Saka-bashira

Saka-bashira: Literalmente «columna invertida», nombre del espíritu iracundo de una columna que desea vengarse por haber sido colocada contrariamente a como se encontraba mientras aún era árbol. Fue descrito por el artista Sekien Toriyama, famoso por sus representaciones de lo sobrenatural.

Aquellos que en tu día alababan tu belleza, aquellos a los que en su día colmaste de bienes, ellos te han abandonado. Ellos han vuelto el rostro para no verte. Ya nadie colma de ofrendas tu desnutrido cuerpo. Mas ¡baila! ¡Baila para Aquel ante el que se postran las estrellas! Pues mi majestad no ignorará tu sacrificio.
—Revelaciones del Emperador Inmortal, Ensalmo Segundo.

* * *

Oídme, sé que es un tópico que las historias de miedo sucedan en institutos. Pero, en realidad, es normal. ¿Qué lugar es más aterrador que un instituto? El instituto es la jungla entre las junglas, donde el fuerte destruye al débil, quebrantando su cuerpo y su mente. Muchos deciden poner fin a su vida, escapar del sufrimiento, mientras que otros deciden seguir viviendo, aunque las cicatrices… las cicatrices siempre estarán allí. En un sitio de muerte como ese, ¿cómo no van a acumularse las energías negativas y a aquellos buitres o vampiros energéticos, que se alimentan de ellas? La rabia, el odio y esos indeseables carroñeros del plano espiritual, acaban haciendo de tu instituto promedio un lugar tanto o más embrujado que un camposanto.

Esta historia puede que le pasara a una amiga mía, o puede que no, pero eso no viene al caso. Lo cierto es que ella formaba parte de un pequeño grupito de extravagantes miembros del club de literatura. No quiero dar el nombre real de mi amiga, así que la llamaremos Chie. Pues bien, esta chica era lo que llamaríamos una friki de lo macabro y lo sobrenatural. Leía ávidamente a Lovecraft, a Crowley, a Junji Ito1 e, incluso, se había leído más de diez veces el ejemplar de las Revelaciones del Emperador Inmortal que, hacía unos años, un anciano había donado al club de literatura. Debo decir que el interés que tenía por el terror y por todas aquellas cosas inquietantes rayaba lo enfermizo.

Chie y otro chico, al que llamaremos Satoru, eran los raritos del club de literatura. Mientras los demás se pasaban el rato hablando sobre Haruki Murakami o Yukio Mishima2, este peculiar dúo se iba a un rincón a intentar diseccionar los más oscuros relatos de Edogawa Ranpo3, buscando en ellos significados herméticos y más profundos. En ocasiones, divagaban sobre cómo conjurar espíritus desde el plano astral o ir a cazar yōkai en la vida real. Eran la clase de persona que encajaría mejor en un club de lo sobrenatural, aunque, desafortunadamente, en aquel instituto no existía nada parecido. Incapaces de reunir suficientes miembros su último recurso era el club de literatura. Aunque sentían que no encajaban allí.

Muy probablemente ellos sentían que no encajaban en ningún sitio. Por eso a Chie le habían generado tal impacto los escritos de aquel misterioso Emperador Inmortal, con su rechazo total y absoluto de las convenciones sociales y de la humanidad misma. Sin embargo, Chie siempre comentaba que, pese a las claras referencias ocultistas y las alusiones a un extraño sincretismo religioso, que hacía imposible saber a qué cultura había pertenecido aquel Emperador, dicho libro era, ante todo, un texto filosófico. No detallaba ningún ritual ni ninguna fórmula. Prácticamente todo eran máximas casi incomprensibles pero que, de algún modo, resonaban con Chie.

Aun así, ella siempre quiso más. Quería sentirse parte del misterio, dejar de ser una mera observadora. Sospecho que, en cierto momento, convenció a Satoru de tomar drogas, aunque ambos siempre lo negaron. Empezó a haber algo raro en ellos, a menudo se les notaba enajenados, felices, pero enajenados.

Frecuentaban una botica cuyo propietario me dio la impresión de ser alguien bastante cuestionable y del que precisamente se rumoreaba que no tenía problema en venderle sustancias a menores. Pero nunca hubo ninguna prueba contra él ni nada concluyente. De hecho, siempre sospeché que tenía amistades en la policía que le protegían o incluso en la yakuza.

Chie y Satoru cada vez eran más extraños. Ambos habían sufrido acoso, pero llegó un momento en el que ni siquiera los abusones se atrevían a acercarse a ellos, porque les daban mal rollo. Creo que la gente llegó a exagerar mucho. Incluso después del cambio, las veces que me encontré con Chie me siguió pareciendo alguien normal. Es cierto que a ratos se la notaba enajenada, pero es obvio que era del chute que llevaba.

Lo que la hacía más inquietante que el yonqui promedio eran los temas de conversación que le gustaban. Como yo ya estaba acostumbrada a oír hablar de ellos, no le di mayor importancia. Es cierto que alguna vez discutí con ella por el tema de las drogas, aunque nunca llegué a nada, porque ella entraba en bucle negando la obviedad de que recurría a ellas. Una vez incluso le encontré una aguja, pero ella defendió que sería de otra persona. En fin, que yo estaba preocupada por ella, pero poco podía hacer.

* * *

Una de las cosas que mejor recuerdo fue cuando Chie y Satoru, después de haber visto cosas similares en multitud de series, decidieron inventar sus propios «siete misterios del instituto». El primero era la identidad del anciano que había donado el libro del Emperador Inmortal al instituto. El segundo tenía que ver con la puerta del cuarto de mantenimiento, donde por las noches se escuchaban gemidos extraños. La mayoría de gente sostenía que se trataba de alguien que se colaba allí para mantener relaciones sexuales, sin embargo, Chie y Satoru estaban convencidos de que los ruidos tenían una explicación bastante menos mundana.

De la mayoría de los supuestos misterios me acuerdo vagamente. Muchos eran cosas bastante convencionales, como un

supuesto perro fantasma o algo por el estilo. Pero había uno que acabó resaltando sobre el resto. Tenía que ver con uno de los pilares que sostenían la cancha que había en el semisótano. Decían que el pilar «estaba invertido» y que, por tanto, cargaba con maldiciones. La idea de los pilares invertidos tenía que ver con los de madera, se suponía que si, en lugar de colocarlos en la posición que habían tenido antes de talarse, se ponían bocabajo, el espíritu del árbol estaría agitado y guardaría rencor. Pero el pilar del sótano no era de madera, sino de hormigón. En ningún momento había sido un árbol. Pregunté cómo sabían que estaba invertido, si tan solo era una columna levantada artificialmente por un puñado de albañiles. Chie me miró mal y me dijo que «me faltaba sensibilidad». Y que «si prestaba atención, yo también podría sentirlo».

Por lo que decía Chie, ella y Satoru se colaban a menudo en el instituto por la tarde para hacer rituales que «servían para apaciguar el espíritu de la columna». Según decían, esos ritos estaban inspirados en los ensalmos del Emperador Inmortal, y se los había revelado aquel boticario inquietante que tenía su negocio al lado y con el cual habían comenzado a verse tanto. Al final conseguí sacarles más información: se trataba de un hombre procedente de China, pero que había viajado por el mundo, impregnándose de conocimientos. Por lo visto, él mismo les había hablado sobre aquella columna y les daba «alguna clase de pago» a cambio de que ellos «mantuvieran a la columna dormida». El pago sin duda era alguna sustancia de dudosa procedencia, aunque debo decir que me extrañó mucho que prácticamente les estuviera regalando droga a cambio de realizar aquella pantomima. Tal vez aquel boticario simplemente estaba enfermo mental o, tal vez, ocultaba algo.

Me incomodó el respeto con el que hablaban del boticario. Insistían mucho en que su nombre significaba «excelente» o «superior a todo», lo cual, en palabras de Chie, era «muy apropiado». Por lo visto, aquel chino sabía mucho sobre el Emperador Inmortal, habiéndoles ayudado mucho a profundizar en sus enseñanzas. Hubo un día que insistí en acompañarlos a la botica, y debo decir, que el individuo me pareció sorprendentemente normal un anciano afable que nada parecía encajar con los oscuros rumores que circulaban sobre él. Además, era un hombre muy formado y culto, me mostró su biblioteca privada, en la cual no solo había una exquisita colección de literatura oriental, sino también de lo que, según me explicó, era una nutrida selección con algunas de las principales obras del humanismo europeo y del mundo clásico. Aquel anciano era lo que los occidentales hubieran llamado «un hombre del Renacimiento».

Cuando sentí que había ya una cierta confianza, le pregunté por aquella historia extraña sobre la columna, ante lo cual él me respondió lo mismo que en su momento me había contado Chie, sin darme ningún detalle nuevo. Lo que sí me dijo es que, si lo deseaba, podía acompañar a los otros dos mientras realizaban el ritual, aunque solo fuera como espectador. «Al fin y al cabo, con ellos es suficiente». Yo accedí. Pese a mi escepticismo, quería comprobar si era capaz de «sentir algo», si podría percibir lo que me contó Chie de que «la columna estaba invertida».

Cuando llegó la noche en cuestión, me reuní con Chie y Satoru a las puertas del instituto, una vez que estuvo cerrado y nos hubimos asegurado de que no había nadie, saltamos la valla que daba al patio trasero, bastante más baja que el resto. Nos encontramos las puertas cerradas y yo ya me disponía a preguntarles cómo pensábamos entrar cuando Chie sacó de su bolsillo una copia de la llave. Aparentemente se la había entregado el boticario, aunque ninguno sabíamos cómo la habría obtenido él.

Una vez dentro, los tres fuimos en dirección a la cancha, del semisótano. Debo decir que, estando allí de noche, pude comprender fácilmente por qué circulaban tantas leyendas e historias de miedo. El instituto de noche parecía algo distinto a como era de día, la oscuridad hacía que la imaginación volase y, dado el silencio reinante, cualquier sonido, por pequeño que fuera, parecía atronador.

En determinado momento, Chie mencionó una historia sobre el antiguo profesor de filosofía. Fue algo truculento, un día dejó de venir a clase y nos acabamos enterando de que la orientadora del centro, vieja amiga suya, lo había encontrado muerto en el ático de su casa. Aparentemente, no aguantó más y se colgó. En el momento a todos nos pilló de sorpresa, pues parecía una persona muy estable. Pero, en vista de los acontecimientos, es evidente que la angustia la llevaba por dentro.

Esa era la información oficial, aunque, al poco de que muriera, había comenzado a circular un extraño rumor sobre la carta de suicidio que supuestamente dejó. Nunca se supo quien inició el rumor o si realmente alguien había tenido acceso a ella y la había difundido. Pero lo cierto es que, por lo que decían, había escrito que «se había quitado de en medio para que Aquel que ha sido afrentado no hiciera daño también a su familia». No se especificaba muy bien qué había sido eso de la afrenta, aunque sí se empezó a escuchar después que «alguien había cometido la afrenta por pura diversión y ahora estaba contemplando impasible las consecuencias que eso estaba teniendo para todos». La leyenda fue aumentando y distorsionándose cada vez más, fruto del boca en boca, hasta llegar a relacionarla con una serie de suicidios de alumnos que habían sucedido en la última década.

Cuando le pregunté a Chie por qué me decía eso, me dijo que el instituto había sido construido sobre un antiguo templo sintoísta. Yo pregunté que cómo se había permitido realizar ese acto sacrílego, ante lo cual respondió que se rumoreaba que había detrás gente influyente e inquietante, posiblemente relacionados con la yakuza. Y, cuando le pregunté de dónde sacaba toda aquella información, nuevamente citó como fuente al boticario. ¿Cómo sabría tanto aquel hombre? No pude evitar preguntarme si acaso él habría estado allí en el momento en el que se construyó el centro y qué papel habría tenido en el mismo.

Solo sé que aquella historia me alteró los nervios y ya no pude sentirme segura en el interior del edificio. Cuando llegamos al semisótano, la puerta estaba cerrada, pero Chie también tenía la llave. Al abrirla, llegamos a la cancha, tenuemente iluminada por la luz de la luna, que penetraba por las pequeñas ventanas situadas en la parte alta de la estancia. Chie y Satoru me condujeron ante una columna, aparentemente aleatoria, que en nada se diferenciaba del resto. Pero ellos me dijeron con total convicción que era aquella. Mi amiga sacó de su mochila una serie de objetos que dispuso alrededor del pilar, algunos de ellos inocentes, como juguetes y material escolar, y otros más inquietantes, como uñas cortadas, mechones de pelo y lo que parecían ampollas con sangre. Después prendió un incienso.

Debo decir que sí, sentí algo, pero fue una vez que encendieron el incienso. Me hacía sentir aturdida y creo que a punto estuvo de provocarme alucinaciones. Por suerte, según me di cuenta de que estaba empezando a hacerme sentir mal, se lo dije a los otros dos y, dado que, según ellos, «el ritual debía continuar», yo opté simplemente por despedirme de ellos e irme. Debo decir que fueron comprensivos conmigo y no intentaron, de ninguna forma, detenerme. Mientras me alejaba, los escuché recitar ensalmos a mis espaldas, sin duda tomados de aquel libro execrable que tanto apasionaba a Chie.

* * *

A partir de aquel día, mi relación con Chie se enfrió un poco. No es que dejáramos de caernos bien ni nada, simplemente fue un pequeño distanciamiento. Yo me vi bastante desbordada por cuestiones personales y ya no tenía tanto tiempo para quedar con ella y charlar. Además, después de aquello, no pude evitar ver a Chie y a su amigo Satoru de una forma diferente. Comencé a compartir, en cierto modo, aquella incomodidad que sentían los demás en su presencia.

Después de lo de aquella noche, me decidí definitivamente a leer las Revelaciones del Emperador Inmortal, con el fin de entender mejor a Chie y saber por qué tenía tanta fijación por aquello. Es posible que inconscientemente me influyese su lectura, aunque reconozco que no alcance a entender por completo la naturaleza de aquel escrito. La impresión que me dio es que era un texto escrito por un lunático arrogante, que plagaba sus párrafos con referencias e insinuaciones siniestras. Aun así, pude entender por qué a ella le gustaba: aquel libro era raro y daba mal rollo, como todos los demás intereses de mi amiga.

De hecho, aquella lectura me hizo reflexionar sobre los intereses de Chie y a plantearme que, quizás, la pobre chica ya no estaba bien de la cabeza. En algún momento se había roto por dentro, tal vez a causa de la soledad y la incomprensión, y se había refugiado en aquellos divertimentos cuestionables. Me daba lástima, pero, al mismo tiempo, me perturbaba. Me aterraba ver cómo se le iluminaban los ojos al hablar sobre aquellas disertaciones incomprensibles e inquietantes. Me incomodaba escucharla y sentir que ella «sabía demasiado». Tal vez, simplemente, tenía miedo de lo desconocido, de ver como aquella niña pequeña, alegre e inocente se había transformado en alguien que yo era incapaz de reconocer. Tal vez temía a la sombra que aquel misterioso pero fascinante boticario chino proyectaba sobre ella.

El contactó se terminó de cortar cuando, por motivos relacionados con el trabajo de mis padres, me cambiaron de ciudad y de instituto. Lo siguiente que supe de ella fue que había muerto en un extraño incidente, junto con otros cuatro estudiantes. Uno de ellos, su amigo Satoru. Fui al funeral conjunto que se organizó y no pude evitar interesarme por averiguar las circunstancias de la muerte, sobre las cuales había un gran secretismo. Uno de los primeros objetivos que me marqué fue identificar quiénes habían sido los otros tres fallecidos, aunque no tardé en averiguarlo, ya que me topé con un antiguo abusón del instituto en el entierro. Lo llamaremos «Goro». Goro me dijo que en ese momento no se sentía con fuerzas para responderme, pero que un día estaría bien que quedáramos para hablar, ya que él había perdido a sus amigos y yo a la mía. Ya con eso supe quienes eran ellos, básicamente eran del grupo de matones que solían acosarnos a Chie y a mí, hasta que empezaron a tenerle miedo a ella. No pude evitar preguntarme qué hacían en el mismo sitio, pero supuse que, a su debido momento, el que había sobrevivido me lo iría contando todo.

Aprovechando que iba a estar unos días por aquella, mi ciudad natal, fijé un día para verme con Goro. Los días siguientes al entierro aproveché para hacer algunas pesquisas. Lo primero que supe es que el instituto había sido precintado con un cordón policial, tratando de evitar que la gente se acercara allí. Esto se debía a que, aparentemente, este había sido el foco del incidente.

Sobre qué era lo que había pasado, las versiones que me llegaban al preguntar a la gente del barrio eran muy diferentes, hasta cierto punto contradictorias. Una de ellas hablaba sobre una fuga de gas, otra sobre un ataque terrorista. Incluso había quien hablaba de una maldición. Lo único en lo que parecían coincidir todas era en que todo se había iniciado en el semisótano.

La mención a la cancha del semisótano hizo que no pudiera evitar rememorar los extraños rituales que realizaban en Chie y Satoru. Y, rápidamente, mi mente se fue hacia la figura del boticario.

A partir de aquí, la cosa se puso extraña, fui incapaz de encontrar la misteriosa botica, en su lugar lo que había era una tienda de costura y confección. Y, cuando quise preguntar a la gente por el boticario, nadie supo darme una respuesta clara. Ninguno recordaba que hubiera habido allí un establecimiento que no fuera aquella tienda de costura y mucho menos recordaban al extraño chino que les describía. Era como si jamás hubiera existido. Pero yo lo recordaba vívidamente y, además, nada de lo que había pasado encajaba sin el papel necesario de aquel individuo, que empujó a mi amiga por el camino del ocultismo. De hecho, yo empezaba a sospechar que algo había pasado cuando estaban haciendo uno de sus rituales, aunque no acababa de entender qué pintaban allí los otros tres chicos.

Dada la imposibilidad para sacar nada más en limpio, me resigné y decidí esperar a que llegara la quedada con Goro. Nos vimos en una cafetería, cerca del centro de la ciudad, y estuvimos hablando al principio sobre cosas diversas. Sobre lo que había pasado en los últimos meses, mi estancia en aquella otra ciudad. Casi podría haber parecido una cita romántica de no ser porque, tarde o temprano tendría que salir el tema en cuestión.

Algo avergonzado, Goro me contó la intención que tenía su grupo. Como sabían que Chie y Satoru solían bajar al semisótano a hacer sus rituales, querían bajar allí y darles un susto. No iba a haber violencia, solo iban a gastarles una jugarreta, a ver si así se dejaban de andar con esas gilipolleces y de asustar a todos los demás con sus excentricidades siniestras.

El grupo de abusones se coló en el instituto un rato después de Chie y Satoru y se dirigió también a la cancha de abajo. El ambiente se notaba enrarecido, había una extraña energía en el aire que mi interlocutor percibió, pero que los otros tres parecieron ignorar. Al final no pudo más y pidió que dieran media vuelta, pero sus compañeros se limitaron a tacharlo de paranoico y lo ridiculizaron. Finalmente, ignorando todo aquello que pudieran decir, dio marcha atrás y salió del lugar. Se fue a su casa y, a la mañana siguiente, se enteró de lo del incidente. Seguramente, si se hubiera quedado, también habría muerto.

Después, Goro miró hacia todos los lados y, bajando el tono, me dijo que él creía que lo que había pasado ahí abajo debía tener una explicación sobrenatural, que había sido todo muy raro. «¿Y si realmente había pasado algo malo al interrumpir el ritual? ¿Y si había sido obra de esa entidad a la que llamaban Aquel que ha sido afrentado?»

Al ver que estaba abierto a hablar de cuestiones menos científicas, decidí que quizás podría preguntarle por el boticario chino. Para mi sorpresa, él sí lo recordaba. De hecho, justo el día del incidente, cuando regresaba a casa, se cruzó con él. El boticario estaba precisamente parado relativamente cerca del instituto, parecía estar esperando a que pasara algo. A la mañana siguiente se lo volvió a encontrar y, ya después, no volvió a verlo nunca más. Dijo lo mismo que yo pensé, que era «como si, simplemente, nunca hubiera existido».

Estuvimos hablando más rato sobre el tema y, finalmente, se decidió a proponerme algo. Quería volver a aquel sitio, enterarse de lo que había pasado ahí abajo, pero no se atrevía. Me pidió, algo avergonzado, que le acompañara. Me resultó una situación cómica: él era un grandullón y yo una chica bastante menuda, pero parecía como si él quisiera que lo protegiera. Creo que me reí en voz alta y él lo interpretó como que no me parecía buena idea o que pensaba que me estaba tomando el pelo. Lo cierto es que, para convencerme, me dijo que su padre era amigo de uno de los policías que vigilaban el sitio por la noche como parte del cordón policial que había desplegado. Quizás podría convencerle de hacer la vista gorda para que pudiéramos entrar.

Aunque me parecía una idea peculiar y quizás hasta arriesgada, no podía negar que tenía interés por descubrir la verdadera causa de la muerte de mi amiga. Así que accedí. Cuando nos despedimos, lo último que me dijo fue que tuviera cuidado, que últimamente había muchos colgados hablando de esa mierda de el Emperador Inmortal, y que algunos se lo tomaban demasiado en serio. Para tranquilizarle, le dije que le haría caso y que me guardaría de ellos.

* * *

Goro y yo nos reunimos ante el instituto un sábado por la noche, aprovechando que era cuando patrullaba el amigo de su padre. Por lo visto ya lo había hablado con él, así que nos dejó pasar sin ningún impedimento.

Para entrar en el edificio, Goro tuvo que forzar las cerraduras usando una ganzúa. Y, una vez en el interior, no tardé en percibir el aire enrarecido que había mencionado. Haciendo memoria me di cuenta de que olía igual que el extraño incienso que aquella vez habían utilizado Chie y Satoru, así que propuse que nos cubriéramos nariz y boca con un pañuelo, para limitar la exposición a aquella sustancia que tanto malestar me había provocado. Además, deduje que muy posiblemente era alguna clase de alucinógeno. Dado que no teníamos máscaras de gas, era inevitable que algo inhalásemos, pero trataríamos de que fuera lo menos posible.

Fuimos avanzando entre aquella atmósfera viciada. El paraje era nostálgico, pero, al mismo tiempo, había algo diferente, como una maldad latente, una presencia rencorosa. Aunque puede que simplemente fuera el incienso lo que me provocaba aquellas sensaciones indescriptibles, al igual que había sucedido aquella vez en el semisótano. A ratos me parecía ver cosas moverse, le pedí a Goro que nos diésemos prisa, que llegáramos a la cancha cuanto antes y saliéramos de allí antes de que nos acabásemos intoxicando.

Accedió, así que aceleramos el paso y llegamos a la puerta del semisótano. Mi acompañante volvió a recurrir a su destreza con la ganzúa para permitirnos pasar al otro lado de la misma.

Al principio, no vimos nada. Pero, en cuanto se nos fue acostumbrando la vista, se reveló ante nosotros una escena indescriptible. Entendimos por qué el día del entierro no habían dejado ver los cuerpos. No era porque, como habían dicho, estuvieran «horriblemente desfigurados», sino porque, en realidad, en ningún momento habían salido del lugar en el que sucedió el incidente. Los cinco chicos se encontraban allí, congelados en un gesto que reflejaba el pánico más absoluto. Todos ellos estaban mirando hacia donde se encontraba aquella columna, que ahora reflejaba un aspecto inquietante: Se había rajado por la mitad, como si de una crisálida se tratase, y de su interior hueco rezumaba lo que parecía una pegajosa resina negra. Aquella sustancia negra se había ido esparciendo todo a su alrededor y había acabado por cubrir los cuerpos de los jóvenes.

Goro se dispuso a tocarla, pero yo le detuve. No sabíamos lo que podía pasar si lo hacía, era posible incluso que acabara por correr la misma suerte que nuestros amigos. Al ver aquello olvidamos la urgencia de salir de allí, de hecho, acabamos por tomarnos nuestro tiempo para registrar la zona, cuidándonos mucho de evitar el contacto con aquella sustancia semejante al alquitrán. Vimos que en la extraña masa se habían quedado pegados también aquellos objetos que la otra vez mis amigos habían puesto en torno al pilar: los juguetes, las uñas, los cabellos y todo aquello. Y, en medio de aquella negrura, destacaba un extraño prisma amarillento, que no recordaba haber visto antes.

Ya estaba dirigiendo la atención a otras cosas cuando escuché a Goro exclamar algo. Al verlo, observé que estaba señalando hacia la gema amarilla en la que yo me había fijado antes. Y dijo «¡Me ha mirado!» Le pregunté a qué se refería, pero no tardé en obtener respuesta: al dirigir nuevamente la mirada hacia el prisma, me percaté que su superficie se había desplazado, revelando varios inquietantes ojos rojos.

La monstruosa gema amarilla comenzó a elevarse del suelo, y la sangre negra se empezó a condensar a su alrededor, dotándolo de lo que parecían unas escuálidas alas de murciélago y una membrana gelatinosa que la aislaba del exterior. En verdad, lo que se mostraba ante nosotros no parecía otra cosa que un ser ultraterreno, una aparición espantosa. Aquella criatura estaba protegida por la sustancia negra, de hecho, era como si la controlase. Goro quiso exclamar algo, pero un tentáculo de plasma negro salió en su dirección y se le metió hasta el fondo de la garganta, al parecer matándolo al instante.

Debía salir de allí. Salí corriendo por la puerta y no miré atrás. No sabía si la cosa me estaba persiguiéndome. Tampoco quería comprobarlo. Me parecía escuchar a mi espalda un chapoteo acuoso, pero bien podría ser un producto de mi imaginación. ¿Aquello era real? ¿Estaba delirando? ¿Me habría, acaso, hecho efecto aquel extraño incienso alucinógeno? Ya era incapaz de saber lo que era realidad y lo que era ficción. Pero no podía detenerme a cavilar. Si aquello estaba sucediendo era real y me detenía, muy probablemente supusiera mi muerte. O algo peor.

Me pareció ver más criaturas similares a la que había aparecido en el semisótano. Luego, la sensación se acabó convirtiendo en certeza: el instituto estaba plagado de aquellos hórridos prismas amarillos y de su abominable sangre negra. Aunque es extraño hablar de certeza, teniendo en cuenta que ni siquiera estaba en pleno uso de mis facultades.

Se me escapó una risa histérica. Aquello no podía estar pasando. No podía ser. Nada de eso tenía sentido. ¿Qué diablos era todo eso? ¿De veras estaban todos muertos? La sangre negra… la sangre negra estaba por todas partes. Los seres de sangre negra debían haber salido de algún lugar inefable, quizás de las mismas fosas del averno. Alas negras como la noche, ojos rojos como el fuego y un cuerpo amarillo y brillante como el oro. ¿Quién había parido aquellos engendros? ¿Qué sentido tenía su existencia? ¿Mi cerebro me estaba queriendo decir algo con aquellas visiones? ¿O genuinamente estaban allí?

La huida se me hizo eterna. Creo que di bastante rodeo tratando de esquivar a aquellas criaturas. O tal vez lo hice porque estaba en pleno ataque de histeria y no sabía ni lo que estaba haciendo. A ratos, me venían a la memoria fragmentos de las Revelaciones del Emperador Inmortal.

No hay que ser como aquel que,
esperando la llegada de un momento,
se topa con la realidad
de que este nunca habrá de llegar,
de que este nunca habrá de existir.
Y tampoco hay que ser como aquel que,
queriendo vivir, se privó de su futuro,
o de aquel que, en su ceguera, jamás vivió.
Atesoremos cada instante,
atesoremos la Verdad.
Vivamos más allá del presente,
del pasado y del futuro.

No sé muy bien por qué esto me vino a la cabeza. Realidad, tiempo, verdad… ¡todo aquello ahora me sonaba tan relativo! El tiempo era como si ahora fluyera con una lentitud terrible, yo corría, pero, a mis ojos, era como si caminara sobre el fango, sentía que no avanzaba tanto como desearía. A mi alrededor todo parecía moverse a cámara lenta. Grité de pánico y rabia.

Apenas pude creérmelo cuando, finalmente, alcancé el exterior. De algún modo había salido de aquel infierno. Estaba viva. Pero todo fue tan confuso… y es que, al día siguiente me encontré con Goro. Vivo. Hablé con él, pero no recordaba nada de lo que había sucedido por la noche. En cierto momento creí ver unas gotas de sustancia negra escurriendo desde su ojo izquierdo, aunque fue algo que pasó muy rápido y puede que simplemente fuera fruto de mi imaginación. Tal vez nada de aquello ocurrió. Tal vez, lo que acabó con nuestros amigos simplemente fuera un accidente. O puede que, aquel día, algo terrible y más allá de toda comprensión humana se desatase sobre nuestro mundo. Tal vez fuera fruto de un azar macabro. O, tal vez, todo habría sucedido según los designios de algo o de alguien. Según los designios de una entidad perversa cuyos objetivos y razonamientos escapaban totalmente a mi pobre comprensión.

Si no se indica lo contrario, el contenido de esta página se ofrece bajo Creative Commons Attribution-ShareAlike 3.0 License