L' homme est périssable. Il se peut; mais périssons en résistant, et, si le néant nous est réservé, ne faisons pas que ce soit une justice.
—Étienne Pivert de Senancour, Obermann, lettre XC.
* * *
La luz tintineante de la calle formaba un degradado cobrizo sobre el lienzo del cristal empañado. El señor atravesaba la noche con mirada perdida, ignorando el televisor, y afuera, una suave llovizna golpeaba contra el asfalto, rompiendo el silencio.
Los faros de un coche deslumbraron al hombre al doblar la esquina, pero tan solo el silbido de la tetera fue capaz de sacarlo de su ensimismamiento. El televisor seguía tratando de sintonizar un canal inexistente mientras servía dos tazas de té sobre la mesa.
Llevaba ya más de un mes sin saber nada de ella, desde que encontrara aquella breve nota en el recibidor:
2011, Shōji1
En la entrada del viejo apartamento sonríe el retrato de una joven. Todavía alcanza a entrever su abrigo ausente en el perchero, sus zapatos tirados de cualquier manera al llegar, o su bolso sobre la mesita. Su habitación seguía sellada e impoluta. Desde que la policía entró a investigar no había vuelto a abrir aquella puerta, aferrándose así a un falso consuelo al imaginarla sentada en su escritorio, estudiando sin descanso para algún examen.
Al terminar el té apagó el televisor y volvió a quedarse fijo mirando a la nada, aunque las calles solitarias no le aportaban ningún confort. Ahora echaba de menos la multitud de la gran ciudad; el caos aparente, el rumor incesante de los coches, el molesto silbido que atravesaba las paredes de papel de su antiguo piso, o el insoportable ruido de su vecino al mover los muebles, y de los gritos que venían siempre de arriba. Había sido aquella una estresante y dura etapa de su vida, y aun así no dejaba de asombrarse pensando en ella con añoranza, romantizando la precariedad que compartiera con su exmujer.
Llevaba ya diez años viviendo en aquel lugar a las afueras de Tokio, y todavía le atormentaba el espectro de la ciudad. El amor y el odio que sentía hacia la misma, hacia sus gentes y los recuerdos que de allí conservaba.
De pronto sintió una sacudida, un terremoto que apenas duró unos segundos, acompañado de otra vibración más leve que reconoció en el acto. Corrió a la alacena y desbloqueó su teléfono móvil, el que su hija le regalara por su cumpleaños y que tanto le había costado aprender a utilizar. Pero un sudor frío le recorrió la espalda al darse cuenta de su error: había recibido una llamada de su hija, y el muy torpe le había colgado. Volvió a teclear su número con manos temblorosas e intentó llamarla.
—Papá —susurra una voz débil desde el otro lado.
—Yumi, ¿eres tú? ¿Dónde estás? ¿Estás bien?
Visualiza a su hija al otro lado de la línea, desamparada y atemorizada.
—Papá, le veo —su voz se entrecorta. Un zumbido distorsiona palabras ininteligibles—. Está aquí, frente a mí.
—¿Quién está ahí? ¿Dónde estás cariño? —balbucea el hombre.
Yumi parecía exhausta, como si hubiera estado corriendo, quizá huyendo de algún peligro. Y otra imagen cruza su mente, esta mucho más clara y real que la anterior. Ve un bosque de altos árboles que le resulta familiar. El camino es sinuoso, y las nudosas raíces de los árboles parecen tentáculos que se arrastran en la noche. Enfrente, varias figuras se postran ante la imponente silueta de un ser incomprensible. Pero al poco la imagen se desvanece, y con ella la voz de su hija.
—Yumi, ¿estás ahí? ¡Contesta!
La llamada se corta y, perplejo, observa la pantalla en negro del teléfono móvil. Vuelve a encenderlo e intenta llamar de nuevo, pero el teclado del dispositivo parece averiado y muestra extraños símbolos en lugar de números. Sin saber qué hacer, los presiona en la posición que ocuparían los números, pero el aparato marca otros símbolos sin sentido y emite un levísimo y cortante silbido que le perfora los tímpanos. La habitación le da vueltas. Deja el dispositivo en la alacena y busca el sillón para sentarse, pero cae al suelo antes de llegar.
Despierta al cabo de una hora con la boca seca y con un dolor punzante en la mandíbula y las costillas. Con esfuerzo logra arrastrarse hasta el sillón, y se agarra a él para levantarse y sentarse al fin. Descansa allí hasta retomar el aliento, con los ojos fuertemente cerrados, intentando olvidar aquella figura y las palabras ocultas tras el silbido.
No debería haberse marchado de Tokio. ¿Por qué se habría mudado a aquel lugar en medio de la nada?
Los recuerdos de aquella época eran borrosos. Tantos gritos y discusiones, portazos y llantos. Se había llevado a su hija agarrada al cuello, dejando a su mujer de rodillas, frente a la mesa de centro del diminuto comedor, aspirando aquel polvo blanco entre llantos. En aquel momento el único lugar que se le había pasado por la cabeza era el apartamento en el que se había criado y que había heredado de su familia. Quizá estuviera algo descuidado y repleto de polvo y aparatos viejos, pero se encontraba a tan solo un par de horas de allí, y era un lugar al que solo él tenía acceso. Yumi no tardaría en adaptarse al cambio, y así por fin encontrarían algo de paz; era lo mejor para ella. Lo mejor para ambos.
Sumido en sus pensamientos se tapa los ojos, pensando en su hija, y al hacerlo recuerda el resto de la visión. Aquellos enormes y siniestros árboles, y ella jadeando, abatida. ¿De dónde venían aquellas imágenes? ¿Y aquel extraño y doloroso silbido que acompañaba a los símbolos?
De cualquier forma, lo importante era que su hija seguía viva. Una calidez inusual le inundó el pecho, aunque la esperanza no tardó en desvanecerse. Era cuestión de tiempo, lo sabía.
Movido por la intuición se dirige a la habitación de su hija. Abre la puerta golpeándola contra la pared, y recorre el dormitorio con la mirada antes de acercarse a la estantería. Coge un libro tras otro, arrancándolos de los estantes, y los descarta tirándolos de cualquier manera sobre el colchón. El corazón le late con fuerza, y de repente vuelve a oír aquel pitido insoportable.
Tras recomponerse se abalanza sobre el escritorio, y al abrir el cajón lo encuentra al fin: un pequeño diario adornado con letras doradas. La policía lo había analizado en busca de pruebas, y sin embargo no habían logrado sacar nada en claro. La primera mitad del diario no distaba mucho del de cualquier universitaria. Era más bien escueto, tan solo se explayaba en unas pocas ocasiones, coincidiendo con viajes o días especialmente emocionantes, pero a medida que pasaban los meses las anotaciones se iban volviendo más irregulares, inconsistentes.
También él había leído el diario en busca de alguna señal, algún indicio de su paradero, pero sin éxito. Aunque ahora sabía lo que buscaba.
Entre aquel amasijo de recuerdos reconoció con claridad breves comentarios sobre su grupo de estudio, y varias menciones del bosque a los pies del monte Fuji. Era allí, no tenía duda.
20 de agosto de 2011, Shōji.
Ayer volvimos al mar de árboles al terminar las clases. Creemos que es allí donde nos guía la nota que encontramos en el libro de la biblioteca. Sasaki insiste en adentrarnos más, pero a Sam y a mí nos da mala espina. No sé qué espera encontrar, quizá piense que es el mapa de un tesoro o algo así.
Lo cierto es que no recuerdo qué pasó cuando fuimos al bosque por primera vez, y eso me inquieta. Y además, la nota parece escrita en un lenguaje que desconocemos, pero es como si intuyéramos su significado.
Por la tarde nos reuniremos con Sam y decidiremos qué hacer. Espero que mi padre no se enfade por llegar otra vez tarde a cenar.
Se deslizó lentamente hasta el suelo, apretando el diario contra su pecho y conteniendo las lágrimas. ¿Cómo lo había pasado por alto? Había releído aquel diario un centenar de veces. Incluso la policía había sido incapaz de encontrar pista alguna. Y ahora parecía tan obvio… no tenía sentido. Se abrazó las piernas y ocultó la cara temblorosa entre las rodillas.
La espalda le crujió al levantarse. Se dirigió a la entrada con el diario firmemente agarrado, y cogió las llaves y una linterna que guardaba en el armario. Allí encontró su viejo bate de béisbol, y decidió tomarlo también. Salió del apartamento hacia el parking, y aunque llevaba meses sin conducir, no dudó al soltar el embrague.
Tenía la mente en blanco; ella era lo único que importaba ahora. Al fin había conseguido una pista de su paradero, y nada le haría dar marcha atrás: ni el dolor incesante que le perforaba la sien, ni las lágrimas que no dejaban de correr.
Sus ojos inyectados en sangre se reflejaban en el espejo retrovisor mientras recorría las calles de la ciudad, que pronto dieron paso a una gran avenida bordeada por casas y pequeños comercios.
Aquella noche parecía no tener fin. Se secó el sudor de la frente con el puño de la camisa y respiró hondo. Sentía la boca seca y le ardían los ojos por el cansancio, pero debía seguir, no importaba cómo.
Dejó atrás la ciudad donde se había criado, y pronto se vio rodeado de árboles cada vez más tupidos.
Pronto volvería a verla, lo sabía.
El diario, abierto por aquella página en blanco, reposaba sobre el asiento del copiloto junto a su teléfono móvil. Lo miró por el rabillo del ojo, y recordó la visión que había tenido de su hija. Recordó el camino sinuoso que había recorrido, y las siluetas postradas ante aquel ser incomprensible. Aquel monstruo inefable.
Y de repente el teléfono empezó a vibrar. Le dio un vuelco el corazón y apartó la vista de la carretera para cogerlo, pero al hacerlo un sonido grotesco le heló la sangre. Frenó bruscamente y miró hacia atrás, ajustando el retrovisor con la mano temblorosa, y se le hizo un nudo en el estómago. El retrovisor reflejaba algo que no podía distinguir con claridad. Quizá se tratara de algún cervatillo alejado de su rebaño o de algún otro animal pequeño.
Respiró hondo, abrió la puerta del coche y salió. Caminó hacia la parte trasera del vehículo, cada paso más pesado que el anterior. Su respiración cada vez más agitada. El teléfono dejó de vibrar mientras se acercaba al cuerpo, y al hacerlo cayó al suelo de rodillas. La perturbadora paz de la noche se quebró a su alrededor, formando una nebulosa de llantos y plegarias mientras abrazaba el cuerpo inerte de su hija.