Susurros del Ocaso

¿Quién me oiría, si gritase yo, desde la esfera de los ángeles? Y aunque uno de ellos me estrechase de pronto contra su corazón, su existencia más fuerte me haría perecer. Pues lo hermoso no es otra cosa que el comienzo de lo terrible en un grado que todavía podemos soportar y si lo admiramos tanto es sólo porque, indiferente, rehúsa aniquilarnos. Todo ángel es terrible.
—Rainer María Rilke, Elegías de Duino.

* * *

El aire salobre traía consigo el susurro de un mar en calma, cuyas olas se fundían suavemente en una delicada espuma generando un vaivén infinito. Las siluetas de los niños se desdibujaban en el horizonte junto a unas rocas negras que brillaban a la luz de un sol tardío. La mujer de largos cabellos destapó el refresco y dio un sorbo mientras los contemplaba, sonriente. Se tumbó de espaldas sobre las piedras, y las nubes la tentaron a aquel viejo juego de imaginar formas.

Había sido un día de lo más apacible. Solían venir cada verano a aquella pequeña ciudad costera que la había visto crecer y de la que se separó hacía ya tantos años. La bahía era uno de sus lugares favoritos, junto con el viejo faro que se alzaba a lo alto de la colina, que seguía manteniendo el mismo encanto y tentaba ahora a su hija en su lugar. De pequeña era allí donde se reunía con sus amigos después de la escuela, donde imaginaban historias disparatadas y corrían sin supervisión hasta las rocas que golpeaba la marea. Juntos seguían la costa hasta la colina, donde se alzaba el majestuoso faro, que aún hoy seguía guiando a los viejos pescadores de vuelta a casa.

Una sombra alargada se acercaba cruzando la pasarela de madera, pero no le prestó atención, pues seguía absorta mirando al cielo, seducida por aquella quietud paciente y fascinada por los tintes rojizos y ocres que bañaban las nubes.

—Estás preciosa —susurró Jamie, sentándose a su lado.

Saki se sonrojó, y volvió la vista hacia él. Llevaba un refresco en cada mano, la camiseta blanca colgada del hombro, y una bolsa sujeta entre los dedos.
—He comprado algo para picar, ¿aviso a los críos?

Saki se desperezó y se apoyó en los codos para contemplar el mar.

—Sí, diles que vengan. Empieza a hacerse tarde.

Jamie dejó los refrescos y la bolsa en el suelo, se volvió a incorporar e hizo señas a los niños, que seguían jugando en el agua. Al ver que había vuelto de la tienda de ultramarinos, se acercaron corriendo y saltaron sin pensar a devorar la comida. Elaine se sentó en el regazo de Saki y compartieron una bolsa de patatas.

—¿Lo has pasado bien? —preguntó Saki a su hija.

La niña asintió, sonriente, con la boca llena de helado y patatas.

El tentempié se esfumó rápidamente, y cuando estuvieron saciados volvieron a revolotear alrededor, disparándose con las pistolas de agua.
—Estás acabada, ¡muere! —soltó Momo sacando la lengua.

—¡No puedo morir, soy eterna! —replicó Elaine, mientras volvía a disparar sin acertar.

Saki se giró hacia las niñas, algo aturdida y sorprendida de escuchar aquellas palabras, pero Jamie la distrajo con un beso. Se acercó luego a su hija, que apuntaba a Momo con su diminuta pistola, y la subió al cuello.

—Venga chicas, volvamos a casa.

—¡Pero papáaa estaba a punto de…!

Saki contempló el horizonte una última vez, y recogió los restos de la merienda antes de levantarse y acercarse a los demás.

—Se hace de noche cariño, y tenemos que ir a dejar a Momo y a Eiji con sus papás.

—¡Es injusto! —protestó Elaine.

La niña siguió refunfuñando hasta que pasaron el puerto de largo, pero al encenderse las farolas se le pasó.

—¡Hasta mañana, Momo! – sonrió mientras se alejaban calle arriba.

Habían dado un rodeo para dejar a Eiji en su casa. Pronto se había convertido en una rutina el pasar de una casa a otra en busca de los hijos de los demás, ya que solían turnarse para cuidarlos y así poder disfrutar de un poco de intimidad.

Conocieron a Momo y a Eiji dos años atrás, mientras esperaban a ser atendidas en una visita al hospital, y desde entonces habían sido inseparables.

Saki se dio la vuelta una última vez para asegurarse de que Momo entraba en la casa. La niña seguía sonriendo, esta vez con una expresión un tanto extraña, pero al momento salió su madre a recibirla. Saki saludó con la mano y esta le dirigió una pequeña reverencia antes de desaparecer tras la puerta.

Estaba realmente agotada. Llevaban ya dos semanas allí, pero no conseguía deshacerse del cansancio acumulado durante meses de extenuante trabajo.

Hoy cenarían pizza mientras veían una película alquilada. Se dirigió a la cocina, y mientras abría el congelador no pudo quitarse aquella imagen de la cabeza. Por algún motivo la había hecho sentir realmente incómoda la expresión de Momo al despedirse.

—Mamá, ¿nos acompañas mañana al faro? Queremos jugar a un juego – musitó Elaine mientras cenaban, mirando fijamente al televisor.

El faro de la ciudad era un lugar al que iban de forma recurrente. Quizá por la necesidad de Saki de rememorar los viejos tiempos, sumado a lo misterioso que resultaba a ojos de Elaine. Realmente el motivo era lo de menos.

—Claro cariño.

Su marido intentaba aclararse con el mando a distancia, aunque este no parecía colaborar demasiado. Compraron aquel televisor hacía tan solo unos días, y todavía no entendía del todo cómo funcionaba.

—Amor, ¿me das un trozo?

Jamie asintió, absorto, hasta que consiguió iniciar la película. Soltó un suspiro de alivio, y se levantó del sofá para coger un par de trozos de pizza de la mesa. Pero al acercarse de vuelta a Saki alzó un instante la vista y se sobresaltó. Por poco evitó que se le cayera la comida, pero parecía aterrado. Saki se dio la vuelta hacia la ventana, alarmada.

—¿Qué pasa? ¿Estás bien, Jamie?

Su marido le dirigió una mirada vacía, y tardó un momento en volver en sí.

—Sí, perdona. Me pareció ver algo tras la ventana, debe ser el cansancio.

Saki insistió, y un tanto temerosa se acercó a comprobar que no hubiera nadie en la calle. A lo lejos le pareció ver la sombra de un gato, y encontró en ello consuelo.

No tardaron en acostarse, siguiendo el ritual de siempre.

Cuando venían a aquella ciudad el tiempo fluía a un ritmo extraño. A veces sentía que su mente se nublaba a medida que pasaban los días, pues de pronto parecía que llevaran allí semanas, incluso meses, y sin embargo, al mirar el calendario se daba cuenta de que apenas habían sido unos pocos días.

Tenían la suerte de disponer de varios meses de descanso para disfrutar del verano. Su marido seguía trabajando puntualmente con el ordenador, pero ella solo trabajaba en invierno, así que su única obligación era la de olvidarse del ajetreo y el estrés que la esperarían al volver.

A la mañana siguiente, Elaine fue la primera en despertar y, al bajar a desayunar, la encontró sentada en el sillón, mirando por la ventana.

—Buenos días cariño, ¿has dormido bien? —preguntó Saki, todavía algo somnolienta.

La niña tardó en contestar. Al girarse hacia ella dibujó una sonrisa algo forzada, pero al momento saltó del asiento y corrió hacia ella a abrazarla.

—¡Al fin despiertas! Buenos días, mamá.

—Voy a preparar el desayuno —dijo Saki devolviéndole el abrazo.

La sentía más delgada; frágil.

Mientras cruzaban las calles de la ciudad, notaban la presencia del mar en todo momento. A veces se sentía como si estuvieran rodeados de un lento caudal de agua constante, y su lento rumor le embotaba los sentidos, participando en la ilusión temporal que la embriagaba al volver allí año tras año.

Recogieron a Momo, que salió sola a su encuentro. A Saki le hubiera gustado hablar con su madre, ya que llevaban varios días sin apenas intercambiar palabra, pero bien pensado podría hacerlo más tarde. A medio día habían reservado un restaurante para ellos solos, y habían acordado que ella se quedaría con las niñas hasta la noche.

—Saki —susurró Jamie—, creo que volveré a casa a descansar un poco.

—¿Estás bien, cariño?

Jamie parecía exhausto. Tenía marcadas ojeras, y le temblaba levemente el labio.

—Sí, tranquila. Esta noche no he conseguido pegar ojo. ¿Te importa ocuparte de las niñas? Quizá me acerque más tarde si te parece bien.

—No digas tonterías, te acompañamos.

—¡Pero mamá, nos prometiste que iríamos al faro! —refunfuñó Elaine.

—Tranquila, seguid con el plan. En serio, no te preocupes.

Saki terminó cediendo. Había algo que la inquietaba, pero no sabía discernir lo que era, así que siguieron calle abajo hacia el cruce que separaba la bahía del desfiladero. Las niñas estaban emocionadas: Elaine tiraba de la mano de su madre con urgencia, y Momo se adelantaba a cada rato.

Saki se apartó la melena de la cara, soltó un pequeño bostezo, y contempló el faro en la distancia.

—¿Te gustó el juego de anoche? —oyó susurrar a Momo, que miraba a su hija de nuevo con aquella extraña expresión.
Elaine asintió, ensimismada. ¿A qué juego se referían?

Se fijó en que su hija llevaba un libro pegado al pecho, y se sorprendió de no haberlo notado antes.

—¿Elaine? ¿De dónde has sacado ese libro? —preguntó Saki.

La niña sonrió.

—Lo encontró papá en el ático, ¿quieres leerlo? —contestó, ofreciéndoselo.

Y en cuanto lo rozó con sus manos algo la sacudió por dentro. Aquel tacto rugoso le resultaba familiar.

—Eiji es un perdedor —dijo Momo, apoyándose en la pared blanquecina del faro.

Eiji. Cierto, no habían pasado a buscarlo. Y sin embargo sabía que no hacía falta. Era como en los viejos tiempos, cuando tenía la edad de su hija y quedaba allí con sus amigos. Todos sabían a dónde ir, de forma casi intuitiva.

—No habléis mal de vuestros amigos… — la regañó Saki.

Se sentía algo mareada, como si hubiera tomado algún tipo de droga, pero no se detuvo. Empujó la vieja puerta de madera, y el chirrido de las bisagras resonó por las paredes hasta perderse en los pisos superiores.

Le pesaban los párpados. Se adentró en la oscuridad, seguida de las niñas, y tanteó la pared hasta dar con el interruptor. Varias bombillas tintineantes servían de apoyo a las pequeñas ventanas iluminando vagamente el interior y creando parches de luz que se fundían con el techo de cada piso.

Se acercó al escritorio que había en la planta baja, justo al lado de una montaña de sacos de arpillera carcomidos por el paso de los años.

¿Qué estaría haciendo Jamie en aquel instante? Lo imaginó tumbado en el sofá, agotado. Pasó la mano por la superficie de la mesa, clavándose varias astillas que le rasgaron la piel de una forma violenta, pero aquella pequeña molestia se vio eclipsada por un repentino dolor de cabeza. Viejos recuerdos le azotaron la mente. Contempló el libro que llevaba en la mano, aquel que había heredado en su día, y que protegían desde que tenía uso de razón.

—Eterno —musitó Saki.

De pronto soltó una carcajada, y se llevó la mano a la cara, intentando contener la risa. Elaine se acercó a ella, divertida, y se devolvieron una mirada cómplice con lágrimas en los ojos. Momo se sentó en un peldaño de la escalera, observándolas desde las sombras, y dirigió la vista hacia el centro de la estancia.

—Eiji, ¿has dormido bien?

Le divirtió verlo balancearse con aquella expresión de éxtasis, sujeto por el cuello a varios metros sobre el suelo. Eiji no había venido con ellas, pero sabía que vendrían al faro y había empezado a jugar mientras las esperaba.

Momo le disparó con la pistola de agua, y su cuerpo se balanceó con más fuerza. Elaine se alejó de su madre y del libro, y empezó a bailar dando vueltas por la sala, desbordada de alegría.

Saki volvió a sonreír al verlas tan felices. Sentía que la cabeza le iba a estallar de un momento a otro, y cuando intentó levantarse se le doblaron las rodillas y cayó al suelo riendo. Jamie se alegraría de verlas tan unidas…

Al fin lo recordaba. El juego de La Cámara había sido su favorito cuando era pequeña, y ahora las niñas se divertían tanto como lo hiciera ella en su infancia. Era una pena que quedaran tan pocos niños en la ciudad.

El rostro de Momo le devolvía la mirada. Llevaba rato sin pestañear, congelada en aquella sonrisa perturbadora.

—Mamá, mamá, ¿quieres disparar a Eiji?

Saki cogió la pistola que le ofrecía su hija. Aquel estaba resultando ser un día maravilloso. Le disparó primero a ella, que cayó de espaldas al suelo, y luego al cuerpo del niño, que dejó de tambalearse al fin.

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