La luna es tan blanca que parece brillar más que el sol. Sus contornos curvilíneos se dibujan en la noche despejada e insondable como una mancha de café. Un glaucoma con algo de mágico sobre un tapiz necrosado que se difumina con los neones de la ciudad. Gotea su estela inabarcable sobre la ciudad como pintura corrida por dedos demasiado grandes, por ojos demasiado ciegos. Se filtra hasta el interior de un club abarrotado un viernes por la noche.
Allí dentro, la noche está rota por haces de luz estroboscópicos de colores entre el verde y el violeta que tiñen los rostros pálidos y jóvenes que danzan al ritmo de instrumentos solo a medio camino en el mundo físico. El golpetear electrónico retumba en cientos de tórax que se mueven arrastrados por el ritmo. Una barra translucida agolpa cuerpos y copas rellenas de líquidos multicolores. Un zumbido acude desde los altavoces del techo y se deriva en las pantallas que emiten imágenes que nadie mira.
El aire huele a sudor y hambre. Entre los cuerpos que se agolpan y rozan entre brincos y risas hay uno que destaca. Una chica esbelta con el pelo muy largo y oscuro, con curvas en cada contoneo de su cuerpo. Lleva un vestido rojo, iridiscente, llamativo. Al contonearse cruje, como si su piel fuese tensa y quebradiza, aunque nadie lo escucha tras la música. En los huecos entre la sonrisa carnosa y la piel de porcelana se avistan bultos que suben y bajan y eccemas escamosos que las luces parpadeantes no dejan ver.
Un chico se acerca, otro más, y ella se acerca a él. Es alto, fibrado y con cierta decisión en la mirada. Se pegan y se besan. La danza los arrastra como la corriente al mar profundo.
Fuera de la discoteca a el chico le parece que la funesta belleza de la desconocida es aún más vibrante.
Se miran. Incluso para ser japonesa sus ojos son grandes. Como lunas, se le ocurre pensar.
Se agarran con el retumbar sordo de la música aun en el oído interno. Se buscan y se encuentran entre pliegues de ropa. Se unen, se enmudecen. Se cazan.
El ritmo sube, el sudor aumenta. El de él, ella no parece sudar, no es capaz. Le muerde el cuello. El placer sube.
Se miran. Lo irremediable del acto, lo rítmico del movimiento. Ojos grandes ella, con pupilas finas. El cerebro abotargado de placer de él.
La joven abre la boca. La lengua sale. U otra cosa. Algo blanco, grande. Algo que mira con ojos de ámbar fosilizado. Algo que gira una cabeza, con curiosidad. El encantamiento se rompe.
El chico se aleja. No a tiempo. Se retuerce en el suelo mientras un par de formas se ensortijan, adentrándose en su fina piel. La sangre baña el suelo, espesa mermelada burdeos.
Nota las venas sobrecargarse y reventar como una manguera anudada, los órganos revolverse como niños con pesadillas.
Formas lo recorren por dentro. Siente que debería morirse, pero no encuentra la manera.
Se comba sobre sí mismo, se parte y agrieta mientras trozos de carne y vísceras son arrojados de él. Esquirlas de hueso salen disparadas a presión, el cerebro se licúa en una pasta viscosa.
Aún no muere, no puede. Cachos de sí mismo se agitan en un impulso demasiado consciente. No deja de agitarse. No puede. La muerte es un mito, la muerte está muerta y ahora se enfrenta a las consecuencias.
Un pedazo rasgado y ajado de rostro del joven mira como una chica que no es con quien había salido lo mira fijamente. Tras de ella, las estrellas comentan la jugada y la luna parece parpadear. Detrás de todo aquello, en el cosmos pulsante, algo le devuelve la mirada.
Formas reptan de entre sus restos. Incapaz de mover ningún pedazo de si, de gritar o llorar, contempla la escena. Continua incapaz de morir.
Lo dejan solo ante una eternidad blanca como la luna.
* * *
Keiko saca la cabeza del váter entre toses estertorosas. Se apoya sobre el inodoro mientras nota las náuseas subirle como un calambrazo por la columna. Vomita un reguero de agua sucia, aun entre horrorosas toses. En ningún momento deja de escuchar las risas, por mucho que sus pasos se alejen.
Se levanta por fin y oye como le cruje la espalda. El acordeón de chasquidos la acompaña todo el camino, a coro con el golpear hueco de sus zapatos en el suelo de baldosas azuladas.
Camina bajo techos altos, cruzando entre otros alumnos ajenos a ella y a los demás. Espectros entre espectros, fantasmas más allá del muro.
Sube las escaleras esquivando las muchedumbres y llega la planta superior. No cruza demasiada gente por ahí y eso restaura parte de la calma que le habían arrebatado. Se apoya en la barandilla y deja que el agotamiento la consuma un poco. Se siente como una niña arañando las paredes de una cárcel de corcho. Corcho, aislantes, gris, vacío. Ligero e impenetrable, sí. Corcho.
Levanta la cara y mira a través del ventanal. El club de música está ensayando en la parte baja, todas chicas uniformadas de su edad. Michiko está delante del grupo, tocando una flauta travesera mientras de contonea, distraída, a su propio ritmo. Tiene las piernas largas y la piel tersa tan blanca que contrasta con el largo pelo oscuro. Si no estuviera soplando por la flauta sonreiría y la deslumbraría. Keiko no puede evitar que se le escape un suspiro plomizo.
—Es perfecta, ¿eh?
Mira hacia su derecha y se apoya junto a ella Akane, con sus gafas de cristal grueso y su pelo grasiento bien recogido en un moño. No la ha escuchado acercarse, pero ella es pequeña y delgada como una hoja seca, así que no le extraña.
—Es guapa. —se limita a responder Keiko.
—Es más que eso —continúa Akane. No parece estar metida en la conversación sino pensando en voz alta—, la muy cabrona lo tiene todo.
—Tampoco tienes que ponerte así.
—Me dirás que es justo. —Akane la mira con la indignación tatuada.
—¿El qué?
—Míranos, Keiko. Mírala a ella. Dime la verdad, tía.
A Keiko aquello le resulta medianamente ofensivo, pero no tiene muchas amigas, así que decide pasarlo por alto. Akane, a fin de cuentas, no es más que otra costra entre los grupúsculos sociales del instituto, sobreviviendo como puede. Se limita a encogerse de hombros y Akane le bufa.
—De verdad.
—No sé qué quieres que te diga, Akane. Hemos tenido mala suerte, supongo.
Akane asiente con lentitud. Piensa algo, el brillo en sus gafas lo tapa, pero Keiko la conoce lo suficiente. Desde que tienen cinco años se han escudado la una a la otra, más por supervivencia que por amistad y conexión real. Más por respirar que por quererse.
—Tienes el pelo mojado —suelta Akane.
Un chispazo le vergüenza logra reactivar a Keiko, que se toca un mechón para confirmar la afirmación.
—Déjalo —acierta a decir.
—Si, ya. —Akane vuelve a guardar silencio y masticar pensamientos. Keiko le deja hueco hasta que se atreviese a soltar lo que quería decir. De mientras, mira a Michiko. Al final habla, claro—. ¿No te enfurece todo esto? ¿Toda esa… suerte?
—¿A qué viene esto? —Keiko responde, dándosela la vuelta y mirando a su compañera. Esta le retira la mirada a intervalos.
—Creo que he encontrado la solución —susurra.
—¿Cómo? ¿La solución a qué? ¿A qué se metan con nosotras?
—Si —dice. Luego se apresura a añadir—. No. A todo, tía.
—¿De qué hablas? Ves muchas películas americanas.
—¡No, escúchame! —Akane mira alrededor, temerosa de haber llamado la atención, aunque ningún fantasma se asoma a cotillear. Prosigue entre murmullos—. Tienes que venir a mi casa. He conseguido algo que nos va a cambiar la vida.
Le agarra las manos a Keiko y la mira con desespero. Tiene ansia, algo que soltar solo por afianzarlo a la realidad, contárselo a alguien para que trascienda en el tiempo. Keiko no cree lo que oye, pero sabe que se necesitan, así que acepta ir a verla después de clase
En la siguiente clase la sientan junto con Michiko y hacen un trabajo de química juntas.
Es simpática y Keiko nota su cercanía. Se pregunta si, tal vez, aquella mágica solución de Akane estaba empezando a funcionar.
Tal vez, solo tal vez, no toda tenía que salir mal siempre.
* * *
La primera vez que Keiko habló con Akane eran ambas niñas pequeñas. Keiko le había dado una flor a una niña de su edad, le había dicho que era bonita. Visto en retrospectiva no fue más que una bobada de críos, pero eso bastó. La clase entera se rio de ella, la llamó bollera y le tiraron cada pedazo de basura que encontraron. La sensibilidad huele a carnaza para gente así.
Keiko se había ido corriendo y había encontrado un lugar más o menos calmado sentada junto a Akane. Ella era una niña de una familia muy pobre. Siempre vestía con ropa vieja, muy remendada y mal conjuntada y no olía muy bien. También era lista, astuta, llena de rencor. Vinieron a por ella y Akane les gritó cosas hasta ponerse roja, pero eso solo aumentó las mofas.
Ese día, sin saberlo, quedaron unidas en el barco de los parias, a la deriva.
Para llegar a la casa de Akane hay que montar en el metro casi cuarenta y cinco minutos y todavía queda un buen rato de deambular calle abajo. Casi falta escarbar en el asfalto mal cuidado y el limo de las lluvias que las alcantarillas eructan. La casa era un edificio bajo y chaparro bajo un comercio. Paredes blancas y desconchadas dividen una casa pasillera.
El cuarto de Akane esta oscuro, algo más maloliente de lo habitual, más penetrante que el típico tufo a verdura hervida que suele llevar. Tiene montones de libros e incluso más cuadernos pintorrequeados, esparcidos con preocupante desorden. Akane le dice que se siente y Keiko aparta un libro de herpetología (¿desde cuando le interesa eso?) de la cama y obedece. Espera con una inquietud mal disimulada mientras Akane le da la espalda, rebuscando una caja bajo un montón de ropa sumergida entre colchas gruesas.
Palmea la cama, distraída. Todo a su alrededor parece moverse, muy poco, lo justo. Le recuerda a una de esas ilusiones ópticas que comienzan a danzar a paso inseguro en tu cabeza y que dejan de hacerlo en cuanto enfocas la vista. Akane se da la vuelta y le enseña algo rígido que ocupa palmo y medio en su mano. Es una estatuilla de piedra.
Antaño tuvo que estar pintada, porque aún reconoce retazos de rojos y verdes apagados, pero tiene aspecto tosco y vetusto que la ha deteriorado. Se trata de una especie mujer exuberante con el cabello negro. El abdomen y las piernas son sustituidos por los de una gran serpiente y, rodeándola y enrollándose por su vagina y pechos, hay serpientes que sonríen.
No lo hacen con un ardid cómico o cartunesto, sino como si un reptil fuese capaz de sonreír.
Keiko no sabe que algo inerte puede generarle ese frío en la nuca.
La figura estaba ajada por el tiempo, con raspones notables e incluso con una de las serpientes rota y descabezada. Los rostros que quedaban tenían gemas rojas en los ojos y la mujer azules. No sabría decir de que piedras se trataban, pero brillaban con un contrasta que se le antojaba macabro. Quizás fuese su reflejo deformado en las diminutas gemas o puede que la expresión entre el éxtasis sexual y religioso del rostro de la figurilla, pero aquellos ojos pétreos parecían mirar a fijamente. A ella, a través de ella.
Keiko se endereza en la cama. Cree oír algo arrastrarse, viscoso, a su espalda. No se gira por decoro, pero no puede evitar el escalofrío que le latiga la columna. Vista con algo de distancia, se da cuenta de que la mujer serpiente no está apoyada en una roca, sino en algo más cuidadosamente tallado. Se fija bien. Calaveras, eso son calaveras.
—No entiendo, Akane.
—No, claro que no —Akane deja la figurilla en su escritorio y coge la silla para sentarse frente a su amiga—. Hace como dos o tres meses me topé con una página web de lo más rara.
Fue de casualidad, no estaba buscando nada en particular. Apareció entre las búsquedas, en un anuncio. No sé. Parecía una web del internet antiguo.
—¿Internet antiguo?
—Ya sabes —respondió Akane, moviendo las manos en círculos—, el internet de los noventa y principios de los dos mil. Estas páginas raras que había antes de que todo el mundo se metiera en Twitter e Instagram. Foros, webs raras con dominios de sitios lejanos que hablaban sobre el puto tema más específico del mundo, mini juegos en flash, ¿sabes lo que digo? Bueno, da igual, no es lo importante. Era una web rara, quédate con eso, con un símbolo extraño.
—¿Y que había?
—Compra y venta.
—¿De qué? —titubeó Keiko.
—Eso era lo interesante. —La emoción de Akane resulta tan palpable como repulsiva—. Vendían cosas extrañas. Extrañas de verdad: sangre de demonio, videos de posesiones, trozos de ovnis.
—Suena a frikada.
—Lo suena, pero se veía distinto. No sé, era como un sitio pequeño para vendedores especializados. Nadie se promocionaba mucho, todo el mundo era muy reticente. A mi me hicieron muchas preguntas cuando me interesé por esto.
—¿Por la estatua? ¿Por qué tanto rollo con ella?
—En el post de venta ponían un trozo de esto. —Detrás de ella saca una cinta VHS antigua con la pegatina arañada.
—¿Qué es eso?
—Te lo voy a enseñar y lo vas a entender todo, Keiko. Vas a flipar. —Se gira y configura un aparato mientras mete la cinta—. Fue un poco jodido porque no esperaba que estuviera en VHS, pero mis padres tenían un reproductor de cuando yo era pequeña y lo pude rescatar.
Coloca la cinta, baja las persianas y se sienta en la cama junto a Keiko. Esta la mira y ve reflejado en los ojos de su anfitriona un azul que no parece a ningún otro. Un azul ignoto, de lejos, de más allá del más allá.
Tras unos segundos de negro, el monitor reproduce una imagen granulada. Es una chica morena, joven, con una densa melena muy oscura. Tiene la cara llena de granos unos dientes amarilleados, muchas ojeras y las manos llenas de cortes. Graba desde tan cerca de su rostro que Keiko cree poder olerle el aliento. Está hablando a la cámara en un idioma que Keiko no reconoce.
—¿Qué idioma está hablando? —pregunta Keiko.
—Hindi. O algo así. Yo tampoco la entiendo, pero da igual. Tu mira.
La chica se pasa un buen rato hablando antes de alejarse de la lente. Está en un cuarto, paredes amarronadas y aspecto diáfano. En una pequeña mesilla, uno de los pocos muebles, hay un manchón negruzco que Keiko tiene que esforzarse en darse cuenta de que es la estatuilla. La chica sigue su diatriba nerviosa, señalando a la estatua, a ella y a la cámara. En cierto punto se calla, se coloca frente a la efigie y empieza a salmodiar algo. Los labios de Akane la siguen en una plegaria muda.
El ritmo del cantico aumenta hasta que, al final, se muerde un labio y escupe sangre a la figura de piedra. Keiko arruga el rostro. Todo permanece en silencio. Cuando Keiko está a punto de levantarse y regresar a su casa, percibe algo. La cámara es de mala calidad y el granulado de la imagen es muy grueso, pero percibe un movimiento en la imagen. Dos pequeñas figuras blancas y oblongas surgen de la estatua. No hay hueco, tampoco la rompen.
Simplemente no existían en un punto y si en el siguiente. Se arrastran cada vez más rápido.
La chica hindú sucumbe a una risa nerviosa mientras los ve. Parecen gusanos, pero Keiko tiene un pálpito. Son serpientes. Estas caen en sus muslos y se hunden en la piel. La calidad de la imagen no deja distinguir mucho, pero ve caer un par de hilos de sangre. La quietud vuelve. La chica está mirando a la estatua, aunque le dedicada una mirada furtiva a la cámara para comprobar que sigue grabando.
Entonces, se arquea. No es un espasmo, sino algo más fuerte que parece que tira de ella y la arruga como un clínex usado. Si no llevara camiseta, Keiko está convencida de que vería dos puntos de piel estirada en la espalda, como pinzas. La tensión en su cuerpo se vuelve extrema. Se mantiene, temblorosa. Le sangra la boca, también la nariz, los oídos y los ojos. Keiko está a punto de apartar la mirada.
—Joder, ¿qué es esto, Akane?
—Sigue mirando, ya verás —contestó sin mirarla.
—¿Son efectos especiales? ¿Es una película o algo así?
—No. Tú mira.
Después se oye un crujido como alguien cayendo por una escalera y la columna de la joven del video se desencaja en una docena de puntas. Un borbotón de sangre muy negra sale de su boca. Keiko no puede reprimir un grito.
—¡Akane! Esto es…
Sin dejar de mirar, su amiga la agarra por los hombros.
—¡Mira!
La columna se repone y la chica se yergue. Ahora todo se revuelve y burbujea en su interior. Su piel es un rio de plástico fundido. Keiko contempla el macabro espectáculo desde los huecos entre sus dedos. Cuando acaba, delante de la cámara ya no está la chica que empezó. Es más alta, la piel es limpia y los rasgos suaves, el cuerpo curvilíneo y la sonrisa envidiable. La hindú vuelve en sí, se mira en el visor de la cámara y se ríe y da saltos como una preadolescente. Keiko queda congelada sin dar crédito a nada de lo que ha visto.
—Es imposible.
—No lo es —responde Akane, quitando por primera vez la vista del monitor—. Es magia, Keiko. Una diosa hindú, uno de esos cien mil dioses suyos que otorga ese favor.
—No puedes creerte eso —La réplica de Keiko le sonó débil hasta a ella misma.
—Lo has visto.
Lo había hecho. Podía ser un montaje, pero algo en el brillo telúrico de aquellos ojosgema le decía que no. Las sombras sisearon em respuesta.
—Con esto podemos ser guapas, poderosas. Tener a quien queramos y matar de envidia a las demás. Hacer lo que nos dé la gana cuando nos dé la gana.
—Incluso si lo hiciéramos —balbucea Keiko—. Hay una parte en la que canta algo y está en hindi. Eso no podemos hacerlo nosotras.
—No es tan difícil de copiar.
Keiko abre la boca y la vuelve a cerrar. Algo se desliza por su hombro. Si hubiese mirado, no hubiera visto nada.
—Akane, ¿ya has probado el ritual?
Un rasgado sordo las interrumpió. La chica hindú había dejado de hablar y el vídeo había cortado a otra escena. Por la luz podía apreciarse que había atardecido, aunque es imposible saber si seguía siendo el mismo día. La chica seguía siendo esa especie de supermodelo de bronce, pero ahora el rostro se le cubría de eccemas, sus ojos se habían repleto de vénulas estalladas. Habla con voz congestionada y hace aspavientos con dedos artríticos con uñas gruesas e irregulares del color del ónice.
—Madre mía —suelta Keiko—. ¿Qué le ha pasado?
—Eso lo he deducido. Lleva en la forma alternativa demasiado tiempo. Creo que solo puedes mantenerla mientras las serpientes crecen, pero lo hacen muy rápido. Seis o doce horas a lo sumo.
—¿Mientras…crecen? —A Keiko se le atragantan las palabras.
—Si. Mi teoría es que deben de usarte para crecer y lo que segregan debe de ser algún compuesto que tiene ese efecto, pero es tóxico a la larga. Ya lo verás.
El video vuelve a cambiar y muestra la habitación vacía. Se pasa varios minutos así y la estática taladra los tímpanos. Acaba por aparecer la figura encorvada de la chica. Detrás surge un chico. La agarra por las caderas. Entonces, ella se gira. Sus rostros parecen acercarse en un beso cuando algo surge de la boca de la chica. Una serpiente, gruesa como un brazo, con ojos de un rosa enfermizo y escamas de blanco nuclear. Se enrolla alrededor de la garganta del hombre, que trastabilla hacia atrás. Otra más sale y se engancha en el estómago.
El tipo cae al suelo y sale de plano. Salta sangre, se escuchan balbuceos. Cuando todo se silencia, la chica vuelve a ser la de al principio. Por la ventana del fondo repta hasta salir uno de los ofidios. La hindú jadea y mira a la cámara. El video se corta.
—Esto está mal, Akane —dice, levantándose de un salto.
—Oh, no te preocupes. Tienes como ocho horas casi sin síntomas. Si las sueltas antes no pasa nada. Aunque tienes que soltarlas con un hombre, con chicas no funciona, aún no averigüé por qué.
—Akane, ¿no lo estás viendo? ¿Qué le ha pasado a ese chico?
—¿Y qué importa? —Akane se levanta con violencia— ¿Todos se dedican a abusar y nosotras solo podemos recibir? Yo digo que no. Yo digo que esto es nuestra oportunidad para divertirnos. Para reivindicarnos. —Agarra las manos de Keiko—. Somos más que la presa de otros.
—¡No! —Keiko se zafa del agarre y da unos pasos hacia atrás—. Todo esto me da escalofríos. Mi vida será una mierda, pero no voy haciendo… haciendo… eso, joder. Es peligroso y es malvado. Es… jodido, maldita sea, ¿no lo notas?
El rostro de Akane convulsiona en un volcán de emociones.
—¡Encima que te lo enseño! Podía haberme callado, pero lo estoy compartiendo contigo.
—¡Yo te doy igual! ¡Solo quieres que me una a ti para limpiarte la conciencia por las putas cosas horribles que habrás hecho!
Akane abre mucho los ojos y se muerde los labios. Keiko piensa que le va a escupir sangre y que eso, de algún modo, la maldeciría.
—¡Pues largo! ¡Qué te den! ¡Todo para mí! ¡Ya llorarás! ¡Ya verás!
Keiko se marcha, más asustada que furiosa. Se da la vuelta una única vez. En la penumbra del cuarto, ve más de un par de ojos. Solo un montón, lo justo.
Apenas lo que dura un siseo.
Huele a algo parecido a primavera en la clase, un aroma a savia, mezclada con sudor. Rosa, no le cabe duda a Keiko, mezclado con algo más. En el fondo, sabe que eso no cuenta como una de sus rarezas, sino que todo el mundo lo detecta.
El olor se destila entre los huecos vacíos de la clase. La gente ha ido faltando y sus huecos ahora cargan con el peso del aire denso. Daiki, Aki, Isamu, Takehiko. Chicos que aparecen todos los días hasta que dejan de hacerlo. Los profesores hablan mientras con el rabillo del ojo escrutan cosas que no ven, que creen ver. Una sombra allí, o allá.
Los cuchicheos cada vez que la monotonal lección continúa. Que se han fugado, que los han cambiado de colegio, que el padre de tal ha ido a la cárcel o la madre de cual se ha endeudado demasiado. Que están muertos, incluso. Que los vieron entrar a una fiesta, no salir. Que alguien vio una mancha roja. Brillante, claro.
Keiko no mira ni comenta, pasa las páginas y mira a Michiko de vez en cuando. Ella tampoco da mucha bola a esos temas, aunque si se preocupa por Isamu. Dice que es su amigo y que no fue a su última competición de piragüismo. A Keiko le pincha entre las costillas algo abrasivo y le tiemblan los labios. No dice nada, aun todo.
El resto de la clase ocurre con normalidad, sobrellevando esa calma tensa. Michiko no le da importancia. Le invita a tomar helado después de clase y Keiko acepta sin pensar. Se despiden al cambiar de clase y Keiko se mantiene unos segundos más en su sitio, preguntándose si las cosas no tienen que ser terribles siempre. Su madre lo decía siempre, aunque a ratos sonase difícil de creer. Sobre todo, sin ella delante.
Sale y se zabulle entre una marea humana. Invisible entre la multitud, Keiko respira. El aire está sobrecalentado por el sol que golpea con desagrado sobre las grandes cristaleras que atosigan el edificio. En los azulejos blancos ve una versión sucia de su reflejo, repleto de contras de escoria. Aire feo, un mal presentimiento aguijoneando la nuca. Puede que no todo sea malo, sin embargo, está claro que algo realmente malo está sucediendo.
En algún lugar, una pulsión cercana que se capta en la oscuridad durante cada parpadeo, ese microsegundo en el que todo humano se enfrenta a la total y primordial oscuridad. La nada negra. Y lo que ella oculta.
La chica decide entrar al baño justo cuando pasa por delante. Un poco de agua fresca en la cara no le ha hecho mal a nadie. Por eso entra una sala oscura y húmeda como un pozo abandonado. Está vacío, lo puede captar en el hedor agrio alejado de los orines y otras secreciones de mayor espesor. No, aquello atufaba a purulento, a nocivo y carcinogénico. Al fondo de la oblonga sala hay una sombra más oscura, achaparrada y sollozante. La figura tose y trata de recomponerse antes de sufrir otra violenta sarta de estertores.
Keiko pulsa al interruptor de la luz, a tientas. Da un par de pasos, a oscuras. Mueve los brazos, las luces continúan sin reaccionar. No hay claridad que valga en aquel lugar, por muchos pasos que de no distingue nada. Cada fibra de su interior le suplica que huya, que se escabulla por una grieta en la pared cual lagartija. No lo hace, no entiende por qué. No lo entiende, al menos hasta que la sombra oscura se revuelve sobre sí misma y la mira. No ve sus ojos, solo su reflejo, sombras sobre sombras.
—¿Keiko? —suelta con voz pastosa.
—¿Akane? ¿Eres tú?
La figura recorta distancia, se arrastra por el suelo en su postura encorvada. Apenas hace ruido más allá de un sisear viscoso.
—Keiko, me alegro de verte. Me alegro de hablar contigo.
Akane lleva sin hablarle un mes y medio, desde aquella discusión en su casa, desde el video y la condenada figurilla de las serpientes. Keiko piensa de manera consciente que esa ausencia debería alegrarla, a pesar del nudo culpable e inexplicable en su estómago. Le da pena dejarla sola, después de todo. Están conectadas, siempre lo ha sabido y negárselo no va a cambiar eso.
—¿Te encuentras bien? —corta Keiko—. No suenas muy sana.
—No, la verdad es que no —no ve lo que hace, pero a Keiko le suena a relamerse con una lengua de perro, grande y babosa—. Estoy un poco enferma. Creo… no sé, que eh pillado algo. Y no estoy descansando muy bien estas últimas noches, eso tampoco ayuda. Yo… yo…
—Es la estatuilla, ¿verdad? Te está haciendo daño.
Hay un silencio a punto de estallar cuya mecha se apaga antes de terminar de prender. Akane destensa el borrón que es su figura. Tose un poco más antes de hablar.
—Necesito tu ayuda. Necesito que alguien me ayudes a comprender, a investigar. En los foros nadie me da respuestas y yo no me encuentro bien, pero, entre las dos, seguro que
—Akane, no puede ser. No puedes seguir haciéndote esto. Tienes que dejarlo. Buscaremos… buscaremos ayuda. No sé, un hospital o algo.
—¡No! —La tiniebla alrededor de ella se agita por un instante y, en esa fracción de tiempo, deja de parecer algo inanimado—. No. Solo necesito tu ayuda para…
La puerta tras ellas se abre de sopetón. Entran tres chicas que ambas conocen bien. Su ropa es cara, su bronceado falso y sus risas puntiagudas. A pesar de la penumbra impostada que empapa el cuarto de baño, las recién llegadas las reconocen.
—¡Coño! Pero si están aquí la perdedora de Keiko —suelta una de ellas.
—¿Aquí hablando entre raras? —sigue otra.
—Normal, no la aguantaba su madre la vamos a aguantar el resto —remata la tercera.
Todas se ríen al unísono. Entonces las sombras se despegan con el ruido de aplastar grillos, de interrumpir su música. En la oscuridad se delinean ofidios, ojos enrojecidos y Akane cae en el vago haz de luz que se cuela por la puerta abierta revela por un parpadeo. La piel gomosa, de pálido mortal y azulado, menos pelo, verrugas escamosas, ojos de pupilas afiladas y un azul intenso. Dientes afilados enclaustrados en encías purulentas. Animal, letal, carnívoro.
—¡Fuera! —aúlla.
Las niñas huyen. Keiko también. La reacción es atávica, no sabe si a causa de lo que ha visto, de lo que no, o el reflejo de un cosmos distinto en los ojos informes de las serpientes.
El caso es que corre lo que puede, tanto como le dejan sus pulmones. Cree escuchar la voz de Akane llamándola, pero, visto lo visto, quizás fueran serpientes impostando su voz. El caso es que huye y se olvida de ella.
* * *
La calle no huele a primavera, el aroma ha dejado paso a otro más anaranjado y viscosos como calima húmeda adherida en la piel. El sol baja por el horizonte recostándose sobre un futuro ocaso. La luz baja y muere, alargando sombras como preludio de la noche.
Keiko está nerviosa. Lleva unos días en los que el gusano de la ansiedad crece y engorda en sus tripas como una tenia. Se ha cansado de zapatear sin control, de dormir mal y comer peor. Ha cogido un par de libros de clase, los ha guardado en su mochila y baja la calle en dirección a la casa de Akane. La excusa que contará (que se cuenta a si misma) es llevarle los deberes a su amiga después de estar casi una semana sin pasase por el instituto. La realidad es más compleja.
Le preocupa lo que vio en el baño, le asusta lo que no llegó a ver. ¿De veras el mundo está repleto de esquinas oscuras? ¿Tan reales son los monstruos, la magia y sus ancestros?
¿Vivimos en la estela de un mundo tras un mundo? Keiko le cuesta dormir. Ahora las noches parecen más impenetrables, las paredes tienen ojos y las lámparas tentáculos. Quizás solo sean una marabunta de serpientes, de culebras en una bola viva y palpitante. Mil conciencias y un solo propósito.
Una de aquellas noches en vela se asomó a la ventana y miró a la luna, preguntándose que habría más allá de aquel reflejo paliducho, que podría encontrar cruzando los horizontes negros y llegando a aquel lugar. La negrura, lo inexpugnable, donde habitan los dioses.
Keiko se miente y se dice que es el estado de salud de su amiga lo que tensa cada fibra de sus músculos. No obstante, Akane no es su amiga. No le cae bien, se han apoyado por necesidad, pero ninguna de las dos estaría con la otra de tener alguna otra opción. No, el destino de Akane y Keiko había quedado sellado en un pacto extraño y mudo hacía muchos años y ahora el nudo estaba a punto de soltarse. No, Keiko quería ir y hablar con ella.
Necesitaba decirle algo, escuchar algo. No sabía el que. Unidas, inevitable e inexplicable.
Se detiene a una casa de distancia y mira el móvil. Michiko le ha escrito otra vez. Keiko se sonríe sin poder evitarlo y le responde. Luego mira a la casa de Akane a apenas una docena de pasos y siente miedo. Se plantea si merece la pena, si no sería mejor olvidar el pasado y continuar. No ve la tormenta formarse los nubarrones espesos y el destello de los relámpagos, pero lo siente. Se plantea todo eso, pero nunca tuvo opción realmente.
Llama a la puerta, aunque nadie responde. Insiste tres veces más con idéntico resultado.
Trata de abrir y la puerta se ofrece ante ella. En la casa reina una quietud malsana, una tiniebla espesa. Un tufo sacude sus sentidos, pastoso y de un agrio que quema el paladar.
—¿Akane? ¿Hola? Soy Keiko, he venido a traerte los deberes.
Nadie responde, ni Akane ni sus padres. Camina sobre el suelo, que se despide de las suelas con un beso húmedo. No mira que es lo que lo recubre y no para de pisar. Ojea la cocina y cruza el salón. No aparece entrar luz ahí dentro. Sube las escaleras de aquella casa cavernaria y llega frente al cuarto de su amiga
—¿Akane? —dice con tono tembloroso.
Keiko ya no está segura de lo que hace. Aún menos. La conexión sigue ahí, pero una voz inarticulada en lo profundo de su ser está aullando porque huya despavorida. No ve nada, pero nota como se le acerca. Por más veces que mira a su espalda no ve nada. Solo destellos rojos que se apagan. Enseguida, en un siseo.
Nadie contesta. Abre la puerta con un empujón suave. El cuarto de Akane está desordenado. Algo gotea del techo. Una piel blanquecina, gomosa, grande e inidentificable reposa en la cama. Tiene un semblante de un rostro poco definido.
En una esquina hay algo. Esta tranquilo y observa a la recién llegada con poco interés, pero sin llegar de apartar la mirada. Keiko se congela. Una penumbra más densa que el resto la rodea. No ve apena nada. Un cuerpo alargado y escamosos, muchos brazos que se agitan en un bamboleo pausado e hipnótico. Curvas por todos lados, a veces más solidad y oras desmenuzadas en ondulantes sierpes. Y ojos azules, del color de las estrellas muertas.
—¿Akane? —es lo único que alcanza a decir.
—Si, pero no igual. Mejor.
—Que ha… que ha…
—Se sincera contigo misma, Keiko. ¿De veras quieres saberlo?
Traga saliva. Se lo ha pensado mejor, sin dudas.
—Porque…
—Al principio duele —la interrumpe—. Duele de verdad. Las serpientes crecen en tu interior, pero también sueltan huevos. Te infectan, te vuelven su madre. No lo entiendes, solo lo sufren. Entonces algo se resquebraja dentro de ti. La carne y el alma. Y lo ves todo. Te partes en pedazos y ves más allá de las barreras de lo físico, del metaverso multicolor que nos subyuga. Ves la voluntad de los dioses y el multiverso por encima de ellos y la oscuridad suprema e inapelable en el mismo centro, como un sol seco alrededor del que todo gira.
Keiko da un paso hacia atrás. No piensa, algo profundo la aplasta. Huye. La palabra le martillea las sienes. Huye. La oscuridad la empuja. El suelo se está llenando de serpientes negras de ojos gastados y ensangrentados. Retozan entre huesos que antes no había. Hay pedazos de carne también, completamente destrozados y medio mordidos. Algunos todavía conservan ojos y la miran con desespero.
—¿Cómo sé que eres mi amiga?
—¿Quieres esa respuesta?
Una pausa anclada a su corazón. Keiko responde.
—Si.
—Bien. Voy a salir entonces para que me veas.
Los brazos cesaron en su caótica danza y se agarraron a toda superficie sólida que encontraron. Los músculos ras una hilera de escamas argénteas se tensaron. Una cabeza de pelo negro surgió. Tras ella una frente larga y dos ojos del azul de un glaciar medio derretido, de esos que jamás volverán a verse una vez desaparezcan.
Keiko huye desbocada. No grita ni mira hacia atrás. Nada intenta retenerla. Corre sin seguir una dirección concreta, solo se aleja. Pasa de largo de su casa y corre viene entrada la noche hasta que sus piernas no aguantan más y cae a suelo, desplomada sobre rodillas de mantequilla en un parque local.
Se golpea la cara y se raspa el pómulo. El mundo le inunda de cielo sin estrellas la cabeza.
Se recompone tras unos segundos y se levanta. Tiene los ojos muy abiertos y la mandíbula dolorida de tanto apretarla. Se sienta en un banco e intenta controlar la respiración. Su cuerpo se esfuerza en calmarse, pero algo se lo impide. Esa noche las nubes tapan la luna y las estrellas apenas brillan.
Se pasa las manos por la cara y baja la cabeza tratando de sobrellevar unas nauseas repentinas. Entonces, se fija, junto a ella a apenas unos pasos, algo la mira. Pequeño, desgastado, con aspecto de baratija vieja.
El figurín de la diosa de las serpientes, que come hombres, pero cría en mujeres porque su sangre es más dulce. Algo con disfraz de otra cosa. Keiko se petrifica en el sitio. Su teléfono suena, pero no lo escucha. A su espalda, un siseo.
* * *
Keiko camina al sol de la media tarde. Se acaba de atrever a darle la mano a Michiko. Esta no dice nada, pero no se niega. Ambas sonríen.
Keiko mira hacia atrás. Sabe que algo la sigue, que la seguirá siempre. También sabe que no le alcanzará si ella no quiere. A fin de cuentas, solo es un recuerdo. Algo oscuro y terrible, pero breve. Como un siseo.