Negro Sobre Gris

La joven se sentía del revés, los olores, las sensaciones, los colores, todo era abrumador. ¿Dónde estaba? ¿Cómo había llegado hasta ese lugar? Con un gran esfuerzo pudo intentar ordenar sus pensamientos, intentando recordar cómo pudo acabar allí.

¿Y dónde era el allí? Tuvo que concentrarse y calmarse para recordar poco a poco. Era Ninette, y no estaba viva, era un fantasma, un espectro que no había pasado al Otro Lado. Sus recuerdos de cuando se encontraba con vida eran un mero borrón inconexo, apenas esbozos salteados y sin sentido. No recordaba quien fue ni como murió.

Una vez que recobró la conciencia, miró a su alrededor observando que se encontraba en el interior de una mansión. Su decoración y estilo eran victorianos, con todo tipo de lujos y detalles. Era todo extraño, sin color, apagado, gris, sin vida, igual que estar contemplando una película en blanco y negro. Intentó deslizarse y levitar y se dio cuenta de manera inesperada que no era etérea ni inmaterial. ¿Cómo era eso posible? ¿Llevaba solo unos segundos o años? No podía saberlo con exactitud, las leyes del tiempo y del espacio no parecían funcionar de igual manera en ese lugar.

Se preguntó dónde se hallaban sus compañeros y que sería de ellos. Decidió centrarse en lo que sucedía en ese momento.

Se movió por el salón, con una chimenea encendida donde el fuego apenas encendido despedía llamas sin colores, como todo lo demás.

Sintió como el aire chisporroteaba a su alrededor, un olor a electricidad y, de repente, una luz cegadora se formó de la nada creando una esfera que se movió hacía ella. Una voz resonó, pero no conseguía comprender lo que decía, se escuchaba lejana, igual que si estuviese a miles de kilómetros de distancia.

Acercó la punta de sus dedos hacía la luz y súbitamente se desvaneció igual que si se hubiera extinguido. Había notado una sensación de familiaridad que no lograba discernir. ¿Qué sería ese fenómeno?

Pensó en salir y echar un vistazo completo al exterior. Hizo el gesto de atravesar el portón de madera y sintió una sensación extraña al comprobar de nuevo que podía tocarlo. No recordaba cómo era el tacto, el no poder ver a través de su mano translúcida y fantasmal. Todavía algo confusa, abrió la puerta no sin dificultad y al salir todo pareció volverse una auténtica pesadilla. La mansión era grande y sólida, una construcción antigua y robusta y a su alrededor, un panorama desolador. Era un mar interminable, compuesto de una especie de sustancia cristalina que lo cubría hasta donde llegaba la vista.

Los cristales crecían y se consumían continuamente, sin parar. No cabía duda de que era hermoso. Una sustancia cristalina y helada, cuyos fragmentos de cristal eran arrancados por una fuerza irresistible hacia un cielo que, a diferencia de todo lo demás, si tenía color. Un rojo sangre que impresionaba solo observándolo. Un vórtice imponente y descomunal presidía el cielo teñido de sangre igual que un ojo maligno que lo vigilase todo. A su alrededor todo se desgarraba y se destruía, sintió que tuvo que sujetarse por la fuerza de atracción que trataba de succionarla, mecida por ondas perturbadoras que eran casi irresistibles. Cerró la puerta tras de sí con un portazo y sintió desesperación. Sin sus amigos, sin sus habilidades espectrales, sola y abandonada, tuvo un escalofrío de miedo que la recorrió por completo.

Se puso a explorar el interior irreal de la casa, se internó en la biblioteca, donde en una mesa se acumulaban un montón de libros viejos y polvorientos. Los hojeó sin comprender apenas nada de lo que ponía. Entonces sintió un extraño cosquilleo y un temor irracional le invadió. Observó una sombra con ojos blancos caminando hacía ella. Puede que se diera cuenta de su presencia, ya que se giraron y se quedaron observándola, sintió miedo, era una sensación indescriptible. La sombra era muy extraña, alta y estilizada, con largos brazos y piernas delgadas, y le miró con esos ojos blancos, que ni siquiera eran ojos, sólo dos agujeros en medio de una sombra negra y siniestra. Soltó un chirrido estridente y saltó sobre ella sin dejar de emitirlo. Ninette, aún paralizada de miedo, logró apartarse lo suficiente para que las garras de la extraña sombra solo rozasen su antebrazo. Ella soltó un grito de dolor y de sorpresa. Su piel arañada y sangrante le dejó consternada. No recordaba qué era sangrar, ni sentir dolor como tal. ¿Eso era vivir? ¿Sufrimiento? ¿Así era todo?

No tuvo tiempo de pensar, se escabulló de la silueta que avanzaba sin caminar, era como si simplemente flotase sobre el suelo. Se dio la vuelta para salir corriendo fuera de allí, cuando sintió que lo dedos de la criatura se clavaron en su cabeza y fue igual que si una descarga eléctrica le azotase con miles de voltios. Su conciencia, su mismo ser, estaba siendo absorbido, igual que un cristal partiéndose en cientos de pedazos.

—¡¡Suéltame!! —gritó Ninette apartando a la silueta, y sacando fuerzas de flaqueza. Una potente energía salió de su interior y golpeó a la criatura, soltando un aullido lastimero y dejándola libre.

Sin saber cómo había hecho eso, no se detuvo y subió corriendo por las escaleras a la parte superior de la mansión. Vio un pasillo repleto de espaciosas habitaciones y se metió en la más cercana, cerrando la puerta con un cerrojo. Se tocó la herida, de la que manaba sangre y no dejaba de sentir un dolor pulsante, si bien no era nada comparado con lo que sintió cuando invadieron su psique, su mismo ser. Fuese lo que fuese esa cosa, quería devorarla, acabar con ella. Tenía que hacerse a la idea de que solo podía salir de allí por sus propios medios, sin contar con nadie más. No vendrían al rescate, no podía contar con ello.
Sus ojos parpadearon al percibir una fuerte luz, era la esfera que vio anteriormente que se formaba de nuevo ante ella.

—Ninette…

La voz dijo su nombre. Le era familiar, pero se sentía distorsionada, no lograba reconocerla. La esfera se desmorona cuando la silueta de los ojos blancos la atraviesa apareciendo de la nada. Soltó ese sonido estridente que se le clavaba en su cabeza igual que alfileres en su cerebro. Se movió con una velocidad que no creyó posible y esquivó las garras que dejaron un rastro en la madera de la puerta. Le golpeó con la propia puerta, aunque no pareció hacerle efecto y huyó con toda la fuerza de la que fue capaz. Se tropezó y cayó por las escaleras, golpeándose. Una brecha en la cabeza hizo que un hilo de sangre se deslizase por su frente y sintió el sabor de la misma en sus labios. Eran sensaciones nuevas y, a la vez, en una parte profunda de sí misma, le devolvían ecos lejanos de cuando era una mujer viva. No sabía cuánto tiempo hacía de eso, pero saboreó el dolor y el cansancio. Le hacía sentir como si estuviese viva de nuevo, o al menos eso creía.

Se levantó tambaleándose, sin saber que hacer, ni donde huir de esa siniestra silueta que la hostigaba por todas partes. Sabía qué era lo que quería. Consumirla, devorarla, alimentarse con su energía vital.

Llegó a la cocina y cogió un cuchillo, sintiendo el frío tacto en la palma de su mano. Oyó una voz tras de sí, se dio la vuelta y, de nuevo, la esfera luminosa trataba de formarse. Se tornaba en un rostro, el de un hombre con cejas tupidas, nariz redondeada, barba abundante. Lo reconoció muy bien. Era Goliardo. Su compañero. Su amigo.

—¡Por las barbas de Rasputín! Al fin puedo establecer contacto, Ninette —dijo el monje con gesto preocupado.

—¡Me persigue! no sé si podré volver a evitarlo, cada nuevo contacto me consume…

El rostro luminoso del mago frunció el ceño.

—Tienes que dejarte ir, Ninette, déjate llevar…

—¿Qué quieres decir?

La luz se extinguió ante la rabia de la joven. Percibió de nuevo la presencia de la silueta. Pensó muy rápido y tuvo un presentimiento. Miró hacía la cosa que la acorralaba y tomo una decisión con firmeza. Con el dolor punzante en su brazo y su cabeza, y cojeando, apretó el paso hasta llegar a la entrada principal. Un alarido escalofriante resonó por toda la mansión, haciendo temblar hasta los cristales de las amplias ventanas. Abrió la puerta y levantó su vista hacia el cielo rojo y no hizo ningún esfuerzo cuando la fuerza de atracción del vórtice empezó a arrastrarla y elevarla en el aire. Sintió un frío gélido cuando la zarpa de la silueta la apresó por el tobillo cuando iba ya a toda prisa fuera de las inmediaciones del edificio de piedra. La criatura se alargaba y se deformaba para sujetarse con un brazo al marco de la entrada y con el otro sujetarle y no dejar que se marchase.

Con desesperación notó como un frío le subía por la pierna, y sólo de pensar en volver a sentir esos dedos clavándose en su cabeza, en su mente, la hacía luchar con más energía y con fuerza. Miró a los agujeros blancos que hacían de ojos de la silueta siniestra y apretó los dientes con rabia, notó que de su interior volvía a surgir un torrente de energía que impactó contra la criatura que aflojó la presa con un alarido de sorpresa y se liberó.

Ninette voló, meciéndose igual que una hoja por el viento hasta atravesar el vórtice con un fogonazo de luces deslumbrantes.

La estela fantasmal de Ninette surgió formándose igual que una forma no sólida que se movió dando vueltas hasta que se detuvo. Goliardo, con su frente perlada de sudor, soltó una de sus carcajadas contagiosas. A su lado permanecía Jorge Caballero, con la espada colgada a su espalda, Correfocs mirándola con sorpresa, la vampira Mircalla y Román en su forma humana. Se dio cuenta enseguida que estaban en la biblioteca de la mansión de la que acababa de escapar, pero ella volvía a ser un ser espectral y todo volvía a tener color y ser familiar a sus ojos.

—¿Sois vosotros? Pensé que me había perdido para siempre —comentó Ninette con voz melodiosa, casi infantil.

—Somos nosotros. Menos mal, no quería perder a nadie hoy —afirmó Jorge, ya con el rostro más sereno.

Joan Alcázar resopló y extendió sus manos, dejando pequeños chispazos de energía mística al hacerlo.

—Vinimos a esta mansión de Cantabria porque algunos signos indicaban que había algún tipo de amenaza sobrenatural. Resultó ser un tipo de espíritu maligno y, al pasar, entraste en shock y desapareciste en solo un parpadeo. Estuve tratando de dar contigo desde entonces, pero la entidad rechazaba mis intentos por contactarte. Pero ya me conoces, a cabezota no me gana nadie.

—Era un depredador, se alimentaba de espíritus —observó la joven.

Se colocó flotando frente a Goliardo. El monje podía ver a través suyo y adivinaba que la experiencia había sido perturbadora.

—¿Ya terminó? ¿El depredador se fue?

—La casa fue exorcizada. Fuese lo que fuese, acabaste con ella.

La muchacha, envuelta por un velo fantasmal, sonrió al fin.

—¿Quieres que te libere? ¿Te gustaría volver al mundo no terrenal?

—No, Goliardo. Aprecio estar de vuelta y quiero disfrutar de esto un poco más.

El clérigo asintió pensando en que se lo había ganado sin duda.

Ninette voló fuera de allí, dejando tras de sí una estela fantasmagórica, solo quería alejarse sin más. Deleitarse de ese momento de libertad.

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