Parecía un hombre normal. Lo cual era decir bastante al comparársele conmigo.
Pude haber avistado la mancha negra que envolvía su cabaña desde las alturas, pero llevaba tiempo sin emprender el vuelo. Prefería recorrer los caminos de la gente ordinaria, que las zarpas de mis pies se habituaran al traqueteo de sus botas y sandalias. Ya ni siquiera me asustaba exponerme, aunque los senderos que atravesaban el bosque no se encontraban especialmente concurridos. Resultaba fácil recorrerlos sin cruzarse con una sola alma, y no porque desearan evitar a la bestia que creían ver reflejada en mi mirada roja.
Rehuían de aquel que vivía en el corazón de las tinieblas. Ese que, en apariencia, no era sino uno de tantos.
Dado que se me educó bajo la ley del prejuicio, tenía la corazonada de que lo juzgaban injustamente. Se contaban historias terroríficas, relatos de negrura y putrefacción, lo cual era decir bastante en una región donde apedrear a los terneros era patrimonio cultural. Por eso mismo no vacilé al cruzar los límites de lo habitualmente permitido, internándome en territorio desconocido.
Después de atravesar una frondosa congregación de sauces, irrumpí en un claro cubierto de margaritas y amapolas. Sobre su eje se alzaba una enorme cabaña sumida en silencio, con un amplio porche sobre el que descansaba recostado un hombre. No era como los rumores populares lo describían, pues, a diferencia de aquellas injustas hipérboles, aún conservaba algo de juventud en el rostro. Se mecía adelante y atrás mientras atestiguaba mi llegada, sin enarcar una ceja pese a mi peculiar aspecto. Son muchos los que huyen espantados al atisbar mi pico bajo la máscara que me cubre las facciones, pero este individuo no parecía tenerme miedo. Eso o estaba acostumbrado a tratar con engendros, aunque no tuve aquella impresión entonces.
En quietud, el hombre tardó un buen rato en reaccionar. Al hacerlo, detuvo la mecedora e inclinó su torso hacia delante para cruzar los dedos y quedárseme mirando. Educadamente, caminé hasta el porche y me retiré el sombrero para elaborar una reverencia. Cuando tienes por costumbre que todo el mundo dé media vuelta al verte, aprendes a tratar a como reyes a aquellos que te reciben con los brazos abiertos.
—Hace un día espléndido —dijo el individuo, aunque con voz baja. No parecía interesado en alargar aquel encuentro más de lo preciso.
Avanzando un poco más, me coloqué justo sobre su sombra. Vistiendo completamente de negro, parecía mi hábitat natural. Sin embargo, lo cierto es que disfruto de la luz del sol a primera hora de la mañana. Y en ningún lugar sentaba tan bien como en aquel claro en mitad del bosque, donde no se oía un ruido.
—Siento interrumpirle, señor, pero creo que me he perdido —comenté, aunque no me gusta mentir. Sin embargo, no se me ocurrió nada mejor—. ¿Podría indicarme la ruta hacia las Laderas del Grajo?
Estaba claro que el hombre no disfrutaba de la compañía ajena. Podía leerlo en sus limpias facciones, que la costumbre del diálogo no había conseguido arrugar. A pesar de todo, debía fascinarle mi anatomía. No debían verse muchos hombres ave por aquellos lares. Ni en aquellos ni en ningún otro.
—¿Las Laderas del Grajo? —preguntó, dudoso, mientras fruncía el ceño—. Juraría que no es por aquí. Andas mal encaminado.
—No me diga —comenté, fingiendo una profunda decepción. Nunca se me ha dado bien engañar a la gente, aunque tenía el presentimiento de que no era el único mentiroso presente—. Temo entonces que seré incapaz de atravesar el bosque antes de que caiga la noche.
En efecto, todo pasaba por conseguir una invitación al interior de su hogar. A pesar de su amplitud, no debía resultar demasiado acogedor. Ni siquiera contaba con el anfitrión más efusivo, pero eso no me importaba. Por más que muchos lo desearan muerto y enterrado, no había acudido buscándolo a él.
Sin embargo, y a pesar del desprecio que se había ganado a fuerza de cerrazón, no era ningún idiota. Así lo demostró al señalar hacia mi espalda cautiva y decir:
—¿No puedes simplemente alzar el vuelo e irte de aquí?
De haber tenido labios como los hombres, aquel comentario le habría arrancado una sonrisa a mi rostro aviar.
—Veo que no te doy miedo —comenté, sereno.
—Solo temo una cosa en este mundo —pronunció el sujeto—, y dudo que tú puedas cambiarla.
Acto seguido, se incorporó definitivamente y caminó despacio hasta la puerta de su hogar. Hastiado, me flechó una mirada que parecía sugerir un cansino «anda, sígueme». No me quedó sino hacerle caso, consciente de que ni en mil años se me volvería a conceder esa oportunidad.
El propietario de la cabaña había estado preparando alguna clase de potaje, como sugería el aroma que envolvía su sala de estar. Tal como había supuesto, no la encontré especialmente acogedora. Y no solo porque pareciera abandonada, sino también por el hecho de los animales disecados que la decoraban. Entre ellos, una buena cantidad de córvidos expuestos en una macabra colección. Desde luego, tengo suerte de no ser tan frágil como mis parientes menores. Podría haber sufrido un destino atroz, quién sabe si incluso ahogado en la cazuela.
No parecía el hombre más hospitalario de la región, pero aun así se ofreció a cobijarme en su hogar durante un rato. Me sirvió un poco de aquel potaje, consistente en una sopa de verduras con algo de grasa animal. No quise preguntarle si aquellas trazas cárnicas que flotaban en la superficie eran de pollo, sobre todo después de la demoledora mirada que me arrojó. Parecía desear que me fuera de allí cuanto antes, y no porque mi aspecto le causara alguna clase de inquietud.
—Debo darle las gracias, buen señor —declaré, retirándome la máscara para poder empezar a tomar cucharadas. Mi rostro emplumado solía erizar el vello de los humanos, pero él no se inmutó—. Oh, ni siquiera me he presentado. Mi nombre no resulta fácil de pronunciar, pero puede llamarme Doctor Cuervo. Los pueblerinos de las Laderas suelen encontrarlo divertido.
Acto seguido, le ofrecí una de mis manos enguantadas. Aunque, tan sobrio como de costumbre, se limitó a asentir a modo de respuesta. Acto seguido, tomó un plato para sí y se echó algo de caldo. Se sentó enfrente de mí y se lo tomó tan rápidamente que no tuve tiempo de preguntarle nada. Antes de que me diera tiempo a reaccionar, ya se había retirado hacia el interior de sus aposentos.
Ni siquiera había conseguido apurar aún la mitad del plato, que, siendo justos, resultaba bastante generoso viniendo de alguien acostumbrado a tamaña humildad. Igualmente, no dudé en apartarlo para incorporarme y seguirlo a través de aquel pasillo de maderas mohosas. Resistían los envites de la humedad contra viento y marea, y parecía un milagro que no se hubieran derrumbado aún. Adentrarse en su mundo putrefacto era como echar un vistazo a la inevitable destrucción de la existencia.
—¡Señor! ¿Dónde está? —pregunté, buscándolo por todas partes. Me asomaba a las habitaciones esperando encontrar algo más que su presencia, pero decepcionándome con el silencio de inquietantes cuartos vacíos—. Pronto anochecerá, y estos bosques no son lugar para caminantes solitarios. ¿Sería tan amable de dejarme usar mi jergón portátil? Le prometo que, una vez salga el sol, habré desaparecido de su vista.
Para cuando terminé de hablar, ya había revisado cada una de las habitaciones. Solo quedaba la situada al final del pasillo, con un velo de tintineantes fetiches de madera y metal por puerta. No obtuve respuesta por parte del hombre, así que, temeroso, me aferré a mi cayado y empecé a caminar hacia el frente. Se me erizaron las plumas de la espalda dorsal, consciente de que la ausencia de sonido podía ser más preocupante que cualquier reverberación. Al fin y al cabo, los espíritus de los muertos que callan son los que más sufren en su penitencia.
A pesar de todo, me asomé. El mundo entero podía volverse contra mí, poniendo mi vida en riesgo por algo que no pasaba de la categoría de rumor. Pero, antes de poder poner siquiera pie en el interior de la habitación, una presencia me espantó. Me vi obligado a dar un respingo cuando apareció ante mí, emergiendo como un cocodrilo al acecho de su presa.
Para mi suerte, solo era aquel tipo cuyo nombre ni siquiera llegué a saber. Por aquel entonces, eso aún me resultaba un alivio.
—Fuera —pronunció secamente, apartándome de su camino para volver rápidamente a la cocina.
—Está bien —dije, manteniendo las maneras. Siempre he priorizado la educación sobre cualquier investigación, y aquel caso no iba a ser menos—. Si le molesto, reemprenderé mi camino. No creo que la noche pueda hacerme tanto mal.
—No me refería a eso —indicó el áspero individuo, que se detuvo frente a una de las habitaciones vacías. Tras señalar con el mentón hacia delante, gruñó—: Puedes quedarte ahí si quieres. Pero no me des la tabarra, por favor. Si vine a este lugar es librarme de incordios como tú.
Desde luego, sus palabras no eran tan generosas como sus ofertas. Aunque, como suelo decir, son los actos lo que definen a una persona. Por eso mismo, volví a darle las gracias y desplegué mi jergón en el interior de aquella alcoba húmeda y silenciosa. No se parecía a ninguna posada de las Laderas, ni siquiera a la más ruinosa, pero estaría bien mientras no se me cayera el techo sobre la cabeza.
De todas formas, dormir nunca ha sido lo mío. Algo similar parecían sugerir las ojeras de mi anfitrión, así, con suerte, podría aprovechar las horas muertas de la oscuridad para intentar entablar conversación con él. Todo el mundo necesita un poco de calor, sea humano o no, y aquel ermitaño no podía ser excepción.
Encerrado entre aquellas cuatro paredes, perdí de vista al señor. Supuse que debía haberse ido a dormir después de un duro día de trabajos agrícolas, así que, dedicando algunas horas al estudio de lo oculto, decidí no molestarlo. Era un individuo peculiar, además de un poco cascarrabias, pero no creía que fuera un mal hombre.
Mi grimorio, con más de un siglo de antigüedad, ahondaba en algunos aspectos culturales de la región. Entre ellos, los secretos del bosque y su relación con las núcleos urbanos aledaños. Hablaba acerca de cómo alguna vez fue extraño ver un solo transeúnte, pues ni siquiera los más valientes se atrevían a penetrar en sus adentros. De hecho, según explicaban las páginas finales, solo el guardabosques tenía auténtica potestad de recorrerlo.
Y, además, el guardabosques no solía estar solo. Pues era tradición que su esposa lo acompañara, viviendo a su lado en algún remoto rincón de la arboleda. Nadie conocía su ubicación exacta, aunque solo quienes buscaban problemas trataban de averiguarlo.
En mitad de la noche, antorcha en mano, me incorporé sobre el jergón y salí a inspeccionar la cabaña. Sin las botas, mis pies aviares se posaban delicadamente sobre las baldosas de madera mientras recorría el pasillo. Mi plumaje negro me ayudaba a fundirme con las sombras, aunque no podía decir que me acogieran en su seno. Todo lo contrario.
Tan pronto como entré a la cabaña, aquellas aves disecadas me infundieron una profunda inquietud. Sin embargo, algo me atraía de pronto hacia la banda que las exponía sobre aquella vieja chimenea. Después de todo, ningún agricultor corriente dedica sus ratos libres a la taxidermia. Mucho menos a la centrada exclusivamente en córvidos.
El caso es que ocurre algo extraño con estos animales. No por nada sirven a las brujas y hechiceras, corrompiendo voluntariamente su sangre a cambio de refulgentes ofrendas materiales. La magia fluye por sus venas, y a menudo eso resulta en engendros como un servidor. Lo tengo tan asumido que a veces ni siquiera reparo en ello, y es por eso que en ningún momento sospeché que algo podía andar mal bajo aquel techo.
Con el corazón en un puño, recorrí el pasillo en busca del señor. No deseaba arrancarlo de su letargo, pero, en caso de encontrarlo con los ojos abiertos, reclamaría explicaciones. Aun así, la que debía ser su habitación se encontraba completamente desierta, sumida en oscuridad. No podía decirse lo mismo de la última alcoba, esa misma cuya entrada me estaba prohibida.
Temeroso, avancé con paso ligero pero precavido. Procuraba no desatar ningún crujido, apoyando mi única mano libre en la pared para compensar el peso de mi cuerpo. De nuevo ante aquella puerta de ristras móviles, me detuve y suspiré. Me abrumaba lo que pudiera encontrar al otro lado, no por el hipotético peligro sino por un hecho que aún me reconcome: deseaba creer que aquel hombre no era ningún monstruo. Que, como en la mayoría de casos, el relato popular se equivocaba. Que los prejuicios eran un demonio esquivo, el velo tras el que se escondía un profundo y sincero alivio.
Aun así, crucé. Y, a pesar de mis miedos, no encontré nada. La alcoba descansaba en quietud, con un hedor ciclado y una atmósfera vertiginosa. Parecía dar cobijo a alguna clase de animal, pero mi infalible olfato aseveraba que me encontraba solo allí dentro. De todas formas, sin una puerta maciza de por medio, cualquier forma de vida podía entrar y salir a su antojo.
Como tampoco había ni rastro del señor, empecé a sospechar. No deseaba hacerlo, pues había acudido a la cabaña con la esperanza de extinguir aquellos terribles rumores, pero todo apuntaba a que había pecado de optimista. Fue así que, replegando las alas oprimidas contra la espalda, corrí de vuelta al salón en busca del señor. Crucé la puerta de entrada y me coloqué en el porche, oteando el horizonte con mis ojos de rubí. Miles de amenazas acechaban los bosques a altas horas de la noche, pero ninguna bestia me aterraba. Si había algo de lo que convenía preocuparse, no debía rondar muy lejos.
Desde luego, el instinto aviar no me engañaba. El pasto que envolvía la cabaña crecía alto y tupido, escondiendo entre sus briznas los grandes misterios de una vida anónima. Concretamente, aquel misterio se alzó ante mí como una incontrolable pesadilla febril. No podía rivalizar con mi altura ni envergadura, aunque eso no fue óbice para que deseara echar a volar y desaparecer cuanto antes.
No era un ser humano. Tampoco yo, pero en mis ojos brilla la chispa del raciocinio. Los suyos, en cambio, eran dos agujeros de podredumbre que llegaban hasta el fondo de su cerebro atrofiado. A pesar de las penumbras, podía ver los laberintos gelatinosos de su interior. Deseé vomitar, pero, si quería sobrevivir al encuentro, debía quedarme completamente quieto.
Si alguna vez perteneció a la estirpe de los homínidos, aquellos tiempos habían quedado muy atrás. Así lo delataba su cuerpo retorcido y malformado, con articulaciones dadas la vuelta y piernas como las de un carnero cojo. La piel que recorría gran parte de su cuerpo se caía a jirones, como si se hubiera expuesto al tratamiento habitual del cuero industrial. Respecto al cabello, no quedaba gran cosa. Y, visto lo visto, el poco que había sobrevivido no le favorecía demasiado.
Aun así, nada resultaba tan inquietante como su boca. Fuera cual fuese la catástrofe que había convertido su cuerpo en aquel amasijo de dolencias, se había ensañado con la mandíbula. Con las comisuras de sus labios desgarradas, colgaba violentamente mientras intentaba aullar. Sin embargo, como si su garganta no pudiera responder a los designios de la mente, no emitía ruido alguno. Solo el chapoteo de su larguísima lengua sobre el vacío de las encías, tan abultadas y supurantes que debían haberse desprendido de hasta el último diente.
A pesar del pavor que me infundía aquel engendro antinatural, no tardé en entender algo: no podía hacerme nada. Pues, aunque percibiera trazos de brujería en su interior, se encontraba demasiado débil como para atacarme. Apenas era un cadáver ambulante, una criatura que, por algún extraño motivo, no podía morir. Bastaría con un soplido para derrumbarla, aunque estaba claro por qué había sido el germen de tantas historias de terror. Desde luego, todos habían vivido para contarlo.
Aunque enseguida entendí que quizá me equivocara. Estaba claro que no podría herir ni a una mosca, pero no lo necesitaba. En cambio, había alguien dispuesto a segar vidas por proteger la de aquella abominación.
Cuando me di la vuelta, tenía los cuatro afilados picos de una horca rozando las plumas de mis sienes. No necesité detenerme sobre su rostro para entender de quién se trataba. Al fin y al cabo, no había nadie más en hectáreas a la redonda. La soledad es la maldición de todos los monstruos, pero también su mayor regalo: pueden hacer lo que quieran, pues nadie los escuchará.
—Te dije que no me dieras la tabarra —me recordó el señor, su voz grave y ofensiva. Estaba dispuesto a derramar sangre—. No debiste haber salido, Cuervo.
Entonces, solté el candelabro y levanté las manos en señal de sumisión. Antes de eso, me repasé el pico desde los orificios nasales hasta el extremo y suspiré.
—Esto no me gusta, guardabosques —pronuncié, dispuesto a negociar verbalmente. No me quedaban muchas más opciones—. Sea lo que sea, es hora de que termine.
Pero, convencido de que hacía lo correcto, el hombre colocó los filos de su herramienta de trabajo un poco más cerca de mi piel. Algo más de presión y se verterían los primeros regueros. No serían los últimos.
—Por esto me repugnan las visitas. Siempre tienen que meter las narices donde no les llaman —gruñó, reparando en la deforme criatura que pataleaba tras ambos. Parecía sumida en una agonía constante, su boca abierta con un mudo alarido que no acababa nunca—. Pude haberte matado en cuanto cruzaste la puerta de mi casa, pero pensé que no me lo pondrías fácil. No eres como los demás.
—Eso ya lo veo. —Eché la mirada hacia atrás, aunque me causó un escalofrío—. Estás más que acostumbrado a la monstruosidad.
—Vuelve a llamarla así y mi siguiente inquilino probará un puchero con tu carne.
Un determinante bastó para que lo entendiera todo. Las deformidades de su cuerpo doliente me habían impedido verlo, y tampoco había ojos donde pudiera discernir hechos lógicos. Sin embargo, aquella tragedia empezaba a cobrar sentido.
—No me digas que…
Pero, antes de poder seguir hablando, me embistió. Dándole la vuelta a la horca, me atacó con el extremo romo hasta tumbarme al suelo. Abalanzándose sobre mí, empezó a golpearme el pecho mientras me arrancaba plumas de los antebrazos. Sin embargo, con la ventaja del tamaño, me zafé de su agarrón con una veloz patada y me incorporé. Luego, recurriendo a los códigos extremos del instinto, tomé una decisión arriesgada.
Así pues, me aferré a los hombros de aquella pobre mujer antes de que pudiera escapar. Sosteniéndola, empecé a ejercer presión sobre su cuerpo mientras su agonía se manifestaba en las erupciones volcánicas de su rostro sangrante. Solo entonces distinguí desesperación en los ojos del sujeto, un terror que solo quienes han conocido el peligro de perder a alguien querido entienden.
—¿Quién eres realmente, Cuervo? —me preguntó, los brazos caídos en un gesto que delataba derrota.
—Solo soy un detective, alguien que intenta entenderlo todo —respondí, mis manos negruzcas sobre el cuello de aquella criatura. Fuera quien fuese, no merecía tamaña agonía—. Se han reportado casos terroríficos en relación a este lugar, pero siempre pensé que solo eran patrañas. Esto no puede continuar así.
—¿Acaso alguien ha salido herido? —gruñó el hombre—. No tienes pruebas.
—Tengo la única que necesito justo delante.
Aquello no le sentó nada bien al propietario de la cabaña, quien, apretando sus maltrechas mandíbulas, parecía a punto de llorar. Ni siquiera sabía cómo reaccionar, pues lo que debía estar sintiendo iba más allá del simple estímulo. No deseaba estar allí conmigo, tampoco con la bestia en que había derivado su ser más preciado.
Soy partidario de la sensatez, aunque a menudo implique tomar el camino difícil. Por eso pienso que, aunque parezca imposible, siempre hay otra manera de hacer las cosas. Una que haga bien a todo el mundo, que no entienda de carroñeros y víctimas.
Como demostró un solo instante más tarde, aquel hombre no compartía mi parecer.
Pese a mi decisión, no dudó en cargar contra mí. Cegado por la ira y el miedo, empuñó una vez más la horca con la intención de zafarse de su rival.
Y yo, reteniendo por los brazos a la deformidad ambulante, no pude prever lo que ocurriría a continuación.
Su envite apenas duró un parpadeo, tiempo insuficiente para que pudiera tomar medidas. Pensé que me atravesaría por completo, que me arrancaría las vísceras. Sin embargo, la sangre que terminó tiñendo el suelo de rojo no era mía. Me sentía de una pieza, y eso fue lo peor de todo.
Cuando levanté la mirada, vi sus ojos más cerca que nunca. Posados a la altura del costado de su antiguo amor, se habían vuelto vidriosos. Opacos como una ventana repleta de humedades, alejada de cualquier fuente de luz solar. Destinada a agrietarse y estallar, a caer en el olvido.
Al arrancar la horca de la carne, la mujer convertida en monstruo se derrumbó sobre el pasto. El señor lo hizo con ella, sosteniéndose mientras sus manos le arrancaban jirones de piel colgante. Empezó a lamentarse mientras recostaba la cabeza sobre su pecho hundido, reclamando una segunda oportunidad que ningún dios le concedería. Ni siquiera las mancias oscuras, que demasiadas líneas habían cruzado ya en su nombre.
—Te prometí que me quedaría siempre a tu lado. Que nunca te soltaría la mano —dijo mientras hacía lo propio, aferrándose a unos dedos que parecían a punto de desprenderse. A pesar de todo, no lloraba. Se había quedado vacío por dentro—. No puedo vivir sin ti, mi luz. No hay nada más allá.
Quizá él viera en aquel amasijo de nervios desgarrados a su antigua mujer. Sin embargo, en realidad no había más que un cadáver difícilmente sostenido por fuerzas ignotas. No podía saber desde cuándo había sido así, pero tenía la corazonada de aquella persona murió hacía mucho tiempo.
Tristemente, sus lamentos no servían de nada: el amor de su vida no perdió la vida en aquel momento. Ahora, solo quedaba restregarse sobre las cenizas de los años perdidos.
De algún modo, acabé entendiendo que no encontraría en los bosques mayor terror que el vivido aquella noche. Por eso mismo me interné en sus profundidades, dejando atrás a un hombre y su soledad. Podría haber tomado alguna medida, pero nada habría cambiado lo inevitable. Había quedado claro durante su despedida: sin ella, no quedaba nada por lo que vivir.
Entonces asumí que, tristemente, los relatos eran ciertos. Pero no era eso lo que más me apenaba, sino más bien el propósito de aquel rumor popular. Se hablaba de un monstruo que rondaba la arboleda, una insaciable criatura devoradora. Nadie conoce mejor que yo cómo esos términos pueden trasformar a alguien: las palabras tienen el poder de alterar la realidad, de deformar lo inocente en grotesco.
Desgraciadamente, la única bestia que alguna vez rondó aquel lugar nunca sufrió esas consecuencias. Aunque, tras lo sucedido durante aquella noche, no volvería a atormentar a nadie. Su única víctima descansaría en paz, que es más de lo que la mayoría puede decir.
Antes del alba, me detuve entre un par de altísimos sauces y miré hacia arriba. Mi mirada de cuervo apenas podía distinguir el cielo estrellado en el ramaje, pero, de alguna manera, lo añoraba. Me encontraba completamente solo, a merced de pensamientos intrusivos y espías emocionales, aunque eso no me impidió alzar el vuelo. Coronando las corrientes de barlovento, cerré los ojos y me dejé llevar hacia el interminable negro y azul del firmamento.
Si por casualidad me convertía en el próximo terror de aquellos bosques, ya vería cómo solventarlo.