Oscuridad, Me Llamo

Allí donde la oscuridad es más negra que el negro y tiene un color propio, donde la nada es algo y la oscuridad es aún más clara que la luz, allí estaba.

Siempre había estado allí; pensaba en aquellos momentos en que era capaz de pensar algo, aquellos cortos periodos de conciencia entre lo que parecían periodos eternos de lo que sólo podía ser el sueño o la no existencia y quizá moría cada vez y volvía a nacer, si es que podía morir, cosa que tampoco sabía.

Entonces intentó pensar en Sí mismo y supo que tenía nombre, que se llamaba Cyáegha, que no le dijo nada sobre Sí mismo excepto que existía.

Sólo era, no se podía tocar Su emplazamiento, un lugar que no era ningún sitio, pero tampoco podía tocar Él otras cosas. Podía llamarse mal, si el mal hubiera tenido un significado racional para Su existencia, cosa que no tenía. En realidad Cyáegha era algo que estaba más allá de las leyes hechas por el hombre sobre el bien y el mal, una fuerza natural, o un suceso natural como un incendio forestal o un tornado o una tormenta, o simplemente la muerte, algo a lo que no se aplican las leyes artificiales.

Algunas veces, durante aquellos escasos momentos en que se le permitía pensar, o quizá se permitía a Sí mismo pensar, porque Él no sabía si aquellos periodos de sueño-muerte los había creado o no Él mismo, intentaba recordar algo más que Su nombre. Entonces venían visiones de milenios de hielo azul y luego de volcanes que escupían fuego, verrugas en el rostro de la Tierra, y a Cyáegha todo le parecía tan completamente estúpido y poco importante que lo revolvía, así que volvía a la muerte y al sopor.

El tiempo tampoco tenía ningún significado real, sólo era algo que pasaba sin que se notara, algo que carecía de importancia para algo como Cyáegha, atrapado en lo que quizá fuera una cárcel voluntaria en la que sólo Su mente estaba en contacto con la realidad exterior.

Y en esos momentos en los que estaba despierto, totalmente despierto, odiaba, como sólo puede odiar algo que está más allá del bien y del mal. Toda Su conciencia se convertía en aquel odio, porque era lo único que podía hacer.

Veía con unos ojos que no eran ojos y oía con unos oídos que no eran oídos y pensaba con todo Su ser porque tampoco poseía un órgano tan primitivo como el cerebro.

Odiaba en silencio.

Porque Su nombre ya se había escrito hace mucho tiempo, o bien otros nombres que pensaban que era el Suyo, tallados en tablas de piedra caliza; y Su forma se había pintado en los muros de cuevas subterráneas, que todavía esperaban que las abrieran.

Pero Su forma no era real y cambiaba constantemente, y más tarde escribieron sobre Él con dedos temblorosos en rollos de pergaminos antiguos y todavía más tarde en pergaminos de imitación y todos los quemaron cuando los descubrieron.

Y cuando alguien se atrevía a imprimir Su nombre, se quemaba a los escritores y a los editores junto con sus libros.

Pero alguno siempre sobrevivía, alguno siempre permanecía cuerdo, al menos en parte e interpretaba Sus sueños. Algunos Le rezaban y Le ofrecían corazones aún calientes, todavía latiendo, arrancados de los pechos sangrantes de las víctimas del sacrificio, y sin embargo otros Lo maldecían en muchas lenguas, pero a Él no podía importarle menos.

No los odiaba más o menos por lo que hacían. Los odiaba a todos con todo Su ser. Y en ocasiones Cyáegha también soñaba, soñaba con los otros, iguales que Él mismo y sin embargo tan diferentes, tan antiguos como Él mismo y tan ocultos como Él mismo, durante eones de terror innombrable.
Y se preguntaba dónde estaban. ¿Ocultos, o encadenados, como Él mismo?

Esperando… siempre esperando.

Odiando… siempre odiando…

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