Podría, también, haber sido el frío singular que me alienaba, ya que el frío era anormal en un día tan caluroso. Y, lo anormal, siempre despierta la aversión, la desconfianza y el miedo.
—Howard Phillips Lovecraft, Aire Frío.
* * *
Todos en aquel pequeño pueblo al norte de Hokkaidō conocíamos a aquella chica. Era una joven hermosa pero extraña, siempre vestida como una princesa del periodo Edo1 o Sengoku2 y poseedora del mismo porte frío y distante. Nadie sabía cómo se llamaba, aunque todos conocían su afición de pasear, solitaria, por los campos nevados, por ello que la habían apodado «Yukiko».
Dije que todos conocíamos a aquella chica, aunque lo cierto es que «conocer» no sería la expresión adecuada, porque en realidad apenas sabíamos nada sobre ella. Circulaba, eso sí, un rumor que la situaba como la hija de cierto hombre adinerado que vivía en la capital, aunque nadie acababa de comprender, si ese era el caso, cómo era posible que la hubiera dejado allí sola. Al fin y al cabo, apenas debía tener la mayoría de edad.
También parecía contradecir aquella teoría el hecho de que la chica vivía en una cabaña bastante modesta, que no parecía contar con criados ni guardianes de ningún tipo. Era por esas cuestiones que yo nunca había dado crédito alguno a aquel rumor sobre su supuesta fortuna, y es que, en mi opinión, era más probable que fuera simplemente, una tarada que había hurtado aquellos ricos vestidos a algún comerciante de antigüedades. Con frecuencia se la escuchaba hablar sola con algún amigo imaginario o similar, así que no me parecía que pudiera ser la joven aristócrata que mis vecinos suponían.
Y, sin embargo, mi socio, un hombre al que en el mundillo llamaban «Genji», acabaría por confirmarme que yo me equivocaba y que los rumores eran ciertos: un cliente habitual deseaba contratarnos para raptar a la chica, con el fin de extorsionar a su padre. Reconozco que no pude evitar pensar que era una broma o algo, pero pronto la seriedad de Genji me hizo darme cuenta de que aquel encargo era real. Aún así, algo me olía raro, y así se lo hice saber; al fin y al cabo, ¿por qué se tomaba las molestias de acudir a nosotros, unos profesionales, para algo tan simple como capturar a aquella chavalilla indefensa y despreocupada?
—Oye, Osamu, ¿no decías que siempre habla con alguien? —me preguntó Genji— ¿Y si no fuera un amigo imaginario?
—¿Insinúas que alguien la vigila desde las sombras? —respondí.
—Solo es una teoría, aunque creo que es lo único que tiene sentido.
—Puede, pero, de todas formas, muy hábil ha de ser para que nadie lo haya visto jamás. ¿No te parece?
—Es cierto, aunque yo ya me esperaría cualquier cosa —Genji miró hacia los lados, tratando de asegurarse de que nadie nos acechaba, y continuó hablando casi en susurros— hay algo muy raro en torno a esta historia, es como si hubieran eliminado prácticamente todos los registros sobre esa chica, Yukiko. Lo único que he encontrado es que guarda relación con alguno de los implicados en la que llaman «tragedia de Sapporo3», aquella supuesta catástrofe sucedida hace mucho tiempo…
—…Y de la cual, por algún motivo, no es posible encontrar información de ninguna clase y nadie parece saber nada —recordé.
—Ya es la segunda vez que encontramos referencias a esa «tragedia» en alguno de nuestros casos, pero seguimos sin conocer nada sobre ella. La otra vez que escuchamos sobre el tema, la situación se puso… problemática.
—Casi nos metemos en líos con los de aquel grupo extraño, sí. Creo que se llamaban «Los del tigre blanco» o algo por el estilo.
—Es igual cómo se llamen, la cosa es que creo que aquellos eran miembros de la yakuza4 —apuntó Genji—. Solo espero que esta vez no nos topemos con ellos, de lo contrario, la cosa puede ponerse peliaguda.
—Me inquieta esa falta de información —comenté—. Odio trabajar a ciegas.
—Sobre eso, debo decir que yo ya estaba pensando en algo. Los yakuza a ti la otra vez no te vieron, así que creo que sería una buena idea que, antes de hacer nada, trates de «allanar el terreno».
Gánate la confianza de Yukiko. Trata de averiguar si realmente hay alguien vigilándola. Y, en el mejor de los casos, puede que consigamos que ella misma se suba a la furgoneta.
—Para el carro —le espeté—. Espero que no estés pensando en que yo haga todo el trabajo sucio y luego repartirlo todo a mitad y mitad.
—No temas, ya sabes que soy de fiar —Genji encendió un cigarrillo y me ofreció a mí otro—. Veinte y ochenta. Veinte para mí, por haber conseguido el encargo y haber mediado con el cliente. Tú los otros ochenta, ya que harás el trabajo de campo. Podría haber intentado negociar para arrancarte un treinta o un cuarenta por ciento, pero prefiero ir al grano y evitarnos el tira y afloja inútil.
—Eso está bien —dije, tomando el cigarro y encendiéndolo—. Al fin y al cabo, no hubiera aceptado menos de ese ochenta por ciento.
—Lo sé. De todas formas, si aparecen los yakuza, es mejor que te retires de inmediato. Mejor perder la recompensa que la vida.
—Vivir para trabajar otro día —bromeé.
—El trabajo llama y alguien tiene que hacerlo —me siguió el juego mi socio.
Apuramos las últimas caladas al cigarro y abandonamos aquel santuario ruinoso del que habíamos hecho nuestro lugar de reuniones. A veces me pregunto si aquella escultura de Buda, inmóvil y silenciosa, estaría juzgando desde su polvoriento altar las maldades que tramábamos en su presencia. Por fortuna, mi agnosticismo me protegía de acabar dando demasiadas vueltas a tales cuestiones.
* * *
Cuando aquel día me acerqué a Yukiko, ella estaba rebuscando entre la nieve capullos de flores.
—Gentil desconocido, ¿vienes a unirte a nosotros en nuestros quehaceres? —dijo, percatándose de mi presencia.
—¿Qué hace una joven como tú pasando tanto tiempo sola?
—Si esa es una frase para iniciar el cortejo, me parece algo torpe —me soltó—. Y, de cualquier manera, ¿qué te hace creer que estoy sola?
Tardé en responder, ya que aquel corte que me había dado tan impasiblemente me había dejado descolocado. No me esperaba que se hubiera creído que tenía intenciones deshonestas con ella. Que las tenía, pero no del tipo que ella se había imaginado. Tal vez la forma que había tenido de abrir conversación hubiese sido demasiado torpe.
—Yo no veo a nadie más —contesté finalmente—. Y, de cualquier manera, eres muy joven para mí, no era esa mi intención.
—Es mejor así, no me gusta perder el tiempo y tampoco hacer que lo pierdan otros. En tal caso, ¿por qué ha venido por aquí, señor…?
—Osamu —respondí—. Puede llamarme Osamu.
—En tal caso, ¿Por qué ha venido por aquí, señor Osamu? ¿Le preocupa mi palidez? ¿Cree acaso que estoy enferma? ¿O le preocupa que alguien venga a hacerme algo? Si es por cualquiera de esas cosas, ya puede irse, estoy sana y bien protegida.
—Tan solo pensaba que pareces muy solitaria.
—Por favor, tráteme con más respeto. No sé de dónde saca usted tanta confianza.
—Tan solo pensaba que usted parece muy solitaria —reformulé la frase, tratando de disimular el hecho de que comenzaba a perder la paciencia.
—No lo estoy —respondió ella—. Nunca lo estoy.
—¿Tiene un amigo por aquí? —le pregunté.
—Así es.
—¿Puedo verlo?
—Lo dudo —respondió ella—. Aka-shita5 es tímido.
Aka-shita. Aquello era el nombre de un yōkai6. Por un momento creí que aquello confirmaba mi teoría de que se trataba de algún amigo imaginario; sin embargo, al hacer memoria recordé que aquella extraña organización que parecía tener relación con la misteriosa tragedia de Sapporo usaba terminología relacionada con lo sobrenatural. Tal vez Aka-shita fuera el nombre en clave de algún yakuza.
* * *
Aquel día mi interacción con Yukiko terminó sin aportarme mucha más información, así que me retiré a mi morada y contacté con Genji por una de nuestras líneas privadas. Sin embargo, cuando mencioné el nombre Aka-shita no fue capaz de vincularlo con nada que pudiera tener relación con este trabajo o con el otro en el que nos topamos con aquel grupo hostil. Él llegó a la misma conclusión que yo, que tal vez fuese el nombre en clave de uno de ellos, aunque tampoco descartaba que fuese alguna criatura fruto de la fructífera imaginación de aquella chiquilla.
Cuando terminamos aquella puesta en común, mi socio me pidió que tratase de arrancarle más información a Yukiko. Y, aunque a regañadientes, acabé accediendo. Aquella chica iba a traerme muchos dolores de cabeza, eso ya lo tenía asumido.
Aquella noche, al irme a dormir, no pude evitar soñar con cosas relacionadas con el caso. Aquello para mí no era raro, y es que, a menudo, me implicaba tanto con los trabajos que luego me costaba sacármelos de la cabeza y desconectar. Pues bien, ante mí comenzaron a circular imágenes variadas: Genji, los yakuza, conversaciones e información inconexa sobre aquello que pasó en Sapporo y otras tantas cosas. Finalmente, aquellas escenas dieron paso a una que me era familiar, y es que comencé a revivir mi conversación con Yukiko, palabra por palabra, frase por frase. Y, sin embargo, había algo diferente. Podía sentir dos presencias, una situada junto a ella y la otra… la otra justo detrás de mí. Cuando terminaba la conversación y me daba la vuelta, me topaba con unos ojos de un color blanco lechoso, sin pupilas, rodeados por unos párpados cubiertos de pústulas.
Para hacérmelo pasar todavía peor, tuvo que venir acto seguido un episodio de parálisis del sueño. Yo estaba en mi cama e, inclinado sobre mí, se encontraba un individuo inmenso, cuyos largos cabellos blancos se cernían sobre mí como las delgadas ramas de un sauce llorón. Su rostro estaba cubierto por una máscara roja, que tan solo dejaba ver aquellos ojos terribles y legañosos que aparecieron en mi sueño. Extendió ante mí un brazo largo, recubierto por una coraza oxidada, y sus dedos enguantados rozaron mi rostro y su voz resonó en el aire. «Si quieres ver aquello que no permite ser visto… si quieres arrancar el velo de las mentiras y descubrir el vil engaño… si eso deseas solo debes escuchar a los deseos de tu corazón».
En el mismo momento en que su mano terminó de hacer contacto con mi cara, la inquietante figura se desvaneció y sentí que recobraba la movilidad. Durante unos instantes creí escuchar una tenue música, pero pronto se desvaneció. Estaba temblando. Había sentido como si aquello fuese real. Traté de despejar la mente dándome una ducha, pero, cuando iba a entrar en el baño, alguien llamó a la puerta. Era el cartero, que me traía un paquete. Objeté diciéndole que yo no había pedido nada, ante lo cual el respondió que era un envío que alguien me había hecho, aunque no había datos sobre el remitente. Resignado, tomé el paquete y lo dejé en la mesita que hay junto a mi lecho. Ahora solo quería darme aquella ducha y no pensaba distraerme con algo que posiblemente me hubiera llegado por equivocación., ya lo abriría en otro momento.
Terminé de asearme, me vestí y salí a la calle a desayunar, a hacer recados diversos y, al mediodía, comí en un pequeño restaurante del que soy cliente habitual. En esencia, realicé mis rutinas habituales, para evitar levantar sospechas. Fue, entrada ya la tarde, cuando me dispuse a retomar mis entrevistas con aquella extraña Yukiko.
Cuando me aproximé a ella, ya me estaba esperando.
—Aka-shita sabía que venía —me dijo—. Sígame, le he preparado un té.
Accedí, ya que sentí que aquello era una buena oportunidad para ganarme su confianza. De por sí me pareció un gesto extraño a la par que positivo el hecho de que me invitara a su casa, así que debía aprovecharlo. Cuando llegamos, pasé al interior y me condujo a un humilde salón, únicamente ocupado por un hogar y varios cojines dispuestos en torno a él.
—¿No le preocupa que esto pueda ser una trampa? —me dijo, mientras me entregaba un vaso repleto de té caliente— No me parece prudente meterse en la casa de alguien a quien apenas conoce.
Me inquietó un poco que una chica tan joven dijera unas palabras como esas, traté de fingir entereza y aparté rápidamente las dudas que asaltaban mi mente. Al fin y al cabo, cuando había ido hacia allí, había prestado particular atención a mi entorno, tratando de asegurarme de que nada ni nadie nos estuviera siguiendo. Estaba convencido de que en aquella casa tan solo nos encontrábamos Yukiko y yo.
—Una joven como usted no debería decir cosas extrañas como esa —le reproché, recibiendo en mis manos el vaso que me ofrecía.
—Puede que el té esté envenenado —murmuró, con una sonrisa maliciosa dibujada en su rostro.
—Es un farol —le respondí.
—¿Ah sí? ¿Entonces está seguro de que se lo quiere beber? —me desafió.
Sin dudarlo, me acerqué el vaso a los labios y me dispuse a ingerir la bebida caliente. Pero estaba ardiendo. Me abrasé la lengua y acabé escupiendo todo el líquido, provocando una carcajada a Yukiko.
—¡Bruto, es usted un bruto! —dijo, tratando de parar de reír— ¡No, no estaba envenenado; lo que sí estaba era recién hecho!
Tuve que reprimir las ganas de estrangularla y, con un cierto esfuerzo, conseguí esbozar una sonrisa.
—Por favor, no sea cruel, yo solo quiero ser su amigo.
—Querrá decir «nosotros» —replicó.
Esa contestación volvió a inquietarme. Me acordé del sueño. Él estaba allí. Aquel ser, el de los ojos blancos. Y también había algo con ella, ahora estaba seguro. Dejé caer el vaso de té, que se hizo añicos, y, poniéndome en pie, comencé a mirar hacia todos los lados. Pero no tuve ningún éxito. En aquella cabaña no había nada.
—Relájese, o Aka-shita se sentirá incómodo —masculló Yukiko, con una tranquilidad pasmosa—. Ya le está costando mantener la calma en presencia del acompañante que usted trae siempre consigo.
—¿Qué acompañante? —le pregunté.
Yukiko señaló a un punto cerca de mí, pero al observar hacia aquel lugar no vi nada más que las paredes de madera de la cabaña.
—Él —dijo.
—¿Quién es él?
—Pronunciar su nombre es tabú, lo más que puedo decirte es que todos somos él. Bueno, yo no lo soy. Pero él ahora está aquí en mi casa, igual que estuvo cuando lo de Sapporo. Siempre está observando, eso es lo que más le satisface.
—¿Tienes algo que ver con la yakuza? —le solté, incapaz de reprimir aquella pregunta por más tiempo y tratando de cambiar de tema.
—Los modales —protestó, dando un sorbo al té.
—¿Tiene usted algo que ver con la yakuza?
—¿Y si así fuera? —Yukiko sonrió.
Me quedé en silencio, no sabiendo qué más decir. Yukiko, tras un rato mirándome fijamente, volvió a echarse a reir.
—Le estaba tomando el pelo —dijo finalmente—. No tengo absolutamente nada que ver con la yakuza, al menos que yo sepa. Eres alguien peculiar, entiendo que él te encuentre interesante.
—¿Está diciendo algo mi acompañante? —pregunté, mirando hacia atrás.
—Qué va —me respondió Yukiko—, si se ha marchado hace un rato. Dijo que pasaría a verle esta noche.
Sentí una taquicardia al escuchar aquellas palabras y mi mente volvió a evocar aquella mirada cadavérica.
—¿Hay algo que pueda hacer para evitarlo? —le pregunté.
—Tal vez podrías evitar dormirte o… no sé —contestó—. De todas formas, no sé por qué le haces tanto caso a una chica loca. Porque eso es lo que crees que soy ¿no?
En ese momento me sentí idiota. ¿Cómo había dejado que aquella jovencita me sugestionara de aquella manera? Creí verlo claro: sí, la chica estaba sola. Aquel Aka-shita con el que hablaba era un amigo imaginario. ¿Loca? Sí, pero era una loca culta, inteligente, y había usado mi agudeza para jugar conmigo. Me despedí de ella y me marché, porque estaba convencido de que, si permanecía allí más tiempo, acabaría cometiendo una atrocidad.
Me puse, una vez más, en contacto con Genji, con la intención de comunicarle todo aquello sobre lo que había reflexionado. Me ahorré, eso sí, bastante información, tratando de evitar que se enterase de que aquella chica me había llevado a mí, un profesional, a hacer el ridículo. Tampoco quería que supiese que, en aquel arrebato, había puesto en riesgo el trabajo, haciéndole a Yukiko aquellas preguntas tan indiscretas que podrían habernos dejado expuestos. Si realmente hubiera tenido relación con la yakuza, lo más fácil es que yo ya estuviera muerto por haberme ido de la lengua con ella. Suspiré con alivio al constatar el hecho evidente de que aún seguía con vida.
Me dirigí a la habitación, dispuesto a irme a dormir, pero entonces mi mirada se topó con aquel paquete que me habían traído. Lo abrí y vi que se trataba de un libro: Revelaciones del Emperador Inmortal. El título me sonaba de algo y no sabía de qué.
Comencé a leerlo. No era nada particularmente inquietante, tan solo un poemario que parecía encerrar máximas o reflexiones escritas por algún lunático arrogante. Y, sin embargo, una vez que lo empecé, no pude parar de leer… era casi como si fuera adictivo. Estaba tan concentrado en mi lectura que ni siquiera me di cuenta del momento en el que sucumbí al cansancio y me dormí.
* * *
Esta vez, en mis sueños se mezclaban mis experiencias con aquellas recitaciones del misterioso Emperador Inmortal. En particular, un fragmento del ensalmo cuarto resonaba repetitivamente en mi cabeza:
Regresé a mis aposentos y medité. No hay que ser como aquel que, esperando la llegada de un momento, se topa con la realidad de que este nunca habrá de llegar, de que este nunca habrá de existir. Y tampoco hay que ser como aquel que, queriendo vivir, se privó de su futuro, o de aquel que, en su ceguera, jamás vivió. Atesoremos cada instante, atesoremos la Verdad. Vivamos más allá del presente, del pasado y del futuro. Este es el tiempo del Emperador Inmortal.
Así era. No podía perder el tiempo esperando una oportunidad ni malgastar mi vida con esa niñata. A la mañana siguiente me encargaría de atraparla y pondría fin a aquella misión absurda. Me levanté de la cama con determinación y recorrí la habitación en dirección a la puerta. Pero, cuando fui a abrirla, estaba nuevamente sentado en la casa de Yukiko.
—¿No le preocupa que esto pueda ser una trampa? No me parece lo más prudente meterse en la casa de alguien a quien apenas conoce.
Al escuchar aquella frase, sentí auténtico pavor. Estaba reviviendo la conversación con la chica, al igual que la noche anterior y me estremecía solo de pensar en qué era lo que iba a ver. Aunque en el fondo, ya lo sabía. La conversación avanzó, hasta que llegó el momento para el que me estaba preparando psicológicamente.
—Querrá decir «nosotros».
No pude hacer nada por evitarlo. Mi cuerpo se movió mecánicamente, repitiendo los mismos movimientos que hice durante el día. Miré para todos los lados y, por un fugaz momento, mis ojos se cruzaron con esos globos oculares blancuzcos que tanto pavor me causaban. Finalmente, mi mirada volvió hacia Yukiko, aunque sabía que, sin duda, lo peor estaba por llegar.
—Relájese, o Aka-shita se sentirá incómodo. Ya le está costando mantener la calma en presencia del acompañante que usted trae siempre consigo.
—¿Qué acompañante?
Al igual que ya había sucedido aquella tarde, Yukiko me indicó que mirase hacia un lugar. Había allí una figura alargada. Pero no me dio tiempo a observarla con detenimiento, lo siguiente que recuerdo fue volverme a ver tendido sobre la cama con aquella cosa
prácticamente encima de mí. Esta vez, su rostro enmascarado estaba a escasos metros del mío y sus dedos se hundían en mis sienes, provocándome un dolor agudo. Grité y, gritando, me desperté.
Me incorporé de golpe, jadeando. Había sido un sueño. O eso creía pues, cuando di la luz, en el espejo vi reflejada, a escasos metros de mí, aquella figura de ojos mortecinos. Me giré de golpe y ahí estaba, sentada en la silla, inmóvil como un cadáver. Sentía como sus ojos inexpresivos se clavaban en mí y, aunque lógicamente tenía un fuerte deseo de saber qué significaba todo aquello, no tuve la valentía para dirigirme a él. Dado que se mantenía estático y no parecía tener intención de hacerme nada, decidí vestirme, tratando de ignorarlo, y me dispuse a marchar. Cuando estaba abriendo la puerta, escuché un ruido a mis espaldas, el crujir de la madera. Y, al girarme, lo vi, de pie en el centro de la sala, casi como un maniquí. De los agujeros de la máscara goteaba un liquido negro y lechoso que parecía manar de sus ojos. Como si llorara sangre.
Precipitadamente salté al exterior y di un portazo. Nervioso, tomé las llaves y las hice girar en la cerradura, dejándola firmemente cerrada. Hoy iba a tomar a Yukiko y a llevármela de allí. Se la entregaría a Genji y no volvería jamás por aquel lugar.
Algo comenzó a golpear la puerta desde el otro lado. Pero no eran golpes violentos, sino más bien rítmicos, acompasados. Casi parecía una melodía. Asustado, me alejé lo más rápido que pude y me planté en la calle a toda velocidad. Corrí hasta la casa de Yukiko y aporreé su puerta hasta que me abrió, con rostro somnoliento.
—¿Qué sucede, qué hace aquí tan pronto? —me dijo— Y, ¿por qué no viene con su acompañante?
Debo decir que sentí un tremendo alivio cuando me dijo aquello último.
—Debemos irnos cuanto antes, tenemos que alejarnos antes de que nos alcance el Emperador Inmortal.
Yukiko suspiró.
—O sea, que ya has averiguado quién era él… de todas formas, no deberías haber hecho eso, ya te dije que decir su nombre es tabú. Además, si lo que deseabas era evitarlo, no podías haber tomado peor decisión. Lo has llamado. Está aquí mismo.
Me estremecí.
—¿Dónde? —pregunté, alterado.
—Qué pregunta más tonta —Yukiko sonrió—. Estás justo aquí, delante de mí.
La chica me mostró un espejo que ocultaba entre sus vestiduras. Y al mirarlo, no me topé con aquel rostro que siempre había sentido como mío, sino con aquellos ojos blancos e inexpresivos y con aquel rostro enfermizo que se escondía tras una máscara. Arrodillándose, Yukiko alzó hacia mí su delicado y pálido rostro, en el que se dibujaba ahora una sonrisa burlona.
—¡Salve, oh, Emperador!