La mesa de aquel restaurante resultó ser mucho más pequeña de lo que aparentaba. Mientras mi buen amigo, Kaburagi Yukio, servía en mi vaso un generoso chorro de sake, yo me preguntaba cómo íbamos a ingeniárnoslas para hacer caber en aquella mesa lo que habíamos pedido. No es que fuese mucha comida, pero el tamaño de aquella superficie de madera me hizo dudar por un momento sobre si cabrían en ella mi plato de pollo frito estilo Karaage y el clásico bol de pato frito con arroz que siempre se pedía mi compañero. Por alguna extraña razón se empeñaba en pedirlo, aún a sabiendas de que no iba a ser capaz de acabarlo, teniendo que confiar en mi apetito con el fin de evitar dejar sobras.
Aunque aquello solía exasperarme, ese día podía permitirme el lujo de dejar de lado tan pequeños detalles. Dos eran las causas de mi repentino cambio de actitud: en primer lugar, que hacía bastante que no le veía y quedar con él no era nada fácil; si consideramos el pedazo de carrera que se está sacando, lo cierto es que me sorprendió que pudiera hacerme un hueco en su apretada agenda; la segunda, que aquel no era tan solo un encuentro casual, sino que tenía una oferta para mí.
—Entonces, querías hablar conmigo por algún proyecto tuyo. Es eso, ¿verdad? — pregunté, dando un sorbo a mi sake templado y permitiendo que el cálido líquido bajase por mi garganta.
—Así es, Eguro —respondió Kaburagi—. Como sabes estoy trabajando en una revista sobre mitología, esta vez nos hemos decantado por la japonesa.
—Mitología japonesa… —repetí— me resulta extraño que quieras meterte en un tema de tu propio país. Siempre te he visto interesado en las tradiciones de países extranjeros, ¿Qué te ha hecho animarte a tratar sobre nuestro folclore?
—Bueno, como bien sabes, el yokai Matsuri está a punto de celebrarse, he pensado que esta era una buena forma de hacerles un pequeño guiño.
—Pues la verdad es que no suena nada mal —respondí—. Pero, ¿quieres que explique algún mito o algo así?
—Oh no, no —negó Kaburagi— tan solo me gustaría que escribieses algo más… literario. Un relato. Sé de buena tinta que estás trabajando en una novela… un amigo que tenemos en común me permitió echarle un ojo. Espero que no te importe.
Aquel dato me desconcertó sumamente. No esperaba que se hubiera percatado de que había empezado a escribir una obra de fantasía. Sin embargo, decidí ignorar la libertad con la que habían violado mi santuario literario y le dejé continuar.
—He leído una parte de ello, y a pesar de lo repetitivo que me resultó tu vocabulario, tengo que reconocer que tienes un estilo muy curioso. Mordaz, retorcido y desinhibido. Es justo el tipo de mentalidad que busco en mi proyecto.
Aquel comentario me tomó por sorpresa. Conocía a Kaburagi desde hacía bastantes años, y a pesar de la labia y el candor que transmitían sus palabras, jamás me pareció el típico adulador que tenemos todos en nuestros círculos más cercanos. Con su mente analítica, su agudeza y su ingenio había conseguido llamar la atención de no pocas personas que, fascinadas por su curioso arte, hacían de su círculo social un inmenso entramado difícil de descifrar. Y, si estaba en lo cierto, me estaba pidiendo que colaborara en la elaboración de una de sus creaciones. Si realmente creía que mi estilo podía encajar con el suyo, ¿quién era yo para oponerme? Era cierto que mi obra contenía una aguda crítica social y un decente contenido de fanservice. Tal vez aquello había llamado su atención.
—Pues cuenta conmigo… ¿de qué plazo dispongo?
—Hasta el quince del mes que viene —me respondió.
—Entendido —le dije— veré en qué puedo inspirarme. Al fin y al cabo, en Japón hay yokai por todas partes.
Después de un último brindis con sake y tras haber terminado por comerme la mitad de su bol de arroz con pato, decidimos retirarnos para continuar con nuestras respectivas tareas.
Si iba a formar parte del catálogo de autores de una revista como la suya, tenía que ponerme las pilas de verdad. Por lo tanto, nada más despedirme de mi buen amigo, decidí aligerar el paso y dirigirme hacia la biblioteca. Hacía bastante tiempo que no pasaba por aquel edificio, y es que mi trabajo, sumado a mis otros tantos proyectos, habían hecho de mi vida una especie de bucle en el que casi no había espacio para la improvisación. ¡Lástima no haber celebrado nuestro acuerdo con una buena orgía!
Me percaté de lo mucho que llevaba sin pisar aquella biblioteca tan pronto como vi a la recepcionista. No solo no me resultaba nada familiar, sino que, además, me pareció bastante atractiva. Temblé un poco y noté cómo el pulso se me aceleraba en el mismo momento en que me dirigí hacia ella.
—Esto… disculpe, ¿sabe dónde puedo encontrar algún libro sobre mitología japonesa?
La mujer dejó de mirar la pantalla del ordenador de mesa para dirigirme toda su atención.
Cuando nuestras miradas se cruzaron, me sentí desbordado por el intenso color castaño de sus ojos, que daban la sensación de atravesarme como alfileres y que servían como broche para el lacio cabello oscuro que caía sobre sus hombros cual cascada. Sin duda era un digno espectáculo para la vista de todo hombre y no de pocas mujeres.
—Buenas tardes —me dijo con tono educado—. Sí, mire, tiene los tomos de mitología japonesa en la estantería número 9 pasillo K.
Me incliné para agradecer a aquella dama su ayuda, mientras su melódica voz aún bailaba en mis oídos. Siguiendo sus indicaciones, me dirigí hacia un pasillo, en el que observé un amplio número de tomos dispuestos a ambos lados del mismo. Observé los títulos de los libros aleatoriamente, dejando que el propio caos que parecía regir aquella artificiosa disposición me sirviese como guía. Finalmente, en medio de aquel orden tan retorcido, pude encontrar algo que, posiblemente, me podría ser de ayuda. Se trataba de un libro grueso de portada un tanto envejecida, pero bastante bien conservado. En el cuero que forraba aquella pieza literaria, pude leer en letras doradas «yokai y otras criaturas». Quizás se trataba de una enciclopedia un tanto generalista que no me permitiría profundizar demasiado en la materia, pero se trataba de un buen punto de partida para poder escribir algún relato. Decidido, tomé el libro entre mis manos y me dirigí a la entrada para que la bibliotecaria pudiera registrar el préstamo. Una vez escaneó el libro, saqué mi cartera para mostrar mi carné de la biblioteca.
A pesar de lo mucho que había transcurrido desde mi última visita, aquel trozo de plástico seguía funcionando, tal como pude comprobar al sacar aquel libro sin mayor problema.
El viaje de regreso a casa resultó un tanto tedioso, debido al largo trayecto que hay desde mi casa hasta el centro de la ciudad de Kawasaki, donde había quedado con mi amigo.
Después de tomar dos trenes y caminar casi un cuarto de hora, pude regresar a mi apartamento. Vi las pequeñas ventanas, así como las escaleras que me llevarían hacia la que se había vuelto mi prisión durante los últimos años. Por primera vez en muchos meses, una leve sensación de claustrofobia invadió mi cuerpo. Me sacudí la cabeza, tomé la llave, respiré hondo y subí las escaleras. Una vez dentro del piso, dirigí mi atención hacia el terrario que tenía frente a mí; dentro de él, mi serpiente descansaba enroscada; sus escamas grises y naranjas brillaban bajo el tubo fluorescente que tenía sobre la cristalera. Fue entonces que caí en la cuenta de un importante detalle: no le había dado de comer. Me dirigí hacia la pequeña terraza donde colgaba mi ropa y criaba a los ratones que usaba para alimentar a mi mascota.
Tomé uno de ellos por la cola y se lo llevé a la serpiente, que se abalanzó contra aquel indefenso animal tan pronto como abrí la puerta. Aquel roedor, una vez inmovilizado entre los musculosos anillos de aquel reptil, no podía sino patalear y chillar en un vano intento por deshacerse del feroz agarre del ofidio.
Por razones que no alcanzaba a comprender, aquello siempre me produjo un cierto grado de satisfacción; veía cómo aquel reptil estrangulaba al pequeño ratón, mientras uno de los globos oculares asomaba, a punto de salirse de su cuenca. Dejé que mi mascota acabase con su presa y me encaminé hacia mi habitación, estaba oscureciendo y no tenía siquiera ánimos para prepararme la cena. Es por ello que me fui a la cama para acostarme. Tomé el libro que me había llevado prestado de la biblioteca y lo coloqué en mi mesita de noche. Observándolo, no pude evitar pensar en aquella simpática dama que me había permitido llevármelo; recordé su lindo rostro, su lacio cabello y el formal pero ceñido traje que resaltaba su escultural figura.
No pude evitar imaginarme como sería sin esa ropa puesta, las imágenes que invadieron mi cerebro produjeron un repentino abultamiento en mis pantalones. Miré hacia abajo y ahí estaba; cual tienda de campaña erguida, mi miembro viril luchaba por liberarse vigorosamente de su prisión textil. Estaba realmente cansado, pero, por alguna razón, no tenía sueño. Me puse el pijama y me metí en la cama para, inmediatamente, bajarme los pantalones, liberando a mi falo y sujetándolo con mi mano derecha. Comencé con movimientos suaves, hasta que imaginé a aquella mujer, apoyada contra una mesa, ofreciendo su trasero para que la embistiese como un animal en celo. Mi imaginación lo plasmó en mi cerebro, a pesar de que estaba notando que se me bajaba la sangre de la cabeza. Todas las posturas habidas y por haber se dibujaron en mi cabeza, hasta que, justo en el momento del clímax, una inesperada imagen se adueñó de mi mente.
El ondulado cabello castaño y los mullidos labios de mi ex novia emergieron de entre mis recuerdos. Habían pasado unos pocos años desde que rompimos, o más bien, desde que la muy puta decidió abandonarme. Una traición como la que sufrí no es plato de buen gusto para nadie, pero si creía que ya había tocado fondo al ser reemplazado en el lecho por una mujer, peor fue enterarme que había sido por una extranjera, por una mujer negra. Aquello fue el último clavo que selló mi ataúd, ese recuerdo no dejaba de perforar mi cabeza como un gorgojo penetrando una nuez. Esa agria memoria persistía, mientras notaba como mi ejercicio onanista se convertía poco a poco en una de las pajas más tristes que iba a recordar.
Aunque eso me cabreó sobremanera, mi excitación ganó en aquel extraño tira y afloja entre racionalidad y subconsciente concupiscible. Noté las contracciones previas a la liberación y, pronto, las sábanas se tornaron pegajosas. Miré mi mano derecha, preguntándome cómo esta, habituada a escribir las más bellas letras, era también capaz de tomar parte en un acto tan sucio como este. Poco duró mi disertación, pues el sueño no tardó en hacer acto de presencia y me desplomé.
La imagen de aquella desgracia humana a la que tuve el infortunio de llamar «amor» semostró una vez ante mí, como un eco tan persistente como agobiante. Veía a aquella perra, mirándome con una sonrisa maliciosa, como si fuese un miserable vagabundo reptando cual babosa por la calle. Era la primera vez que realmente me sentía alterado por lo que me hizo; a pesar de estar profundamente dormido, podía notar como las sienes me palpitaban por el odio, mientras mi pulso se aceleraba. Solo pensar en que se estaba follando a una negra me daba ganas de vomitar. Sin embargo, conforme la observaba, vi como poco a poco su cuerpo comenzaba a mutar de manera extraña. Su piel se volvió blanquecina, mientras que sus ojos se tornaban amarillos. Vi cómo se acercaba a mi oído izquierdo, susurrando con un marcado acento que casi se asemejaba a un siseo malvado. Fueron tan solo dos palabras, pero hicieron que mi último fragmento de raciocinio se rompiera.
—Eres patético.
La rabia hizo que me levantase del suelo rápidamente para agarrar del cuello a aquel maldito demonio. Ante la presión que ejercí contra su garganta, esta comenzó a estirarse y a crecer, su piel adquiriendo una textura escamosa mientras una maliciosa risa taladraba mis oídos. El cuerpo de aquella mujer, si es que podía llamarla así, parecía haber quedado vacío, pues comenzaba a colgar como el de una muñeca de trapo, a la par que su serpenteante cuello no dejaba de crecer. Pronto, aquel manojo de extremidades desapareció entre sus prendas, que cayeron al suelo para mostrar ante mí a una gigantesca serpiente de color blanco, con la cabeza de una mujer de cabello lacio. Abriendo la boca me mostraba dos afilados colmillos, de los que no paraba de gotear una baba amarillenta, similar al aceite de oliva.
Justo cuando aquella monstruosidad se abalanzó contra mí, logré abrir los ojos de par en par. Estaba sobresaltado, un sudor frío recorría mi agitado cuerpo y mi respiración entrecortada a duras penas me permitía alcanzar la claridad mental necesaria para organizar mis pensamientos.
Una vez conseguí relajarme, miré a todos lados, comprobando que, tal como sugerían las luces de neón procedentes del exterior, aún era de noche. Miré mi despertador y, consternado, me percaté de que apenas había logrado dormir poco más de cinco horas. Miré en todas direcciones, incapaz de dormirme, y traté nuevamente de conciliar el sueño sin demasiado éxito. Fue entonces cuando dirigí mi atención al libro que había tomado de la biblioteca y que aún reposaba en la mesa de noche. Una vez más, comencé a recordar la extraña pesadilla que hacía escasos minutos había aquejado mi mente; a pesar de que había sido tan solo un subproducto del errático desorden que aún acosaba mi psique, se sentía tan real que no pude evitar notar un leve escalofrío en mi espalda. El denso veneno cayendo por los colmillos huecos de aquella mujer serpiente, su escamosa y blanquecina piel, su susurro mortal… fue entonces cuando noté cómo, en medio de todo ese caos mental, brillaba una idea fulgurante.
Recordé que, en medio del inmenso compendio de criaturas que habían alimentado la imaginación de los habitantes del archipiélago nipón, existía una en concreto cuya apariencia evocaba la del misterioso monstruo que me acosó en mis pesadillas: la nure-onna.
—Ya lo tengo —dije, antes de caer cual tronco sobre mi colchón, con la intención de volver a dormir.
Por fortuna, esta vez lo logré. Desperté unas horas más tarde con el sonido de la alarma, con una sensación pastosa en la boca y una sed espantosa. Me levanté de la cama y abrí la ventana, dejando que el viento matutino aireara mi dormitorio mientras yo me dirigía a la cocina a hidratarme para, acto seguido, desayunar. Abrí el grifo y llené un vaso grande, llevándomelo a la boca tan pronto como logré llenarlo. Un sabor metálico inundó mi lengua, aunque estaba tan sediento que me dio absolutamente igual. Una vez esa sensación de viscosidad hubo abandonado mi boca, me preparé el desayuno: unas tostadas con mantequilla de cacahuete y mermelada de arándanos.
Mientras saboreaba aquella peculiar mezcla entre sabor salado y dulce, pensaba en cómo podía emplear a un yokai como la nure-onna en mi historia. Podía recurrir al viejo confiable: un hombre se enamora de una bella mujer que resulta ser la mujer serpiente. Pero no, obviamente no quería caer en los típicos clichés. Además, no era demasiado lo que conocía acerca de esa criatura, por lo que no iba a resultar sencillo comenzar a escribir de buenas a primeras. Después de acabar mi desayuno y fregar el bol, decidí echarle una pequeña ojeada a la enciclopedia que aún tenía en la habitación, aprovechando que era mi día de descanso.
Hojeé, hojeé y hojeé, tratando de descubrir algún punto de partida en medio de los múltiples yokai, sellos protectores y talismanes que venían incluidos en aquel tomo. Después de casi un cuarto de hora, logré encontrar al que buscaba. Leí sobre los textos folclóricos que describían a la criatura, así como relatos y supuestos avistamientos. Sin embargo, ninguna fuente que me pudiese proporcionar alguna información nueva o interesante.
—Bah, esto no me sirve de nada- me dije decepcionado- a menos que…
Continué mi lectura y di con un fragmento en que se mencionaba un templo relacionado con un antiguo dios serpiente. Se encontraba en la prefectura de Kioto, al lado de Kinugasa Himurocho. La información al respecto era un tanto escueta, pero parecía ser un buen lugar para encontrar datos fidedignos que incorporar al relato; además, sería la excusa perfecta para escapar del mundanal ruido urbano y pasar un tiempo en mi lugar de recogimiento favorito: la naturaleza.
—Pues decidido —me dije con mirada triunfal— A ver cómo se llega…
Recurrí al confiable Google Maps, a fin de comprobar cómo podía ir a mi destino. El trayecto tenía una duración aproximada de unas tres horas y cuarto, pudiendo salir desde la estación de tren de Shinagawa, que quedaba más o menos a unos veinte minutos de mi domicilio. A juzgar por las indicaciones, me vería obligado a realizar cuatro transbordos durante el trayecto, aunque eso no suponía un problema para mí. Siempre me ha maravillado lo responsables y profesionales que pueden llegar a ser los conductores de tren, tomándose increíblemente en serio un tema como es la puntualidad. Una vez decidido el viaje, consulté la página de la estación para poder reservar mis billetes para el próximo fin de semana. Hecho esto, aprovecharía los pocos ratos libres que mis siguientes cinco días laborables me proporcionarían para rascar un poco más de información acerca de la nure-onna, hurgando en todos los recovecos posibles. Aunque el viaje iba a ser algo largo, los trenes eran lugares increíblemente tranquilos, además de que dispondría de una muy buena vista desde el asiento con ventana que acababa de reservar. Por ende, lejos de ser aburrido, tenía ya la certeza de que el trayecto iba a resultar agradable, sin importar lo abarrotado que solía estar el transporte público.
Los cinco días laborales de la semana siguiente transcurrieron como estrellas fugaces en medio de aquella sensación de claustrofobia urbana que me atenazaba cada vez más. Saber que iba a visitar un santuario alejado de la ciudad hacía que mi deseo de escapar se acrecentara cada vez más, conforme pasaba el tiempo. Finalmente, el día del viaje llegó. Por primera vez en muchos meses, programé la alarma de mi despertador para despertarme a las cinco y media de la mañana, a fin de prepararme adecuadamente y poder salir con un margen de tiempo. El primer tren salía de la estación a las seis horas y cincuenta y siete minutos. Una vez acabé mi desayuno y lavé los trastos, ordené mi cuarto y me atavié con ropa más informal, procediendo a salir de mi celda y dirigirme a la estación. Cuando llegué, observé el reloj desde el andén, cerciorándome de que aún quedaba media hora para que el tren llegase. Con las luces de la noche aún encendidas y el cielo todavía oscurecido, observé las pocas estrellas que la contaminación lumínica me permitía diferenciar. Estábamos en fase de luna nueva y, por lo menos, podía distinguir el triángulo de verano. Resultaba casi reconfortante.
El ruido de los mecanismos aproximándose al andén me sacó de mis pensamientos, captando toda mi atención el morro plano y las bandas naranjas y verdosas que resaltaban entre los modestos colores del tren. Una vez se detuvo en la estación, todos los pasajeros nos dirigimos hacia el vehículo.
Tan pronto pudieron comprobar que nuestros billetes estaban en regla y que los viajantes ya habíamos ingresado, el tren comenzó su marcha. Después de los dos trasbordos en la estación de Yokohama y Shin-Yokohama, proseguimos nuestro trayecto. Poco a poco, las concurridas calles de la ciudad de Tokio dieron paso a amplios espacios abiertos, donde una inmensa montaña cubierta de nieve se vislumbraba a apenas unos kilómetros de las vías. A través de la ventana, pude observar durante unos minutos al monte Fuji en toda su magnificencia, antes de que se acabase perdiendo en la lejanía. Los paisajes naturales se sucedieron durante las siguientes horas mientras yo dejaba que mi mente vagara por ellos.
Después del largo trayecto, una nueva ciudad se comenzaba a vislumbrar ante mí. Si mis cálculos eran correctos, era bastante probable que se tratase de Nagoya, por lo que pude confirmar que mi destino estaba cada vez más cerca. Atravesamos la prefectura de Shiga y, por fin, llegamos a la estación de Kioto. Me levanté de mi asiento, con un ligero mareo inducido por el repentino cambio de postura. Una vez me recompuse, pude apearme del tren para dirigirme al autobús de la línea Karasuma, que me llevó hasta la estación Kitaoji. Un trasbordo más tarde, tomé el autobús urbano de la línea 205 hasta que, finalmente, pude vislumbrar a los majestuosos edificios del pabellón dorado en frente de mí.
Bajé del autobús y, tras una larga caminata, me presenté en la entrada general del recinto.
A mi derecha, una especie de recipiente alargado, tallado en una piedra gris, se mostraba cercado por una soga y unos cuantos listones de madera; a mano izquierda, se hallaba una pequeña estructura con un tejado negro, cuya campana guindaba de unos postes de madera.
Proseguí mi camino hasta el edificio que se alzaba frente a mí, cuya leyenda rezaba «Templo de Kinkaku-Ji». Tal parecía que había llegado a mi destino. Sin más dudas, me aproximé hacia aquel lugar e ingresé tan pronto como vi que la puerta se hallaba abierta. Dentro de ella, un hombre de tez ligeramente bronceada, con la cabeza rapada y ataviado con una túnica de color rojo, dirigió su atención hacia mí tan pronto como notó mi presencia, interrumpiendo su labor de oración. Se sentaba sobre sus piernas, dobladas y juntaba las palmas de sus manos a la altura de su corazón. Sobre una tabla había colocado cuatro varillas de incienso, que despedían un aroma similar a la madera quemada que no tardó en filtrarse por mis fosas nasales, invadiendo mi cerebro.
Tan pronto como pude recuperarme de la apabullante sensación que aquel intenso olor me producía, noté que el hombre no había dejado de observarme fijamente, con un rostro que rozaría una inquietante inexpresividad de no ser por la serenidad que transmitía. Tenía los ojos abiertos de par en par, dirigiéndome una mirada atenta a la par que fría que me hizo estremecer. No era una sensación del todo agradable, era la primera vez que alguien me escudriñaba con unos ojos tan penetrantes como aquellos. Por un momento, me sentí como un roedor acechado por un animal, oculto entre la densa maleza. Recordé entonces al ratón con el que alimenté a mi serpiente hacía apenas unos días, imagen que me desestabilizó ligeramente.
—¿Puedo ayudarle en algo? —dijo aquel hombre, como si en medio de la maraña de visitantes que habría en el santuario, intuyera que necesitaba ayuda, como si me estuviese leyendo cual libro abierto.
—Buenos días —dije, haciendo una reverencia—. Verá, he venido desde muy lejos para poder documentarme sobre cierto yokai, y he pensado que ustedes podrían ayudarme en la tarea.
Aquel hombre se levantó del suelo y se aproximó a mí, analizándome con unos ojos tan abiertos como sus facciones se lo permitían. Una vez estuvo delante de mi persona, noté como esa serenidad que evocaba al principio daba paso a una tensión abrumadora, como si mil agujas me atravesaran el cuerpo.
—Ha venido al lugar adecuado —dijo aquel monje—¿puedo saber de qué yokai se trata?
Al pronunciar esas palabras, mostró una sonrisa tan amplia que me hizo sentir que, en cualquier momento, desgarraría sus mejillas y me devoraría. Tal vez pretendía transmitir calidez, pero el resultado fue justo el contrario.
—Se trata de la nure-onna, la mujer serpiente —dije, ocultando mi incomodidad.
—Ah, sí… aquella mujer que es mitad serpiente. Planeaba despejar mi mente un poco, paseando por el lago, pero creo que una pequeña charla no hará mucho daño. Acompáñeme y le contaré cuanto sepa.
Seguí al monje a través del templo hasta que salimos por una puerta situada al otro lado del mismo. Frente aquella puerta, un inmenso lago se reveló ante nosotros. Bordeando su cristalina superficie, pude observar unas amplias hojas que reposaban sobre el agua calmada, distinguiendo entre ellas unas flores de tan vivos colores que contrastaban con el modesto tono de los árboles que crecían alrededor del cuerpo acuático. Por un segundo, me pregunté si sería posible fabricar con aquellas flores aquel fármaco, famoso o infame en función de a quien se le pregunte, que permitió al reconocido filósofo Lao Tsé perderse en los confines y los orígenes del tiempo, materializando por vez primera a aquellas bestias que perseguían con hambre atroz a todo viajero que sufriera el infortunio de acercarse a su guarida. O por lo menos, si sería factible fabricar algo similar, pues sus rosados colores las hacían contrastar con la descripción atribuida a las que dicen que se empleaban en la receta original.
—Verás —continuó el monje, sin detenerse— esa mujer de quien hablas no procede de esta zona. Los avistamientos de la nure-onna suelen ocurrir en las áreas norte y sur de la isla, preferentemente a las orillas de los mares. Es una mujer con un hermoso cabello oscuro que se pega a su elegante y delicado cuerpo, que seduce a los viandantes con su melódica voz.
Sin embargo, esto no quiere decir que en agua dulce estés más seguro, pues también suele frecuentar las corrientes, estanques y lagos, donde finge ahogarse y, justo cuando el pobre desaprensivo que se lanza a socorrerla quiere darse cuenta del error que ha cometido, ese monstruo clava su afilada lengua en su piel y empieza a devorar su sangre sin detenerse, hasta que lo único que queda…
Dejé que aquel monje siguiese explicándome las características de aquel yokai mientras mi mente divagaba en el entorno que me rodeaba. Al fin y al cabo, todo cuanto me estaba diciendo no era demasiado diferente a lo que podía encontrar en internet. Mi cerebro siguió perdiéndose entre pensamientos, hasta que de repente, percibí una pequeña vibración sacudiendo la superficie del agua del estanque. Un escalofrío recorrió mi espalda mientras recordaba una de las frases que acababa de escuchar: «esto no quiere decir que en agua dulce estés más seguro, pues también suele frecuentar corrientes, estanques y lagos». Notaba mi corazón latiéndome a mil por hora mientras era incapaz de apartar la vista de aquella ligera perturbación de origen desconocido, procedente del fondo de aquel lago. Parecía incrementarse, un leve burbujeo emergió a la superficie. Y, de pronto, reconocí un brillo blanquecino en mitad de las aguas. Nadando bajo las hojas de loto, un inmenso pez de escamas perladas decidió mostrarse ante de mí, nadando con un ritmo tan majestuoso como su imponente tamaño. No era la primera vez que tenía un koi ante mis ojos, pero sí la primera que veía uno tan bello.
Recobrándome del susto, volví a dirigir la atención al monje, al que seguí acompañando en su peculiar trayecto sin destino específico, rezando porque no se diera cuenta de que no había estado prestando atención a gran parte de su narración. Para mi sorpresa, caí en la cuenta de que nos habíamos alejado bastante del templo, que ya se distinguía al otro lado del lago como quien divisa su pueblo natal después de una semana perdido en altamar. Además de eso, me fijé en que había una pasarela de luces iluminando el bosque, supuse que alguien había encendido los farolillos de piedra que adornaban el entramado de caminos de aquel santuario.
Fue entonces cuando descubrí espantado que el sol estaba comenzando a ponerse, cosa extraña, pues si mi memoria no me fallaba, había llegado al templo poco antes del mediodía.
¿Cuánto tiempo habíamos estado vagando alrededor de aquel lago? A pesar de estar en un espacio bastante abierto, podía notar aquella sensación de falta de aire propia de esa claustrofobia que muchas veces me invadía en la concurrida ciudad, de la que había decidido escaparme por un día. Era como si algo invisible estuviese atenazando mi cuello, apretando cada vez más, conforme el aire salía de mis pulmones. Mis oídos comenzaron a escuchar un potente zumbido, similar al siseo de un reptil furioso. Sacudí mi cabeza, logrando que aquel sentimiento de asfixia, posiblemente psicológico, se mitigara levemente.
Pero entonces dirigí mi atención al monje, que se encontraba frente a mí, mirándome con absoluta impasividad. Pude notar como su piel había adquirido un tono más oscuro, ahora se vislumbraban en ella pequeñas estructuras en forma de teja que emitían un ligero brillo iridiscente bajo la tenue luz de un ocaso ya mortecino. Mantenía aquella penetrante mirada, mientras sus labios se volvían a curvar en una sonrisa desproporcionada y grotesca. En ese instante, caí en la cuenta de un pequeño detalle que había pasado por alto, quizá por el hecho de que, al tratarse de un monje, había atribuido al resultado de un arduo entrenamiento: durante todo el tiempo en el que habíamos estado hablando, no lo había visto parpadear ni una sola vez.
Aterrado por la revelación y haciendo acopio de las pocas fuerzas que pude conservar, traté de recuperar mi compostura y salir corriendo de allí, lo más rápido que mi tambaleante cuerpo me permitía. Hui por el medio de la arboleda, sin saber muy bien hacia dónde iba… hasta que no me quedó más remedio que reconocer que me había perdido. Miré en todas direcciones, tratando de hallar el más mínimo indicio que me permitiese regresar a una civilización que, por primera vez en mi vida, comenzaba a echar de menos, una civilización donde el agujero negro que acosaba mi mente y al que llamaba caos hacía acto de presencia para recordarme lo frágil de mi condición.
En medio de la oscuridad, un chillido detuvo aquella asfixiante introspección. Sonaba como el grito desgarrador de una mujer, pero poseía un cierto tono de dulzura que hizo que la siguiera ávidamente, cual serpiente macho siguiendo las feromonas de las hembras nada más despierta de la hibernación. Tal vez fue pura sugestión. Tal vez mi mente comenzaba a quebrarse.
—¡Socorro! —gritaba aquella voz, mientras yo la seguía, cayendo en la cuenta de que empezaba a acercarme cada vez más a un claro.
Para mi sorpresa, estaba de vuelta en el estanque del que había huido despavorido. Miré a todos lados, pero el monje no estaba allí. En su lugar, vi sus prendas tiradas en el suelo; me acerqué a investigarlas mientras una voz en mi interior me decía que no era buena idea. Mis sospechas se confirmaron tan pronto como percibí algo que me heló la sangre: aún envuelta en aquella túnica de color rojo oscuro, pude reconocer el cuerpo del monje. Sin embargo, conforme lo observaba, me di cuenta de que estaba completamente vacío, de que no era sino un cascarón de piel, con un tono tan grisáceo que parecía capaz hasta de filtrar la luz. Partes de aquel tejido epitelial, especialmente las correspondientes a las extremidades, habían quedado enganchadas a pequeñas superficies ásperas del suelo, como ramas y piedras. Daba la sensación de que, lo que fuera ese ser, se había deshecho de su piel restregándose contra aquella superficie rugosa. Y, en lo que antes eran sus ojos, no había sino una extraña tela semitransparente. Toda la carcasa humanoide se encontraba dada la vuelta, cubierta de un fluido transparente con textura ligeramente viscosa.
Un repentino rugido, similar al bufido de un ofidio, retumbó a mis espaldas. Noté como la temperatura descendía drásticamente a mi alrededor, sin que yo me atreviese a moverme, atenazado como estaba por el terror que experimentaba fruto del ruido que provocaba lo que se encontraba detrás de mí, lo cual parecía ganar terreno arrastrándose por el suelo. Decidí al fin girar la cabeza lentamente, luchando con el intenso temblor que recorría mi cuerpo. No me atreví tan siquiera a respirar, manteniendo una pequeña esperanza de que lo que fuera que había detrás de mí no hubiese aún reparado en mi presencia.
Tras girar mi rostro tanto como mi sistema locomotor permitía, pude percibirlo con relativa nitidez, bañado por la tenue luz que emitía la vía láctea. Ciertamente era una noche hermosa, tan solo perturbada por la inmensa monstruosidad que se había mostrado ante mí.
Sostenido sobre dos musculosos miembros, con las cinco garras que salían de sus dedos hundidas en el blando suelo del bosque, se alzaba una descomunal bestia con la piel cubierta de escamas. Dos fulgurantes ojos, cuyas pupilas negras atravesaban el centro de los mismos como un rayo en la noche, se clavaron en los míos. Lo hicieron de la misma forma en la que los del monje, o lo que fuera aquel ser que conocí en el templo, me miraron poco antes de que yo me percatara de su ausencia de humanidad.
A pesar de la falta de luz, pude apreciar la forma apuntada de su cabeza escamosa, rematada en unos abultamientos en su parte trasera. Tenía la apariencia cordiforme tan característica de la testa de muchas especies de serpientes venenosas. Detrás de eso, en lo que yo asumí que se trataba de un alargado cuerpo cilíndrico, logré apreciar una mezcla de colores entre gris y amarillo que le proporcionaban un perfecto camuflaje para fundirse entre la espesura.
Aquel imponente monstruo abrió su descomunal boca, desencajando sus poderosas mandíbulas, repletas de pequeños dientes afilados y doblados hacia su profunda garganta. De entre ellos resaltaban dos inmensos colmillos, cubiertos por una membrana muscular. De no haber estado plegados contra su paladar, no habrían cabido en su boca.
Por alguna razón, aquella bestia se estaba tomando su tiempo para acabar conmigo. Era como si, de una forma u otra, fuese capaz de percibir el terror que me infundía su presencia.
Recorrió mi ropa con su lengua bífida, haciendo que mi cuerpo se estremeciera de miedo.
Agarrotado por el terror como estaba y sabiendo que intentar huir no iba a servirme de nada, cerré los ojos y me preparé para lo peor. Noté la afilada punta de aquellos dos inmensos colmillos apoyándose en mi cabeza, permitiendo que un líquido de textura oleosa resbalara por mi piel, quemándola como si se tratase de ácido. Aquellas dos agujas se clavaron más profundo, perforando ligeramente mi cráneo, pero sin llegar al cerebro. Ese veneno se adentró en mí, comencé a notar cómo todo mi interior comenzaba a deshacerse, a pudrirse, a descomponerse. Hasta que, finalmente, me desplomé en el suelo.
Desperté unas horas más tarde, mirando en todas direcciones, tratando de averiguar dónde me encontraba. Una sensación de mareo inundó mi cuerpo, pero, por alguna extraña razón, mi equilibrio no se vio afectado. De hecho, notaba que me estaba moviendo con una mayor soltura.
Observé aquel estanque que, por motivos desconocidos, me resultaba tan familiar. Volví a mirar a mi alrededor, tratando de hallar algo más que me resultase conocido, pero no encontré nada. Sin embargo, por primera vez en mucho tiempo, me sentía verdaderamente en casa.
Me acerqué a la charca y allí pude observar mi reflejo: una piel escamosa cubría mi cuerpo, que no era más que un cilindro alargado con colores apagados. Al concentrarme en aquella imagen, logré distinguir algo extraño a mis espaldas.
Me giré, topándome con una maraña de extrañas vestimentas que yacía inerte en el suelo.
Y, en el interior, encontré una carcasa de piel con aspecto humano. Con mis fuertes manos, tomé aquel manojo de pellejo y fibra sintética y, como guiado por un instinto, me introduje dentro de ella. Quizá de esa forma, la brisa matutina no me resultaría tan molesta.
Volví a dirigirme al estanque para apreciar mi nueva indumentaria. Me confería una apariencia que no me agradaba demasiado, pero algo me decía que, si quería protegerme, debía llevarla puesta. Pese a que no podía ver del todo bien, pude identificar unas extrañas figuras anaranjadas ingresando en el edificio que se erigía al otro lado del lago. Todas tenían el mismo aspecto: tenían cuatro extremidades, iban ataviadas con extrañas ropas y caminaban sobre sus patas traseras. No pude evitar darme cuenta de que eran muy parecidas al reflejo que vi en el agua hacía apenas unos segundos, al cubrirme con estos harapos. Sin embargo, aunque me veía muy similar a ellos, no podía concebirlos como semejantes, sino como algo totalmente distinto. Noté un gruñido en mi estómago y me llevé la mano derecha a la parte de aquel disfraz que cubría mi vientre. Aunque caminar sobre esos dos miembros no era particularmente agradable, aquel traje me proporcionaba una cierta agilidad. De algún modo sentía que estaba familiarizado con él, aunque no comprendía por qué.
Me dirigí con paso ligero hacia aquella construcción, que rezumaba un aura de misticismo.
Algo me decía que mi misión en ese lugar apenas había comenzado.