Salvator Mundi

Miles de peces habían muerto. Algunos habían sido arrojados a la orilla por las minúsculas mareas que aquella pequeña laguna conseguía producir, mientras que una cantidad casi incalculable de los mismos yacía en el fondo. Toneladas de putrefacción se acumulaban en las orillas de aquella albufera, tanto en tierra como flotando a escasos metros de la misma; el fondo se había convertido en un ecosistema muerto, en una biomasa pestilente que amenazaba con contaminar todo el entorno. Tanto los habitantes de la zona como los turistas que solían pasar allí sus vacaciones achacaban lo que no podía denominarse más que como catástrofe a varios factores, como las recientes tormentas… pero también a la actividad urbanística y a la baja protección de los espacios naturales; en resumen, a la especulación inmobiliaria.

La esencia negra y viscosa que, sin saber cómo, había conseguido huir, había acabado en aquellas aguas. Por si sola no tenía consciencia, solo era un mero adminículo del ser superior del que formaba parte; pero ahora no, en estos momentos solo la guiaba el instinto de supervivencia. Quizás estuviera dirigida por el ente del que, sin saberlo, había sido desgajada o, quizás, solamente buscaba su propia conservación.

Pero no tuvo en cuenta un detalle, no podía saberlo; aquella laguna en la que creía haber hallado refugio, en la que esperaba, sin saber realmente el qué, era un ecosistema prácticamente cerrado, asfixiado por urbanizaciones, hoteles, residencias… Y su presencia corrompió en pocos días todo aquello que le rodeaba.

De repente, en el extremo norte de la laguna, un espectáculo dantesco comenzó a desarrollarse ante los ojos de los voluntarios que, ante la falta de iniciativa política, estaban retirando los miles y miles de peces muertos; estos comenzaron a moverse, como si estuvieran recién pescados y lanzados a la orilla. Al mismo tiempo, un siseo proveniente del centro de la laguna azotó el oído de los presentes. Al girarse, estupefactos hacia el sonido, pudieron ver que las aguas comenzaban a burbujear: al principio muy lentamente, de tal manera que casi podía confundirse con el movimiento provocado por una leve brisa, pero en breves instantes fue notorio el borboteo que agitaba las, normalmente, tranquilas aguas. Los cadáveres de los peces en la orilla comenzaron a saltar frenéticamente al tiempo que rezumaban una oscura y legamosa sustancia. Un oscuro géiser estalló en el lugar del burbujeo, mezcla de una negra sustancia al parecer similar a la que ahora invadía la ribera, y de los cadáveres de los animales que, hasta ese momento, reposaban en el fondo. Casi todos los presentes corrieron huyendo de aquel pandemónium, resbalando en el limo formado por aquella horrenda sustancia y los peces pisoteados, cayendo y siendo pisoteados a su vez por sus aterrorizados compañeros.

Sin embargo, dos figuras permanecieron firmes ante todo aquel horror. Cuando el resto estaba ya a bastante distancia, uno de ellos exclamó:

—¡Correfocs, ahora, incinéralos!

—Como desees —contestó el aludido. Entonces, extendiendo las manos ante sí, comenzó a lanzar llamaradas a su alrededor, girando sobre sí mismo y su acompañante. En unos segundos, todo lo que les rodeaba quedó incinerado. Un nauseabundo olor invadió las fosas nasales de ambos compañeros.

—¡Joder, Goliardo, qué asco! ¡No vamos a poder quitarnos este hedor en semanas! —exclamó el piroquinético. Al no obtener respuesta de su compañero, aquel al que se había dirigido como Goliardo, lo miró algo extrañado. Se encontraba concentrado, con los ojos cerrados, murmurando algo incomprensible, al tiempo que gesticulaba hacia la masa que, surgida del fondo de la laguna, comenzaba a avanzar hacia la orilla donde ellos se encontraban.

—Ah, vale, que ahora toca el numerito de Constantine —dijo Correfocs entre risas, al tiempo que sacaba un cigarrillo de un bolsillo de su chaqueta y lo encendía con una llama surgida de su índice. —Pues ya me avisas cuando me necesites.

Y, en aquel momento, una sutil vibración del aire a su alrededor pareció deformar toda la zona frente a ellos. Avanzando rápidamente, la onda surgida de las manos de Goliardo alcanzó al magma que estaba a punto de alcanzar la orilla. Todo aquel espectro pareció quedar rodeado por una especie de burbuja. Poco a poco, el tamaño de la aberración pareció ir disminuyendo, pero aquella masa se debatía y forzaba las paredes de su prisión. Pareció llegarse a un equilibrio, un punto intermedio en el que la masa no decrecía, pero tampoco podía evadirse de lo que la rodeaba.

Sin embargo, la tensión en Goliardo era evidente.

—¡Ahora, “dispara” —dijo el mago. Y Correfocs se quitó el cigarrillo de los labios y, con dos dedos, lo lanzó como si fuera un guijarro hacia aquel ser. El impacto fue casi imperceptible. Sin embargo, pronto quedó claro el lugar donde había golpeado el pitillo: una fina red incandescente se iba expandiendo desde aquel lugar, haciendo visible la burbuja que estaba aprisionando a la masa. Y, con un fogonazo, dicha burbuja explotó, consumiendo a su vez todo lo que contenía en su interior.

—Bien hecho, compañero —dijo Goliardo.

—Gracias, pero sin tu ayuda no habría sido posible —contestó con un tono de burla Correfocs, al tiempo que sacaba otro cigarrillo y se lo encendía. —Por cierto, mejor nos abrimos; hemos dado un buen espectáculo, pero todos esos que están comenzando a acercarse igual quieren explicaciones…

Y, con un nuevo encantamiento de Goliardo, tanto él como su compañero desaparecieron, ante la estupefacción de los que habían presenciado todo aquello.

Días después, Goliardo y Correfocs se hallaban disfrutando de unos gin-tonics en uno de los pubs de los complejos turísticos de la zona.

—Uf, no sé si el brebaje este está asqueroso, o es que aún no me he desprendido de aquel hedor —dijo el joven.

—Las dos cosas, ya te lo aseguro yo —le contestó su compañero.

—¡Qué asco! Pero oye, volviendo al tema, ¿cómo sabía nuestro “ínclito” líder que esto podía suceder aquí?

—En este caso, no ha sido él, sino yo el que me percaté del asunto; sabes que tras nuestros encontronazos con esa maldita sustancia, en ciertas condiciones puedo llegar a detectarla. Sabía que parte de ella se había “escapado” y rondaba por la zona, aunque no conseguía ubicarla.

—¿Entonces?

—Jorge y yo revisamos la zona… y, fíjate todo en todo este complejo, así como muchos de los chalets de la zona: ¿qué empresa es la constructora, y la propietaria de la mayoría?

—¡Moramorv S.L., la empresa de Alejandro Morvan!

—Pues sí; que la mayor parte de la especulación inmobiliaria tuviera la firma de Moramorv S.L. era una pista demasiado obvia como para dejarla pasar.

—Entonces, todo fue una estratagema para atraer parte de esa sustancia e intentar hacerse de nuevo con ella.

—Tal vez… o tal vez solo fue suerte; pero como digo, Jorge y yo decidimos investigar el asunto.

—La suerte no existe… —dijo Correfocs, dejando la frase en el aire, mientras daba un nuevo trago a su bebida. —¡Puagh, sabe a pescado!

Una enorme risotada surgió de la figura de su acompañante que, con un pase de sus manos sobre ambas copas, hizo que el líquido de su interior cambiara ante sus ojos. Se llevó su copa a los labios, mientras le decía a Correfocs:

—Pruébala ahora, a ver que tal.

Mientras, en la cercana Parroquia Salvator Mundi, en la bola del mundo que decoraba su remate, el color negro que teñía alguno de los continentes se iba extendiendo hasta cubrirla por completo…

Y comenzaba a gotear, lenta, muy lentamente…

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