Los Tentáculos de la Bruja

¡Oh, canta Orfeo! ¡Alto árbol en el oído!
Y calló todo. Mas hasta en este callar
nació un nuevo comienzo, seña y transformación.

* * *

Y, tras haber contemplado los ojos de Petra, la Voz de las Profundidades penetró tan hondo en mi altivo corazón que, al alcanzar el otro lado de la angosta puerta, pude vislumbrar las Tierras Esmeralda. Ante mi perplejo mirar, se extendía una tierra plana de césped eterno e infinito, se mostraba ante mí cual Paraíso Terrenal. Caminaba, harto relajado e, incluso hallándome deslumbrado por el Sol, este me llenaba de energía y felicidad. Era como estar en un sueño. A mi alrededor se desperdigaban las lápidas de las innumerables víctimas del infortunio que habían recibido el fatídico beso de las Keres. Con cada paso que daba, me topaba con una lápida y, así, con el rostro de un difunto, congelado en una foto, siempre acompañada de un cartel con un mensaje postrero del cual me sentía destinatario. Recuerdo la de un bebé, cuyo rostro me sonreía diciendo: «No me pidas favores, déjame descansar en paz».

No recuerdo cuántas horas caminé hasta llegar a la arboleda. Por primera vez, después de haber transitado la pradera durante lo que se sentía como horas o incluso años, pude atisbar un camino que se extendía a lo largo de la misma, hasta hallar su bifurcación, dando a luz a un cruce. En los laterales del sendero, por ambos lados, crecían árboles ciclópeos que, abrazados al firmamento, protegían del sol al pavimento. Mas abandonar el camino, implicaba el inexorable retorno al césped eterno.

Seguí el sendero, bajo la sombra de unos árboles que me susurraban tentaciones de todo tipo. Las ignoré, pero, al llegar al cruce de caminos, vi a aquella anciana que, con una especie de viga, transportaba cual Mercurio todo tipo de enseres y reliquias. Era una vieja horripilante, el reflejo proyectado por la luna de una aciaga Graya.

Sin dudarlo, decidí realizar algún hechizo de los que aprendí en la Orden y Proceso de la Estrella de Plata, pero, apenas lo hice, ella se volteó, se rio y dejó de ser una bruja horripilante para convertirse en una ninfa hermosa: tan solo la luz de la luna cubría la voluptuosidad de su desnudo cuerpo, seductor cual regalo de la madre Afrodita.

Nuestros cuerpos se hicieron uno y disfrutamos de los placeres carnales durante horas, únicamente ungidos por el sudor de nuestra piel. Pero, al alcanzar el clímax, ella se multiplicó, viéndome de pronto rodeado por miles de ninfas de su misma talla y aspecto, multiplicando así mi gozo y mi éxtasis. El frenesí era tal que no me percaté cuando, en menos de lo que un parpadeo dura, pase a encontrarme abrazado y tendido sobre un horrible anfibio abisal, cuya piel resbaladiza destilaba un hedor insoportable a la descomposición de tiempos inmemoriales.

Sus tentáculos membranosos se retorcían a mi alrededor como sombras danzantes, mientras sus pinzas grotescas se cerraban lentamente, revelando una destreza macabra. Su rostro, una pesadilla encarnada, exhibía ojos que parecían contener la vastedad del Abismo y colmillos afilados que se curvaban hacia adelante como puñales en la penumbra. Yacía allí, una manifestación de terror primordial, un recordatorio inmisericorde de la insignificancia de mi existencia ante los juramentos que hice en Anatolia y en honor a Hécate. El horror fue tal que, al intentar separar mi cuerpo del de aquel ser, me encontré envuelto en sus jugos. Y es peor, pues ahora estaba rodeado de miles y miles de ellos, como ansiosos comensales aguardando su momento de tomar parte en el festín.

Desperté sobresaltado, frente a la atenta mirada de Don Leopoldo, quien me dio un vaso de ginebra y, esperando una buena noticia, me preguntó con un tono inocente: «Eric, amigo mío, ¿pudiste verla? ¿Qué aspecto tenía?» A lo que yo respondí: «Con lo que mis ojos toparon fue con una abominación inefable… con un aborto adulterino, aciago y horripilante». Su expresión, tras haber dedicado años tratando de volver a ver a su amada Petra, fue extraña; propia, quizás, de un hombre derrotado. De cualquier manera, creo que solo puedo definirla con la frase de Friedrich Nietzsche:

La satisfacción de un momento es la ruina del siguiente.

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