El fuego hervía en las entrañas de la criatura desde los inicios de su existencia. Formaba parte de su ser y nunca lo interpretó de otro modo. Pero en el momento en que apareció en aquel paraje, el contacto con el frío aire de la ventisca y con la nieve se convirtió en una experiencia tan agradable como inesperada y no pudo evitar revolcarse en ella a pesar de no haber saciado su hambre por completo.
Desconocía qué o quién la hizo aparecer en aquel lugar desconocido para ella, un nuevo mundo cubierto de blanco. Solo sabía que tal experiencia le provocó una apetencia extrema. Pero tuvo suerte. Un ser de pelaje corto y que no dejaba de gruñir y ladrar le hizo frente nada más aparecer en ese lugar. Lo asimiló sin problemas. Fundió su esencia con la de ese animal sin apenas complicaciones mientras los gruñidos se transformaban en agudos sonidos de dolor, rendición y derrota. Su cuerpo creció en consecuencia. Pasó de ser una masa amorfa a aprovechar parte del ser y desarrollar unas extremidades para deambular con más facilidad en aquel manto helado.
Menos ruidoso fue el segundo ser que se encontró. Era más pequeño, pero de gran agilidad y con una cola larga y peluda. Esperó paciente a que se acercara lo suficiente hasta que pudo atraparlo y lo asimiló. Gracias a ello, saciado en gran parte, podía disfrutar más tranquila de sus revolcones sobre el manto de nieve.
Un nuevo sonido más allá del viento reinante llamó la atención de la criatura. Ahora contaba con varios ojos y pudo no solo percibir, sino también ver a cierta distancia una figura de lo que podría ser su nueva comida. Aquel ser era más interesante, más grande que los anteriores y avanzaba sobre dos extremidades, por lo que decidió ir a por semejante banquete sin más dilación.
Inició su ataque, pero lo hizo con terrible torpeza. La criatura todavía no estaba acostumbrada a avanzar de aquel modo, y trastabilló al principio. En reacción a su caída, se sorprendió a sí misma al emitir instintivamente un gruñido con las fauces de su primera víctima. Pero, para su alegría, su objetivo le iba a ahorrar parte del trabajo, pues avanzaba a su encuentro.
Consiguió ponerse en firme sobre sus patas y corrió como pudo hacia su nueva presa. Esta ya no caminaba hacia ella. Se mantuvo quieta, en pie, y emitió un sonido que mucho se alejaba de los conocidos gruñidos y ladridos.
—¡Gladium portat! —dijo aquel ser.
En ese instante, algo zumbó en el ambiente y una brillante espada apareció en una de sus manos.
Lejos de preguntarse qué había sucedido, la criatura saltó para finalizar su captura. Pero la espada realizó un arco veloz, y eso fue lo último que notó antes de morir. Eso y el agradable contacto con aquel manto blanco y frío.
Jorge Caballero observó al engendro a sus pies. Enfundó su arma mística cruzada en su espalda, se quitó los guantes y consultó su geolocalización en el dispositivo de su antebrazo. La cabaña que buscaba estaba muy cerca, pero era evidente que había llegado tarde, aunque a tiempo de evitar que el mal se extendiera por las montañas del Pirineo.
Extrajo una pequeña cantimplora de su arnés y vertió su contenido sobre los restos de la criatura. Nada más contactar el líquido con aquel amasijo de carne, comenzó a desaparecer hasta que solo quedaron a la vista los huesos de un sabueso entremezclados con los que parecían pertenecer a una ardilla.
Jorge se ajustó sus gafas de nieve, volvió a enfundarse sus guantes e inició su camino hacia la cabaña.
La puerta estaba abierta y llevaba así hacía bastante rato por la cantidad de nieve acumulada en la entrada. Fuera, una recia contraventana de madera daba fuertes bandazos. Y en el interior de la vivienda, a pesar del frío y el viento creciente, aún se apreciaba el inconfundible olor del azufre.
Jorge no tuvo que aplicarse demasiado para encontrar lo que buscaba. Aun así, pulsó en un determinado punto del marco de sus gafas de nieve y realizó un barrido por precaución. Estaba todo “limpio”.
La única estancia de aquel pequeño refugio tenía una mesa en su centro donde diversos objetos y un tablero le confirmaban lo que sospechaba. Allí tuvo lugar la invocación del modo más desastroso posible. El culpable yacía en la única silla frente a toda aquella amalgama de huesos, runas, libros vetustos y un candelabro de curioso diseño que el viento había tumbado.
Aquel pobre desgraciado, sin duda un torpe aprendiz de brujo, descuidó un detalle. Toda invocación implica una energía. Y tuvo éxito en su intento, pero la única fuente de energía allí era él. Por ello, en aquella silla yacía ahora lo más parecido a una momia desecada.
El visitante sacó su móvil del bolsillo, dejó un breve mensaje en un grupo que tenía guardado bajo el nombre “Creyentes” y volvió a guardarlo sin esperar respuesta.
Segundos más tarde, Jorge Caballero caminaba ya de regreso a su vehículo, montaña abajo. A sus espaldas, en la distancia, la cabaña de piedra ardía con un fuego azulado mientras la contraventana seguía azotando con fuerza por el viento en un agradecido adiós de la casa a aquel extraño visitante.