Los Siete Geases

El señor Ralibar Vooz, alto magistrado de Commorión y tercer primo del rey Homquat, había partido con veintiséis de sus más aguerridos monteros en busca de la caza que pudieran brindarle las negras montañas Eiglopheas. Dejando para cazadores menos expertos los grandes perezosos y murciélagos de la jungla intermontana, así como los pequeños dinosaurios, Ralibar y sus seguidores se adelantaron rápidamente cubriendo la distancia entre la capital de Hyperbórea y su meta en una sola jornada. Los helados farallones y deslizantes pendientes del monte Voormithadreth, el más alto y formidable de cuantos coronan la cordillera Eiglophea, se cernía sobre ellos, ocultando el sol con sus crestas negras como la escoria en pleno mediodía, y tapando totalmente las irradiaciones de la puesta del sol. Pasaron la noche en el más bajo de sus desfiladeros, manteniendo una guardia incesante, amontonando ramas muertas en sus fogatas, y escuchando por encima de ellos el ulular salvaje y canino de los seres infrahumanos que habitaban las cumbres, los voormis, cuyo nombre llevaba la montaña. Oían al mismo tiempo el bramido de un catoblepas alpino perseguido por un voormis, así como el rugido de un tigre de colmillo largo acorralado y cazado; y Ralibar Vooz pensó que todos estos ruidos presagiaban buenos resultados para la caza del día siguiente.

Él y sus hombres se levantaban por turnos; después de desayunar a base de provisiones de carne seca de oso y un vino oscuro y amargo, pero de grandes cualidades vigorizantes, comenzaron inmediatamente el ascenso de la montaña, cuyos precipicios superiores eran huecos, con cuevas ocupadas por voormis. Ya en otras ocasiones, Ralibar Vooz había cazado estas criaturas, y en cierta habitación de su casa en Commorión se apilaban sus gruesos cueros. Se les consideraba como la fauna más peligrosa de Hyperbórea; el mero ascenso de Voormithadreth, incluso sin enfrentarse a sus habitantes, era considerado como una hazaña de gran peligro; pero después de haber probado semejante deporte, Ralibar Vooz no se contentaba con diversiones menos difíciles.

Tanto él como sus compañeros estaban bien armados y preparados. Algunos de sus hombres llevaban cuerdas y ganchos para la escalada de los picos más escarpados. Otros llevaban pesados arcabuces, y la mayoría estaban equipados con picos en forma de sable y largos mangos cuya efectividad como armas defensivas frente a los voormis conocían por experiencia. Todos los componentes de la partida de caza llevaban numerosos cuchillos auxiliares, dardos, cimitarras de doble forma de sierra. Los hombres se vestían con casacas y bombachos de piel de dinosaurio, y calzaban los pies con borceguíes claveteados. Por su parte, Ralibar Vooz llevaba una ligera coraza de malla, muy flexible, que le permitía ejecutar cualquier movimiento. Además, portaba un escudo de cuero de mamut con un largo pincho de bronce en el centro, que se podía usar como espada; además, al tratarse de un hombre de enorme estatura, de sus hombros colgaba todo un arsenal de armas.

La montaña era de origen volcánico, pero se creía que sus cuatro cráteres estaban extinguidos. Los cazadores ascendieron durante largas horas por los escarpados picos de lava negra y piedra de obsidiana, contemplando cómo las temibles alturas por encima de ellos retrocedían interminablemente dentro de un cenit límpido, sin nubes, como si fueran inaccesibles para el hombre. El sol ascendía con mucha más rapidez que ellos, resplandeciendo tórridamente sobre sus cuerpos y calentando las rocas hasta que sus manos estuvieron tan abrasadas como si hubieran tocando las paredes de un horno. Pero Ralibar Vooz, ansioso por clavar sus armas, no permitía respiro alguno ni en los sombríos abismos ni bajo la limitada umbría de los escasos juníperos.

Parecía, sin embargo, que ese día los voormis no andaban correteando por el monte Voormithadreth. Sin duda, se habrían banqueteado copiosamente la noche anterior cuando los commorianos habían oído sus gritos de caza. Posiblemente sería incluso necesario invadir las cuevas vacías de los riscos más altos, procedimiento éste no demasiado atractivo, incluso para deportistas tan aguerridos como Ralibar Vooz. No podía llegar a algunas de estas cuevas sin necesidad de las cuerdas; pero los voormis, con su sagacidad casi humana, lanzarían bloques de piedra contra las cabezas de sus asaltantes. La mayoría de las cuevas eran estrechas y oscuras, para desventaja de los cazadores, y si entraban los voormis redoblarían su lucha en defensa de sus hembras e hijos; además, las hembras eran incluso más feroces que los machos.

Todas estas cuestiones las debatieron Ralibar Vooz y sus compañeros a la vez que la escalada se hacía más arriesgada y difícil, y podían ver ya en la lejanía las bocas de las guaridas más bajas. Eran muchos los relatos sobre valientes cazadores que habían entrado en esas guaridas y no habían vuelto a salir, así como sobre los hábitos degenerados de la alimentación de los voormis, con relación al uso que hacían de los cautivos antes y después de su muerte. No menos numerosas eran las historias que corrían en torno al génesis de los voormis, cuyo origen se suponía era el resultado de la unión entre mujeres y ciertas criaturas atroces surgidas en los albores del mundo, de un tenebroso mundo de cavernas sito en las entrañas de Voormithadreth. Según decía una fábula, el dios Tsathoggua, enorme y perezoso, que había bajado de Saturno durante los años inmediatos a la creación de la Tierra, habitaba en algún lugar bajo la montaña de cuatro conos; y durante el rito de adoración practicado en sus altares negros, los devotos ponían gran cuidado para orientarse hacia Voormithadreth. Otros muchos seres, además de Tsathoggua, dormitaban bajo los volcanes extinguidos, pero de ellos nadie sabía nada, excepto los magos más cercanos a tales problemas.

Ralibar Vooz, con un desprecio total por lo sobrenatural, reconoció su escepticismo sin rodeos cuando oyó cómo sus monteros se regalaban mutuamente con semejantes historias y leyendas viejas. Juró empleando términos blasfemos que no había dioses ni arriba ni debajo de Voormithadreth. En cuanto a los propios voormis, consideraba que evidentemente se trataba de una especie degenerada, aunque no era necesario salirse de las leyes comunes de la naturaleza para explicarse su desarrollo y evolución. Constituían simplemente un residuo de una tribu primitiva y degradada de aborígenes, quienes, al hundirse cada vez más en el embrutecimiento, buscaron refugio en las fortalezas volcánicas a la llegada de los verdaderos hyperbóreos.

Algunos veteranos, ya canos, movieron sus cabezas y balbucieron protestas ante estas herejías; pero, a causa del respeto que sentían por el alto rango y proezas de Ralibar Vooz, no se arriesgaron a contradecirle abiertamente.

Después de numerosas horas de ascenso heroico, los cazadores llegaron a una distancia respetable de las cuevas. A sus pies quedaban ahora, en una amplia y turbadora perspectiva, las colinas frondosas y alegres, así como las fértiles llanuras de Hyperbórea. Se encontraban solos en un mundo de roca negra y desnuda, con innumerables precipicios y abismos por encima de sus cabezas, debajo de sus pies y alrededor. Inmediatamente encima, frente a un peñasco casi perpendicular, podían distinguirse tres bocas de cavernas, que tenían el aspecto de espitas volcánicas. La mayor parte del peñasco estaba cubierto con deslizante obsidiana, quedando pocos agarraderos. Parecía difícil que ni siquiera los voormis, ágiles como monos, pudieran trepar esa pared; Ralibar Vooz, después de estudiarla con ojo estratégico, decidió que el único ataque posible a las guaridas tendría que ser desde arriba. Una grieta diagonal, que corría desde un saliente a sus pies hasta la cumbre, permitía que sus ocupantes entrasen y saliesen de sus moradas.

Sin embargo, en primer lugar fue necesario alcanzar el precipicio superior…, una hazaña ya de por sí llena de dificultades y peligro. En un lado del largo talud sobre el que se mantenían los cazadores se alzaba una chimenea todo lo alto de la pared, interrumpiéndose a unos treinta pies, y allí presentaba una superficie lisa y suave. Ascendiendo por la chimenea hasta su superficie superior, cualquier alpinista bueno podría lanzar su cordada con un gancho y sujetarla en el borde del precipicio.

La viabilidad de su proyecto se mejoraba con la presencia de un derrumbe de rocas procedente de las cuevas. Entre las piedras podían advertirse restos humanos, roídos y desgastados. Ralibar Vooz, animando en su odio contra los responsables de esas fechorías, así como por el ardor propio del cazador, encabezó la escalada con sus veintiséis seguidores. Pronto alcanzó el tope de la chimenea, donde un saliente apenas si permitía que se posase un pie. Después de intentarlo tres veces, consiguió enganchar la cuerda y comenzó a escalarla con el impulso de sus manos.

Pronto se encontró en un amplio contrafuerte, relativamente plano, y perteneciente al cono más bajo de Voormithadreth, cuya altura de dos mil pies le daba un aspecto de pirámide empinada. En el mismo contrafuerte, y frente a él, la piedra negra de lava estaba cortada en infinidad de aristas pequeñas y extrañas masas que parecían pedestales de columnas gigantescas. Hierbas secas y escasas, y flores alpinas marchitas, crecían aquí y allá sobre cuencas huecas de tierra negruzca; por último, algunos cedros mutilados o achaparrados habían echado raíces en la roca resquebrajada. Muy cerca del alcance de su mano, entre los riscos negros, subía un hilo de pálido humo, serpenteando grotescamente en el inmóvil aire del mediodía, alcanzando una altura increíble, donde tornaba a desaparecer. Dedujo Ralibar Vooz que el contrafuerte estaba habitado por alguien más cercano a la humanidad civilizada que los voormis, cuya ignorancia sobre el uso del fuego era absoluta. Sorprendido ante este descubrimiento, no esperó a que llegasen sus hombres y comenzó a investigar inmediatamente cuál sería el origen del serpenteante hilo de humo.

Había pensado que salía sólo a unos pasos de él, detrás de los grotescos surcos de lava. Pero evidentemente estaba equivocado; trepó un risco tras otro, rodeó muchos dólmenes y dolomitos que se elevaban inexplicablemente donde minutos antes contemplara ordinarios peñascos, y el pálido y sinuoso hilillo continuaba elevándose hacia el cielo desde idéntica distancia.

Ralibar Vooz, alto magistrado e indiscutible cazador de primera, estaba tan intrigado como irritado por el comportamiento del humo. Por otra parte, el aspecto de las rocas que le rodeaban le resultaba desconcertante, por no decir desagradablemente decepcionante. Estaba perdiendo demasiado tiempo en una exploración inútil y totalmente ajena al verdadero interés del día; pero tampoco iba con su naturaleza abandonar cualquier empresa, por trivial que fuese, antes de alcanzar su meta. Después de llamar con la trompa a sus hombres, quienes ya debían haber llegado a la cumbre, prosiguió su marcha hacia el escurridizo humo.

En una o dos ocasiones le pareció oír los gritos de respuesta de sus seguidores, muy débiles y confusos, como si llegasen a través de una abismo de una anchura de una milla. Volvió a llamar una vez más, pero en esta ocasión no obtuvo respuesta alguna. Al avanzar un poco más, comenzó a detectar entre las rocas que le rodeaban una especie de conversación murmurada en la que tomaban parte cuatro o cinco voces distintas. Al parecer se encontraban más cerca que el humo, el cual se había desvanecido como un espejismo. Una de las voces pertenecía sin lugar a dudas a un hyperbóreo, pero las otras tenían un timbre y un acento que Ralibar Vooz no pudo asociar con ninguna rama o subdivisión de la humanidad, a pesar de su amplio conocimiento etnológico. Dichas voces le resultaban muy desagradables al oído, recordándole el zumbido de los insectos gigantes, el murmullo del agua y del fuego, y el choque del metal.

Ralibar Vooz emitió un iracundo grito para anunciar su llegada a cualquier persona que estuviese escondida entre las rocas. Sus armas y coraza chocaron clamorosamente, y rodó por encima de una picuda arista de lava, en dirección a las voces.

Levantándose, observó a sus pies una escena que le resultó tan misteriosa como insospechada. Debajo, en un hoyo circular, se elevaba una rústica cabaña de piedras, cuya techumbre era de ramas de cedro. Delante de la misma, sobre una gran plancha de obsidiana, ardía un fuego cuyas llamas eran azules, verdes y blancas alternativamente; del centro surgía la pálida y delgada espiral de humo, cuya situación se le había escapado en forma tan extraña.

Un hombre de edad avanzada, de aspecto dudoso y ajado, ataviado con una túnica no menos anticuada y deslucida que su dueño, se encontraba de pie cerca del fuego. Aparentemente no se dedicaba a ninguna labor culinaria; y en vista del sol tórrido, resultaba difícil pensar que necesitase el calor de las llamaradas de extraño colorido. Además de esta persona, Ralibar Vooz no pudo encontrar al resto de los participantes de la conversación que acababa de escuchar. Pensó ver sombras grotescas que se desvanecían alrededor del bloque de obsidiana; pero dichas sombras desaparecieron en un instante, y como no había nada ni nadie que hubiera podido apartarlas, Ralibar Vooz pensó que una vez más era víctima de una desagradable ilusión óptica, al parecer muy frecuentes en aquella zona de la montaña Voormithadreth.

El anciano contempló al cazador con fiereza y comenzó a increparle en un lenguaje fluido pero arcaico, a la vez que descendía hacia el hoyo. Al mismo tiempo, un pájaro con cola de lagarto y plumas tiznadas, perteneciente sin duda a alguna especie nocturna de los arqueopterix, comenzó a hincar su pico dentado, agitando sus alas terminadas en dedos, sobre la estela que le servía de percha. Dicha estela, que se encontraba muy próxima al fuego, en la parte izquierda, atrajo entonces la atención de Ralibar Vooz.

—¡Que las basuras de los demonios te cubran desde los talones hasta la coronilla! —gritó el descarado anciano—. ¡Desgraciado imbécil, has estropeado una evocación prometedora e importante. Cómo has llegado hasta aquí es algo que no puedo explicarme. He rodeado este lugar con doce círculos de ilusión, cuyo efecto se multiplica con sus miles de intersecciones; la probabilidad de que ningún intruso llegase nunca a encontrar el camino hasta mi morada era matemáticamente pequeña e insignificante. Maldito el azar que te condujo hasta aquí, porque aquellos a quienes has atemorizado y se han ido no regresarán hasta que las estrellas repitan una conjunción tan poco frecuente como rápida; y mientras tanto, es mucha la sabiduría que he perdido.

—¡Cómo, infame! —replicó Ralibar Vooz asombrado y enfurecido ante semejante recibimiento, cuyo significado no comprendía, excepto el hecho de que su presencia no era grata para el anciano—. ¿Quién eres tú para encararte con un magistrado de Commorión y primo del rey Homquat? Te recomiendo que doblegues semejante insolencia, ya que, si lo deseo, puedo darte caza como se la doy a los voormis. Aunque pienso que —añadió— tu pellejo es demasiado sucio y venenoso como para merecer un lugar entre mis trofeos de caza.

—Sabed que soy el brujo Ezdagor —resopló el anciano, cuya voz se reproducía en ecos sobre las rocas con una terrible sonoridad—. Por mi propia elección, he vivido alejado de ciudades y hombres; ni siquiera los voormis me molestan en mi retiro mágico. No me interesa si eres el magistrado de todos los marranos, o primo del rey de los perros. Como pago por el encanto que me has destrozado, con tu desalmada intrusión, te voy a someter a una prueba dura, amarga y penosa.

—Habláis en términos de superstición desfasada —dijo Ralibar Vooz, quien a su pesar estaba bastante impresionado ante el pesado estilo oratorio empleado por Ezdagor, en sus diatribas.

—Pon atención, pues, a tu prueba, oh Ralibar Vooz —fulminó el brujo—. Porque en esta prueba tendrás que abandonar todas tus armas y penetrar desarmado en las guaridas de los voormis, y luchar con las manos con los voormis, sus mujeres y sus hijos. Debes llegar hasta esa cueva secreta en las entrañas de Voormithadreth, más allá de las guaridas, donde habita desde los tiempos de los eones el dios Tsathoggua. Reconocerás a Tsathoggua por su gran faja y su capa de murciélago, así como por el aspecto de sapo negro adormilado que siempre le ha caracterizado. No se levantará de su sitio, ni siquiera aunque rabie de hambre, sino que esperará con holgazanería que le llegue el sacrificio. Entonces, acercándote al Señor Tsathoggua, le dirás: "Yo soy la ofrenda de sangre que envía el brujo Ezdagor". Y si le agrada, Tsathoggua se adueñará de la ofrenda.

"Para que no te pierdas, mi pariente, el pájaro Raphontis, te acompañará durante tu vagabundeo por la montaña y las cavernas —e indicó con un gesto muy peculiar al arqueopterix nocturno que reposaba sobre la estela de desagradable aspecto, añadiendo, como si se le acabase de ocurrir—: Raphontis permanecerá contigo hasta que realices la prueba y finalices tu viaje por las profundidades de Voormithadreth. Conoce los secretos del mundo subterráneo, así como las guaridas de los ancianos. Si nuestro señor Tsathoggua declinase la ofrenda de sangre o, generosamente, te enviase a sus hermanos, Raphontis está perfectamente preparado para conducirte a cualquier sitio que ordene el dios.

Ralibar Vooz no supo qué responder ante esta perorata llena de afrenta, incapaz de contestar adecuadamente. De hecho, no pudo articular palabra, como si la mandíbula se le hubiese paralizado. Es más, a su creciente terror y asombro vinieron a añadirse ciertos movimientos que por involuntarios resultaban alarmantes. Empujado por una sensación de pesadilla, junto con el horror de quien cree estarse volviendo loco, comenzó a despojarse de cuantas armas llevaba. Su escudo, su maza, su doble espada, su cuchillo de caza, su hacha y su cota de malla cayeron tintineantes ante el bloque de obsidiana.

—Te permito conservar el casco y la coraza —dijo Ezdagor cuando Ralibar se los iba a quitar—; si no mucho me temo que no llegarás a Tsathoggua, en el estado de integridad física adecuado para el sacrificio. Los dientes y las uñas de los voormis son tan afilados como voraz es su apetito.

Murmurando palabras inaudibles y emitiendo extraños ruidos, el mago se volvió hacia el fuego, dando la espalda a Ralibar Vooz, y comenzó a apagar las llamas tricolores con una mezcla de polvo y sangre que sacaba de un cuenco de cobre. No deseando despedirse de Ralibar, se mantuvo dando la espalda al cazador, mientras movió su mano izquierda hacia el pájaro Raphontis. Este último, desplegando sus alas y rechinando su pico en forma de sierra, abandonó su percha y se posó en el aire mientras fijaba perversamente un dorado ojo sobre Ralibar Vooz. Entonces, volando lentamente, con su largo cuello vuelto y manteniendo la vigilancia con su ojo inmóvil, el pájaro voló entre las aristas de lava hacia el cono en forma de pirámide de Voormithadreth; y Ralibar Vooz le siguió, llevado por un impulso que ni entendía ni podía resistir.

Era evidente que el demoniaco pajarraco conocía todos los vericuetos del complejo engañoso con que había rodeado su morada Ezdagor, ya que el cazador fue conducido con cierta irregularidad a través de la fortaleza encantada. Oyó el lejano griterío de sus hombres, pero su propia voz se le antojó tan débil como la de un ratón cuando les respondió. Muy pronto se encontró en el fondo de un gran precipicio de la montaña superior, rodeada de entradas de cuevas. Era una zona de Voormithadreth que nunca había visitado con anterioridad.

Raphontis se elevó hacia la cueva más baja y permaneció en la entrada mientras Ralibar Vooz subía con dificultad detrás de él entre una montaña de huesos y raspadores con filtros de cristal, así como otros objetos de dudosa naturaleza arrojados por los voormis. Estos salvajes, primitivos y embrutecidos, decorando las cuevas con sus rostros y miembros repulsivos, saludaban los progresos del cazador en su ascenso con feroces gritos y cantidades ilimitadas de basura. Sin embargo, no molestaron a Raphontis, quedando claro que evitaban a toda costa herirle con sus misiles; no obstante, la vigilante presencia del pajarraco evitó que lograsen su propósito cuando Ralibar Vooz comenzó a acercarse a la guarida más próxima.

Debido a esta protección, el cazador pudo alcanzar la caverna sin haber recibido ninguna herida seria. La entrada de la misma era bastante estrecha, y Raphontis voló sobre los voormis abriendo el pico y batiendo las alas, obligándoles a retirarse hacia el interior mientras Ralibar afianzaba su pie en el friso de la entrada. Sin embargo, algunos se tiraron al suelo para permitir que pasase Raphontis; una vez hubo pasado el pájaro, se levantaron y asaltaron al commoriano mientras éste seguía a su guía hacia la fétida oscuridad de la caverna. Los voormis permanecían medio en pie, de manera que sus cabezas colgantes quedaban a la altura de sus muslos y caderas, mientras rugían como perros rabiosos, entonces se lanzaron a él, enganchando sus uñas de garfio en la cota de malla.

Al carecer de armas, luchó contra ellos de acuerdo con lo prescrito en la prueba, golpeando sus odiosas caras con su guantelete, poseído por una locura y frenesí impropios del ardor de un cazador. Sintió cómo sus uñas y dientes desgarraban la malla cuando lograba desasirse de ellos; pero en cuanto penetró un poco más en la cueva, otros se lanzaron sobre él, mientras las hembras se le enroscaban en las piernas como serpientes, y los pequeños le enganchaban por los tobillos con dientes que apenas acababan de despuntar en sus tiernas encías.

Ante él, para que se guiase, oía el batir de las alas de Raphontis, y los roncos gritos, medio silbidos medio mugidos, que el pájaro emitía a intervalos. Pero la oscuridad y la hediondez le impedían avanzar; además, sus pies resbalaban continuamente sobre sangre y suciedad. Sin embrago, pronto comprendió que los voormis habían cesado en su ataque. La cueva se prolongaba en una pendiente, y comenzó a respirar un aire penetrante con olores irrespirables, acres y minerales.

Tanteando mientras se acostumbraba a una noche perpetua, y descendiendo una pendiente muy inclinada, llegó a una especie de vestíbulo subterráneo donde no había ni luz ni oscuridad. Podían percibirse los arcos de roca gracias a un destello oscuro parecido al que emite la luna cuando se oculta. Desde allí, y a través de grutas recónditas y golfos de difícil sorteo, fue conducido más abajo por Raphontis hacia el mundo que yace debajo del monte Voormithadreth. Por todas partes se advertía una luz tenue y sobrenatural, cuya procedencia no pudo determinar. Alas que, por su excesiva anchura, no podían pertenecer a murciélagos, revoloteaban sobre su cabeza; y a intervalos, en las umbrías cavernas, podía contemplar temibles bultos parecidos a los de esas termitas y reptiles gigantes que en tiempos pretéritos incendiasen la tierra; pero a causa de la poca luz, no pudo distinguir si se trataba de seres vivos o de formas caprichosamente adoptadas por la roca.

Ralibar Vooz se sentía terriblemente impulsado por la prueba a que le habían sometido; su mente se hallaba totalmente entumecida, y sólo sentía una especie de miedo y asombro. Parecía como si su voluntad y sus pensamientos ya no le pertenecieran, sino que hubiesen pasado a formar parte de otra persona, desconocida. Se dirigía hacia una meta oscura pero predestinada, por una ruta oscura pero no desconocida.

Por fin, el pájaro Raphontis se paró revoloteando significativamente en una cueva que se diferenciaba del resto por una mezcla de olores si cabe aún peor. En un principio, Ralibar Vooz pensó que la cueva estaría vacía, y al adelantarse para unirse con Raphontis, tropezó con algunos restos que había por el suelo, pertenecientes al parecer a esqueletos humanos y de animales. Entonces, siguiendo la penetrante mirada del pajarraco, distinguió en un oscuro nicho el deforme bulto de una masa yacente. Dicha masa se movió casi imperceptiblemente cuando el cazador se aproximó, adelantando con increíble sopor una enorme cabeza con forma de sapo. Y la cabeza abrió los ojos, como si estuviera medio despierta, de forma que sólo pareciesen dos ranuras de fósforo sobre un rostro negro y sin cejas.

Ralibar Vooz percibió un olor de sangre fresca entre los muchos que sofocaban su nariz, y entonces quedó preso de pánico, ya que, al mirar hacia abajo, pudo ver sobre el suelo, ante el monstruo, los restos de algo que no era ni un hombre, ni una bestia, ni un voormi. Permaneció en pie dudoso, temiendo acercarse pero incapaz de retroceder. Amonestado por un silbido furioso del arqueopterix, que le golpeó en la espalda con su pico, avanzó hasta que pudo ver el oscuro pelaje del cuerpo yacente y la adormilada cabeza.

Poseído por un horror nuevo, y consciente de un terrible infortunio, oyó su propia voz que hablaba sin desearlo:

—Oh, Señor Tsathoggua, yo soy la ofrenda de sangre que envía el brujo Ezdagor.

La respuesta fue una ligera inclinación por parte de la cabeza de sapo; los ojos se abrieron un poco más, despidiendo luz en guiños viscosos a través de los arrugados párpados. Entonces, Ralibar Vooz creyó escuchar un ruido profundo, tormentoso; pero no sabía si procedía del aire enviciado o si eran cosas de su imaginación. Y el sonido cobró cuerpo, transformándose en sílabas y palabras:

—Gracias le sean dadas a Ezdagor por esta ofrenda. Pero como últimamente me he alimentado de una ofrenda rica en sangre, mi apetito está saciado por el momento, y no necesito de esta ofrenda. Sin embargo, bien puede ser que algunos de los Ancianos estén sedientos o hambrientos. Y dado que has llegado hasta aquí con una prueba que realizar, no sería justo que te fueses sin otra. En consecuencia, te someto a la siguiente prueba: deberás dirigirte hacia las profundidades, a través de las cavernas, hasta que llegues, después de mucho descender, al golfo que no tiene fondo, donde el dios—araña Atlach—Nacha teje sus telarañas eternas. Y una vez llegado, llamarás a Atlach—Nacha y le dirás: "Soy el obsequio que envía Tsathoggua".

Oído esto, y con Raphontis como guía, Ralibar Vooz abandonó la presencia de Tsathoggua por otro camino distinto al que le había llevado hasta allí. El camino se hacía cada vez más y más inclinado, discurriendo a través de cámaras demasiado grandes para ser exploradas, y a lo largo de precipicios de cuyo negro fondo surgía el murmullo somnoliento y los opacos vapores de los mares subterráneos.

Por último, al borde de un abismo cuya lejana orilla se perdía en la oscuridad, el pájaro nocturno quedó inmóvil, nivelando las alas y dejando caer la cola. Ralibar Vooz se acercó al borde y vio que a intervalos había telarañas adheridas al mismo, cubriendo al parecer el golfo con sus múltiples encrucijadas y laberintos de gruesos hilos grises, como las maromas. Aparte de estos hilos, el abismo carecía de puente. En la lejanía, y sobre una de las telarañas, distinguió una forma oscura, tan grande como la de un hombre agachado, pero con miembros de araña. Entonces, como si estuviese dormido y en medio de una pesadilla oyese algún sonido sobrenatural, escuchó a su propia voz gritar:

—¡Oh, Atlach—Nacha, yo soy el obsequio que te envía Tsathoggua!

la forma oscura corrió en su dirección con una rapidez increíble. Cuando estuvo cerca, pudo apreciar que había una especie de rostro en el agazapado cuerpo, oscuro como el ébano, y entre las numerosas patas plegadas. El rostro miró hacia arriba con una expresión de duda y de interrogación, y el terror corrió por las venas del intrépido cazador cuando sus ojos se cruzaron con los pequeños y astutos, rodeados de pelo, que le observaban.

Débil, aguda y penetrante como un punzón llegó hasta él la voz del dios—araña Atlach—Nacha.

—Me siento muy obligado y agradecido por este obsequio; pero como no hay nadie más que pueda servir de puente para este precipicio, y como se requiere una eternidad para realizar esta tarea, no puedo perder el tiempo extrayéndote esos curiosos pinchos de metal. Sin embargo, puede que para el antihumano brujo Haon—Dor, que habita en su palacio encantado más allá del golfo, puedas serle de algún uso. El puente que acabo de terminar llega hasta la entrada de su morada, y tu peso servirá para probar la resistencia de mi tejido. Ve, pues, con esta prueba: atraviesa el puente y preséntate ante Haon—Dor, diciendo: "Me envía Atlach—Nacha".

Una vez pronunciadas estas palabras, el dios—araña se retiró de la telaraña y desapareció rápidamente de su vista a lo largo del borde del precipicio, para comenzar sin duda la construcción de un nuevo puente en algún otro punto lejano.

Aunque la tercera prueba le resultaba pesada y obligatoria, Ralibar Vooz siguió a Raphontis con desgana sobre las oscuras profundidades. El tejido de Atlach—Nacha resistió bajo sus pies, balanceándose suavemente; pero entre los ramales, en una insondable profundidad, creyó oír los tenues aleteos de dragones con alas terminadas en garras; y, como juegos de la oscuridad, temibles bultos indefinibles que parecían emerger y desvanecerse simultáneamente.

No obstante, su guía y él llegaron a la otra orilla del golfo, donde la telaraña de Atlach—Nacha se unía al último escalón de una gran escalinata. Esta última estaba custodiada por una serpiente enroscada cuyas escamas eran tan grandes como escudos, con un tamaño más grueso que el de un corpulento guerrero. La cornuda cola de esta serpiente tintineaba como unos platillos, adelantando una cabeza desagradable con largas y enormes fauces. Pero al ver a Raphontis retiró su cuerpo enroscado y permitió que Ralibar Vooz subiera la escalinata.

Entonces, para realizar la tercera prueba, el cazador penetró en el palacio de mil columnas de Haon—Dor. Extrañas y silenciosas surgían esas estancias excavadas en la gris roca madre de la Tierra. Por las mismas, paseábanse sin cesar formas de humo carentes de rostro, delante de estatuas que representaban a monstruos con cabezas de sirena. De las bóvedas pendían, como si colgasen de la noche, lámparas cuyas llamas ardían al revés, parecidas a la combustión de hielo y piedra. Un gélido espíritu de maldad, tan antiguo como el mismo mundo, invadía las estancias; y el terror y el miedo corrían por ellas como serpientes invisibles, desatadas del sueño.

Sorteando las laberínticas cámaras con la seguridad de quien está acostumbrado a sus tortuosidades, Raphontis condujo a Ralibar Vooz a una habitación con el techo muy alto y cuyas paredes describían un círculo roto por una puerta, por la que penetraron. La habitación estaba vacía de muebles, excepto por un sitial de cinco pilares que se elevaba a tal altura, a la vez que carecía de escaleras o acceso similar, que sólo un ser alado podía ocuparlo. Pero en el sitial estaba sentada una figura vestida de oscuro, cubriendo su cabeza y facciones en la oscuridad.

El pájaro Raphontis se detuvo significativamente delante del sitial columnado, y Ralibar Vooz, con gran sorpresa por su parte, oyó que su voz decía:

—Oh, Haon—Dor, Atlach—Nacha me ha enviado.

Y hasta que la voz no dejó de hablar no supo que era la suya.

Durante un largo rato pareció que el silencio se prolongaría interminablemente. La figura del sitial permanecía inmóvil. Pero Ralibar Vooz, al mirar las paredes que le rodeaban, observó que su anterior lisura se cubría de mil rostros, retorcidos como los de demonios enloquecidos. Las caras se abalanzaban al extremo de cuellos que se estiraban, y detrás de los mismos emergían pulgada a pulgada hombros y cuerpos deformes, que salían de la piedra avanzando hacia el cazador. Y bajo sus pies el suelo se veía enlosado con otros rostros que se retorcían constantemente, abriendo cada vez más sus bocas y ojos demoníacos.

Por último, la figura cubierta habló; y aunque las palabras no pertenecían a ninguna lengua mortal, a Ralibar Vooz le pareció entenderlas oscuramente:

—Mi agradecimiento a Atlach—Nacha por este envío. Si dudo es porque no estoy seguro de lo que puedo hacer contigo. Mis parientes, que se agrupan en las paredes y suelo de esta cámara, te devorarían al instante; pero sólo supondrías un aperitivo para tantos. En conjunto, pienso que lo mejor que puedo hacer es enviarte a mis aliados, el pueblo—serpiente. Se trata de unos destacados científicos, y quizá puedas proveerles con algún ingrediente especial para sus investigaciones químicas. Considera, pues, que te someto a una prueba, y dirígete a las cavernas donde residen las gentes—serpiente.

Obedeciendo estas instrucciones, Ralibar Vooz comenzó a descender a través de los estratos más oscuros del primer mundo subterráneo, debajo del palacio de Haon—Dor. Nunca le falló la guía de Raphontis, y pronto llegó a las cavernas donde los hombres—serpiente estaban ocupados en mil tareas distintas. Caminaban torpe y retorcidamente sobre miembros premamíferos, mientras sus cuerpos imberbes se inclinaban suavemente. Se oía un claro y constante murmurar de fórmulas mientras se movían de un lado para otro. Algunos se dedicaban a fundir el negro carbón de oro; otros soplaban la obsidiana derretida formando frascos y urnas; algunos más medían productos químicos; y el resto, por último, destilaban extraños líquidos y curiosos alcaloides. Dada su intensa preocupación, ninguno pareció advertir la llegada de Ralibar Vooz y su guía.

Después de que el cazador repitiese varias veces el mensaje que le había confiado Haon—Dor, uno de los hombres—serpiente terminó por reparar en su presencia. Dicho ser le observó con una mirada fría pero llena de curiosidad desconcertante, emitiendo acto seguido un sonoro silbido que se elevó por encima de los ruidos y de la conversación. Los demás hombres—serpiente cesaron inmediatamente en su trabajo y se congregaron en torno a Ralibar Vooz. Por el tono de sus palabras silbadas podía deducirse que discutían entre ellos. Algunos se acercaron al commoriano tocando su rostro y sus manos con sus fríos digitales llenos de escamas, tratando de investigar lo que llevaba debajo de su armadura. Le dio la sensación de que le estaban anatomizando con metódico detalle. Al mismo tiempo, pudo advertir que no prestaban atención a Raphontis, que se había encaramado en un amplio alambique.

Cuando hubo pasado un rato, algunos de los químicos se alejaron para volver inmediatamente, llevando entre ellos dos grandes jarros de cristal llenos de un líquido claro. En uno de ellos flotaba erguido un voormi tieso y bien desarrollado, mientras que en el otro podía observarse un perfecto ejemplar del adulto hyperbóreo, muy parecido al propio Ralibar Vooz, ambos del sexo masculino. Los portadores de estos ejemplares depositaron su carga al lado del cazador, y entonces comenzaron a deliberar sobre lo que sin duda era una erudita disertación sobre biología comparada.

Pero en este caso, las exposiciones fueron relativamente breves. Al final, los químicos reptiles regresaron a sus distintas tareas, llevándose los jarros. Entonces, uno de los científicos se dirigió a Ralibar Vooz en un lenguaje sibilante, pero bastante aproximado al humano:

—Ha sido muy generoso por parte de Haon—Dor el enviarte aquí. Sin embargo, como has podido comprobar, ya poseemos un ejemplar de tu especie; además, en el pasado hemos tenido ocasión de disecar otros ejemplares y aprender todo lo que puede aprenderse de esta forma de vida despiadada y aberrante.

"Por otro lado, dado que nuestra química se dedica casi exclusivamente a la producción de poderosos agentes tóxicos, no nos sirven para nada las vulgares materias que componen tu cuerpo. Carecen de valor farmacéutico. Por último, hemos abandonado los impuros alimentos naturales, y nos limitamos a consumir tipos sintéticos. En consecuencia, como puedes comprobar, no tienes cabida en nuestra economía.

"No obstante, puede que los Arquetipos te encuentren de utilidad. Por lo menos supondría una novedad para ellos, ya que ningún ejemplar de la evolución humana contemporánea ha descendido hasta ahora a su estrato. Por tanto, te pondremos bajo esa urgente e imperiosa forma de hipnosis que, en términos de brujería, es conocida como una prueba. Y, obedeciendo la hipnosis, descenderás a la caverna de los Arquetipos…

La región a que ahora se dirigía el magistrado de Commorión se encontraba a cierta distancia bajo los laboratorios. Comenzó a aumentar el calor del aire que llegaba de los golfos y de las grutas, desprendiéndose una humedad parecida a la de las zonas ecuatoriales. Una gran luminosidad, posiblemente anterior a la creación del sol, rodeaba todo.

El cazador pudo distinguir en su derredor, dentro de esa luz gruesa y semilíquida, las formas de las rocas, así como de una fauna y de una flora perteneciente a un mundo primitivo. Dichas formas eran tenues, inciertas, movibles, y compuestas de elementos deslavazados. Incluso en este extraño y más que dudoso terreno subterráneo, Raphontis parecía encontrarse a sus anchas, volando entre las raquíticas plantas y peñascos como si no tuviese problema en orientarse. Pero Ralibar Vooz, a pesar del hechizo que le estimulaba obligándole a avanzar, comenzaba a sentir el cansancio lógico después de su heroico y prolongado itinerario. Por otro lado, estaba alarmado ante la elasticidad del terreno, que se hundía bajo sus pies a cada paso como si caminase por una marisma, y de una inconsistencia alarmante.

A este desconcierto, pronto tuvo que añadir el hecho de haber llamado la atención de un enorme monstruo, cuyos rasgos parecían los de un tiranosaurio. Este último le persiguió entre los helechos y el musgo arquetípicos, dándole alcance después de cinco o seis saltos; inmediatamente, lo engulló con la rapidez de cualquier saurio posterior, perteneciente a la misma especie. Afortunadamente, la engullición no fue permanente, ya que el plasma del tiranosaurio, aunque muy opaco, era más astral que material; y Ralibar Vooz, protestando enérgicamente contra su confinamiento en semejante masa, sintió cómo las oscuras paredes cedían ante él, cayendo pronto al suelo.

Cuando hubo intentado por tres veces consecutivas devorarle, el monstruo decidió que no era comestible. Se volvió, y regresó dando enormes saltos en busca de comestibles propios de su plano y materia. Ralibar Vooz continuó su descenso hacia la caverna de los Arquetipos; descenso en ocasiones interrumpido por los deseos alimenticios de alosaurios, pterodáctilos, pterandones, stegosaurios, y otros carnívoros primitivos.

Por último, siguiendo su experiencia junto a un persistente megalosaurio, pudo contemplar ante él a dos formas que vagamente le recordaban a las humanas. Sus proporciones eran gigantescas, con cuerpos casi globulares, y en vez de andar parecía que flotaban. Sus rasgos, aunque tan difusos que casi parecían inexistentes, expresaban enemistad y odio. Se acercaron al commoriano, y éste pudo advertir que uno de ellos le hablaba. Su lenguaje consistía en sonidos ventrílocuos primitivos, pero aunque con dificultad, pudo entender su mensaje:

—Nosotros, los primeros seres de la humanidad, nos sentimos defraudados ante la vista de una copia tan burda y terriblemente degenerada del verdadero modelo. Te desheredamos con tristeza e indignación. Tu presencia aquí constituye una intrusión insoportable, y es obvio que no puedes ser asimilado ni siquiera por nuestros dinosaurios más desarrollados. Por ello, te sometemos a una prueba: marcha sin más tardanza de la caverna de los Arquetipos, y busca el estrecho golfo donde Abhoth, el padre y la madre de toda la suciedad cósmica, realiza su repugnante y eterna tarea. Consideramos que sólo eres digno de Abhoth, quien quizá te confunda con uno de los de su progenie, y te devore de acuerdo con la costumbre que le es habitual.

El fatigado cazador fue conducido por el incansable Raphontis a una profunda cueva en el mismo nivel que la de los Arquetipos. Posiblemente se tratase de un anexo de la última. De todas formas, allí el terreno era más firme, aunque el aire parecía más irrespirable. Ralibar Vooz hubiera recobrado un poco de su aplomo habitual, de no haber sido por las repugnantes criaturas que pronto se le aparecieron. Había cosas que sólo podía comparar con monstruosos sapos de una pierna, con gusanos gigantes con cola de sirena, y con lagartijas deformes. Llegaban arrastrándose a través de la penumbra en una procesión interminable, desplegando un sinfín de variaciones morfológicas a cada cual más repugnante. Al contrario de lo ocurrido con los Arquetipos, estaban formados a base de una materia sólida, y Ralibar Vooz sentía fatiga y náuseas por la constante necesidad de rechazarles con las piernas. Sin embargo, se sintió muy aliviado al observar que a medida que avanzaba estos desgraciados abortos de la naturaleza se hacían más pequeños.

La oscuridad que le rodeaba se hacía cada vez más densa gracias al vapor caliente y nauseabundo que se depositaba en su armadura, en su rostro y en sus manos. Cuando inhalaba aire para respirar, le penetraba un olor de una hediondez inimaginable. Tropezó y cayó sobre las suciedades reptantes a sus pies. Entonces, en el crepúsculo, vio que Raphontis se paraba, y bajo el pajarraco pudo distinguir una especie de charca rodeada de barro mezclado con obscenos deshechos; en la charca se movía una masa grisácea y horrible que casi la llenaba por completo.

Al parecer, era aquí donde se encontraba el origen de todas las deformaciones y abominaciones. La masa grisácea bullía, temblaba y se hinchaba constantemente; y de la misma, en una división múltiple, surgían las anatomías que se arrastraban por toda la gruta. Había cosas como piernas y brazos sin cuerpo que se escurrían por el musgo, cabezas que rodaban, estómagos erizados con espinas de pescado, y toda clase de deformaciones y monstruosidades que aumentaban de tamaño a medida que se alejaban de la proximidad de Abhoth. Aquellas que no nadaban hasta la orilla con suficiente rapidez cuando caían de Abhoth a la charca eran devoradas por bocas que se abrían en el cuerpo paterno.

En su asombro y cansancio, Ralibar Vooz se sentía incapaz de pensar, sobrecogido como estaba por el horror; de otro modo, se hubiera sentido avergonzado, ya que había llegado hasta aquí mandado por los Arquetipos, quienes sólo le consideraban digno de semejante mundo. Sus facultades estaban más muertas que vivas, y la voz que, lejana y distinta, anunciaba a Abhoth la razón de su llegada, no supo considerarla como suya.

No hubo respuesta; pero surgió un miembro, de entre la masa informe, que estirándose llegó hasta donde se encontraba Ralibar Vooz al pie de la charca. El miembro se dividió en una mano plana y viscosa, y recorrió el cuerpo del cazador desde el pie hasta la cabeza. Después, cuando finalizó su cometido, se retiró rápidamente enroscándose en la penumbra junto con el resto de su progenie, lejos de Abhoth.

Esperando aún la respuesta, Ralibar Vooz sintió en su cerebro una sensación parecida a la de estar escuchando una conversación sin palabras ni sonidos. Traducido a un lenguaje humano, el mensaje fue el siguiente:

—Yo, Abhoth, el perverso de los dioses más antiguos, considero que los Arquetipos han demostrado tener un gusto dudoso al serme recomendado. Después de una inspección cuidadosa, no te reconozco como uno de mis parientes o de mi progenie; aunque admito que al principio casi me equivoco a causa de ciertas semejanzas biológicas. Eres totalmente ajeno a mi experiencia, y no me interesa poner en peligro mi digestión con artículos de dieta desconocidos.

"Quién eres o de dónde procedes, no lo sé; como tampoco puedo agradecer a los Arquetipos que me hayan molestado en la profunda y plácida fertilidad de mi existencia con un problema tan enojoso como el que me planteas. Vete pues, te conjuro. Existe un limbo yermo, y melancólico, y terrible, conocido como el Mundo Exterior, del que he oído hablar vagamente; creo que sería una meta bastante adecuada para tu viaje. Te someto a una urgente prueba: vete en busca del Mundo Exterior lo más rápidamente posible.

Al parecer, Raphontis se dio cuenta que al cazador le sería imposible físicamente realizar la séptima prueba que se le había impuesto; por eso le dirigió a una de las numerosas salidas de la gruta habitada por Abhoth, salida que le conducía a regiones totalmente desconocidas, enfrente de la caverna de los Arquetipos. Allí, y mediante gestos indicativos de alas y graznidos, el pájaro le indicó una especie de alcoba estrecha excavada en la roca. El nicho estaba seco y no parecía incómodo como lugar de descanso. Ralibar Vooz se alegró de poder descansar, y a medida que se le cerraban los ojos, tuvo la sensación de que sobre él caía una marea negra de sueño. Raphontis permaneció en guardia ante la entrada, golpeando con el pico a la deambulante progenie de Abhoth que intentaba asaltar al cazador dormido.

Como no existía ninguna diferencia entre noche y día en ese mundo subterráneo, no se podía medir con el método habitual el espacio de olvido disfrutado por Ralibar Vooz durante el sueño. Se despertó con el ruido de las alas batientes de Raphontis, que en su pico le presentaba un objeto poco atractivo, pero cuya anatomía se acercaba a la de un pez. Dónde y cómo había cazado esta criatura durante su constante vigilancia era algo más que dudoso, pero Ralibar Vooz llevaba demasiado tiempo en ayunas como para hacer ascos. Aceptó el desayuno, y lo devoró sin ceremonias.

Después, y de acuerdo con la prueba impuesta por Abhoth, reemprendió su marcha de regreso hacia el Mundo Exterior. La ruta escogida por Raphontis parecía ser un atajo. Se alejaba de la cueva de los Arquetipos, y de los laboratorios donde los hombres—serpiente se dedicaban a sus investigaciones toxicológicas. Fuera del itinerario quedaba igualmente el palacio encantado de Haon—Dor. Pero después de un ascenso largo y penoso a través de una región de desfiladeros solitarios, y por una especie de meseta subterránea, el viajero llegó una vez más al borde de ese larguísimo y desfondado abismo, cuyo único puente era la telaraña tejida por el dios—araña Atlach—Nacha.

Desde hacía algunos momentos había acelerado el paso a causa de la progenie de Abhoth, que desde un principio no dejara de perseguirle, aumentando cada vez más su tamaño, comparable ya al de los tigres y osos. Sin embargo, cuando se aproximó al puente, vio que un ser lento y enorme había comenzado a cruzar antes que él. Los cuartos traseros de dicho ser estaban plagados de ojos poco amistosos, y Ralibar Vooz dudó por un instante acerca de su propia orientación. Como no deseaba seguirle muy de cerca, pisándole los talones, esperó a que el monstruo desapareciese en la oscuridad; mientras tanto, la descendencia de Abhoth le atacaba con ferocidad.

Raphontis, con graznidos amonestadores, revoloteaba frente a él, sobre la red gigante, viéndose el cazador obligado a apresurarse por los feroces hocicos acechantes de los monstruos negros que le perseguían. Debido a la precipitación, no pudo advertir que la red había perdido consistencia, y algunos ramales se habían roto o estaban flojos a causa del peso del monstruo. En cuanto vio la orilla opuesta del abismo, sólo pensó en alcanzarla, redoblando la velocidad de su paso. Pero en ese momento, la red cedió bajo sus pies. Se aferró desesperadamente a los ramales rotos que colgaban, sin poder evitar su caída. Con varios trozos del tejido de Atlach—Nacha entre sus dedos agarrotados, se precipitó en ese golfo donde nadie se había zambullido antes.

Desgraciadamente, semejante contingencia no estaba prevista en los términos de la séptima prueba.

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