarla a su habitación —murmuró Wilhelm cuando levantamos a Jo. Echamos a andar, tambaleantes, avanzando de lado en la arena mullida, llegamos al edificio vivienda, abrimos a tientas la puerta, entramos a trompicones en el apartamento de Jo (yo nunca había estado en él, pero Wilhelm parecía conocer el camino), y finalmente dejamos caer sin contemplaciones el cuerpo envuelto en la estrecha cama plegable.
—Llamaré a un médico —murmuré, dirigiéndome a la puerta.
—¡No, no! —exclamó Wilhelm, ajustando la débil luz de la cabecera de la cama—. En realidad no está herida; como zoólogo, sé lo bastante para darme cuenta de eso. Traiga la grabadora del laboratorio. Creo que aún está hipnotizada, y puede que nos cuente lo que ha sucedido.
—Pero yo he visto… —empecé casi sin aliento.
—Usted ha visto solamente lo que ha visto —gruñó irritado, mirándome con ojos encendidos a través de sus lentes, que reflejaban la luz de la lámpara—. Estaba en el borde de la piscina cuando entré, parcialmente consciente, con el aparejo quitado, y… ¡traiga la grabadora, por favor!
Aún no entiendo por qué obedecí sin replicar, pero corrí otra vez atropelladamente por la playa, con las llaves de Wilhelm en la mano, y recogí la grabadora portátil de la ordenada vitrina del laboratorio grande.
Cuando entré de nuevo con el aparato en la habitación de Josephine, me encontré con que el doctor Wilhelm se las había arreglado para meterla en un vestido incongruentemente frívolo y la había tapado con el embozo de la cama. Le estaba dando un masaje en las muñecas con movimientos mecánicos, y vigilaba su cara ansiosamente. Los ojos de Jo aún seguían cerrados, su respiración era áspera e irregular.
—¿Está bajo hipnosis o sufre un shock? —preguntó en tono cortante.
—Cualquiera de las dos cosas, o quizá las dos —respondí—. En esta situación, los síntomas pueden ser similares.
—Entonces, ponga en marcha el aparato.
No tardamos en comprobar que el estado de profundo mesmerismo en el que había sumido esa mañana a Jo Gilman aún perduraba. Pude sacarle alguna respuesta utilizando las palabras clave que empleaba yo para disparar el estado de trance, a las que recurría estos días con tanta familiaridad que casi resultaba asombroso.
—Jo, ¿puede oírme? Díganos qué le ha ocurrido —la insté dulcemente. El color empezaba a volverle a la cara; suspiró hondamente y se removió bajo las ropas de la cama. De lo que pasó a continuación, tengo como prueba no sólo mis propios recuerdos, sino también la transcripción mecanografiada de lo registrado en la grabadora, cuyo micrófono sostenía el doctor Wilhelm junto a su almohada con tensa expectación. He aquí un resumen —omito algunas de las repeticiones de Jo, y nuestras preguntas— de lo que oímos que murmuraban los amoratados labios de aquella mujer aletargada, junto al brillante Pacífico bañado por la luna, cerca de las doce de la noche de la Víspera de Mayo:
—Salir…, salir y unificar las fuerzas. Los que esperan en la acuática Arlyah (?), los que caminan por las nevadas inmensidades de Leng, silbadores y acechadores de la sombría Kadath…, todos se alzarán, todos se unirán otra vez para adorar al Gran Clulu (?), a Shub-Niggurath, a El Que no debe ser Nombrado…
»Me ayudarás, compañera del aire, poseedora de calor, depositaria de la semilla de la última siembra y de la inacabable cosecha… (aquí, un nombre impronunciable; posiblemente Y'ha-nthlei) celebrará nuestras nupcias, los laberintos de algas serán nuestro lecho, los silenciosos moradores de la oscuridad nos acogerán con gran júbilo danzando sobre sus patas de mil segmentos…, sus antiguos ojos relucientes están alegres… Y viviremos en medio de la maravilla y la gloria para siempre…
Jo boqueó y pareció luchar por despertarse. Mis sospechas habían cristalizado en una certeza:
—Es histeria —susurré.
—No; no es histeria —siseó el doctor Wilhelm, tratando en su euforia de hablar en tono suave—. No es histeria. Lo ha logrado. ¿No ve usted qué es esto? ¿No ve que repite ideas e imágenes que le han sido enviadas a ella? ¿No lo comprende? Lo que acabamos de escuchar es un intento de verbalizar lo que ha experimentado hoy: lo más asombroso que un ser humano ha podido experimentar: ¡la comunicación con otra especie inteligente!

IX

Del resto de esa noche recuerdo poca cosa. Los aparentes shocks de los ataques histéricos de Jo Gilman —pues así interpreté yo no sólo sus palabras inconscientes sino también el grito inicial y la lucha de su aparato inhibidor—, más la insensata interpretación de los incidentes que hizo mi patrón, sirvieron para desalentarme hasta el punto de que cuando Jo se sumió gradualmente en un sueño normal me excusé ante el doctor Wilhelm, me retiré a mi propia habitación antes de las doce y dormí ininterrumpidamente —ya que no de manera sosegada— durante diez horas.
Una sorpresa diferente me aguardaba cuando me reuní con ellos dos en el comedor, al día siguiente, al notar una reticencia que rayaba en conspiración de silencio, respecto a los sucesos de la noche anterior. Jo, aunque pálida y agitada, comentó ante los demás miembros que había sido «su viaje LSD», y el doctor Wilhelm habló de una fase abortiva de la «Operación Delfín» que había sido abandonada.
En cualquier caso, Jo abandonó completamente su anterior intimidad con Flip; en efecto, nunca más volví a verla en el edificio del acuario; al menos, hasta cierta ocasión cuyas circunstancias casi dudo en referir, aun en esta coyuntura.
De pronto, todos los esfuerzos de investigación parecieron desplazarse súbitamente hacia los poblados criaderos de delfines jóvenes, al norte de la playa, y a mí se me encargó que interpretase las cartas de sonar y las pautas del movimiento subacuático grabadas en diagramas que podían —o no— indicar una comunicación telepática múltiple entre los individuos y grupos de animales libres y en cautividad.
Aunque esto era un cambio plausiblemente razonable en el ritmo agotador de los experimentos, había algo que no acababa de convencerme; parecía una mera tapadera (tanto por parte de Josephine como por la de Wilhelm), que ocultaba un temor, una incertidumbre, o alguna inimaginable preocupación que yo no lograba determinar. Quizá estas otras anotaciones de mi diario aclaren la inquietud que me invadió durante este período:

7 de mayo:
Jo sigue distante y evasiva conmigo. Hoy, mientras trabajábamos juntos codificando las pautas de movimientos del delfín para pasarlas al computador, de repente se ha quedado callada, ha dejado de trabajar y ha empezado a mirar hacia delante fijamente. Al pasarle yo la mano por delante de la cara, he comprobado que tenía la mirada perdida, y que había caído efectivamente otra vez en trance; no he podido sacarla de su estado con las mismas palabras claves que utilizábamos cuando la hipnotizaba regularmente.
Me he sentido horrorizado, pues estos trances involuntarios pueden ser muy bien síntoma de un trastorno psíquico profundo, del que sólo puedo culparme yo, por haber cedido a la irreflexiva terquedad del doctor Wilhelm. Al despertarse, no obstante, ha admitido tan sólo que tenía dolor de cabeza y que se había adormilado un momento. No he querido contradecirla.

8 de mayo:
La anotación de más arriba la escribí avanzada la tarde. Como durante la cena, Jo parecía ser la misma, decidí ir a su habitación más tarde para hablarle seriamente sobre el peligroso estado en que ha caído. Pero cuando buscaba la puerta de su apartamento, me sorprendió oír voces que, al parecer, conversaban en el interior.
Me quedé unos momentos en suspenso, sin saber si llamar o no. De pronto, me di cuenta de que aunque lo que oía era una alternancia de voces como en una conversación, con pausas y variaciones en el ritmo y el tempo de las voces participantes, en realidad el timbre era sólo de una persona: el de la propia Josephine Gilman.
Estoy estupefacto: ¿ha degenerado su estado en una esquizofrenia? ¿Puede efectivamente captar mensajes telepáticos, y si es así, de quién? No podía distinguir nada en el apagado torrente de palabras. Cautelosamente, intenté abrir la puerta. Estaba cerrada con llave, y me alejé de puntillas por el corredor como un ladrón o un vulgar entrometido…

10 de mayo:
Todavía no puedo creer lo que Jo ha dicho en la grabación después del supuesto rapto histérico: que era realmente una transmisión telepática recordada de Flipp; y a pesar de lo que el doctor Wilhelm ha dicho esta noche, no sé si él lo cree. He estudiado la transcripción una y otra vez, y creo que he descubierto la clave. Hay algo en una de las frases que dijo que parece sorprendentemente familiar: «Sus antiguos ojos relucientes están alegres.»
Recordando la notable memoria de Wilhelm, se la he mencionado y él ha asentido inmediatamente :
—Sí, es de Yeats. La reconocí casi en seguida.
—Pero eso significa que el supuesto mensaje, o parte de él, al menos, debe provenir de su propio recuerdo subconsciente de un poema.
—Quizá. Pero al fin y al cabo, fue Yeats quien escribió sobre «ese despedazado / delfín, ese mar gongo / atormentado». Quizá sea su poeta predilecto.
Esta ligereza me irritó.
—Doctor Wilhelm —le espeté, enfadado—, ¿cree usted verdaderamente que esa grabación es una transmisión telepática de Flip?
Entonces se serenó.
—No lo sé, Dorn. Puede que no lo sepamos nunca. Yo así lo creía al principio, pero quizá me haya dejado llevar por el entusiasmo. Casi deseo que así sea… Ha sido una experiencia muy turbadora. Pero sí sé una cosa: usted tenía razón; esa línea particular de aproximación es demasiado peligrosa, al menos para un sujeto tan altamente sensible. Quizá podamos idear una forma más segura de reanudar la investigación con hipnosis más adelante; pero por ahora no veo cómo. Tenemos suerte de que ella no haya sufrido un daño real.
—Eso no lo sabemos —repliqué—. Ha empezado a hipnotizarse a sí misma.
Wilhelm no ha contestado…

20 de mayo:
Durante esta semana, no he observado que Jo haya caído en uno de sus trances por el día. Sin embargo, siempre se retira temprano, pretextando cansancio, así que no sabemos qué puede pasar por la noche. Varias veces me he detenido deliberadamente junto a su puerta antes de irme a acostar, y en una ocasión al menos me ha parecido oír una extraña conversación apagada como la de la otra vez, pero más suave y más distante.
La investigación es ahora mecánica y curiosamente artificial; no veo que estemos haciendo nada, ni hay ningún motivo especial por el que yo deba seguir aquí. El antiguo entusiasmo y vigor parecen haberse apagado en Wilhelm también. Ha perdido peso y parece más viejo; le encuentro receloso, como si esperase algo…

24 de mayo:
Anoche estaba yo sentado en la terraza mirando hacia el océano, que era invisible porque no había luna. A eso de las nueve me pareció ver moverse algo blanco junto al borde del agua; singularmente preocupado, eché a correr hacia allí.
Era Jo, por supuesto, hipnotizada o sonámbula (¡fue una escena de película de terror digna de haberla presenciado Wilhelm!). La cogí del brazo y pude conducirla de nuevo al edificio donde vivimos. La puerta de su apartamento estaba abierta y la metí en la cama sin resistencia por su parte. Sin embargo, cuando traté de despertarla con los habituales métodos mesméricos, fracasé. Al cabo de un rato, no obstante, pareció caer en un sueño normal, y la dejé, disponiendo la cerradura de la puerta del vestíbulo de forma que cerrase automáticamente.
Wilhelm estaba trabajando aún en su despacho, pero pensé que no había motivo para contarle el incidente. Probablemente no se lo diré tampoco a Jo, ya que podría alterarle los nervios aún más. Me doy cuenta de que le he tomado mucho cariño desde su «viaje LSD», en el sentido de afecto y protección, muy distinto de mi inicial atracción física hacia ella. Y esta conciencia me hace reconocer también que hay que hacer algo para salvarla. Todo lo que se me ocurre es llamar a un psiquiatra, pero Wilhelm ha negado que haya necesidad de eso, y sé que Jo se dejará guiar por él.
Debo permanecer alerta por si hay más pruebas que convenzan a los dos de que ese paso es apremiantemente indicado.
Durante las pasadas semanas nuestros hippies han dejado de celebrar sus ceremonias nocturnas; pero anoche, después de dejar a Jo en su habitación, pude oír que iniciaban un cántico y unos gritos inhumanos, y he visto también, desde mi terraza, los resplandores de la hoguera que habían encendido en la playa.
Otra vez he dormido mal.

X

Había transcurrido la mitad de junio sin cambio alguno en la tensa pero delicada situación del Instituto, cuando tuvo lugar mi trascendental entrevista con el hippie gurú Alonso Waite.
La luna brillaba intensamente aquella noche, y yo estaba sentado como siempre en la acristalada terraza, tomando a pequeños sorbos un último coñac y tratando de ordenar de algún modo mis pensamientos e ideas por enésima vez. Jo Gilman se había retirado temprano, según su costumbre, y el doctor Wilhelm había ido al pueblo a buscar no sé qué material que necesitaba; de modo que estaba solo en el Instituto. Puede que Waite se enterara de alguna manera, porque vino directamente de la playa a mi puerta, con la zamarra colgándole lastimosamente alrededor de sus flacas piernas, aun cuando en mi apartamento estaban todas las luces apagadas. Me levanté algo vacilante parar abrirle.
Se sentó en una silla de lona, rechazó el coñac y se quitó abstraídamente la sucia boina roja que cubría sus abundantes y alborotados mechones. Al débil resplandor de la lámpara que yo había encendido, sus oscuros ojos parecían distantes y ensimismados; me pregunté si no estaría bajo el influjo de las drogas.
—Señor Dorn —empezó mi visitante, con el tono sonoro que tan bien recordaba yo—, sé que usted, como hombre de ciencia, no puede aprobar ni comprender lo que mis compañeros y yo tratamos de hacer. Sin embargo, como su campo es la exploración de los aspectos menos conocidos de la mente humana, tengo esperanzas de que me pueda prestar una atención más benévola que el doctor Wilhelm.
»Yo también soy científico, o lo fui… ¡No se ría! Hace unos años fui profesor auxiliar de psicología clínica de un pequeño centro de Massachusetts como era la Miskatonic University, lugar del que posiblemente ni siquiera habrá oído hablar. Está en una vieja ciudad colonial llamada Arkham, muy atrasada, aunque muy conocida en la época de los juicios por brujerías de Salem.
»Ahora bien, por extravagante que parezca la coincidencia —si es que realmente es una coincidencia—, yo conocía de vista a su colaboradora Josephine Gilman, cuando estudiaba allí, aunque seguramente ella no me habrá reconocido, ni recordará mi nombre quizá, dada la forma de vida que he adoptado ahora. —Se encogió ligeramente y miró su estrafalario atuendo. Luego, prosiguió—: Usted no se enteraría probablemente del escándalo que se produjo al dejar yo mi puesto, ya que lo acallaron, y sólo unos cuantos periódicos sensacionalistas se hicieron eco del asunto. Yo era uno de esos primeros mártires de la ciencia —o de la superstición, si usted prefiere; pero ¿de qué superstición?— que se entregó a las llamas de los experimentos con drogas con estudiantes en los primeros días de la investigación del LSD. Como otros que llegaron a ser más conocidos y que a veces explotaron sus descubrimientos para lucro o para ganar fama, yo estaba convencido de que las drogas dilatadoras de la mente abrían a la humanidad acceso a un mundo de experiencias psíquicas y religiosas enteramente nuevo. Nunca dejé de preguntarme en aquellos tiempos si la experiencia no implicaría más que belleza, o también abarcaría el terror. Yo era entonces un científico puro, me gustaba pensar, y para mí cualquier cosa era buena…, o al menos materia prima neutra para el progreso del entendimiento humano. Tenía mucho que aprender.
»El mundo de la droga de la Miskatonic University era un poco especial. El centro tiene una de las colecciones más importantes de libros antiguos sobre prácticas religiosas extrañas vigentes en la actualidad. Puedo citar el tratado árabe medieval llamado Necronomicón en su versión latina. Usted no habrá oído hablar de él; sin embargo, el ejemplar de la Miskatonic es inestimable; uno de los tres que, según se sabe, existen en la actualidad…, los otros dos se encuentran en la biblioteca de Harvard y en la de París, respectivamente.
»Estos libros hablan de una antigua sociedad secreta o culto, que cree que la Tierra y todo el universo conocido fueron gobernados una vez por inmensos invasores de espacios y tiempos exteriores, mucho antes de que apareciese el hombre. Estas entidades eran tan completamente extrañas a la materia molecular y a la vida protoplasmática que eran en todos los sentidos sobrenaturales…, sobrenaturales y malignas.
Waite podía haber sido alguna vez profesor, pensé, pero a juzgar por su portentoso lenguaje y su dicción, podía haber sido aun mejor un actor shakespeariano de los viejos tiempos o un predicador revivalista. Su atuendo también contribuía a producir ese efecto.
—En determinado momento —prosiguió el barbado gurú—, estos usurpadores fueron derrotados y desterrados por adversarios cósmicos aún más fuertes, los cuales, al menos desde nuestro limitado punto de vista, parecen benevolentes. Sin embargo, los derrotados Primordiales no fueron aniquilados, ni neutralizados de manera permanente. Siguen viviendo prisioneros, pero pugnan continuamente por recuperar su poderío sobre el universo espacio-temporal, con el fin de llevar a cabo sus designios inmemoriales y completamente impenetrables.
»Estos viejos libros recogen el saber que fue transmitido a sacerdotes humanos por parte de otros prehumanos, que sirvieron a estas deidades encarceladas, las cuales se esfuerzan continuamente en modelar e influir los pensamientos de los hombres por medio de sueños, moviéndoles a realizar los ritos y ceremonias mediante los cuales las entidades exteriores pueden ser preservadas, fortalecidas y finalmente liberadas de su odiado cautiverio.
»Todo esto sucede aún hoy, y ha influido sobre media historia de la ciencia y de la religión humanas de mil maneras desconocidas. Y naturalmente, hay cultos contrarios que tratan de evitar el regreso de los Primordiales y frustrar los esfuerzos de sus seguidores.
»En pocas palabras, las visiones producidas por el LSD en los estudiantes de la Miskatonic, juntamente con los resultados de ciertos experimentos y ceremonias que aprendimos en los viejos libros, confirmaron de modo terrible la realidad de esta fantástica mitología. Ni aun ahora me podrían persuadir para que contase a persona alguna las cosas que he visto en mis visiones, ni mencionar tampoco los lugares por los que mi espíritu ha viajado durante los períodos de separación astral. Hubo varias desapariciones de miembros del grupo que se atrevieron a ir demasiado lejos, y varios casos de trastornos mentales, acompañados de ciertos cambios físicos, debido a los cuales fue necesario recluir permanentemente a la víctima. Estos sucesos, se lo aseguro, no se debieron a agentes humanos de ningún género, independientemente de lo que las autoridades decidieran creer.
»Aunque no había pruebas de nada ilícito, el grupo fue descubierto y expulsado, y yo perdí mi empleo. Después, algunos nos reunimos aquí y constituimos una comunidad dedicada a hacer fracasar los esfuerzos de los adoradores del mal para liberar a los Grandes Primordiales, cosa que supondría la muerte o la degradación de todos los hombres que no jurasen acatamiento. Éste es el objetivo de nuestros actuales esfuerzos por lograr el conocimiento y la disciplina espirituales mediante el empleo controlado de agentes alucinógenos. Créame, hemos visto horrores más que suficientes relacionados con estas cuestiones, y nuestras simpatías están completamente del otro lado. Por desgracia, hay grupos opuestos, algunos de ellos aquí mismo en California, trabajando del mismo modo para obtener resultados diametralmente opuestos.
—Una historia interesante —dije impaciente, disgustado por lo que consideraba divagaciones insensatas—, pero ¿qué tiene todo esto que ver con las investigaciones que realizamos aquí, y con el hecho de que usted conociese a la señorita Gilman en sus tiempos de estudiante?
—La familia de Josephine procede de Innsmouth —rugió Waite, agoreramente—. Ese pueblo arrasado fue en otro tiempo uno de los focos de esa conspiración cósmica. Antes de la guerra civil, las gentes marineras de Innsmouth trajeron creencias de sus viajes comerciales por el Pacífico sur; extrañas creencias, extraños poderes y extrañas y deformadas mujeres polinesias como esposas. Más tarde, seres aún más extraños surgieron del mismo mar, en respuesta a ciertas ceremonias y sacrificios.
»Esas criaturas, medio humanas y medio anfibias, de desconocida estirpe batrácica, vivieron en la ciudad y mezclaron su sangre con la de sus habitantes, engendrando híbridos monstruosos. Casi todo el pueblo de Innsmouth se corrompió con esta herencia inhumana; cuando llegaban a la madurez, se iban todos a vivir bajo el agua, en las inmensas ciudades de piedra construidas por las razas que sirven al Gran Cthulhu.
Yo repetí el extraño nombre tartamudeando; una especie de timbre de alarma sonó en mi memoria. Todo esto resultaba singularmente familiar, tanto por lo que Jo me había contado como por sus palabras delirantes grabadas en la cinta, que Wilhelm medio creía que representaban el mensaje mental de una especie subacuática.
—Cthulhu —repitió Waite, sepulcralmente— es la deidad demoníaca de R'lyeh, sumergida en algún punto del Pacífico por el poder de sus enemigos, hace ya milenios; duerme, pero sueña eternamente en el día de la liberación, en que recobrará su poderío sobre la Tierra. Y sus sueños han creado y controlado durante siglos a esas razas subacuáticas de perversa inteligencia que son sus siervas.
—¡No se referirá usted a los delfines! —exclamé.
—A ellos y a otros… de tal aspecto que sólo algunos desdichados los han visto y han vivido después. Éstos son los orígenes de las legendarias hidras y harpías, de Medusa y de las sirenas, de Escila y de Circe, que aterraron a los seres humanos en los albores de la civilización, y antes aún.
»Ahora comprenderá por qué he aconsejado constantemente al doctor Wilhelm que abandone su trabajo, aun cuando está más cerca de conseguir lo que se propone de lo que él mismo cree. Se ha metido en cosas más terribles de lo que podemos imaginar, tratando de establecer comunicación con estos Profundos, estos siervos del horror blasfemo conocido con el nombre de Cthulhu.
»Y aún hay más: la joven por medio de la cual trata de establecer esa comunicación es una Gilman de Innsmouth… ¡No, no me interrumpa! Lo supe tan pronto como la vi en la universidad; los signos son inequívocos, aunque no están muy avanzados: ojos protuberantes e ícticos, piel rugosa alrededor del cuello, donde las incipientes aberturas branquiales se le desarrollarán gradualmente con la edad. Algún día, como sus antepasados, abandonará la tierra y vivirá bajo el agua, como un anfibio inmortal, en las ciudades cubiertas de algas donde habitan los Profundos, a los que veo casi a diario en mis visiones y pesadillas.
»Por eso, no puede ser una coincidencia, sino una maquinación, el traer aquí a esta muchacha, casi totalmente ignorante de su espantosa herencia, ¡para que intime y mantenga impío contacto con una criatura que puede terminar con sus escasas posibilidades de escapar a su monstruoso destino genético!

XI

Aunque hice lo posible por calmar a Alonso Waite asegurándole que los intentos de establecer relación hipnótica entre Jo y Flip habían terminado, y que la chica había cobrado incluso aversión al animal, no le dije nada sobre los demás aspectos desconcertantes del asunto, algunos de los cuales parecían encajar asombrosamente con el grotesco fárrago de supercherías y alucinaciones que había tratado de hacerme creer.
Waite no pareció muy convencido de mis protestas, pero yo quería librarme de él y meditar el asunto de nuevo. Evidentemente, toda esta historia era absurda; pero evidentemente también él creía en ella. Y si los demás la creían de igual modo, como pretendía Waite, entonces esto podría explicar hasta cierto punto las singulares coincidencias y el esquema semiinconsciente que parecía unir las muchas incoherencias y ambigüedades que yo veía.
Pero después de marcharse Waite, concluí que aún faltaban piezas en este rompecabezas. Así que cuando Jo Gilman llamó a mi puerta poco antes de las once, no sólo me quedé sorprendido (jamás había salido de noche, desde su episodio de sonambulismo), sino que me alegré de tener la oportunidad de hacerle algunas preguntas.
—No podía dormir y he sentido ganas de hablar —explicó Jo, con un aire más bien de forzada indiferencia, acomodándose en la misma silla que Waite había utilizado—. Espero no molestarle.
Aceptó un coñac con soda y encendió un cigarrillo. Tuve una súbita y fugaz sensación de que esta escena me resultaba decididamente familiar: bebida y cigarrillos, una chica en bata, en el apartamento de un soltero, junto a la playa. Pero nuestra conversación no recayó en el cliché de siempre; hablamos de gráficas de sonar y del destino de la neurona, de vibraciones supersónicas, de grabaciones computadas y de la influencia de la temperatura del agua en los hábitos de apareamiento de los delfines.
Yo vigilaba atentamente a Jo por si mostraba algún indicio de caer en ese estado autohipnótico en el que conversaba consigo misma, pero no; parecía más normal de lo que había estado durante muchas semanas. Al mismo tiempo, me molestó el darme cuenta de que yo estaba más pendiente que antes de las peculiaridades físicas que aquel idiota de Waite había atribuido a una herencia biológicamente imposible en su estirpe.
La conversación había sido totalmente anodina, hasta que aproveché la oportunidad de un corto silencio para hacerle una de las preguntas que había empezado a intrigarme:
—¿Cuándo oyó hablar por primera vez de los estudios del doctor Wilhelm, y cómo vino a trabajar con él?
—Fue poco después de morir mi padre. Tuve que dejar los estudios en Massachusetts y empezar mi propia vida. Había oído hablar de las investigaciones de Fred, y naturalmente me sentí fascinada desde el principio, pero no se me había ocurrido pedir trabajo aquí hasta que mi tío Joseph me lo sugirió.
—¿El hermano de su padre?
—Sí, un viejecito muy gracioso. De pequeña siempre pensé que era como una rana. Se pasa la mitad del año en la casa familiar de Innsmouth, y la otra mitad en Boston. Parece que tiene todo el dinero que necesita, aunque yo no se lo he visto jamás. Mi padre le preguntó una vez bromeando qué hacía él para ganarse la vida, y tío Joe se echó a reír y contestó que bucear y sacar doblones españoles.
»De cualquier modo, pocas semanas después de abandonar los estudios y volver a Boston, tío Joe me enseñó un artículo sobre el trabajo del doctor Wilhelm con los delfines, creo que venía en el Scieníific American. Tío Joe sabía de mis estudios sobre oceanografía, naturalmente, y dijo que conocía a una autoridad en esa materia y que me daría una buena recomendación. Debió de ser muy buena, desde luego, porque menos de seis semanas después estaba yo aquí. De eso hará ahora unos dos años.
¡Si Alonso Waite necesitaba otro eslabón en su disparatada teoría de una maquinación, aquí tenía materia prima de lo más idónea!
—¿Sabe? —prosiguió Jo, con ligereza aparentemente casual—. Ya le conté a usted hace tiempo que el doctor Wilhelm me pidió que me casara con él. Eso fue hace seis meses. Entonces pensé que era un error, pero ahora empiezo a creer que debí haberle aceptado.
—¿Por qué? ¿Tiene miedo de quedarse soltera? Puede que le cuente algo sobre eso uno de estos días.
—No. —Su voz era tan serena y casual como antes—. La razón es que… desde el día en que Fred Wilhelm me rescató de mi «viaje LSD» en el tanque del delfín…, estoy embarazada. Al menos, eso es lo que el médico de San Simeón ha determinado.

XII

—Entonces, ¿es de Fred?
Mi observación sonó estúpida, tonta; como algo que la hipotética pareja de la playa que yo había imaginado podría discutir como pasatiempo barato, ilustrativo de la «Nueva Moralidad» californiana.
—Adivínelo usted mismo —contestó Jo, con una risa nerviosa—. O es de usted, o de Fred. Yo no recuerdo nada hasta que desperté a la mañana siguiente, como un saco apaleado.
—Wilhelm estuvo a solas con usted lo menos diez minutos, antes de dejarme entrar en el acuario. Y luego en su apartamento después de marcharme yo a dormir, tres horas más tarde. Esa noche no estuve a solas con usted en ningún momento.
—Eso es lo que he supuesto por lo que ustedes me dijeron al día siguiente. Además, yo no he vuelto a someterme a usted, quizá sólo porque usted no me lo ha pedido.
—Jo… —dije, levantándome de la silla, y no sé qué iba a decir a continuación.
—No, sea lo que fuere, olvídelo —murmuró ella—. Fuera lo que fuese lo que iba a decir, es demasiado tarde. Ahora tengo que pensar de acuerdo con unas coordenadas enteramente distintas.
—¿Qué va a hacer?
—Creo que voy a casarme con Fred, es decir, si aún le interesa a él. Ya veremos. Ahora hay algo más que me preocupa, y ésa parece la mejor solución, la única solución que puedo encontrar.
No hablamos mucho más. Jo se sintió repentinamente soñolienta y la acompañé a su apartamento. Después, salí a pasear por la playa. Se había levantado aire alrededor de la medianoche y las nubes ocultaban la posición de la luna. Me sentía torpe; hasta ese momento no había sabido, o no había admitido ante mí mismo, cuáles eran mis sentimientos hacia Jo. Yo la quería también. Pero si Wilhelm, el viejo sátiro, la había embarazado mientras estaba bajo hipnosis, entonces lo que ella se proponía era probablemente lo mejor para todos. ¡Pero qué impropia de Wilhelm me parecía semejante acción! El entusiasta científico y erudito, con su pelo gris y senil y su divertida figura de pingüino, podía haberse enamorado ciegamente y hacerle proposiciones a una joven, especialmente a una joven que compartía sus entusiasmos. Eso caía dentro de lo posible. Pero ¿un ataque cobarde como el que Jo sospechaba? Debía de estar loco.
Oí petardear el «Land Rover» por la carretera arenosa; el doctor Wilhelm regresaba. Me resultaría difícil encararme con él a la mañana siguiente. De hecho, sería la mejor ocasión para presentarle mi renuncia, aunque no tenía ninguna otra colocación a la vista. Tal vez pudiese recobrar mi puesto anterior. En cualquier caso, nadie me necesitaba ya allí, eso estaba claro como el agua.
Regresé a mi habitación y me tomé varios coñacs más. Antes de caer dormido, oí a los hippies celebrando una de sus salvajes orgías en la playa sur. Según lo que Waite había dicho, celebraban ceremonias para que el mundo se conservase agradable, normal y sano, para personas agradables, normales y sanas.
Como si hubiese alguna en estos tiempos.

XIII

No creo que llevase durmiendo más de una hora cuando algo me hizo saltar de la cama, completamente despierto. Puede que fuera un ruido, o tal vez alguna especie de mensaje mental (irónico, ya que éste es mi campo de trabajo, y nunca había observado, y mucho menos experimentado, un ejemplo plenamente convincente de comunicación telepática).
En cualquier caso, algo pasaba, estaba seguro de eso; y si mi premonición demostraba ser correcta, sabía dónde ir a averiguarlo; a la playa, junto al laboratorio grande. Me vestí apresuradamente y eché a correr por la mullida arena.
El viento, ahora con fuerza de ventarrón, había apartado las nubes de una luna en forma de hoz, que brillaba nítida sobre la playa y se reflejaba en el océano de hojalata ondulada. Vi dos figuras que se dirigían hacia el edificio sin ventanas de junto al agua, donde Flip, el olvidado sujeto de nuestro viejo experimento, seguía en aislamiento. Llegaron y entraron en el edificio juntas, tras un momento de vacilación ante la cerradura.
Mientras corría, una ráfaga de viento me trajo rumores de la ceremonia hippie; distinguí tambores y címbalos tocados furiosamente, así como ese mismo cántico apagado, y el agudo y flotante lamento de éxtasis o terror, o de ambas cosas a la vez.
La cruda luz blanca de los tubos fluorescentes surgió por la puerta abierta que daba al tanque del delfín, y oí otro ruido en el interior mientras me acercaba: el chirriar de maquinaria y el zumbido de un motor eléctrico. El doctor Wilhelm abría la compuerta del edificio que daba al océano, la compuerta que a veces se utilizaba para renovar el agua del tanque, mientras Flip era sujetado adecuadamente por los ayudantes del laboratorio. Ahora no había nadie que pudiese sujetarlo. ¿Iba Wilhelm a soltar al animal para satisfacer algún vago y oscuro escrúpulo de conciencia?
Pero mientras corría jadeando hacia la puerta abierta, me di cuenta de que había algo más. En una fugaz mirada, antes de que la tormenta nos dejara sin fluido eléctrico, capté una escena increíble: la enorme compuerta al mar estaba totalmente izada, permitiendo que las turbulentas olas penetraran en la iluminada piscina y se estrellasen violentamente contra sus bordes, inundando la cubierta de observación y sus complicados equipos.
El delfín, enfrentando sus poderosos músculos contra la fuerza del agua que entraba, luchaba implacablemente por abrirse paso hacia el mar. Del doctor Wilhelm no había ni rastro; pero montada sobre el ancho y suave lomo de la gran bestia marina, con el cuerpo desnudo parcialmente cubierto por los cabellos empapados y chorreantes, iba Josephine Gilman, erguida, a horcajadas, como el antiguo dibujo griego del niño sobre el delfín, ese enigmático símbolo del maridaje entre la tierra y el océano.
Luego se apagaron las luces, pero las olas siguieron golpeando, y el lejano y delirante cántico llegó a un extremo de histeria desatada, y se mantuvo de un modo increíble e inacabable.
No recuerdo nada más.

XIV

El cuerpo de Josephine no ha sido encontrado; ni veía yo razón alguna para esperar que lo fuera. Cuando el personal del laboratorio llegó a la mañana siguiente, repararon el tendido eléctrico y elevaron las compuertas otra vez. El cuerpo del doctor Wilhelm estaba atrapado debajo, destrozado. La compuerta le había cogido cuando intentaba seguir a la fantástica pareja que él había liberado al abrir.
Sobre la pulcra mesa del despacho del doctor Wilhelm, donde vi por primera vez a Josephine Gilman, la noche de mi llegada, había un sobre de papel manila dirigido a mí. Contenía una carta mecanografiada y un rollo de cinta magnetofónica. El sobre lo encontré yo, y no se lo enseñé a la policía, que parece haber creído mi historia de que Wilhelm y Josephine fueran arrastrados hacia el mar, al abrirse las compuertas accidentalmente durante un experimento.
La carta dice:

«Estimado Dorn:
»Cuando lea esto, yo habré muerto si tengo suerte. Debo soltar a los dos para que regresen a las profundidades del océano a las que pertenecen. Como ve, ahora creo en todo lo que la grotesca persona de Alonso Waite me contó.
»Le mentí a usted una vez, cuando me preguntó si había implantado electrodos en el cerebro del delfín en el que experimentábamos. Implanté un electrodo sobre el mecanismo del estímulo sexual del animal. Y cuando nuestros experimentos sobre la comunicación telepática parecieron poco convincentes, fui criminalmente estúpido, al emitir una ligera señal para activar ese estímulo, en un nefacto intento por aumentar la relación entre el sujeto y el animal.
»Esto fue la tarde del 30 de abril, y ya puede usted imaginar —con qué desagrado— lo que sucedió esa noche. Asumo la plena responsabilidad y culpa, que expiaré del único modo que parece apropiado.
»Cuando llegué a la piscina antes que usted, aquella noche espantosa, vi en una fugaz mirada lo que acababa de ocurrir. Josephine había sido arrancada de su aparejo, y maltratada, aunque seguía hipnotizada. Tenía el traje casi completamente arrancado, pero yo la envolví con un vestido y la metí en la cama sin permitir que se enterase usted de lo que realmente había sucedido. La hipnosis perduraba, y ella no llegó a enterarse tampoco. A partir de ese momento, no obstante, ella empezó a estar en contacto telepático y bajo el control del animal del estanque, aun cuando ella lo evitaba de manera consciente y deliberada.
»Esta noche, al volver del pueblo, ella me ha notificado su embarazo, pero en medio de la conversación, ha caído en uno de sus trances habituales y se ha dirigido hacia la playa. La he encerrado en su habitación y me he sentado a escribir esto, ya que usted tiene derecho a saber la verdad, aunque no quede nada más por hacer, después de esta noche.
»Creo que los dos queríamos a Josephine a nuestra manera, pero ahora es demasiado tarde. Debo dejarla que vaya a reunirse con los suyos —está experimentando el cambio—, y cuando el niño nazca…, bueno, puede imaginar lo demás.
»Personalmente no habría creído nada de esto jamás, de no ser por la grabación. Póngala, y lo comprenderá todo. A mí no se me ocurrió pensar en ella en estas dos semanas, tonto de mí. Luego recordé que había ordenado que mientras estuviese Jo hipnotizada en la piscina con el delfín, se dejasen conectados los micrófonos para registrar lo que ocurriese. Las cintas fueron archivadas de manera rutinaria al día siguiente sin pasarlas. Encontré el rollo el 30 de abril, y copié la parte que le incluyo en esta carta.
»Adiós…, y lo siento.
»Frederick C. Wilhelm.»

Han transcurrido muchas horas —horas de aturdimiento y escepticismo—, antes de decidirme a traer una grabadora a mi habitación para escuchar lo que Wilhelm ha dejado para mí. He pensado en destruir la cinta sin oírla; después he ido a borrar la cinta original del laboratorio principal.
Pero la necesidad de saber la verdad —virtud científica que a veces se convierte en debilidad humana— me ha obligado a escuchar este maldito documento. Para mí, representa la pérdida del equilibrio espiritual y la seguridad de la vida. Espero que Jo y Flip hayan encontrado alguna satisfacción en ese extraño y ajeno mundo tan ominosamente descrito por el gurú Waite, y que Frederick Wilhelm haya encontrado la paz. Yo no puedo ni pretenderla ni esperarla.
Esto es lo que he transcrito de la cinta, después de muchas horas de agonía escuchándola. El dial de velocidad indica que fue grabada a las 9,35 de la noche del 30 de abril, escasamente unos minutos antes de que el agónico alarido de Josephine nos hiciese salir a Wilhelm y a mí disparados para salvarla de lo que tuvo lugar en aquella iluminada cámara de horror:

«Amada esposa, debes ayudarme. Debo salir y reunir fuerzas. Aquellos que aguardan en la acuática R'lyeh, aquellos que caminan en las nevadas inmensidades de Leng, silbadores y acechadores de la sombría Kadath…, a todos levantaré, a todos reuniré de nuevo en alabanza del Gran Cthulhu, de Shub-Niggurath, de Aquel Que no debe ser Nombrado. Me ayudarás, compañera del aire, poseedora de calor, depositarla de la semilla de la última siembra y de la interminable cosecha. Y'ha-nthlei bendecirá nuestras nupcias, los laberintos de algas serán nuestro lecho, los silenciosos moradores de las tinieblas nos acogerán con gran júbilo danzando sobre sus patas de mil segmentos…, sus antiguos ojos relucientes están alegres. Y viviremos en medio del encanto y la gloria para siempre.»

Mera repetición, dirán; mera versión anticipada de aquellas palabras delirantes que Josephine repitió una hora después bajo hipnosis en su dormitorio, un entrecortado chorro de fragmentos inhibidos y de temores de la mente subconsciente de una joven que, de modo instintivo, sentía miedo de algún oscuro pasado de su familia, allá, en un puerto apartado y ruinoso al otro lado del continente.
Me gustaría poder creer eso también, pero no puedo. Porque estas palabras insensatas fueron pronunciadas, no por una mujer mentalmente desequilibrada, en estado de profundo trance hipnótico, sino con el tono silbante y aflautado de la inequívoca voz del propio delfín, siervo extraño de unos amos más extraños aún: los Profundos de la leyenda, prehumanas (y quizá, muy pronto, poshumanas también) inteligencias cuyo manso y benigno exterior oculta una amenaza tal para el hombre, que ningún ingenio destructivo humano puede igualar ni prevenir.

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