Sobre La Vida De Abdul Alhazred Por Teodoro Filetas

ANNO 950

EL autor de este libro, al que yo atribuyo el título griego de Νεκρονόμικον, por más ajustado a su contenido que su título antiguo, nació en una casa humilde de la ciudad de Sana’a, en la tierra del Yemen. El apellido de su familia ha caído en el olvido, pero a él se le conoce universalmente con el título de Abdul Alhazred, que en lengua árabe significa «el criado del devorador». Tampoco se conoce la fecha de su nacimiento, pero se dice que su muerte se produjo en el año del Señor de 738, cuando había alcanzado una extrema vejez.
En su primera juventud alcanzó fama tanto por su piedad como fiel seguidor de las enseñanzas del profeta Mahoma, como por sus dotes poéticas. Se cuenta que era hermoso de rostro, de piel notable por su blancura y ojos verdes, lo que causó asombro cuando nació, en vista de que su padre tenía la tez y los ojos oscuros. Se murmuró que su madre había yacido con un genio cuando atravesaba el desierto con una caravana, camino de su boda, pero la gran virtud de la madre desmintió los rumores. Alhazred era alto y erguido de cuerpo, con una elegancia de movimientos que se comparaba con la de un buen caballo. Era muy notable su voz. Cuando recitaba las palabras del Profeta, los pájaros dejaban de cantar para escucharlo, y los zorros del desierto salían de sus madrigueras y se sentaban sobre los montículos para oír las enseñanzas de Dios.
El rey de Yemen, habiendo oído hablar de aquel niño prodigio que vivía en los confines de su reino, hizo llamar a Alhazred a su corte cuando el muchacho tenía doce años. Lo cautivó tanto la belleza del joven que ofreció al padre de Alhazred quedarse con el muchacho y hacerlo educar por los mismos maestros que enseñaban a sus propios hijos. De este modo, Alhazred se crio como los príncipes de la corte real, y gozaba del amor del rey, que era como un segundo padre para él. Lo único que se le pedía a cambio era que compusiera poesías, que él cantaba para disfrute del rey y de sus consejeros.
Cuando Alhazred tenía dieciocho años, se enamoró de una de las hijas del rey. Si hubiera contenido su pasión, es probable que el rey se hubiera avenido a entregar al joven a su hija en matrimonio, pero el amor no conoce barreras en su curso desenfrenado, y Alhazred gozó de la muchacha, que concibió un hijo. El descubrimiento del caso despertó la furia del rey, que mandó estrangular al niño en cuanto nació. El poeta fue castigado por aquella traición con la mutilación. Le cortaron el miembro viril, la nariz y las orejas, y lo marcaron en las mejillas. El fruto del pecado de su unión con la princesa fue espetado en un asador y asado sobre las brasas delante de Alhazred, al que obligaron a comer pedazos de la carne del cadáver del recién nacido. El rey encargó a unos nómadas del desierto que lo llevaran al este, hasta las profundidades del Roba el Khaliyeh, el Espacio Vacío, como lo llamaban los antiguos, donde lo abandonaron sin agua para que muriera.
Aquella prueba costó a Alhazred el juicio. El rey había dado orden de que todos los que atravesaran esa desolación lo rehuyeran y no le prestaran ayuda, esperando que no tardaría en perecer, sin embargo, él se aferró a su triste vida. Vagó por el desierto durante no se sabe cuánto tiempo, teniendo por compañeros de día a los alacranes y los halcones carroñeros, y, de noche, a los demonios que solo viven en esas tierras desoladas y odiosas. Esos espíritus de la oscuridad le enseñaron la necromancia y le hicieron descubrir cuevas olvidadas y pozos muy hondos bajo la superficie de la tierra. Renegó de su fe y empezó a rendir culto a titanes anteriores al Diluvio a los que adoraban los espíritus del desierto que eran sus guías y maestros.
Emprendió la loca empresa de restaurar los miembros de su cuerpo que le habían arrancado y mutilado, para poder regresar triunfalmente al Yemen y reclamar a la princesa como su esposa. Disfrazó su rostro por medio de la magia, de modo que parecía el de un hombre normal, y abandonó el yermo para recorrer el mundo en busca de la sabiduría arcana. En Giza, en la tierra de Egipto, aprendió de un culto secreto de sacerdotes paganos de cabeza afeitada el modo de devolver la vida a los cadáveres y de hacer que obedecieran sus órdenes. En Caldea alcanzó la perfección en las artes de la astrología. En Alejandría aprendió de los hebreos el conocimiento de lenguas olvidadas y el empleo de la voz para pronunciar palabras bárbaras de evocación, pues si bien la malicia del rey lo había despojado del resto de sus buenas prendas, conservaba la belleza y la fuerza de su voz.
Tras recorrer el ancho mundo en busca de alguna magia que le devolviera la virilidad, tuvo que aceptar, con amargura en el corazón, su estado repelente, ya que no era posible repararlo con ninguna poción, hechizo u objeto de poder que hubiera descubierto en el transcurso de sus viajes. Alhazred vivió desde su edad madura hasta el fin de su vida intramuros de Damasco, con gran lujo, practicando con libertad sus experimentos de necromancia, aunque los habitantes de la ciudad, que lo tenían por brujo maligno, lo evitaban y lo aborrecían.
Durante su vida en Damasco compuso la obra a la que, en un arrebato de humor loco, impuso el título de Al Azif, el chirrido de los insectos, que también puede traducirse por el zumbido de los escarabajos, sin embargo, en virtud de su contenido, el libro fue conocido familiarmente como el aullido de los demonios, dado que la gente común de esa región confunde los ruidos nocturnos del desierto con gritos de espíritus. Escribió el libro en el último decenio de su vida en Damasco, hacia el año del Señor de 730.
La forma de su muerte es extraña, y apenas sería creíble si no fuera porque no es más extraña que el resto de la historia de su vida. Se cuenta que un día, cuando Alhazred estaba comprando vino en la plaza del mercado, se lo llevó por los aires alguna criatura invisible de gran tamaño y fuerza, que le arrancó del tronco la cabeza, los brazos y las piernas y se los devoró, hasta que todo su cuerpo se perdió de vista por partes, sin dejar más que algunas manchas de sangre en la arena. Así, su propia carne se convirtió en su último tributo a los dioses oscuros que veneraba.
Al traducir a la lengua griega esta obra, he sido fiel a las palabras de Alhazred. La tarea ha sido ardua, pues el significado de algunos pasajes es oscuro, aun cuando están escritos con palabras claras en sí mismas, pero no soy capaz de determinar si esto se debe a la propia locura del escritor o al carácter extraordinario de la materia que expone. Baste con que el buscador de la sabiduría oculta puede llegar a entender, por medio del estudio cuidadoso, lo suficiente de esta obra para alimentar sus reflexiones durante toda una vida.
En algunas páginas del manuscrito árabe se observan símbolos trazados con sabiduría, que son invisibles a la luz del sol. Estas líneas pálidas y plateadas, que solo se aprecian claramente al ser iluminadas por los rayos de la luna llena, están cubiertas de textos escritos con letras negras, para ocultar, según creo, la existencia de los dibujos a la mirada descuidada de los curiosos. No sé con qué tinta misteriosa se pintaron en el pergamino, y por ello no he podido reproducirlos en mi propio libro tal como están en el más antiguo, sin embargo, he copiado cuidadosamente cada uno de los dibujos y los he reproducido con sangre de dragón común para que todos puedan verlos, ya sea a la luz del sol o a la de la luna.
Mi trabajo está cumplido. Nada me importan las censuras que reciba, pues mis pensamientos son unos con la voluntad de mi Señor, el soberano de este reino terrenal, que gobierna los lugares altos y los bajos, y que se mueve tanto dentro de las estrellas como en los yermos que se extienden entre ellas. Como tributo a mi Señor, ofrezco este libro a los verdaderos buscadores de la sabiduría que mantienen la mente firme y el corazón valiente. Aquí se encuentran claves para un poder incalculable y para un conocimiento que no ha sido pronunciado todavía por labios humanos. Los sabios lo usarán con circunspección, y los necios serán consumidos. Basta con que este libro siga existiendo en los lugares de los hombres, para que cuando las estrellas coincidan se dé a conocer para que lo emplee aquel que está destinado a blandir su poder. Vale.

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