Cinco años, ¡cinco años hace ya que la musa me abandonó y, desde entonces, he sido incapaz de dar una sola pincelada!
De repente, dejé de estar de moda, caí en el olvido. Es por ello que mis antaño numerosos mecenas me fueron abandonando, todos menos uno, Lord Wilson.
Gracias a él puedo, al menos, costearme este alojamiento infecto y mantener la barriga llena de pan y de vino. Me digo a mí mismo que esto es una medida temporal, así es como soy capaz de aguantar día tras día sin flaquear.
Por si no estuviera ya pasando por un infierno, me llegó aquella maldita carta, Lord Wilson me daba un ultimátum, quería ver los frutos de su inversión. Y, ¡aquí estoy! En frente de este condenado lienzo en blanco… en su blancura llevo perdido ya tres días, como si de una tormenta de nieve se tratara. Tres días sin comer, tres días sin dormir y en las escasas cabezadas, fruto del agotamiento, me vienen horribles pesadillas con seres deformes que me hacen despertar empapado en sudor.
Decían del famoso violinista Paganini que su talento no era de este mundo y había quien incluso le acusaba de haber hecho un pacto con el demonio, así que, fruto de mi desesperación y apoyado por un curioso libro de ocultismo que me había regalado uno de mis antiguos clientes, traté de invocar al señor de las tinieblas para que resucitara mi genio. Pero, al igual que el resto de los mortales, él también ignoró mi llamada.
Sintiéndome un completo estúpido salí de allí, dando un portazo, y me fui a la taberna del puerto, la única en la que podía costearme un trago con mi nivel actual de ingresos. Allí, entre copas de whisky, tragos de absenta y opio, se me acercó un siniestro marinero holandés.
Su mirada brillaba con la luz de una locura tan profunda como el océano, apestaba a alcohol y a pescado podrido y llevaba al cuello una curiosa y horrible figura, esculpida en hueso de ballena, que se asemejaba a una suerte de pulpo y que me resultaba extrañamente familiar.
Me habló de una misteriosa entidad que se aparecía en sueños a los artistas y a los locos, obviamente él era del segundo tipo, y que podía conceder cualquier deseo a un terrible precio. Me contó historias inverosímiles de ciudades ocultas en las profundidades del mar y, cuando su compañía se me antojó insoportable, salí tambaleándome de allí, dejándole con la palabra en la boca. Volví a mi pensión en un estado lamentable, casi arrastrándome, y caí inconsciente sobre el camastro.
Aquella noche volvieron las pesadillas. Y, entre los habituales seres deformes que me atormentaban, apareció una bella mujer de rostro dulce que me ofrecía ayuda, apareció en mitad de la escena como un rayo de sol entre las oscuras nubes de una tormenta. Desperté abruptamente, la cabeza me estallaba, el pecho amenazaba con explotarme y, cuando entre terribles esfuerzos fui capaz de incorporarme, casi caigo al suelo de la impresión. El lienzo ya no estaba en blanco, en su lugar estaba un retrato magnifico de una mujer, la mujer de mi sueño.
No entendía que había pasado, no recordaba absolutamente nada de la noche anterior más allá de las locuras del holandés en el tugurio del puerto, pero, obviamente, aquello era obra mía, me reconocía en los trazos, en la elección de los pigmentos, el cuadro transmitía una ternura indescriptible.
Cuando fui capaz de salir de mi embobamiento la euforia me embargó y, sin perder ni un segundo, cogí el teléfono y concreté una cita con Lord Wilson, ¡por fin sería capaz de recuperar mi grandeza!
Una vez en su mansión le enseñé mi nueva obra y, tras un instante de silencio que se me antojó como una hora, me miró con los ojos humedecidos y me dijo con voz temblorosa: «Lo has vuelto a hacer, es más, te has superado. ¡Enhorabuena!». Aquellas palabras, sumadas a los visibles esfuerzos que estaba haciendo Lord Wilson para mantener las formas, me reconfortaron enormemente. Finalmente sentí que volvía a respirar.
Pero la alegría duró poco. Uno de sus sirvientes entró, visiblemente nervioso, y le susurró algo al oído. Acto seguido y sin respetar ningún tipo de protocolo, la policía irrumpió en la sala requiriéndome de muy malas formas que los acompañase. Lord Wilson estalló en colera ante tal desfachatez y exigió explicaciones.
El jefe de policía no se anduvo con rodeos, me acusaban de asesinato. Me costó unos instantes darme cuenta de que estaban hablando de mí y, cuando lo hice, me quedé sin habla. Seguro que todo había sido un terrible malentendido.
Por supuesto, lo negué todo. Pocas personas conocía tan poco inclinadas hacia la violencia como lo era yo. Pero, entonces, el jefe de policía, con los ojos llenos de odio y prácticamente sin despegar la mirada del cuadro, dijo: «Si no ha sido usted ¿Cómo explica esto?».
Me acercó una foto de la escena del crimen. En ella se veía el cuerpo de una mujer, tendido en el suelo en una postura antinatural. Un horror indescriptible me embargó. Era la mujer de mi sueño, la que había pintado en mi cuadro.
Con una furia que hacía temblar su bigote prosiguió: «Parece que la mujer era un alma pura de las que no abundan, la pobre cometió el error fatal de asistir a un borracho, a usted».
Esta revelación fue demasiado para mí, lo último que recuerdo antes de perder la cordura fue forcejear con el agente que me quería poner las esposas. Y, durante la lucha, algo salió volando de mi chaqueta para caer al suelo, una horrible figura tallada en hueso de ballena.
Era la misma figura que portaba aquel marinero, los ojos se me abrieron como platos y empecé a aullar como un animal «¡¡¡EL HOLANDES, EL HOLANDES!!!»
Mi razón dio un último chispazo antes de apagarse para siempre, ya sabía por qué la grotesca figura me era familiar, era el mismo ser que me atormentaba en sueños.