Merifilia

Brian McNaughton - Merifilia

"Toda la vida no es más que un conjunto de imágenes en el cerebro
y entre ellas no hay diferencia laguna que separe las nacidas de las cosas
reales y las nacidas de los sueños, y no hay causa alguna para valorar a
unas por encima de las otras."
H.P.Lovecraft

De todos los gules que había en el cementerio, Merifilia era la menos
típica de su especie. Ningún hombre había podido llegar al extremo de
encontrarla hermosa, pero su delgadez era menos extrema, su palidez menos
horrenda y su caminar menos grotesco que el de sus congéneres.
La ternura de su corazón tampoco era nada típica de su especie, y cuando
su naturaleza la obligaba a devorar los restos de un bebé muerto siempre
derramaba alguna lágrima por él. También se mostraba amable y considerada
con los demás gules, y sus modales a la hora de comer eran mucho más
refinados que los de los éstos. Y dado que a los gules les encanta reír,
lo que la convertía en una auténtica rareza era su inextinguible nostalgia
por el mundo del sol y calor humano que había perdido.
La sabiduría tradicional afirma que los gules hacen caer sobre sus cabezas
la maldición de tan horrible estado porque han pasado su adolescencia
dejándose fascinar por las pasiones y los intereses morbosos. Gluttriel,
Dios de la Muerte, se fija en los adolescentes y, a cambio de sus vidas,
les ofrece los recuerdos y la sabiduría de los cadáveres que devorarán

Otros afirman que el gulismo es una enfermedad llamada Destemplanza de
Porfat, bautizada así por el apellido del médico que legó a la posteridad
su primera descripción científica y que posteriormente desapareció en
circunstancias cuya peculiaridad resulta muy sugestiva. Antes de que la
transformación resulte obvia a los ojos de los afligidos que se han
congregado alrededor del lecho del enfermo o enferma - afligidos cuya pena
se ha visto agravada por la creciente afición del ser querido a las
observaciones macabras y las carcajadas que lanza en los momentos más
inoportunos -, el deseo de comer carne muerta hace que la víctima se
dirija al cementerio más próximo. La primera consumición de carne muerta
provoca cambios físicos que destruyen del todo la esperanza de volver al
seno de la sociedad humana.
Cualquiera de las dos explicaciones podría aplicarse al caso de Merifilia.
Cuando era una joven que estaba a punto de convertirse en mujer, Merifilia
conocía la necrópolis de la Colina del Soñador mucho mejor que los salones
de baile y las tiendas elegantes de Crotalorn a los que acudían quienes
tenían su edad. Hiciera el tiempo que hiciese Merifilia vagaba por entre
las tumbas de los ricos y las zanjas donde estaban enterrados los pobres.
un atuendo que, - para empezar, ya no era muy elegante - sufría
considerablemente como resultado de tales paseos y nunca le sentaba del
todo bien, quizá porque uno de los bolsillos siempre se abultaba con le
peso de un volumen de relatos de Asteriel Vendren, malignos carbúnculos
fruto de la fantasía enferma de ese escritor.
Merifilia solía instalarse encima de alguna lápida caída en el suelo, que
muy bien podría ocultar la entrada a un pozo de gules, e interpretaba
alguna melodía de Umbriel Finn con su flauta, un regalo de su difunta
madre que tenía en gran estima, y su inocencia hacía que atribuyese los
chasquidos y murmullos que oía al crujir de los árboles y el susurrar de
la espesura. También tenía costumbre de meditar sobre temas que las
personas jóvenes y de buena salud harían mejor dejando al cuidado de los
sacerdotes y los filósofos.
Su padre intentaba curarla de aquellas pequeñas manías y poner algo más de
carne encima de sus huesos, pues albergaba la esperanza de casarla con
algún joven de las Grandes Casas. Purgaba regularmente su biblioteca
tomando represalias contra aquella perversa peculiaridad suya que le hacía
preferir los cuentos de terror y los nocturnos cerebrales de Umbriel a la
gran literatura y las alegres tonadillas del momento. Le pellizcaba las
mejillas para hacerla sonreír mientras gritaba pidiendo comida, vino y
canciones alegres. Por desgracia el padre de Merifilia era comerciante en
maderas, y sus ocupaciones solían mantenerle alejado de la ciudad y de su
hogar en la Plaza del Sabueso, con lo que Merifilia recaía en sus nada
saludables costumbres apenas su padre había cruzado el umbral para salir a
la calle.
Cuando elogiaba a su madrastra poniéndola como ejemplo al que debía imitar
durante su ausencia, Merifilia se limitaba a inclinar la cabeza y dejaba
escapar un murmullo ininteligible. La segunda esposa de su padre era una
mujer un tanto alocada nacida en Froterin y no mucho mayor que la propia
Merifilia, que llenaba la casa de robustos atletas y músicos en lo que
afirmaba era un esfuerzo para alegrar a su hijastra, pero cuando Merifilia
huía al cementerio cercano para escapar del tumulto y las molestas
atenciones de sus invitados, su madrastra jamás parecía percatarse de su
ausencia.
Tanto da que buscase refugio en los brazos de Guttriel o que los vapores
de aquella tierra repleta de cadáveres y surcada por galerías escabadas a
fuerza de garras acabaran haciéndole contraer la Destemplanza de Porfat,
pues el resultado fue el mismo. Poco antes de cumplir los dieciocho años
Merifilia se adentró en las madrigueras de los gules y nadie más volvió a
verla.
Pese a lo mucho que se ríen, los gules son una compañía aburrida y poco
agradable. El hambre es el fuego en el que se queman, y su llama arde con
una intensidad muy superior a la del anhelo de conseguir poder sobre los
hombres o alcanzar el conocimiento de los dioses que atenaza al mortal
dominado por la locura. Vaporiza toda delicadeza y deja tras de sí una
escoria compuesta de ira y deseo. Los gules consideran que sus congéneres
son meros estorbos que se interponen entre ellos y el alimentarse,
obstáculos que deben ser combatidos y rechazados con aullidos en cuanto el
cortejo de afligidos se ha marchado para volver a su casa. Rara vez están
solos, y o porque les guste la compañía de los otros gules, sino porque un
gul solitario siempre es sospechoso de ocultar comida. Su copulación es
tan apresurada que las distinciones del sexo y la identidad suelen ser
ignoradas.
Merifilia deseaba penetrar los misterios de la amistad y el amor con tanta
fuerza como antes había querido conocer los secretos de la tumba, y lo que
más deseaba era averiguar algo sobre el amor. Creía que el amor debía
trascender las colisiones de cuerpos huesudos a que se entregaba
ocasionalmente con Antrax, el menos insensible de todos los gules
masculinos, y se aferraba a él de forma nada normal en su especie.
- ¿Por qué lloras? - le preguntó en una ocasión Antrax mientras su
acoplamiento hacía crujir los tablones de un ataúd que acababa de ser
vaciado.
No es nada. Me ha entrado polvo en los ojos.
- Si, ocurre de vez en cuando.
Su pregunta y su comentario eran lo más que un gul podía aproximarse a la
simpatía, pero quedaban tan lejos de lo que Merifilia imaginaba que era el
mínimo humano, que sólo sirvieron para aumentar la intensidad de sus
sollozos.
Merifilia buscó respuestas en los muertos, pues un gul adquiere los
recuerdos de aquellos cadáveres con los que se alimenta, pero su fortaleza
no podía compararse a la de los gigantes del mundo subterráneo, y la
batalla por los fragmentos mnemónicos siempre acababa con ella como
perdedora. Estudiar la existencia humana basándose en los míseros
fragmentos que conseguía era como aprender a pintar corriendo por los
pasillos de un museo. Aún así, había conseguido alguno vívidos destellos
de humanidad que guardaba como tesoros. El olor del pastel de naranja y
una canción infantil que evocaba una celebración del Cumpleaños de Polliel
ya muy lejana: el crujir del cuero y el abrazo musculoso de un hermano que
había vuelto por fin sano y salvo de una guerra olvidada; un altar
iluminado por velas robadas, un rostro pálido asomado entre sábanas
prestadas, las palabras "La fiebre a remitido" …
Otros gules tenían más suerte. Se alimentaban mucho mejor que ella, y
recordaban partes considerables de algunas vidas. Solían fingir que se
habían convertido en aquellos con cuya carne se alimentaban, y ofrecían
aquellas imitaciones satíricas de seres humanos que eran la diversión
favorita de su especie. Incluso merifilia aullaba de risa cuando Lupox y
Glotardo discutían sobre quién de los dos era Zuleriel Vogg, el famoso
ladrón de tumbas, cuya ejecución había sido acogida por los gules con una
alegría casi tan exuberante como la que reservaron para el momento en que
los fragmentos de su cuerpo fueron arrojados a una fosa sin vigilancia.
En una ocasión Escrofardo devoró a una vieja mendiga de forma tan completa
que su interpretación perdió toda cualidad satírica, y el gul empezó a
alternar las quejumbrosas súplicas de que se le diera alguna moneda con
los temblores convulsivos y el quejarse de la oscuridad, los malos olores
y la humedad que le rodeaban.
- ¿Quién está ahí? ¿Quién va? - gritaba a cada risita ahogada y correteo
furtivo.
La mayoría de los gules se apartaban de la falsa mujer con la esperanza de
que cuando Escrofardo se hubiese recuperado y descubriera que no había
nadie sobre quien descargar su mal genio se arrancaría la cabeza,
variación que sería muy bien recibida por los demás. Pero Merifilia, que
antaño había cruzado al otro lado de la calle para evitar el encuentro con
semejante ruina, sintió el impulso de acariciar aquel rostro tan frágil.
Los rastros de la vieja le parecieron muy hermosos, quizá porque los veía
con ojos que aún eran capaces de albergar sentimientos.
La visión humana que había adquirido hizo que al principio Escrofardo no
pudiera distinguir a la joven gul, pues el túnel sólo estaba iluminado por
el débil resplandor de las fungosidades adheridas a sus paredes. Cuando
vio lo que estaba acariciando, su rostro humano gritó y huyó hasta la
superficie, donde fue ferozmente golpeado en la cabeza por las palas de
los ladrones de tumbas. Los ladrones creían estar viéndosela con la
molestia casi rutinaria de una vieja enterrada prematuramente, mas para su
desgracia los golpes asestados con las palas no tardaron en conseguir que
el más irascible de los gules volviera ser el de siempre y Escrofardo
cobró en aquellos infortunados la venganza que, de otro modo, quizá
hubiese proporcionado Merifilia.
Merifilia atesoraba los momentos de felicidad que recuperaba de los
muertos, pero los platos habituales de su dieta eran el asesino, la
enfermedad y la locura, con sus múltiples agonías de la muerte como
postre. Los recuerdos agradables de los ricos estaban guardados en tumbas
de mármol y bronce, pero los recuerdos de la pobreza y de la desesperación
yacían esparcidos por todas partes y eran fáciles de encontrar. Los
cadáveres de los más pobres - aquellos que no habían sido amados o
llorados y que eran despreciados hasta por los necrófilos y los
estudiantes de medicina - eran arrojados directamente a un pozo que los
sepultureros habían bautizado como el Cubo del Almuerzo de Guttriel. Por
muy lleno que estuviera el pozo cuando caía la noche, al amanecer las
rocas del fondo se hallaban tan limpias como el cuenco del desayuno
después de que un niño haya pasado la lengua por él.
Un día los conductos subterráneos vibraron con la noticia de que un hombre
de gran fortuna, lustroso como un cerdo y atravesado limpiamente por el
acero de su contrincante en un duelo, acababa de ser enterrado en una
tumba sin protección. Su viuda no era natural de Crotlorn y estaba
convencida de que los gules eran un mito. Cuando el ataúd fue bajado al
agujero abierto en la tierra de aquella zona tan poco recomendable, se oyó
como su voz correspondía a las atenciones del vencedor del duelo
asegurándole que las tumbas de piedra reforzada con bronce eran de una
vulgaridad espantosa.
Aquel día ningún gul volvió a conciliar el sueño. El suelo de aquella zona
era tan fangoso que no permitía cavar túneles, por lo que la carne debería
ser extraída desde arriba. La excavación debería empezar con le primer
guiño de la oscuridad antes de que los ladrones humanos pudieran despojar
al mundo subterráneo lo que le pertenecía. Puede que algún afligido
siguiera rondando las inmediaciones de la tumba, por lo que los vigilantes
aún estarían razonablemente sobrios, y eso obligaba a que la osadía de los
incursores marcara nuevos límites para la leyenda. La discusión sobre las
tácticas a seguir llegó a ser tan apasionada que los cuervos de la
necrópolis emprendieron el vuelo y ennegrecieron la cúpula del templo de
Ashtareeta, lo cual fue considerado como un presagio temible por sus
sacerdotes y les impulsó a decretar una colecta de emergencia.
Merifilia sabía que la discusión era una farsa. La estampida general hacia
la tumba haría que los planes fuesen olvidados en un momento. En cuanto a
ella, su única esperanza era salir a la superficie durante el ocaso y
avanzar cautelosamente por entre los setos y lápidas hasta encontrar un
escondite cerca del objetivo. No tenía intención de llegar allí la
primera, pues quien se atribuyera ese honor sería pisoteado por un
monstruo como Glotardo o Lupox. No, esperaría a que alguno de ellos se
lanzara hacia la tumba y se agarraría a los espigones de su columna
vertebral mientras el coloso castigaba a quienes habían querido
adelantársele. Se pegaría su cuerpo tan estrechamente como las verrugas de
su trasero, y se contentaría con los restos que pudiese obtener.
Cuando llegó el momento Clamitia, la as astuta de todos los gules, usurpó
el puesto de la sombra de Lupox. Merifilia lamentó que ello le dejara más
remedio que poner la zancadilla a su hermana - con lo que ésta dejó
grabada en el barro la huella de su venerable hocico -, pero el protocolo
había desaparecido para ser sustituido por un caos de alaridos. Lupox
sembró el pánico entre los que habían llegado en primer lugar atacándoles
tan ferozmente como un perro de raza a una manada de ratas, sin importarle
en lo más mínimo que dos de los obstáculos a los que apartó de su camino
fuesen dos vigilantes humanos, quienes abandonaron sus garrotes
destrozados allí donde habían caído y volvieron gimoteando a la seguridad
de la choza.
La tumba estalló convertida en una fuente de tierra arrojada hacia el
crepúsculo por las frenéticas garras de los gules. El geiser no tardó en
escupir flores aplastadas, astillas de madera y, finalmente, trozos de
seda y adornos de oro tratados con tanta desconsideración que cualquier
ladrón habría llorado al presenciar el espectáculo. Y de repente, si haber
tenido que hacer prácticamente ningún esfuerzo, Merifilia se encontró
sosteniendo en sus manos un cuarto de cabeza, con el siempre codiciado ojo
adherido a ella.
Para los gules el ojo era equivalente a un plato delicado que abría
arrancado una exclamación de placer al invitado de un banquete antes de
que empezara a consumirlo delicadamente, pero Merifilia no estaba en
ningún banquete refinado. Las garras arañaban su espalda, los codos se
hundían en sus costillas y las mandíbulas se tensaban sobre sus hombros
para apoderarse del trofeo que le había adjudicado el azar, por lo que no
le quedó más remdio qué metérselo en la boca, masticar apresuradamente y
engullirlo.
Y después, encogida entre las rodillas de Lupox, tuvo la visión más
extraña que pueda imaginarse. Se vio a si misma muy erguida, tal y como su
padre solía decirle que debía caminar; con el cabello apartado de sus ojos
tal y como solía apartárselo él; y con una sonrisa casi inimaginable
creando hoyuelos en unas mejillas que no se parecían en nada a sus flacas
mejillas de cuando era humana. La visón estaba envuelta en un halo de amor
que apenas había sido rozado por la acidez del enfado, congelada para toda
la eternidad bajo la capa vidriosa de la pena.
Merifilia comprendió sobre qué tumba había estado agazapada pero, siendo
lo que era, no podía hacer nada salvo esforzarse por conseguir algún otro
fragmento y dejar que sus sentimientos fueran aclarándose por sí mismos.
Su siguiente hallazgo fue una mano que contenía una imagen mucho más clara
de las nalgas de su madrastra, y que resultó ser un antídoto perfecto para
los efectos producidos por el primer plato.
Su obsesión por la vida hizo que Merifilia volviese a sus costumbres
solitarias de antaño. Los demás gules se lo permitieron, pues nadie
sospechaba que pudiese ocultar alimento. Para los gules Merifilia era tan
rara como había sido en el pasado para los seres humanos y, como ellos,
sus nuevos compañeros agradecieron el verse libres de sus silencios
melancólicos, sus observaciones inoportunas y su reluctancia a participar
en un buen coro de carcajadas.
Una noche en que avanzaba por un sendero que había tenido costumbre de
recorrer acompañada por las notas de su flauta, Merifilia estuvo a punto
de tropezar con un hombre que no había ido allí a saquear tumbas o para
suicidarse. El visitante estaba declamando versos a la luna llena con un
fervor tan extático que no se dio cuenta de que Merifilia se apresuraba a
deslizarse bajo la tiendo formada por las ramas de un sauce.
Era el poeta Fragador, cosa que Merifilia averiguó de sus propios labios,
pues antes de recitar cada poema Fragador se lo atribuía como si temiese
que la luna pudiera confundirle con algún otro. "Sobre las manos de Terisa
Sleith, soneto de Fragador de Fandragord", anunciaba, o "Para Terisa
Sleith en el día de su cumpleaños, una oda de Fragador, poeta y dramaturgo
nacido en Fandragord".
Mientras le observaba Merifilia pensó que sólo una luna muy desconsiderada
y poco atenta podría olvidar su nombre. Fragador era el hombre más hermoso
que había visto jamás; pero Merifilia le contemplaba con ojos de gul, sin
ser consciente de que muchas personas le encontraban excesivamente flaco y
pálido. Su corazón, tan tranquilo y adormecido incluso antes de su estado
actual, empezó a palpitar como si un visitante provisto de su martillo se
hubiera instalado dentro de su pecho.
El tema de los poemas le gustaba bastante menos que su voz. Terisa Sleith
era la gran belleza de Crotalorn, y en más de una ocasión su padre se la
había puesto como ejemplo de todo los que Merifilia no era. Fragador la
deseaba tan ardientemente como Merifilia le deseaba a él aunque en su caso
quizá tuviera derecho a albergar alguna esperanza, cosa que le estaba
vedado a Merifilia.
Fragador visitaba el cementerio con tanta frecuencia como Merifilia, y
siempre traía consigo una nueva cosecha de poemas que alababan el ingenio,
la gracia, la belleza de la misma persona. Cuando la luna tenía otras
obligaciones que atender, Fragador recitaba sus versos ante una estatua de
Filouela que se reclinaba en una actitud de complacencia sobre una de las
tumbas de sus sacerdotes, sin imaginarse que la opulenta silueta de la
diosa ocultaba un horror tembloroso que anhelaba concederle todo aquello
que Terisa le negaba.
¡Cómo aborrecía a ese nombre! Aparecía en cada verso escrito por Fragador,
y cuando pronunciaba esas sílabas repugnantes, la voz del poeta temblaba,
vibraba y desfallecía. Merifilia acabó siendo capaz de prever su aparición
y cuando llegaba murmuraba su nombre en voz lo suficientemente alta para
que el de Terisa no llegase a sus oídos, sin importarle que la diferencia
silábica estropease la elegante métrica del recitado. A veces hablaba con
demasiada vehemencia y el poeta carraspeaba, se limpiaba el oído con un
dedo o contemplaba con expresión inquieta las sombras que le rodeaban.
Pero el corazón del poeta no había logrado captar bien su nombre, pues una
noche Fragador la sorprendió y emocionó declamando un poema a "Mortila",
quien había sido identificada por su intuición poética como un espíritu de
la noche y de la muerte, y cuya ayuda invocaba pidiéndole que ablandara el
corazón de Terisa antes de que sus esbeltos miembros acabaran convertidos
en alimento para los gules. Merifilia recitaba las estrofas del poema para
sí mientras deseaba ardientemente que sus miembros estuviesen al alcance
de sus mandíbulas capaces de partir ataúdes.
El deleite que les inspira el horror, su flirteo con la muerte, su amor a
la sombra y la soledad… Ella y Fragador eran muy parecidos, o lo habían
sido. Si le hubiera conocido cuando vivía bajo la luz del sol… Pero
Merifilia luchó con aquel deseo y no paró hasta agostarlo. Aunque hubiera
caminado con la espalda erguida y se hubiera peinado, aunque hubiera
sonreído de vez en cuando y hubiera trinado bromas y observaciones
agradables, ningún hombre atraído por el delicado rostro y la silueta
núbil de Terisa Sleith le habría dedicado ni una sola mirada.
Cuando la cruel damisela se prometió con otro hombre los versos de
Fragador se convirtieron en delirios empapados de ira y de dolor. La
corrupción que siempre había estado oculta bajo sus imágenes más soleadas
se arrancó la máscara y el poeta empezó a hablar de asesinato y suicidio.
Merifilia tuvo que admitir que no sólo era un hombre hermosísimo y
poseedor de grandes dotes poéticas, sino que además era un auténtico
genio. Nadie se habría adentrado tanto en el abismo, ni siquiera Asteriel
Vendren. Merifilia le amaba y le adoraba, y ahora que el incongruente
objeto de su deseo había demostrado ser todavía más estúpido de lo que
indicaba su comportamiento anterior, incluso llegó a albergar la tímida
esperanza de que Fragador pudiera ser suyo. Empezó a imaginarse que su
cerebro era un hervidero de hormigas muy atareadas donde cada hormiga era
una forma de declararle su amor, y la fantasía acabó convirtiéndose en una
obsesión tan poderosa que apunto estuvo de destrozar el cráneo contra una
lápida para exterminarlas.
La luna llena volvió a brillar sobre el cementerio, pero el poeta no se
presentó. Merifilia iba nerviosamente de su estatua favorita al sauce y
volvía a la estatua. Acabó rompiendo el círculo de sus paseos para correr
hacia la entrada principal, allí donde empezaba el reino de la vida y la
luz. Saltó a lo largo del muro y escudriñó la Calle del Limón primero en
una dirección y luego en otra, después se inclinó peligrosamente hacia
fuera para observar la Plaza del Sabueso, donde sólo distinguió a mendigos
y noctámbulos. Tan grande era su preocupación que le inspiraba su amado
que la visión de su hogar festivamente iluminado, la primera que había
tenido desde su transformación, no le produjo ni la más leve punzada de
dolor o nostalgia.
La primera nota de un alarido le indicó que había sido vista, pero se
deslizó en la oscuridad tan deprisa que el grito perdió convicción y acabó
conviertiéndose en una risita incómoda.
Temía que Fragador hubiera llevado a la práctica la amenaza de sus últimos
poemas y se hubiese suicidado, pero el deseo temeroso que la invadió era
más fuerte que su miedo. Había anhelado la unión con él. ¿Qué unión podía
ser más completa que convertirse en el mismísimo Fragador?
Sus murmullos entre poema y poema le habían revelado que no se le
concedería cripta inexpugnable. Merifilia saquearía su sepulcro en pleno
mediodía, adelantándose a los gules más robustos para apoderarse de sus
amadas reliquias. ¡Al diablo los guardianes! ¿Acaso había alguna forma
mejor de terminar su odiada existencia que adoptando la forma de su amor,
recordando el dolor de su muerte mientras veía aproximarse la suya
contemplándola a través de los ojos de Fragador? Ninguna pasión había
podido consumarse con tal plenitud, y aquel desenlace lloraría en vano
pidiendo ser inmortalizado por la pluma de Fragador. Merifilia volvió a su
tumba favorita sintiéndose fatigada e inquieta, pero también un poco más
animada, se reclinó bajo la sombra de la Diosa del amor y allí se quedó
dormida.
Unos sollozos tan amargos que creyó que debían ser suyos acabaron
despertándola. La hinchada luna rojiza se había convertido en un delgado
disco que flotaba sobre su cabeza. Se frotó los ojos y no encontró
lágrimas, pero los sollozos seguían. Era él, y la alegría que sintió casi
le hizo abrazarle antes de pensar en el efecto que su acto podía producir.
-¡Gules! - gritó de repente Fragador -. ¡Diablos y espíritus de la
oscuridad, escuchadme! ¡Mortila, ven a por mí!
Merifilia se puso en pie antes de que alguna otra entidad pudiera
responder a la llamada de Fragador.
-¡Por Cludd! - jadeó el poeta.
La mitad de su espada emergió de la vaina como un relámpago de plata y, en
un destello de conocimiento tan cegador como el del metal, Merifilia se
vio a si misma en el aborrecimiento de su mueca. Una rueda giró
pesadamente dentro de ella dejando tras de sí los restos de algo
aplastado. Merifilia cruzó los brazos delante del pecho, apoyó las manos
en sus hombros e inclinó la cabeza en un gesto de súplica.
- Te he llamado - dijo él después de un largo silencio -. Tu rapidez en
acudir me sobresaltó.
- Perdóname.
- La ofensa y el perdón carecen de significado, pues el significado mismo
se ha desvanecido. Terisa Sleith ya no existe.
- Lo siento - mintió Merifilia.
- Es lógico que lo sientas - dijo él -. Ni siquiera el sueño de un gul
puede penetrar en el sepulcro de los Sleith.
Merifilia alzó la cabeza para protestar ante esa mala interpretación de
sus palabras, pero el rostro de Fragador la derritió y la redujo al
silencio. Algo parecido al asombro pasó por él en cuanto Fragador vio sus
ojos. Su padre siempre los había alabado diciendo que eran lo más hermoso
que poseía, y ahora sus ojos eran los globos amarillos más luminosos del
mundo subterráneo.
-¿Eres realmente… ? - empezó a decir Fragador -. No, preguntarte si eres
un síntoma de mi locura sería como admitir que estoy loco.
- Eres el hombre más cuerdo que ha existido desde que Asteriel Vendren.
- ¡Sleithretra nos salve de los gules con educación!
Merifilia se estremeció. Ni siquiera un gul podía pronunciar el nombre de
aquella diosa en un cementerio a medianoche y, desde luego, no
acompañándolo de una carcajada. Fragador estaba loco, y comprenderlo la
emocionó todavía más. Las palabras escaparon de sus labios, tan imposibles
de contener como un sollozo o una exhalación de último aliento.
- ¡Te amo!
Y el osado Fragador dio un paso hacia adelante.
- Entonces baja de la tumba, Mortila, y hablemos de amor.
Merifilia temblaba de tal manera que sus mandíbulas no pararon de
castañetear hasta que pudo apoyarlas en la firmeza de su abrazo.
- No te burles de mí - murmuró, y añadió -: Y me llamo Merifilia.
Su rectificación pareció irritarle un poco, pero la aceptó.
- He oído decir que si un gul devora el corazón y el cerebro de una
persona se convierte en esa persona.
- Lo he visto ocurrir.
- No pretendo ofenderte, pero… ¿Esa restauración no irá acompañada de
alguna otra característica? ¿No habrá redundancia de dientes, ningún olor
extraño o el impulso de echarse a reír en los momentos más insospechados?
Merifilia ladeó la cabeza apartando sus ojos nublados por las lágrimas del
rostro de Fragador.
- La suplantación es perfecta - dijo con cierto enfado -. ¿Es que mi olor
te ofende?
Lamentó aquel estallido de mal genio apenas se hubo producido. Había
olvidado que su nuevo rostro y su voz actual traducían la petulancia como
furia demoníaca.
- Por favor… - dijo Fragador en cuanto volvió a ser capaz de hablar -.
No me refería a eso. Un cadáver… Ya sabes. Posees una considerable
belleza interior, Merifilia. La veo en tus ojos.
- ¿De veras?
- Por favor, no te rías. No estoy acostumbrado a ese tipo de carcajadas. -
Merifilia no era consciente de haber reído. Fragador tomó su mano entre
las suyas y Merifilia estuvo a punto de perder el conocimiento -. Mi
querida… Mi querida gul, tengo en mi poder la llave de la tumba de los
Sleith donde Terisa será enterrada mañana. Deseo que dispongas de ella tal
y como dijimos antes.
- ¡Pero eso es monstruoso!
Su mirada le dejó bien claro que la palabra le parecía de un cierto mal
gusto teniendo en cuenta cómo eran los labios que la habían proferido,
pero Merifilia siguió hablando sin poder contenerse.
- Sería tal y como era ella en vida. Si te rechazó entonces…
- Fueron sus padres los que me rechazaron. Sus padres, su posición y su
apellido, pero su corazón… Su corazón nunca me rechazó. Si Terisa
pudiera disponer de una hora más, escucharía los dictados de su corazón.
Si pudiera hablar con ella, mirarla… ¿Podría atreverme a esperar un beso
suyo?
Un perverso impulso de negarse se apoderó de ella. Le deseaba como jamás
había deseado a nadie, pero el precio que exigía - el que se transformara
en la clase de persona que su padre y su madrastra habían querido que
fuese- le parecía demasiado alto.
- Por favor, Merifilia - murmuró Fragador, y la asombró posando sus labios
sobre su mejilla.
Merifilia acepto la llave que le poeta depositó sobre las callosidades de
su palma.
Cuando faltaba poco para la hora de la cita Merifilia se deslizó con el
sigilo propio de los gules entre las flores que adornaban las tumbas de
los ricos. Todo el mundo sabe que la cautela y el silencio de esa especie
son tales que comparado con un gul hasta el búho parece ruidoso y torpe.
Tenía las orejas desplegadas para captar los murmullos de las mariposas y
el murmullo de los gusanos que moran dentro de los ataúdes. Sus fosas
nasales se habían dilatado al máximo, por lo que cada cadáver sepultado a
su alrededor anunciaba su discreta presencia por muy marchito y seco que
le hubiera dejado el paso de las eras, y no había ninguno más perceptible
que el de Teresa Sleith. Su putrefacción apenas era un suspiro oculto bajo
las lágrimas saladas y los jabones perfumados de la servidumbre que la
había engalanado por última vez.
Ningún otro gul contaminaba el aire con su rancio aliento y no había
vigilantes que lo mancharan con su respiración cargada de vino, pero aún
así Merifilia siguió avanzando con el máximo de precauciones, horrorizada
por una visión de la hueste subterránea que la pisoteaba para invadir la
tumba de los Sleith, apoderándose de los huesos que llevaban mil años en
aquel recinto inviolable y dispersando los despojos de Terisa en mil
gargantas codiciosas. Si aquello ocurría jamás podría volver a contemplar
el rostro de Fragador y mirarle a los ojos. No, se acercaría desde atrás,
vencería la repugnancia que le inspiraba la carne que aún no estaba madura
y la devoraría. No podría disfrutar de los suspiros, las miradas y las
caricias de su amado, pero al menos le conocería desde lo más hondo de su
ser.
No se irguió hasta haber llegado a las sombras del umbral, alli donde el
terrible lema de la tribu de Terisa estaba grabado bajo la imagen de
Sleithretra. ELLA ACARICIARA A QUIEN JUEGUE CON NOSOTROS, La llave de
bronce que Fragador le había entregado resbaló de sus dedos temblorosos y
cayó al suelo haciendo un ruido que le pareció tan potente y terrible como
el del garrote de un vigilante, y sus garras necesitaron unos momentos
para acostumbrarse a aquel ingenio concebido por y para los seres humanos.
Cuando por fin logró alcanzarla hasta el ojo de la cerradura en
introducirla en él Merifilia lloraba de impaciencia y temor.
Los paneles de bronce giraron hacia el interior moviéndose sobre bisagras
bien engrasadas. La cadena que terminaba en el gong de la torre había sido
cortada por un vigilante que apreciaba la poesía de Fragador y sentía un
aprecio aún mayor por el opio, y al que no había sido difícil persuadir de
que si el poeta deseaba entrar en la tumba no era para cometer ninguna
indecencia excesivamente fuera de lo corriente con el cadáver de quien
había sido la favorita de todo Crotalorn.
En cuanto hubo apartado la pesada tapa del sarcófago Merifilia tuvo que
admitir que era muy hermosa, sobre todo ahora que su color rosado de su
tez había sido sustituido por una gama de matices violáceos. La cabeza
fatalmente torcida había quedado casi recta. Terisa bien podría haber sido
una joven dormida que se despertaría con una leve rigidez del cuello como
único motivo de queja.
Merifilia se quedó inmóvil durante un momento para admirar aquella nariz
diminuta y elegante, tan distinta de la que ella había poseído en vida.
Después se la arrancó de un mordisco. Desenroscó su lengua, afilada como
una navaja, y la introdujo por la boca de Terisa para ir desmenuzando el
cerebro hasta convertirlo en fragmentos diminutos que podría engullir sin
ninguna dificultad. Movió las más pequeñas de sus garras en dos giros
remilgados que le sirvieron para extraer los ojos de sus cuencas, y los
saboreó conteniendo unos leves gemidos de placer antes de pasar a la
opulenta suculencia de los pechos.
Terisa podía oír el parloteo de sus hermanas. Habían asistido a la revista
del regimiento conocido como Torbellino de Cludd. Tenían la costumbre de
provocar a los Soldados Sagrados ofreciéndoles sonrisas invitadoras y
nerviosos meneos de caderas. Los guerreros debían mantenerse célibes, y en
aquellas ocasiones se les ordenaba que se mostraran más firmes y adustos
que nunca. Las chicas intentaban conseguir que alguno de ellos dejara caer
su pica o, peor aún, que alzara su báculo, delitos por los que el culpable
sería flagelado y obligado a pasar una noche de rodillas sobre un montón
de guijarros. Merifilia, en cambio… ¿Por qué no había disfrutado nunca
de una diversión semejante, por qué ni siquiera había llegado a
ocurrírsele que era posible? Merifilia estuvo a punto de llorar por la
vida que había malgastado, pero no tardó en recordar que Terisa Sleith ya
se había encargado de hacer todas esas cosas por ella.
Siguió desgarrando el cuerpo hasta dejar al descubierto las costillas y
abrió la caja torácica como si fuese un libro: el Libro del Amor. Después
engulló el corazón y saboreó la resistente flexibilidad de ese músculo.
¡Qué sobresalto había tenido aquel corazón cuando Terisa giró sobre la
punta de los pies en lo alto de la escalera para enseñar su vestido de
novia y sintió cómo el dobladillo se enganchaba en su tacón! El suelo se
ladeó y el techo empezó a dar vueltas, pero la seguridad de que jamás
podría ocurrirle nada le ahorró el terror que podría haber sentido en
otras circunstancias. Aun suponiendo que ocurriera (y ahora no podía caber
duda alguna de que estaba rodando por la escalera) sólo sufriría algunos
molestos moratones. Compadeció al coro de los que gritaban. Sintió el
deseo de tranquilizarles recordándoles que era Terisa Sleith, cuya
juventud y belleza era invulnerables. Y, sin embargo, iba a morir…
Merifilia se enfureció ante la injusticia y la perversa inoportunidad de
aquel accidente. Lo que más lamentaba era la falta de gracia con que se
había marchado al otro mundo y, sobre todo, el que aquello hubiese
ocurrido delante de sus hermanas. Examinó aquellos pensamientos,
comprendió que el momento ya casi había llegado y se apresuró a terminar
el banquete. Apenas había echado la mirada a los riñones cuando posó sus
ojos en su mano y se sintió invadida por una mezcla de mociones que muy
pocas criaturas pueden llegar a conocer.
Ver su mano le hizo sentir una terrible repugnancia. Aquellos dedos
minúsculos que parecían gusanos regordetes, tan distintos de las garras qe
había acabado acostumbrándose a poseer… Y, al mismo tiempo, Terisa
sintió una oleada de náuseas al ver lo que sostenía en su delicada manita,
y lo que manchaba su brazo hasta la altura del codo.
Ambas necesitaron algún tiempo para calmarse. Terisa aceptó su muerte más
deprisa y de mejor grado que Merifilia, quien se resistió con todas sus
fuerzas a la voluntad extraña que acabó haciéndola lavarse con el vino y
el aceite almacenados en la tumba para un más allá que había sido
imaginado de una forma muy distinta. Mientras se secaba con una punta del
traje que no se había manchado, Terisa la riñó por o haberlo cuidado
mejor, pues ahora no tenían nada que ponerse. Merifilia se acordó de su
madrastra.
Terisa cogió el sudario que envolvía los huesos de un Sleith ya casi
olvidado y lo hizo girar a su alrededor. Le bastaron unos instantes para
conseguir un porte mucho más elegante y distinguido del que habría podido
soñar Merifilia y aún llevando sus mejores galas.
-Creo que hay que sacar el mayor provecho posible de lo que tienes a mano
- dijo Terisa -. No importa cuál sea tu situación. Aunque fuera el gul más
horrendo intentaría ir bien arreglada y presentable. Y no quiero
desperdiciar mi breve resurrección encerrada en una tumba maloliente, así
que salgamos de aquí, ¿de acuerdo?
Una parte de su ser deseaba quedarse y consumir los restos que le faltaban
por devorar, pero la otra ni siquiera quería ver el sarcófago, y ambas
partes pertenecían a la misma persona, aquella que el lo más hondo de sus
pensamientos se daba el nombre de Terisa Sleith y que sentía un impulso
casi incontrolable de reír cuando se otorgaba ese nombre.
Fragador había hecho sacrificios y esperaba lo que ocurriría, pero ver
como Terisa salía de la tumba le dejó sin habla. Terisa movió la cabeza
haciendo ondular su cabellera de aquella forma tan irresistible que la
distinguía y contempló el cementerio que la rodeaba antes de divisarle
medio escondido entre las sombras que proyectaba u demonio de piedra.
Cuando su rostro se iluminó, el corazón de Fragador despertó como los
pájaros que saludan en coro la llegada del amanecer.
-¡No estás muerta! - Rió como si se hubiera vuelto loco -. había que era
una equivocación, sabía que tú…
La compasión que había en sus ojos le hizo callar antes de que sus labios
hubiesen pronunciado una sola palabra más.
- No, no era una equivocación - dijo ella -. Y tampoco soy del todo lo que
parezco.
- ¿Neritilia?
- Por favor, intenta acordarte de mi nombre. El amor que ella siente por
ti hace que el mío parezca ridículo.
El amor le había traído hasta aquí, cierto, pero también la ira, la ira
que le inspiraba el sometimiento de esclava de ella a las reglas y
convenciones sociales; la ira consigo mismo por haber roto esas reglas
siendo pobre y poeta… Terisa había planeado casarse con un hombre a
quién se le acababa de adjudicar la construcción de un sistema de retretes
públicos para la ciudad.
- No puedes vestir sonetos o comer odas - le había dicho Terisa -, pero
puedes construir un palacio lleno de perfumes sobre el cimiento de unos
urinarios.
En sus momentos más enloquecidos Fragador había querido resucitarla para
poder estrangularla o, como mínimo, para poder preguntarle qué opinaba
ahora de su palacio lleno de perfumes. Había pensado acompañar la pregunta
con un elegante ademán de la mano que abarcaría los mármoles del sepulcro
iluminado por la luna. Pero estar en presencia de aquel prodigio hacía que
el sentir despecho fuera totalmente imposible.
Y tampoco debía olvidar la existencia de aquel ser monstruoso pero mágico
que la animaba. Una parte muy extraña de su ser la amaba todavía más de lo
que había amado a Terisa. A diferencia de Terisa, el monstruo apreciaba su
arte. Incluso le había comparado con Asteriel Vendren, de quien su adorada
y estúpida Terisa jamás había oído hablar…
- Merifilia - dijo con toda claridad mientras la tomaba entre sus brazos.
Después de haber conocido los suaves suspiros y los gritos que acompañan
los transportes extáticos del amor humano Merifilia lloró las lágrimas más
amargas que había derramado desde que fue exiliada al mundo subterráneo.
- ¿Por qué lloras? - le preguntó Fragador con ternura.
- No es nada. Se me ha metido polvo en los ojos.
- Ocurre de vez en cuando - dijo Fragador desde lo más hondo de su
sabiduría y compasión humanas, y los sollozos se hicieron todavía más
desgarradores
-¿Qué importa el que tus absurdas pautas y valores me considerasen vana y
frívola? - preguntó una voz dentro de su cabeza -. Conocí la vida, el amor
y la felicidad. Ahora conoceré la paz. Tu, en cambio… ¿Podrás hacer
alguna vez afirmaciones semejantes
No estaba segura de si aquellas palabras habían sido pronunciadas por
Terisa antes de esfumarse o si eran las palabras que ella habría puesto en
su boca. Fueran de quien fuesen, herían con el agudo filo de la verdad.
Se puso en pie antes de que la transformación se hubiera completado. No
quería mancillar el recuerdo de su amor permitiendo que el poeta volviese
a ver su auténtica forma. Se volvió hacia él para contemplarle por última
vez y se hallo ante el rostro sonriente de Artrax.
- Ahora puedo escribir poemas para ti - dijo Fragador -. "Conoceremos los
descubrimientos de la oscuridad…" ¿Qué te parece como principio?
Encontrarse con Artrax había acelerado la evasión de Terisa. Merifilia
examinó la necrópolis con todos sus sentidos en busca de Fragador, pero él
también se había desvanecido.
- ¿Qué has hecho con él? - preguntó -. ¿Dónde está?
- Hizo un trato con dos de nosotros - dijo Artrax -. Contigo anoche y
conmigo esta noche antes de beber un veneno…
Su sonrisa era tan horrible que incluso Merifilia retrocedió ante ella.
Había aprendido algo de Terisa. Ya no sentía deseos de llorar. Se dio la
vuelta, contempló la puerta del sepulcro de la Gran Casa de Sleith,
abierta y sin vigilancia y sonrió. Oyó las risas distantes de las
criaturas como ella misma que habían nacido del viento nocturno y, por
primera vez, se unió a las carcajadas sin intentar contenerse.

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