No Caves Mi Tumba

NO ME CAVÉIS UNA TUMBA
DIG ME No GRAVE
[Weird Tales. febrero . 1937)
El esrruendo de mi amicuado aldabón. reverberando rérricameme por roda
la casa. me desperró de un sueño inquiero y plagado de pesadillas. Miré por la
vemana. Bajo la última luz de la luna, el rostro blanquecino de mi amigo John
Conrad me miraba.
- ¿Puedo subir. Kirowan? - su voz era temblorosa y tensa.
- ¡POt supuesto'
Salté de la cama y me puse un batín miemras le oía emrar por la puerra
principal y subir las escaleras.
Un momento después lo tenía delante de mí. y bajo la luz que había encendido
vi que sus manos remblaban y noté la palidez antinatural de su cara.
-El viejo John Grimlan ha muerro hace una hora -dijo bruscamente.
-¿Sí? No tenía idea de que estuviera enfermo.
-Ha sido un ataque repemino y virulento de naturaleza singular. una especie
de acceso en cierto modo parecido a la epilepsia. Los últimos años había
sufrido este tipo de crisis. ¿sabes?
Asentí. Algo sabía del viejo etmiraño que había vivido en la gran casa
oscura en lo airo de la colina; de hecho. había sido testigo de uno de sus extraños
ataques. y me horrorizaron las convulsiones. los aullidos y los gimoteos del
desdichado. que se retorcía sobre el suelo como una serpiente herida. mascullando
terribles maldiciones y negtas blasfemias hasta que su voz se quebró en
un chillido sin palabras que regó sus labios de espuma. Al ver esro. comprendí
por qué la gente de épocas amiguas consideraba a semejantes víctimas como
hombres poseídos por demonios.
- .. .algún rasgo hereditario -estaba diciendo Conrad- . El viejo John sin
duda heredó alguna debilidad in nata provocada por una enfermedad repug-
nante, que debió de legarle algún antepasado remoto. Esas cosas ocurren a
veces. O si no… bueno, ya sabes que al viejo John le gustaba curiosear en las
zonas misreriosas del mundo, y vagabundeó por todo Oriente en sus días de
juventud. Es muy posible que le infectara algún mal ignoto durante sus viajes.
Todavía hay muchas enfermedades sin clasificar en África y Oriente.
-Pero -dije yo- no me has dicho la razón de esta repentina visita a una
hora tan intempesriva… pues observo que ya pasa de la medianoche.
Mi amigo pareció algo confuso.
-Bueno, la cuestión es que Joho Grirnlan murió solo, sin compañía de
nadie. Rehusó recibir cualquier clase de ayuda médica, y en sus últimos
momentos, cuando era evidente que estaba muriendo, y yo estaba dispuesto a
ir a buscar ayuda a su pesar, lanzó tal aullido y tal chillido que no pude
negarme a sus apasionadas súplicas… que no quería que le dejaran morir solo.
»He visto morir a hombres -afladió Conrad, secándose el sudor de su
pálida frente-, pero la muerte de John Grimlan fue la más espantosa que haya
. . ,
VIsto pmas.
-¿Sufrió mucho?
-Parecía estar soportando un enorme sufrimiento físico, pero quedaba casi
eclipsado por alguna especie de monstruoso padecimiento mental o psíquico.
El miedo de sus ojos dilatados y sus gritos superaba cualquier tetror material
concebible. Te digo, Kirowan, que el temor de Grimlan era mayor y más profundo
que el miedo habitual al Más Allá que muestra un hombre que haya llevado
una vida ordinariamente malvada.
Me agité incómodo. Las oscuras alusiones que había encerradas en esta
afirmación hicieron que un escalofrío de aprensión indescriptible recorriera
mi espalda.
-Sé que la gente de la región siempre afirmó que en su juventud había vendido
el alma al Diablo, y que sus repentinos ataques epilépricos sólo eran un
signo visible del poder del Enemigo sobre él; pero esas habladurías son absurdas,
por supuesto, y propias de la Edad Media. Todos sabemos que la vida de
John Grimlan fue especialmente malvada y depravada, incluso hasta sus últimos
días. Con razón era detestado y temido por todo el mundo, pues nunca oí
decir que realizara un solo acto bueno. Tú eras su único amigo.
-y fue una extrafla amistad -dijo Conrad-. Me sentí atraído hacia él
debido a sus extraordinarios poderes, pues a pesar de su naturaleza bestial John
Grimlan era un hombre de gran educación, un hombre de amplia cultura.
Había indagado profundamente en los estudios ocultos, y así fue como le
conocí; pues, como bien sabes, yo mismo siempre me he sentido muy interesado
por esos campos de estudio.
»Pero, en esto como en todas las otras cosas, Grimlan era maligno y perverso.
Había ignorado el lado blanco de lo oculto y se había sumergido en sus
fases más oscuras y macabras, en el culro del diablo, el vudú yel sintoísmo. Su
conocimiento de estas arres y ciencias abyectas era inmenso y atroz, Y oírle
hablar de sus investigaciones y experimentos era conocer el mismo horror y
repulsión que puede inspirar un repril venenoso. Pues no había honduras en
las que no se hubiera sumergido, y había cosas a las que sólo hacía leves alusiones,
incluso delante de mí. Te digo, Kirowan, que es fácil reírse de las historias
del negro mundo de lo desconocido, cuando uno está en buena compañía bajo
la brillante luz del sol, pero si hubieras estado sentado a hotas inverosímiles en
la extravagante y silenciosa biblioteca de John Grimlan y hubietas contemplado
los antiguos y mohosos volúmenes y escuchado sus espeluznantes palabras
como yo, la lengua se te habría quedado reseca en el paladar con horror
puro, como le pasó a la mía, y lo sobrenatu ral te habría patecido muy teal …
¡como me lo pareció a mí!
-¡Pero en nombre de Dios! —exclamé, pues la tensión se estaba volviendo
insoportable-, déjate de rodeos y dime qué quietes de mí.
-Quiero que me acompañes a casa de John Grimlan y me ayudes a cumplir
sus extravagantes instrucciones respecro a su cadáver.
Yo no tenía afición por la aventura, pero me vestí apresuradamente. estremecido
por un escalofrío fugaz de premonición. Una vez vestido, seguí a Conrad
fuera de la casa y pot el camino silencioso que conducía hasta la morada de
John Grimlan. El camino ascendía la colina, y todo el tiempo, al mitat hacia
arriba y hacia delante, podía ver la enotme y macabra casa apostada como un
pájaro maligno sobre la cima de la colina, recostándose contra las estrellas.
Hacia el oeste palpitaba una única y pálida mancha roja, donde la luna joven
acababa de desaparecer de la vista más allá de las bajas colinas negras. La noche
entera parecía llena de una maldad amenazadora, y el roce persistente de unas
alas de murciélago en algún lugar por encima de nosotros provocó que mis
tensos nervios dieran sacudidas. Para ahogar el rápido go lpereo de mi propio
corazón, dije:
-¿Compartes la creencia de rantos orros de que John Grimlan esraba loco?
Avanzamos varios pasos antes de que Conead respondiera, aparentemente
con una extraña reticencia.
-Excepto por un único incidente, diría que jamás hubo un hombre más
cuerdo. Pero una noche, en su estudio, pareció romper repentinamente todos
los límires de la razón.
»Había disertado durante horas sobre su tema favorito , la magia negra,
cuando repentinamente gritó, mientras su cara se iluminaba con un extraño
resplandor atroz. "¿Por qué te cuento estas niñerías? Estos rituales vudú… estos
sacrificios sinto… las serpientes emplumadas… los machos cabríos sin cuernos…
los cultos del leopardo negro… ¡bah! ¡Son polvo y escoria que se lleva el
viento! ¡Heces del auténtico Desconocido… de los profundos misterios! ¡Son
meros ecos del Abismo!
)/'¡Podría contarte cosas que harían añicos tu insignificante cerebro! ¡Podría
susurrar a tu oído nombres que te secarían como a un hierbajo quemado! ¿Qué
sabes de Yog-Sathoth, de Kathulos y las ciudades hundidas? Ninguno de estos
nombres aparece ni siquiera incluido en tus mitologías. ¡Ni en tus sueños has
atisbado las negras murallas ciclópeas de Koth, o has temblado bajo los vientos
nocivos que soplan procedentes de Yuggoth!
»"¡Pero no te aniquilaré con mi negra sabiduría! No puedo esperar que tu
cerebro infantil soporte lo que el mío contiene. Si fueras tan viejo como yo… si
hubieras visto, como yo he visto, reinos desmoronarse y generaciones perecer…
si hubieras cosechado como si fueran grano maduro los secretos oscuros de los
siglos… "
»Estaba desvariando, su cara violentamente iluminada apenas conservaba
una apariencia humana, y de pronto, notando mi evidente perplejidad, estalló
en una horrible carcajada cacareante.
»"¡Dios! -gritó con una voz y un acento que me resultaron desconocidos-,
me temo que te he asustado, y por cierto que no es de extrañar, siendo tú como
eres un salvaje desnudo en lo tocante a las artes de la vida. Crees que soy viejo,
¿eh? Bueno, patán boquiabierto, te morirías al instante si te dijera cuántas
generaciones del hombre he conocido…"
»Pero en ese momento me dominó tal horror que huí de él como si fuera
una víbora, y su risa aguda y diabólica me siguió cuando salí de la casa sombría.
Unos días después recibí una carta disculpándose por sus modales y achacándolos
con franqueza, con demasiada franqueza, a las drogas. No le creí,
pero, tras ciertos titubeos, reanudé nuestras relaciones.
-Parece una auténtica locura -musité.
-Sí -admitió Conrad, dubitativo-o Pero… Kirowan, ¿has visto alguna vez a
alguien que conociera a John Grimlan en su juventud?
Agité la cabeza.
-Me he tomado muchas molestias para indagar sobre él discretamente
-dijo Conrad-. Ha vivido aquí durante veinte años, con excepción de sus misteriosas
ausencias, a veces de varios meses seguidos. Los aldeanos más viejos
recuerdan claramente cuando llegó por vez primera y ocupó la casa de la
colina, y todos dicen que en los años transcurridos no ha parecido envejecer de
forma perceprible. Cuando llegó aquí tenía el mismo aspecto que tiene
ahora… o que tenía hasta el momento de su muerte… con la apariencia de un
hombre de unos cincuenta años.
"Conocí al viejo Van Boehnk en Viena, y me dijo que él había conocido a
Grimlan cuando era un jovencito que estudiaba en Berlín, cincuenta años
antes, y expresó su asombro al saber que el viejo seguía vivo; pues dijo que en
aquella época Grimlan aparentaba cincuenta años de edad.
Lancé una exclamación incrédula, al ver hacia dónde apuntaba la conversa-
C•la•n.
-iTonterías! El ptofesor Van Boehnk tiene más de ochenta años, y está
expuesto a los errores de la edad. Ha confundido a este hombre con otro.
Pero, mientras hablaba, mi piel se tensaba de forma desagradable y el vello
de mi nuca se erizaba.
-Bueno -dijo Conrad encogiéndose de hombros-, ya hemos llegado a la
casa.
La enorme estructura se erguía amenazadoramente ante nosotros, y al
alcanzar la puerta principal, un viento errante gimió a través de los árboles cercanos
y me asusté tontamente al volver a oír el batir fantasmal de las alas de
murciélago. Conrad introdujo una gran llave en la antigua cerradura, y al
entrar, una ráfaga fría nos bartió como un aliento salido de una tumba…
húmeda y fría. Sentí un escalofrío.
Nos abrimos paso a tientas a través de un vestíbulo negro hasta llegar a un
estudio, donde Conrad encendió una vela, pues en la casa no había lámparas
de gas ni eléctricas. Miré a mi alrededor, remiendo lo que pudiera revelar la
luz, pero la habitación, arestada de tapices y muebles extravagantes, estaba
vacía excepto por nosotros dos.
-¿Dónde… dónde… está? -pregunté con un susurro ronco emitido por una
garganta reseca.
-Arriba -contestó Conrad con voz grave, revelando que el silencio y el misterio
de la casa también le habían sobrecogido-o Arriba, en la biblioteca donde .,
muno.
Eché un vistazo involuntario hacia arriba. En algún lugar sobre nuestra
cabeza, el solitario amo de esta casa macabra estaba tumbado en su sueño
final… silencioso, la cara blanca detenida en una máscara sonriente de la
muerte. El pánico me dominó y luché por recuperar el control. Al fin y al
cabo, era solamente el cadáver de un viejo perverso, que ya no podía hacer
daño a nadie. Este argumento sonó hueco en mi cabeza como las palabras de
un niño asustado que intenta reafirmarse.
Me volví a Conrad. Se había sacado de un bolsillo interior un sobre amarillento
por la edad.
-Esto ~dijo, exttayendo del sobte vatias páginas de petgamino amatillento,
escrito con lerra aptetada- es la última voluntad de John Grimlan, aunque sólo
Dios sabe cuántos años hace que fue escrito. Me lo dio hace diez años, inmediatamente
después de regtesar de Mongolia. Fue poco después de aquello
cuando suftió su ptimer ataque.
»Me dio este sobre, sellado, y me hizo jurar que lo escondería con cuidado,
y que no lo abriría hasta que hubiera muerto, momento en que tendría que
leer su contenido y seguir las instrucciones de manera precisa. Aún más, me
hizo jurar que dijera lo que dijese o hicieta después de darme el sobre, seguiría
adelante en el cumplimiento de sus primeras órdenes. "Pues ~había dicho con
una temible sontisa- la carne es débil, pero yo soy un hombre de palabta, y
aunque en un momento de debilidad pudiera desear rerractarme, como creo
que podría ocurrir, ahora ya es demasiado tarde. Puede que nunca lo entiendas,
pero tienes que hacer lo que te he dicho".
-¿Y bien?
-y bien -Concad volvió a secarse la frente-, ¡esta noche, mientras se retorcía
en sus estettotes finales, sus aullidos indistinguibles se mezclaron con frenéticas
advenencias en las que me decía que le llevata el sobte y lo desrruyeta
ante sus ojos! Mientras gimoteaba de aquella manera, consiguió incorporarse
sobre los codos y, con los ojos abienos y el pelo erizado en la cabeza, me gtitó
de una forma capaz de helar la sangre en las venas. Me chillaba que destruyera
el sobre, que no lo abriera; iY una vez aulló, en su delirio, que hiciera pedazos
su cuerpo y que desperdigase los trozos a los cuatros vientos!
Una incontrolable exclamación de horror escapó de mis labios resecos.
~Por último -prosiguió Contad-, cedí. Al recordar sus órdenes de diez
años antes, al principio me mantuve firme, pero al fin, a medida que sus berridos
se volvían insoponablemente desesperados, me volví para it a buscat el
sobre, aunque eso significaba dejarle solo. Pero al volverme, con una última
convulsión en la que una espuma salpicada de sangre manó de sus labios resecos,
la vida escapó de su cuerpo retorcido.
Manoseó torpemente el manuscrito.
-Voy a cumplir mi promesa. Las instrucciones que aquí se dan parecen fantásticas
y puede que sean el capricho de una mente desordenada, pero le di mi
palabra. En resumen, consisten en que sitúe su cadáver sobre la gran mesa de
ébano de su biblioteca, con siete velas negras ardiendo a su alrededor. Las puertas
y las ventanas tienen que estar firmemente cerradas y aseguradas. Entonces,
en la oscuridad que ptecede al alba, tengo que leer el encantamiento o hechizo
que se contiene en un sobre sellado más pequeño que está denrro del primero,
y que aún no he abieno.
- ,Yeso es todo? -exclamé-. ¿No hay ninguna instrucción respecto a cómo
disponer de su fortuna, sus propiedades… o su cadáver?
-Nada. En su testamento, que he visto en otro lugar, deja sus propiedades y
su fortuna a cierto caballero oriental a quien se llama en el documento.. .
iMalik Tous!
-¿Qué? -exclamé, temblando en lo más hondo de mi alma-o ¡Conrad, esro
es una locura deuás de oua' Malik Tous… ¡Dios mío! iNingún hombre monal
ha recibido jamás semejante nombre! Ése es el título del execrable dios adorado
por los misteriosos yezidís, los del Monte Alamout el Maldiro, cuyas
Ocho Torres de hojalata se yerguen en los misteriosos desiertos de la Asia profunda.
Su símbolo idólarra es el pavo de hojalata. ¡Y los mahometanos, que
odian a sus devoros adoradores del demonio, dicen que es la esencia del mal de
todo el universo, el Príncipe de las Tinieblas, Arriman, la antigua Serpiente, el
mismo Satanás! iY tú dices que Grimlan nombra a este demonio mítico en su
testamento?
-Es cierto -la garganta de Conrad se había quedado seca-o Y mira… ha
garabateado una extrafia frase en la esquina de su pergamino. "No me cavéis
una comba¡ no la necesitar é>~.
Una vez más un escalofrío recorrió mi espalda.
- En nombre de Dios -exclamé en una especie de frenesí-, ¡vamos a terminar
de una vez por todas con esre increíble asunto!
-Me parece que un trago podría venirnos bien -respondió Conrad,
humedeciéndose los labios-. Creo haber visto a Grimlan sacar vino de este
.
armano…
Se inclinó hasra la puerta de un armario de caoba muy decorado, y lo abrió
no sin ciena dificultad.
- Aquí no hay vino - dijo decepcionado- , y si alguna vez he sentido necesidad
de estimulantes… ,Qué es esro'
Sacó un pergamino, polvorienro, amarillento y medio cubierto de telatañas.
Ante mis sentidos nerviosamen te excitados, todo lo que había en aquella
casa téuica parecía impregnado de un significado y una importancia misteriosos,
y me incliné sobre su hombro mientras lo desenrollaba.
-Es un título de nobleza -<lijo-, una crónica de nacimientos, muertes y
demás semejallte a las que solían llevar las antiguas familias, en el siglo XVI y
antes.
- ¿A qué nombre está? -pregullté.
Miró con el ceño fruncido los pálidos garabatos, esforzándose por distinguir
la leua arcaica y difuminada.
- G-r-y-m… ya lo tengo… Grymlann, por supuesro. Es el regisuo de la
familia del viejo John… los Grymlann de Toad's-health Manar', Suffolk… ¡qué
nombte tan extravagante para una finca! Mira la última entrada.
La leímos juntos.
-John Grymlann. nacido ellO de marzo de 1630.
Ambos lanzamos una exclamación. Bajo esta entrada estaba recién escrito,
con una letra extraña y garabateada:
-Muerto ellO de marzo de 1930.
Debajo había un sello de ceta negra, estampado con un extraño dibujo,
parecido a un pavo con la cola extendida.
Conead me miró demudado, todo el color de la cara perdido. Yo me revolví
con la cólera engendrada por el miedo.
-¡Es un fraude orquestado por un loco! - grité-o Ha preparado la escena
con tanto detalle que quienes lo han llevado a cabo se han excedido. Sean quienes
sean, han acumulado tantos efectos increíbles que acaban por anularse. Se
trata de un drama de ilusiones muy estúpido y muy simple.
Mientras hablaba, un sudor gélido se había adueñado de mí cuerpo, y me
agité como si tuviera fiebre. Con un gesto mudo, Conead se volvió hacia las
escaleras, llevándose una gran vela de una mesa de caoba.
-Imagino que se daba por supuesto - susurró- que debería cumplir con esta
espeluznante tarea yo solo; pero no tuve suficiente coraje moral para hacerlo, y
ahora me alegro de que así fuera.
Un horror inmóvil pesaba sobre la casa silenciosa mientras subíamos las
escaleras. Una leve brisa se deslizó desde algún sitio e hizo agirarse los pesados
colgantes de terciopelo, y visualicé sigilosos dedos afilados apartando los tapices,
para clavar resplandecientes ojos rojos sobre noSOtros. En una ocasión me
pareció oír las inconfundibles pisadas de pies monstruosos en algún lugar más
arriba, pero debió de ser el palpitar desbocado de mi propio corazón.
Las escaleras desembocaban en un amplio pasillo oscuro, en el cual nuestra
débil vela proyectaba un leve resplandor que apenas nos iluminaba las pálidas
caras y que hacía que las sombras pareciesen más oscuras por comparación.
Nos detuvimos ante una puerta pesada, y oí cómo Contad tomaba aliento con
la intensidad propia de un hombre que se prepara física o mentalmente para
algo. Apreté involuntariamente los puños hasta que las uñas se me clavaron en
las palmas; entonces Contad abrió la puerta de golpe.
Un grito agudo escapó de sus labios. La vela resbaló de sus dedos flácidos y
se apagó. La biblioteca de John Grimlan estaba llena de luz, aunque la casa
entera estaba en tinieblas cuando entramos.
Esta luz procedía de siete velas negtas situadas a intetvalos tegulates altededot
de la gran mesa de ébano. Sobre esta mesa, entre las velas… yo me había
estado preparando para la visión. Ahora, enfrentado a la misteriosa iluminación
y a la visión de la cosa que había sobre la mesa, mi determinación estuvo a
punto de venirse abajo. John Grimlan había sido desagradable en vida; en la
muerte era repugnante. Sí, era repugnante a pesar de que su rostro estaba piadosamente
cubierto con la misma y singular túnica de seda que, tejida con fantásticos
dibujos de pájaros, cubría su cuerpo entero excepto las retorcidas
manos semejantes a garras y los pies desnudos y marchitos.
Un sonido ahogado brotó de Contad.
-¡Dios mío! -susurró-, ¿qué es esto? ¡Dejé su cuerpo sobre la mesa y puse
las velas alrededor, pero no las encendí, ni tampoco le puse esa túnica sobre el
cuerpo! Yllevaba unas zapatillas de andar por casa cuando me marché…
Se interrumpió repentinamente. No estábamos solos en la cámara fune-
.
rana.
Al principio no le habíamos visto, ya que estaba sentado en un gran sillón
en un extremo apartado de un rincán, de manera que parecía parte de las sombras
proyectadas por los pesados tapices. Cuando mis ojos cayeron sobre él, un
escalofrío violento me conmovió y un sentimiento semejante a la náusea
removió el fondo de mi estómago. Mi primera impresión fue la de sentir unos
ojos amarillos y oblicuos que nos miraban sin pestañear. Entonces el hombre
se levantó e hizo una profunda reverencia, y vimos que era oriental. Ahora,
cuando intento representarlo con claridad en mi mente, no consigo rescatar
ninguna imagen nítida de él. Sólo recuerdo los ojos desgarradores y la túnica
amarilla y fantástica que llevaba.
Devolvimos su saludo mecánicamente, y él habló con voz grave y refinada.
-¡Caballeros, les suplico que me disculpen! Me he tomado la libertad de
encender las velas… Continuemos ahora con los asuntos relativos a nuestro
• mutuo amigo.
Hizo un leve gesto hacia el bulto silencioso que había sobre la mesa. Conrad
asintió, evidentemente incapaz de hablar. El pensamiento relampagueó en
nuestras mentes al mismo tiempo: este hombre también había recibido un
sobre sellado… ¿pero cómo había llegado tan rápidamente a casa de Grimlan?
John Gtimlan apenas llevaba dos horas muerto, y por lo que sabíamos, nadie
más que nosotros conocía su fallecimiento. ¿Y cómo había entrado en la casa
cerrada con llave'
Todo el asunto era grotesco e irreal en grado extremo. Ni siquiera nos presentamos
ni preguntamos al desconocido cuál era su nombre. Tomó el mando
de una manera natural, y estábamos tan sometidos al hechizo del horror y la
ilusión que nos movíamos como envueltos en una bruma, obedeciendo involuntariamen(
e sus sugerencias, que nos daba en (Ono grave y resperuoso.
Acabé en pie aliado izquierdo de la mesa, mirando por encima de su macabra
carga a Conrad. El oriental estaba en pie con los brazos cruzados y la
cabeza indinada a la cabeceta de la mesa, yen aquel momento no me pareció
extraño que él estuviera en pie allí, en vez de Conrad) que era quien tenía que
leer lo que había escrito Grimlan. Mi mirada se desviaba hacia la figura bordada
con seda negra que había en el pecho de la túnica del desconocido, una
curiosa figura que se asemejaba en parte a la de un pavo y en parte a la de un
murciélago, o un dragón volador. Observé con sorpresa que el mismo dibujo
estaba bordado en la túnica que cubría el cadáver.
Habíamos echado la llave a la puerta, y también habíamos cerrado las ventanas.
Conrad, con mano temblorosa, abrió el sobre interior y desplegó los pergaminos
que contenía. Estas hojas parecían mucho más antiguas que las que
contenían las instrucciones dejadas a Conrad en el sobre mayor. Contad
empezó a leer con una voz monó(ona que tuvo un efeceo hipnótico sobre mí;
de manera que a veces las velas se apagaban ante mi mirada y la habitació n y
sus ocupantes ondulaban exrraños y monstruosos, velados y distorsionados
como una alucinación. La mayor parte de lo que leyó era una cháchara indistinguible;
no significaba nada; pero su mero sonido y su estilo arcaico me llenaron
de un horror intolerable.
-Por el conrrato regisrrado en otro lugar, yo, John Grymlann, juro por el
Nombre del Sin Nombre mantener la fe inquebrantable. Por lo tanto, escribo
ahora con sangre las palabras que me han sido transmitidas en eSla cámara
macabta y silenciosa en la ciudad muerta de Koth, donde ningún hombre
mortal excepto yo ha podido llegar. Estas mismas palabras ¡as escribo ahora yo
mismo para que sean leídas sobre mi cuerpo en el momento destinado , de
manera que se cumpla mi parte del traro, que acepté por mi libre voluntad y
conocimiento, en petfecto estado de lucidez mental y a la edad de cincuenta
años en este año del Señor de 1680. Aquí empieza el encantamiento:
)lAntes de que existiera el hombre, existieron los Antiguos, e incluso su
señor habitó enrre las sombras en las cuales si un hombre ponía el pie podría
no regresar sobre sus pasos.
Las palabras se mezclaron con una cháchara bárbara cuando Conrad tropezó
con un idioma desconocido, una lengua que sugería remotamente el
fenicio, pero que se esrremecía con el matiz de una espantosa antigüedad que
excedía a la de cualquier lengua del mundo que pudiera recordarse. Una de las
velas tembló y se apagó. Hice un gesto para volver a encenderla, pero un movi-
miento del otiental silencioso me detuvo. Sus ojos me abrasatOn, y luego volvieron
a ditigirse a la figura inmóvil de la mesa.
El manusctito había regresado a su inglés arcaico.
- …YeI mortal que alcance las ciudadelas negras de Koth y hable con el
Seiior Oscuro cuyo rOStro está escondido, a cambio de un precio podrá obtener
aquello que más desee, riquezas y conocimientos que excedan lo conmensurable
y vida más allá de la duración mortal en hasta doscientos y cincuenta aiios.
Una vez más la voz de Contad derivó hacia guturales desconocidas. Se
apagó otra vela.
- …Que los mortales no titubeen cuando se aproxime la hora del pago y los
fuegos del Infierno rodeen su esencia en seiial de que hay que ajustar las cuentas.
Pues el Ptíncipe de las Tinieb las siempre se cobra sus deudas a! final, y no
se le puede engañar. Lo que hayas promerido, eso habrás de entregar. Augantha
ne sIJUba…
Al oír la primera sílaba del bárbaro párrafo, una fría mano de terror apretó
mi garganta. Mis frenéricos ojos se dirigieron a las velas y no me sorprendi ó ver
cómo se apagaba otra . PetO no había rastro de ninguna ráfaga que agitase las
pesadas colgaduras negras. La voz de Contad osciló; se llevó la mano a la gargan
ta, callándose momentáneamente. Los ojos del orienta! no se alteraron .
- …Entre los hijos del hombre se desliza n sombras extraiias eternamente.
Los hombres ven las huellas de las garras pero no los pies que las dejan. Sobre
las almas de los hombres se extienden grandes alas negras. Sólo hay un Amo
Negro, aunque los hombres le llaman Satanás y Belcebú y Apoleón y Artiman
y Malik Tous…
Tinieblas de horror me rodearon. Apenas percibía la voz de Contad que
segu ía sonando monoco rde, tanto en inglés como en aquella otra lengua
espantosa cuyo horrible sentido apenas me artevía a imaginar. Y con el miedo
desnudo afertándome el corazón, vi cómo las velas se apagaban, una tras otra.
y con cada una, a medida que la penumbra se oscurecía a nuestro altededor,
mi pavor crecía. No podía hablar, no podía moverme; mis ojos dilatados esraban
fijos con torturada intensidad en la vela restante. El silencioso oriental a la
cabecera de la fantasma! mesa formaba parte de mi miedo. No se había movido
ni hablado, pero bajo sus párpados caídos, sus ojos ardían con su triunfo diabólico;
sabía que bajo su apariencia inescrutable, se regocijaba infernalmente…
petO, ¿por que' .;>… ¿por que".;:'
Pero sabía que en el momento en que, al extinguirse la última vela, la habiración
quedara sumida en la oscuridad más absoluta, alguna cosa abominable
e indescriptible rendría lugar. Contad esraba llegando a! final . Su voz se elevó
para alcanzar el clímax en un crescendo.
- Ahora se aproxima el momento del pago. Los cuervos vuelan. Los murciélagos
baten sus alas en el cielo. Hay calaveras en las estrellas. El alma y el
cuerpo han sido promeridos y serán entregados. No de regreso al polvo ni a los
elementos de los que brora la vida…
La vela rembl6 ligeramente. Intenté gritar, pero mi boca se abri6 en un
gemido sin sonido. Intenté huir, pero permanecí paralizado, incapaz incluso
de cerrar los ojos.
- .. .el abismo se abre y hay que pagar la deuda. La luz flaquea, las sombras
crecen. No hay más dios que el mal; no hay más vida que la oscuridad; no hay
más esperanza que la condena…
Un gruñido hueco resonó en la habiraci6n. ¡Parecía proceder de la cosa
cubierta con la rúnica que había encima de la mesa' La rúnica se agitó convul-
• sIVamen(e.
-iO h alas de la negra oscu ridad!
Me sobresalté violentamente; un leve cruj ido son6 en las sombras crecientes.
¿El agitar de las oscuras colgaduras? Parecían alas gigantescas frotándose.
- iOh, ojos rojos de las sombras! iLo que se ha prometido, lo que es rá escri to
en sangre, se ha cumplido! ¡La luz está envuelta en la oscuridad! ¡Koth!
La última vela se apag6 repentinamente y un escalofriante griro inhumano
que no surgi6 de mis labios ni de los de Contad estall6 de form a intolerable. El
horror me bañó corno una ola negra y gélida; en la ciega oscuridad me oí grirar
terriblemente. Entonces, con un remolino y una gran ráfaga de aire, algo
bar rió la habitaci6n, haciendo volar las colgaduras y estrellando las sillas y las
mesas contra el suelo. Durante un instante, un hedor insoportable nos abrasó
las narices, una risita grave y repugnante se burló de nosot ros en la oscuridad;
después el silencio cay6 como una mortaja.
No sé c6mo, Contad encontr6 una vela y la encendi6. El débil resplandor
nos reveló la habitaci6n en un desorden terrible, nos mostró los rostros fantasmales
de ambos, y nos enseñó la mesa de ébano… ¡vacía! Las puertas y las ventanas
esraban tan cerradas como antes, pero el oriental se habia ido… y también
el cadáver de John Grimlan.
Gritando como hombres condenados derribamos la puerta y bajamos frenéticamente
por la escalera, donde la oscuridad pareci6 aferrarse a nosotros
con firmes dedos negros. Mientras llegábamos tambaleándonos al vestíbulo
in fe rio r, un horripilante resplandor atravesó la oscuridad y el olor de la madera
ardiendo nos llenó las nari ces.
La p uerta de la calle resistió un momento nuestro frenético asalto, y luego
cedió y nos arrojamos a la luz de las estrellas en el exterior. Detrás de nosotros
las llamas estallaron con un rugido mientras corríamos colina abajo. Contad
miró por encima del hombro, se detuvo repentinamente, se giró y agitó los
brazos como un loco, y gritó:
- iVendió el alma y el cuerpo a Malik Tous, que es Satanás, hace doscienros
cincuenta años! ¡Ésta era la noche del pago… y Dios mío… mira! ¡Mira! ¡El
Enemigo ha reclamado lo suyo!
Miré, paralizado por el terror. Las llamas habfan envuelto la casa entera con
devastadora rapidez, y ahora la enorme construcción se recortaba contra el
cielo sombrío como un infierno carmesí. Y por encima del holocausro flotaba
una gigantesca sombra negra parecida a la de un murciélago monstruoso, y de
su oscu ra za rpa colgaba una pequeña cosa blanca, parecida al cuerpo de un
hombre, que pendía inerte. Enronces, mienrras gritábamos horrorizados,
desapareció y nuestra aturdida mirada sólo enCOntró las paredes remblorosas y
el rejado ardiente que se desmoronaba sobre las ll amas con un rugido estremecedor.

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