Prefacio Por Olaus Wormius

ANNO 1228

COMOQUIERA que la obra conocida por el nombre griego de Νεκρονόμικον, o, en letras latinas, Necronomicon, se ha vuelto harto rara y difícil de encontrar, y solo se consigue a gran precio, me pareció no desdeñable la labor de traducirla a la lengua latina, y no porque el libro ofreciera nada edificante para la mente ni porque aportara enseñanza moral alguna, ya que su contenido supera en maldad a todos los demás libros de la cristiandad, sino solamente por el motivo de que contiene una sabiduría secreta que se perdería, sin duda alguna, si el libro pereciera roído por los gusanos o quemado en las hogueras de los censores, como parece probable que suceda a los pocos ejemplares que quedan en griego, y ello antes de que pase la generación de los que vivimos ahora en esta Tierra, pues, en los últimos tiempos, el clero reprueba este libro maldito como si lo hubiera escrito el propio Satanás.
Quién sea el verdadero autor del texto dejaré que lo diga el escriba Teodoro Filetas, al que la Historia llama el Sabio, en sus palabras de introducción al manuscrito griego del que me serví para preparar mi versión. Lo que pretendo hacer aquí es exponer la naturaleza del libro y relatar las circunstancias desventuradas que rodearon la muerte del desventurado y antedicho Teodoro, para que su muerte sirva, por sí misma, de advertencia suficiente para los movidos por una curiosidad ociosa, pues esta obra solo es adecuada para los intelectos más profundos, desposados con Cristo en el Espíritu Santo, y corromperá a todos los que aspiran a aplicar su sabiduría arcana para fines bajos. Es una espada envenenada con belladona, que hiere la mano que intenta blandiría, pero aquel cuyo propósito es bendito y cuyo tacto es sutil puede acogerlo en su seno como a una serpiente dormida, sin recibir su veneno. Solo puede usarlo el que no lo ama.
Suele interpretarse mal, por lo común, el título de esta obra, que pronuncian erróneamente los que ignoran las raíces de la lengua griega. Procede de νεκρóς que significa «cadáver», y de νóμος que tiene el sentido de «ley o costumbre», por tanto, Necronomicon significa «exposición de las costumbres de los muertos»; y lo que se da a entender es el arte de controlar y de manipular a los muertos por la hechicería practicada sobre los cadáveres, que lleva el nombre común de «necromancia». Aquí se exponen, más por extenso que en ningún otro libro alguno, las costumbres de los muertos, y otras cosas secretas que solo conocen ellos y los que tienen tratos con ellos.
En estas páginas se encuentran relaciones de las criaturas que viven más allá de las altas esferas, de ciudades perdidas y de otros lugares olvidados por la memoria de la humanidad, y, lo que es más pernicioso todavía, el modo de convocar las almas de los muertos, haciéndolas volver a su barro mortal, y de arrancarles, por medio de tormentos, los secretos que yacen ocultos en las raíces del mundo, en cuevas oscuras y bajo las profundidades de los mares. Aquí se encuentran, también, instrucciones sobre el modo de construir cosas vivificadas con una apariencia de vida, que más valía dejar por hacer, pero que, una vez creadas, ya no se pueden deshacer. Todo ello sería motivo suficiente para arrojar este libro a las profundidades del infierno, si no fuera porque las enseñanzas de esta obra malvada permiten controlar, de varios modos, a los seres de poder maligno que viven entre las estrellas y amenazan la continuidad misma de nuestra raza. De ese modo, en las maquinaciones del Demonio se encuentran los instrumentos prácticos de nuestra salvación en ese día temible, que quiera la gracia de nuestro Señor que no llegue nunca, cuando las estrellas estén en sus posiciones justas y se abran las puertas.
Volviendo al diligentísimo y eruditísimo Teodoro, realizó la traducción al griego de este libro en la ciudad de Constantinopla, pues habéis de saber que los ejemplares más antiguos estaban todos en la lengua de Mahoma, y que su título no era Necronomicón sino Al Azif, que supuestamente significa en esa lengua el ruido de los insectos que se oyen por la noche, pero que vulgarmente se interpreta como el aullar de los demonios, dado que los nómadas herejes de esas tierras confundían con voces de demonios los sonidos nocturnos del desierto, pero Teodoro presenta otra interpretación distinta del título arábigo, que dejaré que leáis con vuestros propios ojos.
Teodoro, al que llamaron el Sabio por su dedicación a la sabiduría arcana, cuenta que tradujo la obra a partir de un único ejemplar en letras arábigas que no pereció pasto de los gusanos. Yo conté con materiales mucho más ricos, pues en el curso de mi vida he tenido la buena fortuna de que llegaran a mis manos tres manuscritos del texto griego, y pagué lo conveniente para que me hicieran una buena copia del más fidedigno, que comparé con todo detalle con su original. El texto latín presente se extrajo con todo cuidado de este ejemplar griego, y a los que leéis estas palabras os aseguro que no se ha suprimido nada del texto original, ni tampoco se le ha añadido nada a modo de glosa, pues suele suceder que los copistas no se conforman con copiar, sino que se sienten obligados a incluir sus propios comentarios en la obra, y por este motivo muchos manuscritos de este libro han quedado corrompidos con palabras de otros hombres desconocidos por su autor.
Habiendo corrido por Constantinopla la fama de la naturaleza de este libro, que no se había visto nunca en toda la cristiandad antes de su traducción al griego, el clero y el pueblo de la ciudad sometieron al buen Teodoro a tal persecución, que este se vio obligado a subir a la escalinata de la iglesia mayor y denunciar desde allí por diabólica la obra, pedir públicamente que Cristo le perdonara sus pecados, y quemar acto seguido el pergamino que contenía su traducción. Este acto de contrición tranquilizó a las gentes de Constantinopla, que dejaron de pedir su cabeza, pero su libro no pereció, pues se habían hecho otras copias, que fueron difundidas y multiplicadas por muchas plumas, ya que muchos ansiaban poseer una obra tan rara y extraña, por muy dañina que fuera para el alma, y lo mismo pasa hoy día.
Es bien sabida la suerte que corrió Teodoro, cómo perdió sus riquezas y sus tierras, cómo se le revocaron todos sus cargos y honores en la corte del emperador, cómo vio morir de peste a su esposa y a sus tres hijos en un solo año, y cómo pereció él mismo, víctima de la más horrible de las dolencias, la enfermedad de los piojos. Los escritores piadosos de la Iglesia han escrito que Dios y los ángeles lo dejaron de su mano como castigo por haber trasladado el Necronomicón a la lengua griega, y que no conoció ningún día que no le trajera una desventura: tan grande es el poder de este libro sobre las almas de los pecadores, pues solo los rectos pueden leerlo sin perder la integridad de su cuerpo y de su espíritu.
Habiendo transcurrido un siglo justo desde que salió al mundo la obra de Teodoro Filetas, Miguel Cerulario, patriarca de Constantinopla, mandó que se reunieran en un solo lugar todos los ejemplares conocidos del libro y que se quemaran a mayor gloria de Cristo Jesús. Esto sucedió en el año del Señor de 1050. No se halló ningún texto árabe, pero se amontonaron y se quemaron ejemplares griegos hasta el número de ciento setenta y uno en los mismos escalones donde había hecho Teodoro su acto de contrición pública.
No voy a debatir en este lugar la prudencia de difundir un libro que un honrado Padre de la santa Iglesia quiso extirpar del mundo. Mi conciencia está en armonía con el amor de nuestro Señor. Solo diré esto: que el conocimiento que se pierde una vez queda perdido para siempre, y ¿quién puede juzgar que tal enseñanza será útil en caso de necesidad, y que tal otra no tendrá valor para los hombres nunca jamás? ¿Acaso no puede llegar un tiempo en que haga mucha falta el conocimiento secreto para combatir a los ejércitos de la oscuridad? Pero si se queman todos los libros que lo enseñan, los hombres buscarán en vano el instrumento de su salvación.
Guardad bajo llave y sujetas con cadenas todas las copias que se saquen de este texto latino. Que ningún lector desvele su existencia a los ignorantes, incapaces de llevar una carga tan grave. Que sea maldita ante Dios y ante sus ángeles el alma del que aspire a practicar lo que está escrito en estas páginas, pues se condenará a sí mismo con solo albergar la tentación de cometer un acto tan terrible de profanación. Más le valdría que le quemaran los ojos con carbones ardientes y que le cosieran los labios con hilo de lino, antes de que leyera en voz alta las palabras que se contienen en este libro, escritas en la lengua olvidada que nunca deben pronunciar los hijos de Adán, sino solo esos otros que no tienen boca y que viven en las sombras entre las estrellas.

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